Nietzsche: lo apolíneo y lo dionisíaco

En El origen de la tragedia vemos a un Nietzsche convencido de que el arte es la tarea suprema y la actividad propiamente metafísica de la vida. Esto lo concibieron muy bien los griegos a través de sus dos divinidades artísticas; Apolo y Dioniso, representantes de una enorme antítesis, en cuanto a origen y metas, entre el arte del escultor (arte apolíneo) y el arte no-escultórico de la música (arte dionisiaco). Estos dos instintos, afirma Nietzsche, marchan uno al lado de otro, en abierta discordia entre sí y excitándose mutuamente.

Apolo, en cuanto dios de todas las fuerzas figurativas, es el dios vaticinador, la divinidad de la luz que domina la bella apariencia del mundo interno de la fantasía mediante la verdad superior. Representa así la mesurada limitación, el estar libre de las emociones más salvajes, el sabio sosiego del dios-escultor, la solemnidad de la bella apariencia. Sin embargo, esta armonía se ve profundamente transgredida por la embriaguez dionisiaca. Bajo esta, destaca Nietzsche, lo subjetivo desaparece hasta llegar al completo olvido de sí, logrando renovarse la alianza entre los seres humanos y, también, entre humanos y naturaleza. Se rompen así todas las rígidas, hostiles y arbitrarias delimitaciones que se han establecido entre los humanos.

Las festividades dionisiacas consistían así en un desbordante desenfreno, pasando por encima de todo tipo de institución y de sus estatutos, desencadenándose las bestias más salvajes de la naturaleza, hasta llegar a una mezcolanza entre voluptuosidad y crueldad. Ante tales espantos y en vista de posibilitar la vida en comunidad, los griegos tuvieron que colocar ante sí la figura protectora del orden; Apolo.

Nietzsche señala que, en cuanto divinidad ética, Apolo exige mesura y conocimiento de sí mismo. Contrario al éxtasis dionisíaco, pues este aniquila las barreras y límites habituales de la existencia. Mediante un elemento letárgico, quedan separados entre sí el mundo de la realidad cotidiana y el mundo de la realidad dionisíaca. Pero tan pronto como la primera vuelve a penetrar en la consciencia, es sentida en cuanto tal con náusea; un estado de ánimo ascético, negador de la voluntad, es el fruto de tales estados. Consciente de la verdad intuida, queda como remanente en todas partes lo espantoso o absurdo del ser. Es aquí donde aparece el arte como agente curador de la náusea de la existencia, convirtiendo todo en representaciones mediante las cuales se pueda seguir viviendo. Ésta es la esfera de la belleza, en la que, según Nietzsche, los griegos veían sus imágenes reflejadas como en un espejo. Sirviéndose de este espejismo de belleza los griegos lucharon contra el sufrimiento.

Otra forma de manifestar esta lucha fue a través del conocimiento. Aquí Nietzsche alude a Sócrates, quien, mediante su método, se propuso penetrar en las razones de las cosas y establecer una separación entre el conocimiento verdadero y el aparente. Apolo se erige así como principio de individuación, el cual nos permite alcanzar la verdad en la apariencia. Contrario a Dionisio que, mediante la música, nos incita a intuir simbólicamente la universalidad, haciendo aparecer la imagen simbólica en una significatividad suprema.

También el arte dionisíaco, destaca Nietzsche, quiere convencernos del eterno placer de la existencia, solo que ese placer no debemos buscarlo en las apariencias, sino detrás de ellas, viéndonos forzados a penetrar con la mirada en los horrores de la existencia individual. La música verdaderamente dionisíaca se nos presenta como espejo universal de la voluntad del mundo. La tragedia también se asienta en medio del desbordamiento de vida, sufrimiento y placer, en un éxtasis sublime, todos necesarios para llevar una existencia llevadera.

El tiempo del hombre socrático, sostiene Nietzsche, ha pasado. Es la tragedia el poder que excita, purifica y descarga la vida entera del pueblo. Pero lo apolíneo lucha contra este poder, arrancándonos de la universalidad dionisíaca y haciéndonos extasiar con los individuos, calmando a través de ellos el sentimiento de belleza, que anhela formas grandes y sublimes. Con la energía enorme de la imagen, del concepto, de la doctrina ética, de la excitación simpática, lo apolíneo arrastra al hombre fuera de su auto aniquilación orgiástica, pasando así por alto la universalidad.

Nietzsche señala que para apreciar correctamente la aptitud dionisíaca de un pueblo tendremos que pensar no solo su música, sino también el mito trágico que los caracteriza. Hay un estrecho parentesco entre la música y el mito, de allí que con la degeneración y depravación del uno irá unida la atrofia del otro. Con el debilitamiento del mito se expresa así un decaimiento de la facultad dionisíaca. Tanto la música como el mito trágico, destaca Nietzsche, provienen de una esfera artística situada más allá de lo apolíneo. Los griegos huían a través de estos de la vida pública, de la vida en el mercado, de la calle, del tribunal, refugiándose en la solemnidad de la acción teatral, buscando en el éxtasis estar fuera de sí mismos, disolviendo así la supuesta fijeza del individuo. Mientras la palabra actúa primero sobre el mundo conceptual, Nietzsche señala que la música se conecta directamente con los sentimientos.

El socratismo, al despreciar el instinto, desprecia con ello también al arte, en vista de potenciar la claridad apolínea como precursora de la ciencia. Como padre de la lógica, Sócrates representa el carácter de la ciencia pura, pero también es el aniquilador del drama musical, que se había concentrado en el arte antiguo, el cual descansaba en el éxtasis y la embriaguez. Lo apolíneo, en cambio, impone la mesura, el límite, pues solo lo limitado es cognoscible, pero, en cuanto tal, nos termina circunscribiendo a una esfera acotada de la existencia cotidiana. No obstante, como advierte Nietzsche, siempre vuelve la náusea del estado de ánimo ascético que niega la voluntad, el mundo de la culpa y el destino.

Eduardo Schele Stoller.

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Maffesoli y el éxtasis posmoderno

La verdadera (nueva) rebelión se halla en la irrisión

Según el sociólogo francés Michel Maffesoli, la modernidad olvidó la proximidad semántica entre humanus y humus, proximidad que implica una sabiduría hecha de humildad, que reconozca los instintos, humores y secreciones propias del animal que también somos. Este aspecto, en cambio, sí es reconocido en la posmodernidad, donde ya no pretendemos hacernos pasar por otra cosa que lo que somos.

Ya no nos proyectamos en un yo ideal, en un héroe o en un creador de una vida lejana y utópica. Para el posmoderno, es aquí y ahora donde se vive la vida. La relativización del absoluto acentúa así el hecho de vivir y disfrutar lo que se vive en el presente. Ya no un mito futuro, sino una mitología concreta, que encontrará ahora su expresión en las efervescencias deportivas, musicales, religiosas o de consumo.

Asistimos a una saturación de la proyección, propia de la tradición judeocristiana, hacia el futuro/lejanía. La mitología moderna, destaca Maffesoli, está erosionada por una serie de pequeños riachuelos, los cuales ponen el acento en la proximidad y lo cotidiano, colocando ahora allí mismo el sentido de la existencia. La sensibilidad cool pretende gozar de lo que se presenta aquí y ahora, mediante una serie de técnicas dionisiacas, no posponiendo el placer para más tarde, sino obtenerlo de lo que se presenta y vive en el instante que se ha logrado arrebatar a las obligaciones sociales. Esta, según Maffesoli, es una forma de sabiduría que pretende homeopatizar la muerte, reconciliarnos con la intensidad del momento vivido y, con ello, combatir la angustia del tiempo que pasa, rindiendo culto al cuerpo antes de que éste se vuelva precario.

En sintonía con esto, la proliferación de frenesíes multitudinarios posmodernos, advierte Maffesoli, tienden a desvanecer la identidad del individuo, ya sea sexual, profesional o ideológica. Tal como en las religiones de antaño, se hace prevalecer la comunión, la inmersión y, con ello, la aniquilación del sujeto, a través de una especie de participación mística en la totalidad del ser, de unión cósmica que se fusiona en el todo, fiestas que rompen la monotonía de la vida cotidiana, en lo que parece responder a una necesidad mitológica original de sentido y unificación, de trascendencia y superación del yo, de renuncia (o al menos descanso) del deber y responsabilidad social.

La única diferencia, quizás, con los ritos de antaño es que ahora los sentidos se traducen en experiencias y goces para el presente y ya no para algún tipo de significado o proyección futura. De allí la necesidad de renovación constante de los mismos.

Eduardo Schele Stoller.

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Girard y Bataille: de la violencia al gasto improductivo

En el éxtasis dionisíaco, cualquier diferencia entre el dios y el hombre
tiende a abolirse. Girard

En la distinción que realiza Georges Bataille sobre el mundo animal y el mundo humano, destaca que el primero es el de la inmanencia y la inmediatez, contrario al segundo, al que se le abre la posibilidad de la trascendencia y, con ello, la fascinación del mundo sagrado, pero también la del terror, la angustia y la nostalgia. Mientras que el animal acepta la inmanencia sin protestas, el hombre, en el sentimiento de lo sagrado, experimenta una especie de horror impotente. Aquí domina lo trascendente, tanto en los dioses como en el espíritu. El mundo real permanece como un desecho del mundo divino.

De forma general, señala Bataille, el mundo de las cosas es sentido como una decadencia. De esta decadencia es la que se intenta escapar a través del sacrificio, pues lo que se busca aniquilar mediante el mismo es lo que haya de cosa en la victima. El sacrificio, afirma Bataille, destruye los lazos de subordinación reales de un objeto, arrebata a la víctima del mundo de la utilidad y la devuelve al del capricho ininteligible. Dentro del plano de lo sagrado, el sacrificio opera como la muerte, pues restituye un valor perdido por medio de un abandono de ese valor.

Según Bataille, sacrificar no es matar, sino abandonar y dar. La ejecución no es más que una exposición de un sentido profundo. Lo que importa es pasar de un orden duradero, en el que todo consumo de recursos está subordinado a la necesidad de durar, a la violencia de un consumo incondicional; lo que importa es salir de un mundo de cosas reales, cuya realidad deriva de una operación a largo plazo y nunca en el instante. El sacrificio es la antítesis de la producción, hecha con vistas al futuro, ya que el consumo que no tiene interés más que por el instante mismo.

Pero la humanidad, destaca Bataille, se ha abandonado a la mera productividad, dejándose guiar por un movimiento que ya no dirige. A través de esto, la masa se ha dejado reducir al orden de las cosas. Ha escapado el pensamiento humano de las rígidas determinaciones del orden mítico para entregarse ahora a la obra de la ciencia, en la que los objetos son claramente y distintamente conocidos. Introducida la claridad en la conciencia y la razón, se ha alejado el hombre de sí mismo. Este es el retorno, nos dice Bataille, a la situación del animal, pues niega la diferencia entre el objeto y yo mismo, igualándonos, en consecuencia, al mero estado de cosa.

Por su parte, Girard afirma que la función del sacrificio se relaciona con la protección de la colectividad ¿Ante qué? pues ante su propia violencia, desviándola a victimas externas. Cuanto más visible y preponderante es el sacrificio, más viva y sólida es la institución, al restaurar la armonía, reforzar la unidad y propiciar el orden social. El sacrificio impide así que se desarrolle la violencia. Los comportamientos religiosos apuntan, por tanto, paradójicamente, a la no-violencia a través de la violencia.

Pero al entrar el sacrificio en crisis se pierde la diferencia entre violencia impura y violencia purificadora, esparciéndose como consecuencia ésta última por la comunidad. Lo mismo ocurre con la religión, cuyo objetivo es impedir el retorno de la violencia recíproca. Esto puede verse, por ejemplo, en los mitos, en los cuales suele abundar la cólera y el castigo. Este tipo de violencia suele surgir cuando la comunidad sufre de algún tipo de crisis, emprendiéndose ahora, afirma Girard, la caza ciega de algún tipo de chivo expiatorio, intentando convencerse la comunidad de que sus males dependen de un único responsable. El sacrificio en estas circunstancias tiene una función catártica y fundacional, por lo que pasa a valorarse como el origen de todo aquello que es preciado para los hombres.

Pero hoy las festividades ya no son entendida como ritos valorables por presentar la posibilidad de transgredir las prohibiciones, como una conmemoración de la crisis sacrificial o como una preparación para la misma. La función de la fiesta original, señala Girard, no es diferente de la de los restantes ritos sacri­ficiales. Ahora cada vez más se van borrando los aspectos rituales, limitándose la fiesta a una mera licencia de esparcimiento. El decaimiento de mitos y ritos, esto es, del pensamiento religioso, va de la mano con la crisis sacrificial y con esto, se pierde la oportunidad de sustraer al hombre de su violencia, a fin de protegerle de la misma. El hombre pasa así a convertirse en una amenaza permanente. Lo religioso, a juicio de Girard, nos libera de este yugo. Y es que sus ritos no estarían orientados hacia la vio­lencia, sino que hacia la paz.

Pero si actualmente, como expone Bataille, el rito queda reducido a un mero descanso de la actividad social productiva, no queda ya lugar para el libre gasto de los excedente de energía, tales como el lujo, los duelos, las guerras, la construcción de monumentos, los juegos, los espectáculos, las artes y la perversidad. Y es que Bataille parte del supuesto que el organismo vivo recibe en principio más energía de la necesaria para el mantenimiento de la vida. La energía excedente, considerada como riqueza, puede ser utilizada para el crecimiento de un sistema o para gastarlo improductivamente.

Los excesos de fuerza son los factores más peligrosos para una comunidad, de allí que desde la antigüedad se haya buscado su descongestión a través de fiestas o la construcción de monumentos. Mientas que nosotros hemos priorizado la creación de una serie de servicios que buscan facilitar la vida, cuyos excedentes llegan a ser tales que se gastan en guerras y conflictos armados. Para evitar la autodestrucción deberíamos, señala Bataille, encauzar la producción excedente hacia la extensión racional de un crecimiento industrial costoso, o hacia las obras improductivas disipadoras de energía.

Eduardo Schele Stoller.

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