Voltaire, Hadot y la verdadera labor de la filosofía

¿Qué harías si supieras que el Señor te llama para el juicio final?: Seguiría jugando.

San Luis Gonzaga

Voltaire constataba un cierto pesimismo ante la labor de la filosofía, tanto en la teoría como en la práctica. Con respecto a la primera, señala que estamos encerrados en un estrecho círculo, condenados a ignorar gran parte de los que nos rodea, pues ninguna primera causa puede ser aprendida por nuestro pensamiento. Si pudiéramos conocer nuestra primera causa, seríamos dueños de ella, es decir, dioses, al poder dominar libremente el entorno y a nosotros mismos, algo que en la práctica Voltaire tampoco ve como posible.

Voltaire relaciona la libertad con el poder, esto es, cuando podemos hacer lo que queremos. Allí radica nuestra libertad. El problema es que queremos lo que necesariamente queremos, por lo que nuestra libertad se movería entre una determinación original y la ejecución de la acción, por ejemplo, al subyugar una pasión cuando mi mente me hace sentir su peligro y cuando el horror de esa acción lucha poderosamente contra un deseo. A pesar de este pequeño margen, la causa del querer nos sigue siendo inaccesible. El argumento de Voltaire parte del siguiente supuesto: si pudiésemos saber nuestras primeras causas y principios, podríamos manejarlos con absoluta libertad. Dado que esto no ocurre, no podemos acceder a nuestras primeras causas y principios. 

Ningún filósofo, afirma Voltaire, ha influido ni siquiera en las costumbres de la calle en que vivía. A su juicio, esto se debe a que las personas se rigen por los hábitos y no por la metafísica. Un solo individuo elocuente, hábil y prestigioso podrá influir mucho más que cien filósofos sobre las personas.

¿A qué se reduce entonces la labor de la filosofía?

Según Pierre Hadot, una de las principales características de la filosofía antigua se relacionaba con la expresión oral, esto es, con un diálogo de preguntas y respuestas, tratándose así de una relación viva entre personas, como forma de vida y terapia. En la Era Moderna, como destacaba Voltaire, hemos perdido el aspecto personal y comunitario de la filosofía, hundiéndonos cada vez más en una vía puramente formal. La construcción de un edificio conceptual pasa a convertirse en un fin en sí mismo, alejándose así cada vez más de la vida concreta de las personas. En cambio, señala Hadot, las obras filosóficas de la antigüedad no se componían para exponer un sistema, sino para producir un efecto de formación. El filósofo quería hacer trabajar los espíritus de sus auditores, interpelando a las personas, algo que, como sabemos, Sócrates hacía muy bien, paseando, comiendo y discutiendo en la vía pública. Sócrates demostraba que la vida cotidiana da la posibilidad de filosofar sobre todas las cosas.

Según Hadot, esto es algo que puede ilustrarse en sus ultimas palabras: “Le debemos un gallo a Esculapio” (Fedón). Para algunos, Sócrates con esto daría a entender que quiere hacer un sacrificio de reconocimiento al dios de la medicina, por haberlo curado de la vida, la cual no sería sino una enfermedad. Otros precisan que no es que la vida en general sea una enfermedad, sino tan solo la vida del cuerpo, pues la del alma sería la verdadera vida.

En cualquier caso Hadot destaca que el pensamiento de la muerte nos ayuda a desprendernos del formalismo, evitando mirar el mundo como el simple marco de nuestra acción, para considerarlo más en sí mismo y por sí mismo. Esto nos permitiría tomar conciencia del valor infinito de los momentos (sentimiento oceánico) y hacer lo que hacemos como si fuese la primera vez, dando un valor absoluto a cada instante de la vida, por banal y humilde que sea. En consecuencia, lo importante no es lo que hacemos, sino cómo lo hacemos.

El pensamiento de la muerte nos libera tanto del peso del pasado como del temor por el provenir. La concentración en el presente es una concentración en lo que realmente podemos hacer, pues, efectivamente, ya no podemos cambiar el pasado, ni tampoco actuar sobre lo que todavía no es. El presente es el único momento en el que podemos actuar y, en consecuencia, a través del cual podemos alcanzar la felicidad. Tanto el pasado (imperfección, pérdida) como el porvenir (incertidumbre) cuentan como fuentes de sufrimiento. Vivir en el momento presente, en cambio, es vivir como si viviéramos el mundo por primera vez, al desembarazarnos de la visión convencional y rutinaria que tenemos de las cosas, volviendo a encontrarnos con una visión bruta e ingenua de la realidad, logrando así percibir el esplendor del mundo que usualmente se nos escapa. 

Eduardo Schele Stoller.

La “epojé” como causa y solución del sufrimiento

Como ha destacado Sloterdijk, la idea de un ser humano verdaderamente pensante ha de ser ya una especie de muerto en vacaciones. Carecemos de lo que promulgara el método fenomenológico, exigiendo una rigurosa independencia de toda forma de postura existencial. La teoría para ser pura tendría que disolver, al menos temporalmente, la fijación del sujeto a la existencia real, es decir, señala Sloterdijk, ejercitarse en no tomar postura, en lo que sería una “des-existencializacion”. El ser humano pensante debería empeñarse por suspender en medio de la vida la participación en la vida, todo para intentar entrar en una esfera de observación pura. La “epojé”, en este sentido, se entiende como distanciamiento de la vida, como una puesta entre paréntesis ante la misma. Se requiere aquí de una actitud estoica, tal como la del cliente que pasea por el mercado sin comprar nada.  

Por el pensar, afirma Sloterdijk, se produce un autismo artificial que aísla al pensador y lo lleva a un mundo especial de representaciones forzosamente unidas. Esto es una especie de “éxtasis”, como el ser-ahí mismo que se presenta como tensión en otra parte, quedando metódicamente al margen de la existencia. Pero para esto se hace necesaria una actitud cosmopolita, careciendo de un sentido mayor de identidad y pertenencia a un grupo. Sin embargo, como ha señalado Victoria Camps, son muy pocos los que se sienten a gusto con esta idea, prefiriendo perder libertad a cambio de, precisamente, proteger la supuesta identidad ¿Por qué? 

Si lo que prima en nuestros días es la búsqueda de la felicidad (es cosa de ver los libros más vendidos), extraño sería adoptar la actitud escéptica de la “epojé”, pues rara vez la toma de distancia del sentido común implica emociones reconfortantes. De hecho, a mayor toma de distancia y, en consecuencia, conciencia, pareciera que reinara más la angustia y la desdicha que la felicidad. Quizás esta era la enseñanza que nos quería dejar Voltaire con su obra “Cándido”. 

Contra la concepción de Leibniz, las diversas tragedias que viven los personajes de esta obra nos muestran que estamos lejos de vivir en “el mejor de los mundos posibles”. Incluso superadas todas estas dificultades, los personajes parecen no lograr disminuir sus melancolías, creyendo más bien en la imposibilidad de alcanzar la felicidad en la tierra, pues si bien las riquezas podrían mejorar nuestras condiciones materiales, mentalmente seremos aquejados por el aburrimiento y el fastidio. 

Estos pesares perduran hasta que casualmente topan con un apacible anciano que tomaba el fresco en la puerta de su casa bajo un árbol de naranjos. Cándido y Pangloss (filósofo y tutor de Cándido) le consultan a este por la identidad de un hombre recién ajusticiado en la ciudad, suceso que el anciano decía desconocer, como así también cualquier otro tipo de acontecimiento externo a su hogar. A él solo parecían preocuparle el cultivo de sus tierras y el bienestar familiar. Es a través del trabajo, señalaba, que nos libramos de las tres insufribles calamidades que aquejan al ser humano; el aburrimiento, el vicio y la necesidad. Es el trabajo el que logra así darle un sentido, aunque sea rutinario y mecánico, a nuestra existencia, de la mano de la despreocupación de un conocimiento de orden más consciente, es decir, precisamente, tomando distancia de la existencia o factores sociales.  

La “epojé” aquí dista de tener una función cognitiva, pues la puesta entre paréntesis solo buscaría generar un espacio libre del ajetreo mundano. Tal como promulgaran los epicúreos en la antigüedad, la felicidad parece radicar en el alejamiento y la libertad que podamos alcanzar con respecto al entorno, no para pensar, sino que, por el contrario, para dejar de hacerlo, perdiéndonos en algunas labores simples y prácticas para darle sentido al día a día.  

Eduard Schele Stoller. 

Ediciones Siruela
Cándido - Voltaire