Hannah Arendt y la pérdida de legitimidad del poder

En un siglo XX marcado por diversas guerras y revoluciones, Hannah Arendt se propone analizar el fenómeno que traspasa este siglo; la violencia, la que usualmente se justifica como un medio válido para alcanzar un determinado fin. El problema es que, producto del desarrollo tecnológico, los medios, entendidos como armas de destrucción masiva, amenazan con acabar con todo posible fin, convirtiendo a la violencia como un fin en sí misma. Arendt también da cuenta de la agresividad que suelen mostrar las protestas de los movimientos que buscan reivindicar los derechos de los oprimidos, caracterizados por una furia desatada, la cual muchas veces termina por convertir los sueños en pesadillas.

Una rebelión estudiantil casi exclusivamente inspirada por consideraciones morales constituye, señala Arendt, uno de los acontecimientos totalmente imprevistos de su siglo, donde la violencia es vista como el único medio de interrupción posible ante los procesos automáticos en el dominio de los asuntos humanos. En este sentido, la violencia siempre se ha visto como una manifestación de poder. No obstante, Arendt identifica algunas importantes diferencias. Por ejemplo, el poder precisa siempre del número, mientras que la violencia puede prescindir de este, ya que descansa en instrumentos. Mientras en el poder se muestra un “Todos contra uno”, en la violencia pude darse como un “Uno contra todos”, pero para esto último se requiere de instrumentos. El poder, en cambio, es una propiedad de un grupo, nunca de un individuo.

Es por esto, nos dice Arendt, que cuando decimos de alguien que está “en el poder” nos referimos realmente a que tiene un poder de cierto número de personas para actuar en su nombre. Sin este sustento popular, el poder desaparece. Una persona por sí sola, en consecuencia, no tiene poder. Sin embargo, Arendt afirma que pareciera que la violencia fuera un prerrequisito del poder, no siendo este último más que una fachada, un mero “guante de terciopelo que oculta una mano de hierro”, todo en vista de asentarse o protegerse en el poder. Pero donde las órdenes ya no son obedecidas, la violencia pierde también utilidad, pues difícil es detener las revoluciones cuando se está en desventaja numérica para ejercerla. Donde el poder se ha desintegrado, señala Arendt, las revoluciones se tornan posibles. Es por esto que hasta los regímenes más totalitarios necesitan el apoyo de grupos para asegurar su poder.

A raíz de lo anterior es que Arendt afirma que el poder corresponde a la esencia de todos los Gobiernos, no así la violencia, pues esta tiene un valor solo instrumental, es decir, cuenta siempre como un medio para un fin, pero sin este último, no hay justificación que la sustente. Y lo que necesita justificación por algo, destaca Arendt, no puede ser la esencia de nada. Al contrario, el poder puede valorarse como un fin en sí mismo, siendo lo que termina por legitimar a las comunidades políticas. La legitimación se hace con respecto al pasado, mientras que la justificación se refiere a un fin que se encuentra a futuro. De ahí que la violencia, nos dice Arendt, puede ser justificable, siempre y cuando no sea en un futuro muy lejano, pero difícilmente puede ser legitimada.

Es debido a estar razones que Arendt afirma que el poder y la violencia son opuestos, pues donde uno domina falta el otro. La violencia aparece cuando el poder está en peligro. La rabia, por ejemplo, brota cuando existen sospechas de que ciertas condiciones sociales podrían modificarse y, sin embargo, esto no se hace. Reaccionamos con rabia, destaca Arendt, cuando es ofendido nuestro sentido de la justicia, y es así, precisamente, como comienzan a perder legitimidad quienes están en el poder.

Eduardo Schele Stoller.

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Kuhn y los paradigmas científicos

Según Thomas Kuhn, un periodo de «ciencia normal» se asienta en el supuesto de que la comunidad científica sabe cómo es el mundo, derivando el éxito de su empresa de la defensa que se haga de dicha suposición. Hechos y teorías científicas no son categorías separables, y esto porque «ciencia normal» significa la investigación basada firmemente en uno o más logros científicos pasados, los que una comunidad científica particular reconoce durante algún tiempo como el fundamento de su práctica ulterior.

Estos sucesos llegan a conformar lo que Kuhn denomina como «paradigma”, esto es, ejemplos aceptados de prácticas científicas (leyes, teorías, aplicación, instrumentos), modelos de los que surgen tradiciones particulares y coherentes de investigación científica (rúbricas) y cuyo estudio prepara al estudiante para ser parte de la comunidad científica. Al compartirse reglas y normas de práctica científica, bajo un paradigma se vuelve raro el desacuerdo, puesto que son requisitos para un periodo de ciencia normal tanto el compromiso como el consenso.

Las «revoluciones científicas» son episodios extraordinarios en los cuales se produce un cambio en estos compromisos profesionales, pues destruyen la tradición, transformando el mundo y las entidades que lo habitan.  Sin embargo, cuando una ciencia está en desarrollo, antes de adquirir un paradigma universalmente aceptado, hay una variedad de puntos de vista, pudiendo haber descripciones e interpretaciones diferentes de un mismo rango de fenómenos. Durante las crisis, además, los científicos suelen entregarse al análisis filosófico como instrumento para desbloquear los enigmas de su campo. Pero tal grado de divergencia acaba desapareciendo cuando termina por triunfar una de las escuelas en disputa, la que, debido a sus propias creencias y preconcepciones, presta atención tan solo a una parte restringida de la información[1].

Un paradigma se impone porque tienen más éxito que sus competidores a la hora de resolver unos cuantos problemas que un grupo de científicos consideran como urgentes. La ciencia normal, afirma Kuhn, consiste en la actualización de dicha promesa, lo que consiste en un intento de meter a la fuerza a la naturaleza en los compartimentos prefabricados y relativamente inflexibles del paradigma. Los fenómenos que no encajan ni siquiera se ven. La investigación en la ciencia normal se orienta así a la articulación de los fenómenos y teorías ya suministrados por el paradigma, es decir, el paradigma suministra herramientas para resolver problemas que el mismo paradigma define.

Sin embargo, estas restricciones de la investigación resultan esenciales para que haya progreso en la ciencia, al menos en lo que respecta al detalle y la profundidad. La existencia del paradigma plantea el problema a resolver y a menudo la teoría del paradigma está directamente implicada en el diseño del aparato capaz de resolver el problema. En este sentido, Kuhn sostiene que la ciencia normal soluciona problemas como quien soluciona rompecabezas, ya que se acoge siempre a un paradigma, razón por la cual no busca novedades inesperadas. Su éxito solo se demuestra en resolver rompecabezas, en donde el científico lo que demuestra es solo su habilidad en resolverlos. Tales soluciones están gobernadas por reglas y los resultados admisibles se ven limitadas por tales restricciones. Solo un cambio en las reglas del juego ofrece alternativas, lo que implica pues un cambio de paradigma.

La ciencia normal, concebida como la actividad de resolver rompecabezas, es una empresa acumulativa y eficaz en su finalidad de ampliar el alcance y precisión del conocimiento científico. La ciencia normal no pretende encontrar novedades de hechos o teorías. Cuando hay un descubrimiento es cuando se toma conciencia de una anomalía, es decir, reconociendo que la naturaleza ha violado de algún modo las expectativas inducidas por el paradigma que gobierna la ciencia normal. La anomalía se cierra, afirma Kuhn, cuando la teoría paradigmática se ha ajustado para que lo anómalo se vuelva algo esperado. La profesionalización conduce a una inmensa restricción de la visión del científico y a una considerable oposición del cambio de paradigma, pues se cree en una cade vez mayor correspondencia entre observación y teoría.

La proliferación de diversas versiones de una teoría es un síntoma muy corriente de crisis, pero una teoría científica solo se considerará inválida si es que hay alguna alternativa. En este sentido, la falsabilidad por contrastación directa de la naturaleza (Popper) no es algo que se muestre en el desarrollo histórico de la ciencia, ya que la decisión de rechazar un paradigma conlleva siempre simultáneamente la decisión de aceptar otro.

En suma, el objetivo de la ciencia es resolver un rompecabezas para cuya mera existencia ha de suponerse la validez del paradigma. Es recién bajo un periodo de crisis que comienzan el desdibujamiento de un paradigma y la consiguiente relajación de las normas de la investigación normal. La transición puede llegar a traducirse de un paradigma en crisis a uno nuevo dista de ser un proceso acumulativo, ya que el paradigma viejo no se extiende al nuevo. Hay un proceso de reconstrucción, pero a partir de nuevos fundamentos, métodos y objetivos, rompiéndose la tradición a partir de nuevas reglas.

Eduardo Schele Stoller.

Resultado de imagen para la estructura de las revoluciones científicas

[1] Quien no se convierte al nuevo paradigma, pasa a ser ignorado.