Nietzsche: Humano, demasiado humano

La explosión que produce en el ser humano la fuerza de la voluntad, por medio de la cual intenta marcarse a sí mismo los rumbos y la voluntad del querer libre, es considerada para Nietzsche como una clase de enfermedad, que nos pone en peligro al querer probar constantemente nuestro dominio por sobre las cosas. Andamos como vagabundos, curiosos y husmeando en torno a lo prohibido. El ser humano se encuentra así inquieto y sin rumbo, haciéndose interrogaciones cada vez más peligrosas, sobre el bien, el mal, la divinidad y todos los posibles engaños con respecto a los mismos. De ahí en más, el ser humano no ve más que cosas de las que no puede más que desconfiar. Por eso su intento de escape y evasión ante los mismos, pues no soporta el cambio en el panorama de la existencia que le ofrece ahora su espíritu libre.

Esta mayor libertad va de la mano de un mayor sentido histórico y conciencia evolutiva, lo cual lo hace constatar la imposibilidad de llegar a hechos eternos o verdades absolutas, limitándonos solamente al dominio de los sentimientos y la representación. El error de la metafísica es, precisamente, su intento por deshumanizar el conocimiento, colocándolos por delante de la vida y la experiencia, cuando en realidad es al revés. De esta manera desconocemos la evolución histórica y social de nuestro mundo, el cual ha surgido, a juicio de Nietzsche, como el resultado de una multitud de errores y fantasías, tal como la cosa en sí, idea vacía y carente de sentido, pues, siguiendo a Kant, concuerda en que es la razón la prescribe sus leyes a la naturaleza, y no al revés.

El mundo es en tanto representación, es decir, en tanto que error. Constatar esto, advierte Nietzsche, puede contar como una desventaja, pues al desaparecer los proyectos metafísicos, restringimos nuestra mirada en exceso, limitándonos solo ahora a nuestra corta existencia. Quien corre el velo que oculta la esencia del mundo necesariamente se desilusiona. Sin embargo, es el mundo como representación el que debería rebosar de sentido, al menos como afirmación práctica.

Al no tener la humanidad ningún fin, Nietzsche afirma que el ser humano no podrá encontrar consuelo ni reposo, sino, por el contrario, solo desesperación. Anulados los deberes, la vida humana se sumerge en la inmoral contraverdad, que no le permite adaptarse a los motivos intelectuales superiores que la civilización de turno introduce. Perdemos así el placer de lo moral, esto es, de coincidir con la costumbre, con lo habitual, con lo socialmente útil, lo que, como tal, no exige reflexión alguna.

Con la reflexión, reconoce Nietzsche, más terreno pierden las religiones y artes del narcotismo, mediante los cuales intentamos suprimir nuestros males. El conocimiento es así dolor. Pero Nietzsche no ve el dolor como algo negativo, de hecho, señala que es necesario desolar el corazón para después aliviarlo, de allí su constante crítica a la religión, que busca todo lo contrario, como vestigios de pueblos groseros y primitivos totalmente determinados por la ley y la tradición, mediante los cuales el individuo se ve sometido y encadenado a la costumbre. Todos los estados y órdenes de la sociedad, las clases, el matrimonio, la educación, el derecho, solo tienen fuerza y duración por la fe que en ellos tienen los espíritus siervos, es decir, se debe a la carencia de razones para justificar sus creencias.

¿Por qué entonces la necesidad de someterse a la servidumbre? Sobre esto, Nietzsche sostiene que la servidumbre de las convicciones conduce a cierta energía de carácter. Cuando alguien obra por un pequeño número de motivos, pero siempre los mismos, adquieren sus acciones una energía insospechada, al estar sus conductas en sintonía con los principios de los espíritus siervos de los demás, generando, a su vez, el sentimiento de la buena conciencia. Por lo demás, quien tiene la tradición de su parte no tiene necesidad de razones para su comportamiento, de allí que el espíritu libre sea siempre más débil, al perderse en un sin número de motivos y puntos de vista, perdiendo, en consecuencia, seguridad. Sin embargo, gana en genio, libertad e individualidad, habilidades que le permitirían construir nuevas costumbres. Nos debemos olvidar, nos dice Nietzsche, que todas las empresas humanas necesitan del mismo estiércol pestilente para prosperar.

Eduardo Schele Stoller.

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Marinetti: el futurismo presente

El futurismo propuesto por Filippo Marinetti hace más de un siglo se ha materializado en nuestro actual modo de vida. Al evaluar algunos de sus principales postulados tales como: echar abajo la tradición, rebelarse contra el culto al pasado y la tiranía de las academias, contra el arte académico, los museos, contra el reinado de los profesores, de arqueólogos y anticuarios, vemos el reflejo de nuestra cultura adoradora de la inmediatez y lo nuevo.

Un buen futurista, señala Marinetti, debe ser descortés veinte veces al día. Reniega del deseo imperioso por salvar las apariencias, la manía por la etiqueta, el bien parecer y los prejuicios de toda clase (esnobismo). El futurismo está a favor de la inquietud continua y progreso indefinido a nivel fisiológico e intelectual, cuyo medio preferente es la guerra, pues lo que quieren es arrancar y quemar las mas profundas raíces del árbol social.

Por ejemplo, uno de sus ataques se dirigen hacia el amor, el cual desprecian por ser algo no natural. El amor, afirma Marinetti, es una invención de los poetas, es decir, es solo un producto literario, previendo que éste quedará reducido a la simple copula para la conservación de la especie, quedando el contacto libre de todo misterio, pecado y vanidad donjuanesca. Pasará a evaluarse por lo que es; una sencilla función corporal, como el comer y el beber.

El futurista odia a los maestros simbolistas del pasado, los cuales abrigaban la pasión por las cosas eternas, el deseo por la obra maestra inmortal e imperecedera. Ante esto, Marinetti se proponía enseñarnos a amar la belleza de una emoción o de una sensación, único aspecto realmente valioso, pues tales experiencias son únicas y están destinadas a desvanecerse irreparablemente. El pasado, afirma Marinetti, es necesariamente inferior al futuro.

El futurismo se centró en lo venidero ante la necesidad de superar el pasado y su propio presente adorador de la tradición. Pero hoy este ideal ya se ha logrado, razón por la cual ya no hay por qué inquietarse. Perdido el simbolismo y sus adoradores, no queda más que la experiencia presente. Todo ideal de trascendencia queda vetado, de allí la distinción que los futuristas hicieran con el ideal de superhombre nietzscheano. El hombre futurista es enemigo del libro, amigo de la experiencia personal, discípulo de la maquina, cultivador encarnizado de su voluntad, adorador de lo ligero, lo práctico, lo efímero, lo veloz, lo funcional. ¿No son acaso todas estas características de nuestra vida cotidiana?

Eduardo Schele Stoller.

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