Nietzsche: más allá del bien y del mal

Todo lo vivo, nos dice Nietzsche, quiere, antes que nada, dar libre curso a su fuerza, pues la vida misma, más que deseo de autoconservación, es voluntad de poder. Es necesario, en consecuencia, someter a juicio los sentimientos de abnegación, de sacrificio por el prójimo, es decir, a la moral de renuncia al poder personal. Por el contrario, debemos probarnos de que estamos destinados a la independencia y al mando, no quedando adheridos a ninguna persona, pues toda persona, afirma Nietzsche, es una cárcel, lo mismo aplica para la patria, moral y ciencia. Hay que saber reservarse.

Estas personas corresponden a los filósofos del futuro, aquellos que Nietzsche llama “tentadores”, pues irán en contra de la fe cristiana, del sacrificio de la libertad y del orgullo, en suma, de la mutilación de sí mismo. En vez de la cercanía, es la lejanía lo que define al humano futuro, pues el espacio alrededor suyo crece en media que profundiza su mirada. No como los hombres regidos por el instinto de conservación, los que no pueden más que quedarse en la superficie del mundo, siendo volubles, ligeros y falsos. Estos últimos representan al animal de rebaño; dóciles, enfermizos y mediocres, quienes solo buscan en los sentimientos intensidad, pero no estabilidad.

Nietzsche desaconseja el “conócete a ti mismo” griego, pues a través de tal ejercicio lo que se busca es la objetividad, es decir, algo que causaría el desinterés en sí mismo, ya que pasaría a haber algo superior a nosotros, buscando en realidad allí un escondite para reafirmar los valores del grupo. Es aquí donde se requiere de los espíritus fuertes y originarios para invertir todos los valores dados, son los filósofos del futuro los que van con el martillo en sus manos; destruyendo para construir los valores que vendrán, constituyéndose así en la conciencia malvada de su tiempo, la que no se deja debilitar por el gusto y virtud de la época, todas actitudes que terminan por enflaquecer la voluntad, mediante el juicio y la condena moral, venganza favorita, señala Nietzsche, de los seres espiritualmente limitados.

Para Nietzsche, la cultura superior se basa en la espiritualización y profundización de la crueldad, algo que ya desde los griegos se plasmaba en la tragedia, pero que también gozaban los romanos en el circo, los cristianos en los éxtasis de la cruz y los españoles ante las hogueras o en las corridas de toros. Se necesita de una sociedad aristocrática que diferencie y jerarquice entre los individuos. De alguna forma, Nietzsche cree que, sin la subyugación y diferenciación entre las personas, no podría surgir tampoco el deseo de ampliar constantemente la distancia dentro del alma, esto es, la elaboración de estados siempre más elevados, más raros, más lejanos, más amplios, más abarcadores, es decir, la autosuperación humana.

La sociedad no existe así para sí misma, sino tan solo como infraestructura y andamiaje para que se apoyen en ella una especie selecta de seres, en vista de que puedan elevarse y convertirse en un ser superior, ser que pasará a despreciar al cobarde, miedoso, mezquino y utilitarista, todas actitudes propias de una moral de esclavos, donde lo “malo” es todo aquello que inspira temor, y lo “bueno” las acciones de personas estúpidas y fáciles de engañar, es decir, personas en las que no radica ningún peligro.

El que aspire a cosas grandes siempre ira midiéndose con los demás, evaluando si estos le sirven como medio, obstáculos o lechos pasajeros para reposar, siempre con la vista puesta en el afán de superación personal. El filósofo del futuro, afirma Nietzsche, será como una tormenta que camina grávida de nuevos rayos; un hombre fatal, rodeado siempre de truenos, gruñidos, aullidos e inquietantes acontecimientos. Este sufrimiento más de una vez le hará huir, sin embargo, debido a su curiosidad, no podrá evitar volver a sí mismo una y otra vez, pues no se conforma con la vulgar comunidad.

Eduardo Schele Stoller.

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Ad Astra: Nietzsche y la valoración humana en el cosmos

En Sobre verdad y mentira en sentido extra moral Nietzsche nos dice lo siguiente:

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la Historia Universal: pero, a fin de cuentas, solo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante, pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo.

La reciente película de James Gray Ad Astra (2019) cuestiona la pesimista visión del ser humano en comparación con el cosmos que defiende Nietzsche. Como se desprende de la cita anterior, el filósofo alemán cuestiona la sobrevaloración que se ha dado a sí mismo el ser humano a través de los siglos, la que, en comparación con la extensión y temporalidad del cosmos, vendría a ser nada. En la película, quien representa esta visión es el personaje que representa Tommy Lee Jones (H. Clifford McBride), quien se emprendió en una misión para la búsqueda de vida inteligente hasta los límites de nuestro sistema solar. Sin embargo, un motín a bordo de la nave por parte del resto de tripulantes -quienes buscaban convencer al capitán Clifford para volver a la tierra debido al fracaso de la misión- terminó con la vida de estos a manos de un obsesionado capitán, quien se negaba a aceptar la realidad.

Años después, su hijo, representado por Brad Pitt (Roy McBride), se emprende en una misión para, inicialmente, intentar comunicarse con su padre, a quien ya creía muerto, pero que el Comando Espacial de los Estados Unidos suponía vivo y causante de una serie de oleadas de energía provenientes de Neptuno, orbita donde se alojaba la nave de su padre. Roy deambula entre el apego y el desapego emocional con la humanidad. Su cable a tierra, a la valoración humana, lo cumple su pareja a quien deja en la tierra, personaje representado por Liv Tyler, mientras que el desapego y apatía lo encarna su padre. Debido a una serie de vicisitudes, Roy debe viajar hasta Neptuno para destruir la nave que genera las oleadas de energía que amenaza la vida en la tierra, donde termina por encontrarse con su padre. Es aquí donde, magistralmente y en muy pocas palabras, se invierte el argumento de Nietzsche.

Si bien es cierto que tanto espacial como temporalmente nuestra existencia, en comparación con el cosmos, no es nada, con respecto a nuestra conciencia e inteligencia, hasta donde sabemos, lo es todo, pues, es precisamente en este apartado rincón del universo en donde la vida emocional e inteligente surgió. Bajo este criterio, nuestra valoración dentro del cosmos se incrementa. Es por esto por lo que Roy decide volver con su mujer en la tierra.

Mediante su misión, Clifford no buscaba más que corroborar su nihilismo, así como Nietzsche amoldó también su filosofía a sus experiencias y personalidad. Al enfrentar Clifford la realidad, no pudo más que desear la muerte ¿Habrá constatando lo mismo Nietzsche previo a su crisis de locura? Quizás cuando este abrazó en plena plaza pública a un caballo fue para aferrarse al último y, probablemente, único acto de empatía y apego que le quedaba.

Eduardo Schele Stoller.

Kant: la educación como coacción

Kant consideraba que el ser humano es la única criatura que ha de ser coaccionada por medio de una instrucción constante, pues, a su juicio, es solo mediante la disciplina que logramos convertir nuestra animalidad en humanidad. La disciplina es así meramente negativa, al representar solo las acciones mediante las cuales se borra la animalidad.

La disciplina, entonces, nos somete a las leyes de la humanidad y comienza a hacernos sentir, desde temprano, su coacción para no dejarnos guiar por nuestros caprichos. Es únicamente por la educación que podemos llegar a ser humanos, ya que nuestras disposiciones naturales no pueden desarrollarse por sí mismas. Por esto, desde la niñez el alumno debe demostrar sumisión y obediencia pasiva, para un uso posterior óptimo de nuestra reflexión y libertad. En la primera etapa hay una coacción mecánica; en la segunda, una coacción moral. El niño ha de sentir, sostiene Kant, la inevitable resistencia de la sociedad, en vista de que aprenda lo difícil de bastarse a sí mismo. Debe dejarse libre al niño desde su primera infancia, con tal que obre de modo que no sea un obstáculo a la libertad de otro. Se le educa para que algún día pueda ser libre, esto es, para no depender de los otros.

Al respecto, Kant considera que ciertos niños corren con desventaja, pues sus padres juegan con ello como los monos; les cantan, zarandean y besan, pensando que les hacen un favor cuando, por ejemplo, corren hacia a ellos cuando lloran, ya que en realidad están reforzando con ello tales conductas. Por el contrario, cuando no se atiende a sus gritos, acaban por callarse, pues ninguna criatura se toma tal «trabajo» inútilmente. Si se les acostumbra a ver realizados todos sus caprichos, afirma Kant, después será demasiado tarde para «quebrar su voluntad». Dejándoles gritar, se cansan ellos mismos; si se satisfacen todos sus caprichos en la primera juventud, se pervierte su corazón y sus costumbres. Deben habituarse así a las respuestas negativas.

A lo que apunta Kant a través de la educación es, principalmente, a la creación de hábitos. Sin embargo, es consciente que mientras más hábitos tengamos, menos libres e independientes somos. Si la disciplina es sumisión de la barbarie, debemos procurar a través de ella no solo desarrollar habilidades, como suele en la práctica darse hoy, sino que también la moral (valores). Al respecto, ya Kant consideraba que vivía en un tiempo de disciplina, cultura y civilidad, pero aun de moralización y, con esto, la educación cojea, pues todo lo que tiene que ver con la formación del carácter, aspecto esencial para el vivir, queda fuera.

Eduardo Schele Stoller.

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