Bauman y la turística ética posmoderna

Bauman caracteriza la revolución posmoderna de la ética como la debacle misma de lo ético, al sustituirse la ética por la estética y al liberarse las acciones de los opresivos deberes, mandamientos y obligaciones. Las utopías e idealismos de ayer se han convertido en fines pragmáticos, viviendo ahora en la era del individualismo puro y de la búsqueda de la buena vida, limitada solamente por la exigencia de tolerancia. Esta moralidad minimalista se basa en el relajamiento gradual de la tradición y la creciente pluralidad de contextos. Una vez que se cuestiona el criterio de evaluación, las dimensiones para la medición comienzan a ramificarse y a crecer en direcciones cada vez más distantes entre sí.

Los fenómenos morales, afirma Bauman, son esencialmente “no racionales”. Al no ser regulares, repetitivos, monótonos y predecibles, no pueden presentarse como una guía de reglas, estando así en contra de un universalismo moral (modernidad). Con el pluralismo de reglas, las elecciones morales nos parecen intrínsecamente ambivalentes. Vivimos tiempos de una fuerte ambigüedad moral, lo que si bien nos ofrece una libertad de elección nunca antes vista, también nos lanza a un estado de incertidumbre agobiante.

La moralidad de una sociedad, según Bauman, debiera fundarse de tal manera que comprometa a los seres humanos para no depender de ninguna autoridad supra o extrahumana. Pero, paradójicamente, Bauman destaca que todas las instituciones sociales apoyadas en sanciones coercitivas se han fundado sobre la suposición de que es imposible confiar en que el individuo hará una buena elección. La libertad individual se somete así a normas heterónomas, lo cual, a la larga, evita a los individuos la agonía de la incertidumbre en una sociedad racionalmente organizada.

Pero al caer bajo peso de la multitud, la otredad -aspecto clave para que haya moral- termina por asfixiarse y extinguirse. Mientras la responsabilidad moral se nutre de la diferencia, Bauman afirma que la multitud vive de la similitud. La multitud suspende y hace a un lado a la sociedad con sus estructuras, clasificaciones, categorías y papeles, eliminando de paso la moralidad. La multitud borra la distancia que permite el reconocimiento y la responsabilidad, pues la multitud representa el consuelo de no tener que tomar decisiones ni padecer la incertidumbre.

De concretarse lo anterior, Bauman prevé que no podrán ya visualizarse los impactos futuros de nuestras acciones, pues, para esto, debemos estar bajo la presión de una incertidumbre aguda. La actitud moral verdadera consiste precisamente en lograr que esta incertidumbre no se haga a un lado ni se elimine, sino que se abrace conscientemente. No obstante, hemos preferido delegar tal responsabilidad diluyéndonos en la masa. Como ha destacado Bauman, la tolerancia posmoderna parece alimentar la intolerancia, ya que, si bien la gran certidumbre se ha disipado, el proceso se dividió en una multitud de pequeñas certidumbres, aferradas con más ferocidad a su pequeñez.

Al igual que el vagabundo, el turista sabe que no permanecerá mucho tiempo en el sitio al que llegó. La capacidad estética del turista, su curiosidad, necesidad de diversión, disposición y capacidad de vivir experiencias nuevas y placenteras buscan lograr poseer una libertad de esparcimiento total. Los turistas, a juicio de Bauman, pagan por su libertad, pagan por el derecho a pasar por alto los intereses y sentimientos de los nativos. El turista quiere tejer su propia red de significados, obtenidas mediante una transacción netamente comercial. Para el turista, la rutina cotidiana de los nativos no es más que una mera colección de emociones exóticas, de dramas históricos y de rutinas ajenas. Físicamente cerca, espiritualmente remoto, esa es la fórmula del turista. El alto precio que paga lo hace en parte para que no haya proximidad moral, es decir, para asegurar su libertad y evadir el deber.

En el mundo posmoderno, el turista ha pasado a configurar el modelo de vida cotidiana. El turismo ya no es así algo que solo se practique en vacaciones. La vida normal, la vida buena, deberá ser una vacación continua. La pretensión es vivir en una cultura del carnaval, en donde haya constantes ferias de ruptura pública de la moralidad, la tradición y la rutina. El rito, el exceso, representados en la figura de Dionisos de antaño, amenaza ahora con extender su temporalidad a un estado de vacación constante, en donde la única moral que vale será aquella del derecho a la liviandad, a la felicidad, al no reconocimiento del otro. Pero en el fondo, esta es una no moral, pues ésta siempre ha sido entendida de la mano del deber, idea que busca erradicarse desde la lógica del turismo.

Eduardo Schele Stoller.

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El pragmatismo de William James

Bajo el enfoque epistemológico de William James la verdad no es concebida en un sentido trascendente, sino mas bien como una propiedad de solo algunas de nuestras ideas, a saber, de aquellas que logran cierta adecuación con la realidad y, producto de lo cual, podemos corroborar y verificar. Esto quiere decir que la verdad no es una propiedad inherente a las ideas, ya que ella les acontece como producto de diversas contingencias.

Las ideas llegan a ser ciertas dependiendo de las circunstancias, las que deben cumplir con el requisito de ayudarnos, práctica o intelectualmente, a relacionarnos con la realidad. Así, recalca James, lo verdadero es solo lo ventajoso en nuestro modo de pensar, por tanto, refiere a su actuación empírica con respecto a nuestros intereses.

Lo que el pragmatismo busca es asentar las disputas metafísicas, tratando de interpretar cada noción identificando sus respectivas consecuencias. Si entre dos nociones no hay diferencias prácticas, vendrían a significar lo mismo, por lo que la disputa es en vano. Se deben mostrar algunas diferencias prácticas entre las posiciones, aspectos bajos los cuales el mundo sería diferente si alguna de las alternativas fuese verdadera.

El pragmatismo es solo un método, ya que no propone ningún resultado en particular. No es una solución, sino que un programa de trabajo, de cómo la realidad puede ser transformada. No se obtienen de él resultados particulares, solo se concibe como una actitud y orientación, desatendiendo a los principios, las categorías y necesidades, para mirar hacia las últimas cosas, frutos, consecuencias y hechos. Las teorías se vuelven así instrumentos, no respuestas a enigmas. Por ello, el pragmatismo es una tendencia anti-intelectualista, contra el racionalismo como pretensión y método.

El pragmatismo es entonces primero que todo un método, luego una teoría sobre el significado de la verdad, la cual pasa a entenderse a su vez como una especie de bien, en la medida que cumpla las condiciones ya citadas.

Una hermosa analogía que ofrece James para ilustrar la situación del ser humano ante el conocimiento es la siguiente. Imaginemos que el agua representa el mundo de los hechos sensibles y el aire el mundo de las ideas abstractas. Ambos mundos son reales e interactúan, pero lo hacen solo en los límites. El centro de todo lo que vive y nos pasa, la experiencia, pasa en el agua. Somos como peces nadando en el mar de los sentidos limitados arriba por los elementos superiores, pero no pudiendo respirarlo o penetrarlo. Obtenemos nuestro oxigeno de él. Las ideas abstractas de las cuales consiste el aire, indispensable para la vida, pero irrespirables por sí mismas.

Eduardo Schele Stoller.

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