La misoginia estética de Kant

En las Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime (1764), Kant destaca que las diferentes sensaciones de placer o displacer no obedecen tanto a la condición de las cosas externas que las suscitan, sino que dependen más bien de la sensibilidad propia de cada ser humano. Es en este marco que distingue los sentimientos de lo bello y lo sublime.

Por ejemplo, la contemplación de prados floridos, valles o rebaños tienden a provocar una sensación agradable, asociando la alegría con la belleza. En cambio, la vista de una montaña, de una tempestad o una pintura sobre el infierno pueden llegar a producir cierto agrado, pero unido al terror, emoción propia de lo sublime. En este sentido, como la noche, lo sublime conmueve, mientras que, como el día, lo bello nos encanta.

Kant aplica estos criterios de forma muy particular para distinguir a los sexos, lo que raya en la misoginia. A su juicio, el sexo femenino resalta principalmente por la característica de lo bello (bello sexo), mientras que el masculino por lo sublime (noble sexo). Estas diferencias, las que se consideran como predisposiciones naturales, deberían potenciarse aún más mediante la educación, resaltando en la mujer la importancia por nutrir su belleza, elegancia y ornado. Si bien la mujer posee inteligencia, no alcanza la profundidad de la mente masculina, la que se acerca así a lo sublime.

De hecho, Kant considera que el exceso de estudio en la mujer termina por opacar su belleza, de allí que no deba aprender más que lo necesario para captar alguno que otro chiste en los eventos a los cuales asista. Y es que su “filosofía” no se basa en razonamientos, sino que en sentimientos, por lo que todo su aprendizaje ha de centrarse en el manejo de este aspecto.

En consecuencia, debe evitarse en la mujer cualquier tipo de altanería, pues esta termina desfigurando completamente el carácter de su sexo, oponiéndose al encanto seductor de lo modesto. Según Kant, no es casual entonces que los fines de la naturaleza se dirijan a ennoblecer más al hombre y a embellecer más a la mujer, pues en los primeros primaría lo sublime, mientras que en las segundas solo una superficial e intrascendente belleza.

Eduardo Schele Stoller.

Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y de lo sublime - Alianza  Editorial

Del erotismo amoroso al hedonismo fáunico

Ercole Lissardi ha destacado la existencia de dos paradigmas con respecto a lo erótico a lo largo de la historia: el amoroso y el fáunico. El primero se basa en una idea de amor exclusivo y espiritual, uno que no espera recompensa, reciprocidad, ni la posesión de su objeto. Este paradigma, señala Lissardi, esencialmente discursivo, ha reinado a lo largo de la historia de Occidente, modelando a las personas en sus búsquedas amorosas, mediante el logos, la Iglesia, el Estado y sus leyes.

El paradigma fáunico, en cambio, se caracteriza por privilegiar el apetito sexual, el deseo y la voluptuosidad. En su origen es mudo, pues se manifiesta solo a través de imágenes y representaciones. Si bien ha sido reprimido y rechazado por las instituciones que han regulado la vida y el pensamiento en Occidente, se ha desarrollado de igual manera en la clandestinidad. En sus comienzos, afirma Lissardi, este paradigma fue representado por el sátiro griego y el fauno romano (borrachos, juguetones y sensuales), los cuales se comienzan a diabolizar en el medioevo (Satanás como tentador al pecado), hasta su retorno en el renacimiento, donde resurge la imagen de Dionisos, intentando transgredir el paradigma amoroso que aprisionaba a la sensualidad humana.

El mayor poder de la iglesia, nos dice Lissardi, radica en el poder de perdonar los pecados, de allí que necesite de estos. Al no podemos evitar pecar, la única salvación del individuo depende de ser absuelto, siendo así Satanás la moneda de cambio del confesionario, que habilita el acto de poder de la absolución. Satanás, afirma Lissardi, es el cemento que mantiene unido el edificio del poder eclesiástico, cuyas piezas claves son la confesión (sometimiento) y la absolución (perdón). Tal como un régimen totalitario, Lissardi señala que la Iglesia se inventa un enemigo exterior del que debe proteger al común de la población, para lo cual construye un sistema de control policiaco de la intimidad.

Pero este control ya no es efectivo, pues las personas han cedido ante lo que Lissardi denomina como “cuerpo pornográfico contemporáneo”, donde el paradigma fáunico resurge con toda su fuerza, a través de su cotidianidad en la saturación de imágenes alusivas al sexo, que nos invitan a la exhibición y al ceder al deseo sexual, prohibido durante tanto tiempo por la Iglesia. La intimidad se ha vuelto en un espectáculo y en un vehículo para una serie de pasiones humanas reprimidas, tales como el exhibicionismo y el voyerismo. Vivimos, a juicio de Lissardi, en un proceso de pornografización de la sociedad (arte, moda, publicidad, música).

Según Camus, una forma de escapar de la tiranía de las relaciones con el otro es precisamente mediante el libertinaje, pues su práctica nos despoja de las obligaciones con los demás. A su juicio, en el libertinaje uno no posee sino su propia persona, siendo, por tanto, la ocupación preferida de los enamorados de sí mismos.

Los lugares donde se practica el libertinaje están separados del mundo, de sus promesas y sanciones inmediatas. En el exceso del libertinaje disminuye la vitalidad y, en consecuencia, el sufrimiento. En este sentido, el libertinaje no tiene nada de frenético, pues este no produce más que un largo sueño. El exceso de goce, sostiene Camus, debilita la imaginación y el juicio, volviéndose el estado de ánimo nulo o, al menos, parejo.

De lo anterior se infiere al menos dos cosas; la primera es que el sufrimiento deriva en gran parte de la necesidad de establecer relaciones de poder sobre los otros; la segunda, que una manera de escapar a esto es centrarse en uno mismo, y la mejor manera de esto es entregarse al goce personal que nos permite el libertinaje. Y esta parece ser hoy una de las pocas alternativas que nos queda. Como advierte Camus, para quien está solo el peso de los días se le vuelve terrible. Ya no estando Dios en el mundo, hay que elegirse un amo. Y este amo hoy no parece ser otro que el sujeto mismo, de allí su entrega al hedonismo fáunico desenfrenado.

Eduardo Schele Stoller.

Coetzee y la censura como protectora del poder

La censura, señala el escritor sudafricano J.M Coetzee (1940-), no es una ocupación que atraiga a mentes inteligentes y sutiles. La censura parte de una reacción a algo que para una persona o grupo representa una ofensa, y la ofensa, a su vez, radica en la ausencia de duda de sí mismo. Es decir, quien censura lo hace porque está seguro que una acción o fenómeno atenta contra ciertos principios concebidos como verdaderos. La censura, en este sentido, puede ir perfectamente de la mano con el fanatismo y la intolerancia.

Coetzee afirma que cuando alguien que mantiene una posición se ofende al ser cuestionado, esto es signo de la debilidad de dicha posición. Su indignación no es más que un disfraz con el cual se engaña a sí mismo quien tiene una posición de debate débil. Las instituciones que censuran perjudican la vida cultural y espiritual de la comunidad, pues, mediante la ley y restricciones, terminan por condenar a los individuos a vigilarse a sí mismos, no pudiendo florecer así el arte. Al respecto, Coetzee considera que todos los puntos de vista merecen ser escuchados.

Sin embargo, ¿Qué es lo que se ataca cuando nos sentimos ofendidos? Lejos de nuestro ser esencial, lo que se ataca son las construcciones gracias a las cuales vivimos, es decir, lo que se vulnera es una ficción fundacional. El respeto pareciera entonces ser, a juicio de Coetzee, un concepto superfluo pero indispensable para el funcionamiento del teatro de la vida. Toda infracción contra la moral se considera así que amenaza a la sociedad en su conjunto, pues lo censurado pone en cuestión los hábitos y costumbres que cuentan como los cimientos de la comunidad. Quizás el ejemplo paradigmático para dar cuenta de esto es lo que ocurre con la pornografía.

El Marqués de Sade (1740-1814) afirmaba que el ser humano debe obedecer, nutrirse y servirse de las pasiones, puesto que es lo único que nos conduce a la felicidad. Aconseja así despreciar todo lo que sea contrario a las leyes del placer. Se debe destruir consecuentemente a la virtud, la tradición y a la educación que la replica. Hay que convertirse al libertinaje, pervirtiendo los principios de la moral. La literatura pornográfica de Sade puede ser vista así como un medio de crítica ante las costumbres de su época, esto es, a los sesgos de la moral cristiana. De hecho, señala explícitamente que Dios es solo una quimera creado por la razón.

Todas nuestras ideas, afirma Sade, son representaciones de los objetos que nos golpean. Dios es así una idea sin objeto. Todo principio es un juicio, todo juicio es resultado de la experiencia y ésta solo se adquiere a través del ejercicio de los sentidos, de lo que se sigue que los principios religiosos no demuestran nada ni tampoco son innatos. De allí que una fundamentación de la moral no pueda proceder de principios trascendentes. Desde un punto de vista naturalista y, podríamos añadir, evolutivo, la bondad, que ha sido tradicionalmente considerada como una virtud, no es más que una actitud de los débiles. El imperativo máximo de una moral naturalizada será el del egoísmo. El deleite, según Sade, debe ser propio y sin importar si este ha sido a expensas de los demás. En un estado de guerra natural -como expuso Darwin mediante la selección natural- solo los más fuertes prevalecerán. La crueldad así para Sade es una virtud y no un vicio.

La literatura de Sade sería así un medio para criticar la ideología dominante de la época, de allí las constantes censuras que recibió su obra. Podemos encontrar la misma lógica de censura en el caso que en 1960 involucró a Penguin Books cuando decide publicar El amante de lady Chatterley de D. H. Lawrence,  ante lo cual son demandados por la Corona británica por quebrantar la Ley sobre Publicaciones Obscenas británicas (1959), por la posible depravación de las personas que podrían leerla. De acuerdo a su contenido, esta obra también buscaba transgredir las fronteras sexuales y sociales de la época.

Pero la pornografía ha pasado de ser una herramienta de cuestionamiento de las normas a representar los intereses de un determinado grupo dentro de la comunidad; los hombres. Hoy se señala que la pornografía cosifica, es decir, trata a la mujer como medio y no como un fin en sí misma, despojándola así de su libertad. La pornografía, señala Coetzee, proporciona la respuesta a la pregunta sobre qué quieren los hombres, es decir, muestra el modo en que los hombres ven el mundo. Para la abogada y escritora estadounidense Catharine MacKinnon (1946-), la sexualidad masculina es la posesión y el consumo de las mujeres como objetos sexuales. La pornografía visual satisface la sexualidad masculina creando para ella objetos sexuales asequibles, es decir, imágenes de mujeres. Como objetos del deseo masculino, las mujeres y las imágenes de mujeres no pertenecen a categorías distintas. Los hombres tienen relaciones sexuales con su imagen de la mujer. La mujer con quien un hombre tiene relaciones físicas es solo un vehículo a través del cual él trata por todos los medios de alcanzar el conjunto de representaciones que a sus ojos forman la imagen de ella. El problema mayor es que, a juicio de MacKinnon, la sexualidad de la mujer es también una construcción del poder masculino, es decir, desea ser poseída como objeto y consumida. Por medio del vehículo de la mujer real, el hombre tiene relaciones con la imagen de la mujer, en cuanto esta, se experimenta a sí misma como un ser sexualizado y por lo tanto sexualmente construido en un terreno asimismo imaginario.

De esta forma, de ser un medio de crítica social, la pornografía pasa a ser una representación del poderío masculino en la sociedad, ensalzando un universo cerrado de explotación del débil por el fuerte, sin ningún tipo de justicia reparadora. Sin embargo, Coetzee se pregunta; si tenemos que proscribir la pornografía por sus representaciones de violencia sexual ¿Por qué no hacerlo también con todas las representaciones violentas, tales como guerras y matanzas? Como ha señalado MacKinnon, si la pornografía revela la verdad del imaginario masculino, el censurarlo no haría más que invisibilizar aún más las relaciones de poder que sustentan nuestra comunidad. Para que haya conciencia crítica y debate debe hacerse ante la presencia de lo cual estamos disconformes. La censura buscaría así proteger y ocultar el poder.

Eduardo Schele Stoller.

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El origen de la familia según Engels

Abordaremos aquí brevemente el análisis que hace de la familia Engels, desde su concepción en los romanos hasta su relación con el plano económico. Para los romanos «familia» no designaba el ideal de una agrupación que mezclara sentimentalismos y labores domésticas, ni siquiera se aplicaba a la pareja conyugal y a sus hijos, sino tan solo a los esclavos. Famulus quiere decir “esclavo doméstico”, mientras que familia viene a ser el “conjunto de los esclavos pertenecientes a un mismo hombre”, designando más adelante a un nuevo organismo social, cuyo jefe tenía bajo su poder a la mujer, a los hijos y a cierto numero de esclavos.

Es por esto que Marx afirmaba que la familia moderna contiene en germen no solo la esclavitud, sino también la servidumbre, encerrando en miniatura todos los antagonismos que se desarrollan más adelante en la sociedad y en su Estado. Por ejemplo, afirma Engels, la monogamia fue la primera forma de familia que no se basaba en condiciones naturales, sino económicas, a saber, en el triunfo de la propiedad privada sobre la propiedad común primitiva, ilustrando a través de ella la preponderancia del hombre en la familia y su interés por procrear hijos que solo pudieran ser de él, con fines de delegarles herencia.

La monogamia no aparece en la historia como un acuerdo entre el hombre y la mujer, sino que, por el contrario, como una forma de esclavizamiento, de represión, de un sexo por el otro, pues se aplica como necesidad solo para la mujer, en lo que sería una de las primeras divisiones de trabajo, en relación con la procreación. La familia moderna se funda, afirma Engels, en la esclavitud doméstica de la mujer. El hombre es en la familia el burgués, la mujer el proletariado.

Habiendo nacido esta condición de causas económicas Engels se pregunta: ¿desaparecerá cuando desaparezcan tales causas? A su juicio, cuando los medios de producción pasen a se propiedad común, la familia dejará de ser la unidad económica de la sociedad, pasando la economía doméstica a ser un asunto social, junto al cuidado y la educación de los hijos. Quizás esto nos pueda responder el por qué de la obsesión conservadora con la defensa de la estructura familiar patriarcal y su rechazo a cualquier tipo de cambio o reingeniería en ella. Sus intereses distan de ser solo morales.

Eduardo Schele Stoller

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