Demian: rompiendo el falso cascarón de la existencia

«El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo. El pájaro vuela hacia Dios. El dios se llama Abraxas.»

En “Demian”, Hermann Hesse nos lleva a un profundo viaje por la psicología humana, donde su personaje principal no se cansará de buscar en sí mismo las respuestas y enigmas a vencer para alcanzar el conocimiento pleno de sí mismo. Pero para esto, no solo habrá que moverse dentro del plano claro, bello y ordenado de la vida, sino que también tendremos que atravesar constantemente al lado oscuro, feo y caótico de la “sombra”, como diría Jung, el cual está lleno de miedos y remordimiento, alejándonos de la felicidad y protección que usualmente ostentamos en la infancia. Son los pilares de los padres, señala Hesse, los que deben destruirse para que podamos ser finalmente nosotros mismos. Este desgarrón a la larga cicatrizará, pero internamente continuará existiendo y sangrando, desligándonos así progresivamente del claro mundo.

Sinclair no puede sentir más que miedo e incertidumbre ante tal aterradora renovación, pues todo lo gozado en pasado ahora parece profanado y falso. Es en el contexto de esta agonía que aparece en la novela el personaje de Max Demian, quien defendía el asesinato cometido por Caín, ya que Abel habría representado, precisamente, el claro mundo que ambos querían dejar atrás, como una especie de paraíso perdido. Demian se convertirá en una especie de guía espiritual de Sinclair, enseñándole, por ejemplo, que no se le debe temer a nadie, pues, de lo contrario, este tendrá poder sobre nosotros. Hay que liberarse de los miedos antes que estos nos destruyan.

A juicio de Demian, deberíamos santificar y venerar al mundo en su totalidad, es decir, no solo la mitad oficial y divina. También deberíamos tener un culto al demonio, el cual siempre ha sido silenciado por la tradición oficial. Los griegos, por ejemplo, han divinizado el instinto a través de lo dionisiaco, venerándolo en grandes bacanales y fiestas. La apertura a este mundo hizo que parte de Sinclair se derrumbara, desengañando y destiñendo a su vez los sentimientos y alegrías a las que estaba acostumbrado. Lo que evidencia, en suma, es lo absurdo de la existencia y lo insípido y carente de sentido de la vida. Buscando salidas, sin querer, Sinclair se retrataba constantemente a sí mismo, al parecer como un medio de sublimar en otros sus deseos y frustraciones.

Solo un dios como Abraxas podría apaciguar la angustia de la pérdida del paraíso, del mundo bello, claro y ordenado, pues él deambula por ambos mundos; el claro y el oscuro, lo que le favorece la ejecución más libre de los deseos, es decir, superando la represión tan propia de la imposición moral, que nos impide la manifestación de nuestro mundo interior, confinándonos, a su vez, a vivir solo a través de los sueños e idealizaciones dadas en la masa. Pero de esta forma toda posibilidad de cambio o progreso futuro queda vedada. Solo unos pocos parecen llevar la marca de Caín, necesaria para despertar el miedo y odio necesarios para sacar a la humanidad de su idílica estrechez, a través del peligro y la muerte, todo en vista de volver a nacer.

Eduardo Schele Stoller.

Jung: enajenación, sombra y conciencia

Según Carl Gustav Jung, en cada experiencia humana hay un número ilimitado de factores desconocidos, lo cual nos impide poder conocer la naturaleza última de la realidad. Esto nos ha llevado, desde tiempos inmemoriales, a simbolizar todo aquello que no hemos podido expresar con palabras. Esto es algo que puede verse reflejado en nuestros sueños, los cuales cuentan como una manifestación de nuestro inconsciente.

En El hombre y sus símbolos, Jung distingue entre signo y símbolo. El signo, señala Jung, es siempre menor que el concepto que representa, mientras que el símbolo representa algo más que su significado evidente o inmediato, siendo a través de estos que los arquetipos se manifiestan. Estos últimos son entendidos por Jung como la forma en que los instintos se manifiestan a través de ciertas fantasías e imágenes. El inconsciente está guiado principalmente por tendencias instintivas representadas por sus correspondientes formas de pensamiento, es decir, por los arquetipos.

Bajo el mundo civilizado, nos señala Jung, la misión de los símbolos (religiosos, por ejemplo) ha sido dar sentido a la vida del hombre, asignándole así algún significado más trascendente a su existencia. Pero con el avance de la ciencia y con el intento de liberación de la superstición hemos perdido los valores espirituales. La gente pierde así el sentido de la vida, desintegrándose paulatinamente además la organización social de la que forma parte. No habiendo valor alguno en los símbolos, ya nada es sagrado.

Al crecer el conocimiento científico, Jung afirma que nuestro mundo se ha ido deshumanizando. El hombre se siente aislado en el cosmos, porque ya no se siente inmerso en la naturaleza y ha perdido su emotiva «identidad inconsciente» con los fenómenos naturales, los cuales han ido perdiendo sus repercusiones simbólicas. Ha pasado a predominar el dominio por la naturaleza y el servilismo hacia las máquinas que lo permiten. El intento de dominación del entorno se realiza sin poder aun dominarnos a notros mismos, a nuestra propia naturaleza.

Esto es lo que trabaja Jung en Las relaciones entre el yo y el inconsciente, destacando que cuando los contenidos reprimidos en el inconsciente logran arribar a la conciencia, esto suele derivar en depresión y agobio, al constatar el tipo de contenidos de su inconsciente, y del reconocimiento de su impotencia ante el destino que éste les impone a través de lo consciente. Y es que la naturaleza humana, señala Jung, no consiste solo en luz, sino también en abundante sombra, de allí que el conocimiento que se alcance de sí mismo resulte a menudo penoso.

Nuestra psiqué reposa sobre la base de una disposición de espíritu heredada de manera inconsciente, razón por la cual, según Jung, la psiqué humana es un fenómeno no solo singular, sino también colectivo. De hecho, cuanto mayor es una comunidad, mayores son los factores colectivos, sustentados por prejuicios conservadores en detrimento del individuo, quedando así más anulado moral y espiritualmente. De este modo, afirma Jung, solo prospera la sociedad, mientras que la singularidad del individuo queda condenada a sucumbir, esto es, a la represión. Con ello lo individual cae en el inconsciente, donde se convierte en lo malo por principio, en lo destructivo o anárquico, que se manifiesta socialmente solo en los crímenes que cometen ciertos individuos, mientras que en los demás permanece como trasfondo, solo perceptible indirectamente, a través de una inevitable decadencia moral de la sociedad.

Estando en sociedad cada uno es peor a que si actuara solo, pues la sociedad lo transforma en masa, relevándolo de su responsabilidad de individuo. Cuanto mayores son las organizaciones grupales, sostiene Jung, tanto más inevitable es su inmoralidad y ciega estupidez. Cuanto más pequeño un cuerpo social, tanto mejor está garantizada la individualidad de sus miembros y, con ello, la posibilidad de una responsabilidad consciente. Sin libertad no puede haber moral. Pero para llegar a esto, debemos desprendernos de la imitación, la sugestionabilidad y el contagio mental, propio de la masa.

Como sabemos, «persona» significa máscara, por lo que el individuo suele no ser más que una representación de la psiqué colectiva. En el fondo, nos dice Jung, la persona no es algo real. Asumimos un nombre, adquirimos un título, representamos una función. El individuo no es así más que una mera configuración de compromisos, una pura apariencia. Cuando esto se devela, nos sentimos abandonados, desorientados, como un barco a la deriva. A pesar de los efectos adversos, Jung nos llama a encaminarnos en este proceso de individuación, de llegar a ser un ente singular, de realización de sí mismo y no en beneficio de un papel externo o de un sentido imaginario. De hecho, cuanto más restringido es el campo de la conciencia de un ser humano, tanto más aparecen, señala Jung, contenidos psíquicos como si fueran externos, como espíritus o potencias mágicas, proyectadas sobre otros.

Eduardo Schele Stoller.