A 80 años de El extranjero de Camus 

No tenía tiempo para interesarme en lo que no me interesaba.   

¿Hasta qué punto puede «pegarnos» la fuerza de la costumbre? En El extranjero de Albert Camus se ilustra cómo el hábito puede generar en nosotros un anonadamiento crónico, al nivel de molestarnos los eventos o imprevistos que nos saquen de la rutina diaria.  

Esto es precisamente lo que le ocurre a Meursault, personaje principal de la novela, quien, al morir su madre, manifiesta el fastidio de tener que viajar para asistir a su velorio y entierro, en los que, además, no evidenciará pizca de pesar o tristeza. De hecho, parecía más preocupado de no ser una molestia para su jefe, al tener que ausentarse un par de días del trabajo. 

En este sentido, la muerte de la madre aquí se constituye como un mero trámite, el que impide el devenir de la habitual rutina, de allí el interés por cumplirlo rápidamente. ¿Podría significar acaso esta muerte un cambio para el protagonista? En ningún caso, pues, según el mismo Meursault, nunca se cambia de vida, por lo que mejor valdría conformarse con la que se tiene, contrario así a cualquier aspiración o ambición en la misma. Misma indiferencia producirán el amor y las relaciones de pareja. 

Pero hasta el más cómodo con la rutina desea, de vez en cuando, romper su equilibrio, aniquilando el silencio de la existencia luminosa. Esto es lo que provoca Meursault al cometer el asesinato del árabe, lo que realiza casi por puro aburrimiento. Y es que no podemos contentarnos con lo hacemos. Necesitamos la esperanza de la evasión, como un salto fuera del rito implacable, antes que los engranajes sociales nos enganchen nuevamente. 

Son estos quiebres los que nos despiertan de una vida que, bañada por la costumbre, nos hace vivir como muertos, realizando labores absurdas y sin sentido. Así quizás se entiende el último deseo del protagonista antes de ser ejecutado; ser recibido con odio por una gran masa de espectadores, buscando el reconocimiento y la identidad antes de morir, aunque sea como un indolente asesino. 

Eduardo Schele Stoller. 

Eichmann y la malinterpretación de Kant

No es misión del soldado ser juez de su comandante supremo. Esta es una función que corresponde a la Historia, o a Dios en los Cielos

EL 11 de mayo de 1960 Adolf Eichmann -oficial del régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial- es raptado en un suburbio de Buenos Aires para ser trasladado secretamente a Jerusalén, con el fin de juzgarlo por su intervención en el holocausto.  

En Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt se propuso estudiar la conciencia de este oficial nazi, más allá de las intenciones emocionales y sed de justicia de los tribunales que lo enjuiciaron. Lo llamativo de esta obra es que devela que, tanto para victimas como para victimarios, el fenómeno psicológico terminó siendo el mismo; se terminó anulando la propia identidad y voluntad, siendo las primeras conducidas hasta la horca casi sin protestar, mientras que los segundos aplicaban aberrantes órdenes del mismo modo. 

Eichmann, hombre de familia ejemplar y que decía no sentir odio alguno contra los judíos, basaba su inocencia en apelar a la obediencia que implicaba su cargo, es decir, que él solo recibía órdenes, de las que no le cabía dudar, menos aun cuando estas venían del mismismo Führer, personaje que, por lo demás, contaba con todo el respaldo del pueblo alemán. 

Según Eichmann, él no hacía más que cumplir con su deber al cumplir las leyes y acatar las órdenes dadas por sus superiores, algo que incluso justificó apelando a la moral kantiana, señalando que “el principio de mi voluntad debe ser tal que pueda devenir el principio de las leyes generales”, leyes que, efectivamente, giraban en torno al ideal alemán de la época. 

Sin embargo, esta es una visión sesgada del pensamiento kantiano, pues deja de lado toda la apelación al famoso “sapere aude”, esto es, a atreverse a hacer uso de nuestra propia razón, pudiendo emitir juicios personales en contra de toda obediencia ciega. En este sentido, Arendt coincide en que debemos ir más allá del mero cumplimiento del deber, si es que no queremos caer en la nefasta “banalidad del mal”. 

Así pues, contrario a lo planteado por Eichmann antes de ser condenado, la obediencia absoluta está muy lejos de ser una virtud, ya que ella nubla toda capacidad crítica y reflexiva del individuo, aspectos en los que, por lo demás, se afirma nuestra libertad y condición propiamente humana. 

Eduardo Schele Stoller. 

 

Dalí: poniéndole los cuernos al arte moderno 

Un atardecer, senté a la Belleza sobre mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la insulté. 

Rimbaud  

A través del surrealismo, Dalí recogió muy bien el espíritu pesimista con respecto al conocimiento que nos acompaña hasta nuestros días. La inteligencia, destaca el artista español, nos conduce a las nieblas del escepticismo, reduciéndonos a meros coeficientes de una gran incertidumbre. Esta situación también ha permeado en el arte moderno, al que constantemente parecen ponerle los cuernos, siendo engañado mediante la expresión de lo feo y abstracto. 

Fueron los críticos ditirámbicos (dionisiacos) los que, según Dalí, descubrieron los estremecimientos biológicos de la fealdad y sus inconfesables atractivos, extasiándose ante una belleza ya no convencional, dejando atrás a la belleza clásica valorándola como una mera cursilería.  

De hecho, de lo que se trata de aquí en adelante es de alcanzar el más alto grado de depreciación estética y de manifestar la horrorosa impureza inmaculada de los entrelazamientos oníricos, pues, contrario a lo que muchos piensan, lo utilitario y funcional ya no serviría para nada.  

La atención ahora ha de colocarse solo en aquello que ponga en funcionamiento nuestros deseos más turbulentos, descalificados e inconfesables. En sintonía con su método paranoico-crítico, a través de su arte Dalí busca propiciar la fuga, la libertad y el desarrollo de los mecanismos inconscientes, mediante un automatismo que odia a la realidad, imponiéndole delirios de grandeza, megalomanía perversa, originalidad hiperestética, exhibicionismo frenético de la fantasía. Contra la mesura, lo erótico, lo irracional y lo inconsciente.  

Y es que la belleza para el surrealismo no es más que la cantidad de conciencia de nuestras perversiones. De allí que si esta no es comestible, no existirá. 

Eduardo Schele Stoller.  

La triste preponderancia de lo trivial según Russell 

Contrario a lo que predican una serie de corrientes éticas, según Bertrand Russell, el ser humano tiende a rehuir del estilo de vida tranquilo, pues aborrecemos el aburrimiento que este conlleva, ajeno a cualquier logro más trascendente o de gloria.  

Ahora bien, tampoco es que en la actualidad todos puedan satisfacer estos deseos, pues a la mayoría no le queda más que soñar despiertos, alimentándose solo de lo que pueda entregarles el cine, las novelas y otras aventuras de ficción. El valor del individuo queda así reducido a meras labores cotidianas, escaseando aquellas actividades excepcionales que han contribuido en la transición de la barbarie a la civilización.  

Si bien, destaca Russell, honramos por ejemplo al artista, como sociedad lo aislamos, considerando al arte como algo separado y no como un elemento integrante de la vida de la comunidad. Y es que ya no se daría importancia a la capacidad para disfrutar de un placer espontáneo.  

A medida que el ser humano se industrializa y se hace más metódico, ya no puede experimentar esos placeres espontáneos que se gozaban más en la infancia, al estar siempre pensando en lo venidero, no pudiendo entregarse al momento presente.  

Y aquí es donde Russell destaca algunos aspectos que acrecentarían el poder del individuo: energía e iniciativa personal, independencia de criterio y visión imaginativa, todos elementos que la sociedad centralizada tiende a opacar.  

Cuando todo está organizado y nada es espontáneo, el momento presente pierde su encanto. Y es que, como sostiene Russell, hoy sabemos demasiado y sentimos demasiado poco, siendo pasivos respecto a lo que es importante y activos respecto a las cosas triviales.  

Eduardo Schele Stoller. 

Zurita y la desaparición de los muertos 

La palabra <<INRI>> es el acrónimo de Jesus Nazarenus Rex Iudaeorum, que en latín quiere decir: Jesús de Nazaret, rey de los judíos, rótulo de carácter irónico que Pilatos grabó en su cruz. Pero en algunos lugares, el término <<inri>> ha adoptado una acepción distinta: burla que supone un trato desfavorable o desconsiderado hacia una persona. ¿Podrán estos dos significados relacionarse? 

En el epílogo de INRI, Zurita nos deja claro que el objetivo de su poemario es, de alguna forma, homenajear a todos los asesinados por la dictadura militar, cuyos cuerpos fueron arrojados sin ninguna consideración sobre las montañas, lagos y mar de Chile.  

A falta de tumbas, Zurita nos dice que Chile encalló y naufragó, cual barco a la deriva, en un pedrerío reseco de olas, esto es, en pleno desierto. Y es que este barco herrumbroso y negro no podía más que hundirse sobre un mar de piedras, dejando atrás el día, abrazando la noche con una improvisada cruz a sus espaldas, de la que inútilmente intentaron aferrarse los muertos, un mar de muertos que se hunde entre las piedras del desierto donde una vez hubo un país, pero que ahora se ha consumado junto a sus paisajes. 

Paisajes que expiran como los muertos que yacen bajo ellos y que, como simples mortales, no parecen tener opción de resurrección. En sus cruces no iría estampado el <<INRI>> del nazareno, en sus cruces ni siquiera iría registrado sus nombres, suceso que hace palidecer aún más el corazón de quienes los contemplan. 

Y es que, como señala Zurita, han cortado todos los puentes, hundiéndose por igual tanto la cordillera como el pacífico, quedando tan solo las palabras como huellas, páginas muertas que sueñan con auroras lejanas, nuevos amaneceres que reciban el florecimiento del paisaje, y donde los muertos emerjan desde un nuevo mar hasta un nuevo cielo, permitiendo, con ello, que florezca nuevamente también el amor, aquel sentimiento que también fue asesinado, junto a las personas que cayeron como meras carnadas al mar. 

Pero en el mismo epílogo, Zurita nos advierte que esta última esperanza no ha sido más que un sueño, pues tanto las flores como la aurora han sido aquí inexistente. En realidad, estos muertos no tienen cómo resucitar, pues no tienen reino al que volver ni poder que reclamar. Para ellos se habría aplicado más bien el <<inri>>; la burla y el trato indigno, impropio para todo ser humano, donde ni siquiera hubo espacio para la cruz o placa mortuoria. 

Eduardo Schele Stoller. 

La era de la decepción

Según Lipovetsky, el hedonismo de la sociedad de consumo ha sacudido los cimientos del orden autoritario, disciplinario y moralista, razón por la que ya no sería apropiado interpretar nuestra sociedad como una máquina de disciplina, de control y de condicionamiento.  

Contra las imposiciones colectivas, hoy se manifiesta la liberación sexual, la emancipación de las costumbres, la ruptura del compromiso ideológico. La vida a la carta, afirma Lipovetsky, es la de un sujeto que espera y que, por lo mismo, acaba conociendo la decepción, pues deseo y decepción irían siempre de la mano, pues mientras más aumentan las exigencias de bienestar, más aumenta la frustración.  

Si bien la súper oferta, los ideales psicológicos y los ríos de información han dado lugar a un individuo más reflexivo, de paso, nos señala Lipovetsky, también han contribuido a generar un individuo más exigente, es decir, más propenso a sufrir decepciones. Ya no vivimos en la cultura de la vergüenza y la culpa, sino en la de la ansiedad, la frustración y el desengaño.  

El problema es que ya no disponemos de hábitos religiosos o institucionales que logren aliviar tales dolores. La responsabilidad y el pesar caen hoy en uno mismo. Pero lejos de afrontarlo, a lo que se nos invita es a la constante distracción y gozo. Las sociedades tradicionales, señala Lipovetsky, tenían el consuelo religioso; las sociedades hipermodernas, en cambio, utilizan la incitación incesante a consumir, a gozar y a cambiar. 

En las sociedades antiguas se lograba vivir en una mayor armonía, pues se tendía a no desear más de lo efectivamente factible o alcanzable y, en consecuencia, las decepciones eran más bien acotadas. Mientras que, en las sociedades modernas, ya no se sabe qué es posible y qué no. Al ya no estar sujetos por normas sociales estrictas, los apetitos se disparan, no estando dispuestos a resignarnos ni contentarnos con la suerte que nos toca. 

La sociedad de consumo nos condena a vivir en un estado de insuficiencia perpetua, a desear más de lo que podemos comparar. Se nos tiene siempre insatisfechos, amargados por todo lo que no podemos permitirnos. El neoconsumidor, señala Lipovetsky, lo quiere todo y de manera inmediata, pues la menor avería o demora le pone furioso. La hipervelocidad es de hecho otro motivo de irritación y descontento. 

Como hemos destacado, quien debe hacerse cargo de este malestar es el mismo individuo, debido a la cada vez mayor dificultad para adherir a una ideología, lo cual, a su vez, según Lipovetsky, ha generado una explosión de identidades que genera un proceso de fragmentación social, cuyo resultado es un mosaico de minorías y grupos que se menosprecian y odian entre sí. En este sentido, no necesariamente una mayor diversidad y pluralismo teórico conlleva una mayor tolerancia, pues, de hecho, lo que podemos constatar hoy es que cada quien parece atrincherarse en su propio marco, atacando y desacreditando a los demás. El dogmatismo parece así también haberse pluralizado, respondiendo eso sí ahora a los caprichos del consumidor. Seguimos creyendo lo que queremos creer, la diferencia ahora es el aumento en la oferta de dogmas. 

Eduardo Schele Stoller. 

Rancière y la muerte de la política 

A juicio de Jacques Rancière, la política no es el ejercicio del poder, sino que su trabajo radica en la configuración de su propio espacio, sujetos y operaciones, en donde lo esencial viene dado en un marco de constante disenso, esto es, como la presencia de dos mundos en uno solo.  

Rancière distingue entre la política y la labor policial, quienes, por ejemplo, intervienen en los espacios públicos para disolver manifestaciones y no para interpelar a los manifestantes, acción que sí corresponde a la política. La policía no es la ley que interpela a los individuos, sino que afirma, con respecto al espacio público, que este no es más que un espacio para circular, y en ningún caso para la aparición de un sujeto, ya sea del pueblo, los trabajadores o los ciudadanos.  

Pero estas definiciones hacen que aparezca el disenso como enfrentamiento entre dos divisiones de lo sensible. Un sujeto político, afirma Rancière, no es un grupo de intereses o de ideas, sino el operador de un dispositivo particular de subjetivación del litigio mediante el cual la política cobra existencia. La filosofía política, al tratar la política como un modo específico de ser, trabaja fundamentalmente para eliminar el carácter litigioso que constituye la política, es decir, al intentar homogenizar lo político estaría dando fin a la política. 

Es el consenso, entonces, el que anularía la política, pues acabaría con la discusión y el acuerdo producto de ejercicio de la razón, reduciendo, de paso, al pueblo a la suma de las partes del cuerpo social, y, con ello, la política se termina transformando en lo que hace autoritariamente la policía, la que rige, señala Rancière, mediante pautas y procedimientos que se basan en una determinada distribución de títulos, lugares y competencias.  

Para que lo anterior no suceda, la lógica de la política tiene que frustrar la lógica de la policía, es decir, que el poder de los que no tienen títulos suplemente todos los títulos, manteniendo abierto los espacios de disenso, en vista de evitar la imposición del estilo de vida de un grupo específico. Sin embargo, advierte Rancière, pareciera que el nuevo reinado de la ética busca precisamente lo contrario, al intentar disolver todas las diferencias y disenso, suprimiendo así la esencia de lo político.   

Eduardo Schele Stoller. 

Oda a la demencia: apuntes sobre la Generación Beat 

Más allá de la decadencia que exponen los escritores de la Generación Beat en sus textos, podemos hallar en ellos varios síntomas propios de la sociedad contemporánea, muchos de los cuales seguimos padeciendo, a unos 70 años del origen del movimiento.  

En Aullido, por ejemplo, Allen Ginsberg nos relata cómo la locura destruyó las mejores mentes de su generación, quedando hambrientas, histéricas y desnudas, expulsadas de las academias por su escritura obscena y odas a las drogas. Mentes que, si bien relataban pesadillas, de alguna forma estas mismas ensoñaciones los habían despertado a la realidad. 

Una esfinge de cemento y aluminio abrieron sus cráneos, devorando sus cerebros e imaginación, condenándolos a la soledad, a la inmundicia y los sollozos. Y es que pareciera que solo a través de las alucinaciones que producen tales sustancias es que su puede vivir en éxtasis, iluminando en parte una existencia de naturaleza oscura y carente de sensibilidad. 

Este es el proceder de una generación demente, en búsqueda de nuevos amores bajo las inapelables rocas del tiempo, todo mezclado con suicidios, crucifixiones y epifanías. De allí la necesidad de la droga, que todo santifica, incluida la demencia sufriente y horrible de los mendigos mentales. No parece haber otra salida, como nos dice Jack Kerouac en Tristessa, cuando estando vivos estamos muertos, no pudiendo escabullirse en las labores cotidianas como hace el resto. 

Pero esto no tiene su causa en la mente demente, pues, según Kerouac, la vida de por sí es dolorosa, lo que explicaría nuestra tendencia a la tristeza. Si vivimos en constante dolor es porque la vida es dolor. De aquí en más el objetivo principal será lograr vivir despreocupadamente, ya sea la pobreza, la decadencia o la adicción, tal como el personaje de Tristessa, quien no era consciente de lo sombría que era su existencia, pues, probablemente, no conocía más realidad que la que le había tocado vivir. Es la vida misma la que se encarga de destruir la inocencia y develar el hecho de que todos hemos nacido para morir. Nuevamente, todo se reduce a la frecuencia de nuestros pensamientos, ya que, si esta aumenta, con ello lo hará también el dolor.  
 

Sin embargo, ni siquiera es necesario el pensar, pues basta con contemplar la muerte y suciedad que rebosa en las calles, como si existiese una enorme, implacable y rabiosa fuerza generando este mundo viscoso. Ante esto, como declara William S. Burroughs en El almuerzo desnudo, no quedaría más que entregarse al delirio, reduciendo a pequeños instantes la lucidez de la perversidad que nos rodea. Pero más que escapar de esto, lo que parecen aborrecer estas mentes dementes es el tedio, condición propia del idiotizado hombre occidental moderno, la que ha tratado de evadir mediante artefactos y labores, sin las cuales se vería desnudo.  

Y es, finalmente, el aburrimiento la tensión que no afecta al drogadicto, el que incluso no siente tedio luego de mirarse 8 horas seguidas la punta del zapato, todo a costa de olvidar ciertos placeres corporales, convirtiéndose en una especie de fantasma gris, impermeable a la repugnancia, la vergüenza y reducido a un mero instrumento que se dedica a absorber, más no padecer, el medio en el que vive. 

Eduardo Schele Stoller. 

Jardín en ruinas: los pesares de Pizarnik 

Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.   

Alas convertidas en pétalos podridos, razón vuelta en vino agrio, la vida convertida en un vacío. Desde estas condiciones parte la profunda poesía de Pizarnik, dando cuenta del horror y destrucción de la civilización y donde solo la alusión al infinito parece salvarnos. El cansancio de las preguntas, de las angustias, de Dios y de la espera ante la anhelada muerte, nos crea la necesidad de viajar entre plegarias y aullidos. 

Es en este viaje que creamos sermones, arrodillados y adorando frases externas, inventando nombres, con la ilusión de poder comunicar lo incomunicable, de abrazar el mundo y, mediante la luz, eliminar el miedo de no saber nombrar lo que no existe. Aquí también se da para Pizarnik la nostalgia, al extrañar el desacostumbramiento, el oficio de recién llegado. Una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo, siendo iluminados ante nuestra propia falta de luz. 

Y es que a la casa del lenguaje se le ha volado el tejado, por lo que las palabras ya no guarecen, pero es por eso mismo que hablamos, aunque sin sentido ni destino, mirando, nos dice Pizarnik, con inocencia, como si no pasara nada. Solo así parece posible restaurar y reconstruir en la víspera de la muerte, víspera que pueda transcurrir como una fiesta delirante, que simule un lenguaje sin límites para poder desnudar la garganta y medir la elevación del espíritu en medio de la visión enlutada, desgarrada del jardín con estatuas rotas. 

Es la ruptura de tales monumentos lo que nos ha desnudado, llevándonos al hastío de tener que recoger los despojos, los restos de una civilización colapsada. Como una pequeña difunta en un jardín en ruinas, Pizarnik declara ocultarse en el lenguaje debido al miedo de naufragar entre los fragmentos del pasado. Sin embargo, ¿podrá el lenguaje desenterrar un mundo? ¿pueden salvarnos las palabras? Pizarnik teme dejar de ser la nunca fue, esto es, perder los lazos que la unían a aquello que ya estaba desunido, corroído por ficciones impuestas desde fuera.  

Y en este sentido, nada se vuelve más intenso que el terror de perder la identidad, quedando abandonados en una casa en ruinas, con la esperanza de encontrar un jardín inaccesible, propicio solo para la contemplación, no para habitar en él, pues es en el alojamiento que no podemos evitar ir hasta el fondo de nosotros mismos. 

Eduardo Schele Stoller.

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El demonio neón y la muerte de la belleza

La película The Neon Demon (2016) del director danés Nicolas Winding Refn puede ser considerada como una obra que ilustra el estado del arte actual o, al menos, la concepción estética de turno. Esta reseña alude a escenas de la película (spoilers), por lo que recomendamos verla antes de continuar. 

La historia se centra en Jesse (Elle Fanning), aspirante a modelo, quien, mudándose a Los Ángeles, logra ser tempranamente reclutada como musa de un magnate de la moda (Alessandro Nivola). Jesse, de una belleza pura y virginal que haría morir de envidia al mismo Apolo, se convierte en objeto de deseo de todos quienes la rodean. 

En El banquete de Platón, hay un discurso que calza perfecto con la forma en que Jesse es valorada por su entorno. En el diálogo, Sócrates recapitula parte de la discusión señalando que Eros sería amor de lo que se tiene necesidad, esto es, amor por lo bello. Pero si esto es así, entonces Eros no posee la belleza, y tampoco, al ir unidas, las cosas buenas. Allí Sócrates recuerda el discurso dado alguna vez por Diotima, filósofa que afirmara que Eros no sería un Dios, ya que no posee las cosas buenas, bellas y, en consecuencia, la felicidad. Sería más bien un gran demon que está entre lo divino y lo mortal. 

Con su belleza, Jesse aquí representaría lo divino, mientras que las modelos que la envidian serían simples mortales que necesitan de su belleza para elevarse del averno en el que se mueven diariamente. Para Diotima, el amor es el deseo de poseer el bien, pero también de procrear en lo bello, referido tanto al cuerpo como al alma. El amor, afirma Diotima, no es amor de lo bello, como cree Sócrates, sino que amor de la generación y procreación en lo bello, en lo que sería una profunda búsqueda de algo eterno e Inmortal. Esto queda patente cuando las modelos terminan asesinando a Jesse, en lo que pareciera ser un rito de origen dionisiaco, no solo le quitan la vida, sino que también ingieren su cuerpo, pues solo así pareciera que pueden ser parte de lo bello.  

Contrario a varias doctrinas estéticas, aquí lo bello no sería objeto de contemplación desinteresada, sino que de consumo y destrucción. El deseo, como sostenía Zygmunt Bauman, es el anhelo de consumir, de absorber, devorar, ingerir, digerir y aniquilar. El deseo no necesita otro estimulo más que la presencia de alteridad. Esa presencia es siempre una afrenta y una humillación. El deseo es precisamente el impulso a vengar la afrenta y disipar la humillación. Es la compulsión de cerrar la brecha con la alteridad que atrae y repele, que seduce con la promesa de lo inexplorado e irrita con su evasiva y obstinada otredad. El deseo es el impulso a despojar la alteridad (Jesse) de su otredad y, por lo tanto, de su poder. A partir de ser explorada, familiarizada y domesticada, la alteridad debe emerger despojada del aguijón de la tentación. El deseo es así también, destaca Bauman, un impulso de destrucción y de muerte. 

Este viraje de la estética de una contemplación desinteresada de lo bello al consumo y destrucción del mismo queda patente en la película cuando una de las modelos antropófagas de la belleza de Jesse termina vomitando uno de sus ojos, órgano que siempre ha estado sujeto a una serie de simbolismo en la historia del arte. Pensemos, por ejemplo, en la polémica obra Historia del ojo de George Bataille o el cortometraje Un perro andaluz de los surrealistas Luis Buñuel y Salvador Dalí. En todos estos casos, las respectivas escenas donde se profana el ojo nos ilustran lo aquí señalado: este ya no es un órgano para la contemplación, sino para el uso, gasto y goce de los sentidos. El ojo es así despojado de su función original, erradicándose de su posición natural, para formar ahora parte de las cavidades que solo buscan la degeneración. Es por esto que el expulsado ojo de Jesse del vientre de una de las modelos es rápidamente ingerido por otra, como queriendo mostrarnos que todo intento por resucitar la contemplación de la belleza clásica está condenado al fracaso. 

Eduardo Schele Stoller. 

La quijotesca labor filosófica

Al igual como ocurría con Don Quijote de la Mancha, la filosofía requiere de mayores tiempos de ocio para adentrarse, inicialmente, en el mundo de los libros, los que pueden, a la larga, hacernos perder el juicio, al velar por lo que hoy se consideran como meras fantasías. En el caso del ingenioso hidalgo, este buscaba aventuras como caballero andante, en una era moderna donde tales empresas carecían ya de sentido. En el caso de la filosofía, con gran parte de sus elucubraciones teóricas comienza a ocurrir lo mismo, principalmente con la debacle de la metafísica en manos del empirismo. 

Es curioso como David Hume, por ejemplo, alentaba a quemar todos aquellos libros que no se circunscribieran estrictamente al mundo de la experiencia, como demandaban los nuevos tiempos, al igual como en la obra de Cervantes se ilustra una escena donde los cercanos al Quijote queman gran parte de las obras que lo llevaron a la locura, asemejándolo a los poetas, catalogados ya como enfermos incurables. Son los criterios cientificistas que comienzan paulatinamente a dominar el mundo de las letras, no dando pie para el libre uso de la imaginación, es decir, para la inutilidad y el gasto improductivo.  

¿Cuál es el problema de querer perseguir molinos de vientos como si estos fuesen gigantes o de fantasear con una idílica Dulcinea? ¿Se puede ser caballero andante sin dama o, en otros términos, filósofo sin metafísica?  

A partir de la contemporaneidad muchos anunciaron la muerte de la filosofía, pues, al no haber verdad o Dulcinea que perseguir, toda su empresa carecía ya de sentido. Esta voz de la conciencia en la obra de Cervantes vendría a ser Sancho, quien acompaña en su decadencia al Quijote, aunque mediante constantes burlas y críticas a sus obstinadas búsquedas. De hecho, Sancho aterriza sus expectativas con respecto a su enamorada, cuando, al conocerla, constata nada más ni nada menos que su humanidad, con toda la simpleza y cotidianeidad que esto implica. 

Pero el ingenioso hidalgo no carecía de toda conciencia, pues llega a afirmar lo siguiente: En alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos, lo que implicaría que el problema no es andar o buscar, sino que hacerlo en estos nuevos tiempos. Así como Cervantes nos muestra cómo la era moderna cada vez se vuelve menos propicia para la fantasía, así también muchos filósofos fueron socavando su propia disciplina, limitando la libre elucubración de la razón por el sometimiento a estrictos y estrechos métodos de pensamiento.   

Como reconociera el mismo don Quijote: me habían hecho mucho daño tales libros, pues me habían vuelto el juicio y puéstome en una jaula, y que me sería mejor hacer la enmienda y mudar de lectura, leyendo otros más verdaderos y que mejor deleitan y enseñan. Con la filosofía, para bien o para mal, ha pasado lo mismo: las damas y caballeros que la defienden se adaptan a los nuevos tiempos o terminan contentándose con su “triste figura”.  

Eduardo Schele Stoller. 

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Hamlet y los reproches de la conciencia

Todos somos insignes malvados 

Cual mito griego clásico, en Hamlet de William Shakespeare podemos encontrar parte de los más oscuros impulsos del ser humano, los que, contra toda racionalidad moderna, logran siempre aflorar y terminar por dominarnos. 

La tragedia de Hamlet comienza cuando se entera que su madre, quien ha enviudado hace poco, se casó con su tío, hermano de su padre. La represión de la imagen del lecho incestuoso de su madre lo va llevando progresivamente a la locura, algo que se incrementa luego de la fantasmal aparición de su padre, quien le revela que ha sido su mismo hermano el que le ha dado muerte, en vista de hacerse del poder y de su esposa.  

El mismo Hamlet declara haber perdido toda su alegría, olvidando sus ordinarias ocupaciones y volviendo estéril sus proyectos. De allí el famoso soliloquio “ser o no ser”, pues, ¿Qué sentido tiene existir cuando se ha acabado la esperanza? Ante su situación, le tocará decidir si entregarse estoicamente a los brazos de la suerte injusta o si oponerle resistencia mediante una cruel venganza. Pero aquí cabría preguntarse, ¿Cuál ha sido la principal causa de la debacle emocional de Hamlet? ¿Qué es lo que alimenta su insaciable ira, la que, incluso lo ha hecho pensar en la propia muerte?  

Es solo el temor a lo que podría venir después de esta vida lo que lo detiene a buscar esta salida, asumiendo su cobardía al respecto. Ante esta pesimista situación es que Hamlet recomienda a Ofelia que se vaya a vivir a un convento, pues ¿para qué exponerse a ser madre de hijos pecadores? Aquí Hamlet, muy al estilo de Schopenhauer, declara que hubiese sido mejor que su madre no lo hubiera parido, en vista de evitar el carácter soberbio, vengativo y ambicioso que lo embarga, y en donde predomina el pecado, la fantasía y las imposibilidades para concretar sus más oscuros deseos. 

Esto es precisamente lo que trabaja Freud en La interpretación de los sueños, destacando que la causa que lleva a Hamlet a la locura no se debe tanto a la injusticia cometida contra su padre, sino al poder perdido sobre su madre, lo que lo llevó a reconocer su propia impotencia ante la realización de sus deseos infantiles. La repugnancia que debería impulsarle a la venganza queda en consecuencia, afirma Freud, sustituida por reproches contra sí mismo, por escrúpulos de conciencia que le acusan de no ser él mismo mejor que el pecador al que debe castigar. En suma, los hechos trágicos relatados en la obra han terminado por hacer consciente lo que debería permanecer siempre en el inconsciente.  

Hamlet trataría así de la edípica relación de los hijos con sus padres, pues no es solo el príncipe de Dinamarca el que padece tales penurias, sino que también Ofelia, su enamorada, ante la muerte de su propio padre. La locura que se produce en ella es mayor, pues, a diferencia de Hamlet, el objeto de su mayor deseo no solo ha sido deshonrado, sino que ha muerto. En una clásica escena que ha retratado el arte, Ofelia es encontrada ahogada a orillas de un arroyo, coronada por un sinnúmero de flores, como si ella misma fuera una ofrenda para aplacar los caprichos de nuestros instintos. 

Eduardo Schele Stoller. 

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