Hans Jonas y el principio de responsabilidad

Definitivamente desencadenado, el filósofo alemán Hans Jonas nos advierte que Prometeo está pidiendo una ética que evite que su poder nos lleve al desastre, pues la promesa de la técnica moderna se ha convertido ahora en una amenaza. Pero para esto se requiere de nuevos principios éticos, ya que la ética ha solido estar centrada solo en la acción virtuosa en el presente. Lo anterior se debe a que en la antigüedad tanto el poder como el saber eran muy limitados, confiándose el futuro al destino y a la permanencia del orden natural.

Según Jonas, todas las éticas han compartido hasta ahora tácitamente las siguientes premisas conectadas entre sí; 1) La condición humana permanece fija. 2) Sobre esa base es posible determinar con claridad y sin dificultades el bien humano. 3) El alcance de la acción humana y, por ende, de la responsabilidad humana está estrictamente delimitado.

Esta es la razón de que las intervenciones del hombre en la naturaleza hayan sido vistas antes como meramente superficiales e incapaces de dañar su permanente equilibrio. La invulnerabilidad del Todo, sostiene Jonas, constituía el trasfondo de todas las empresas de los seres humanos. La naturaleza no era objeto de la responsabilidad humana; ella cuidaba de sí misma y también de nosotros. Toda ética tradicional es así profundamente antropocéntrica.

Pero en la actualidad observamos un crecimiento que rebasa las metas pragmáticamente limitadas de otros tiempos, en vista de generar el máximo dominio sobre las cosas y los propios seres humanos, lo cual nos ha mostrado la inmensa vulnerabilidad de la naturaleza sometida a la intervención técnica del hombre.

Jonas sostiene que con esto la frontera entre “Estado” y “Naturaleza” ha quedado abolida, pues el ser humano se extiende ahora sobre toda la naturaleza, pretendiendo usurpar su lugar, lo natural ha comenzado a ser devorado por lo artificial. De allí la necesidad de hacer prevalecer un nuevo imperativo: “Obra de tal modo que los efectos de tu acción no sean destructivos para la futura posibilidad de esa vida”.

El principio de responsabilidad que propone Jonas, busca así preservar la libertad del ser humano, la integridad de su mundo y de su esencia frente a los abusos de poder. Pero para esto hay que refundar la ética, tanto en su aspecto objetivo -principios legitimadores- como en sus aspectos subjetivos -sentimentales-. Sino ponemos atención a ambos, difícilmente se logrará mover la voluntad de las personas hacia una responsabilidad orientada al futuro.

Eduardo Schele Stoller.

El principio de responsabilidad :: Herder Editorial

Agamben: la identidad desnuda y el desencanto de la belleza

El deseo de ser reconocido por los otros es inseparable del ser humano. Y es que solo a través del reconocimiento de los otros es que podemos constituirnos como personas. Originalmente, destaca Agamben, persona significa “mascara”, y es a través de ésta que el individuo adquiere un rol y una identidad social. La máscara termina por coincidir con la personalidad que la sociedad le reconoce a todo individuo. Si los otros seres humanos son importantes y necesarios, es sobre todo porque pueden reconocerme.

Este reconocimiento es el que ha cambiado, pues la identidad ya no se basa en función del reconocimiento personal. El hombre, señala Agamben, se quitó la máscara que durante siglos había permitido que se lo pudiera reconocer, pasando ahora a confiar su identidad a algo que le pertenece de modo íntimo y exclusivo, pero con lo que no puede identificarse de manera alguna. Ya no son los otros los que garantizan mi reconocimiento, y tampoco mi capacidad ética de no coincidir con la máscara social que he asumido, tal como un pulgar teñido de tinta, dispositivos biométricos ópticos, esto es, datos puramente biológicos (técnicas antropométricas), mediante los cuales se busca un control absoluto y sin límites por parte de un poder que disponga de los datos biométricos y genéticos de sus ciudadanos.

Agamben afirma que la nueva identidad es una identidad sin persona ¿Qué quiere decir esto? Pues que la máscara suponía lo privado, lo oculto, y que al caer ésta la identidad se desnuda. La reducción del hombre a la vida desnuda nos hace esperar el colapso de los principios éticos personales que han regido tradicionalmente a la ética occidental. Así como el deportado a Auschwitz ya no tenía nombre ni nacionalidad, siendo, afirma Agamben, tan solo el número que se le tatuaba en el brazo, así también el ciudadano contemporáneo se ha perdido en la masa anónima de los datos biométricos. Esto no deja, sin embargo, de traer cierto alivio, pues nos liberamos del peso de la persona y de la responsabilidad tanto moral como jurídica que ésta supone. La culpa requiere de ser unificada en alguien, pero hoy las máscaras se han multiplicado, difuminando con ello la responsabilidad.

Al estar la identidad desnuda, esto es, al imposibilitarse la esfera de lo privado que suponía la máscara, ha decaído con ello también la belleza, pues en ella el velo y lo velado, la envoltura y su objeto están unidos, en una relación dominada por lo “secreto”. Bello es el objeto al que le es esencial el velo. La belleza es entonces, en su esencia, indevelable. Si lo bello solo puede existir velado, entonces, afirma Agamben, en el secreto está el fundamento divino de la belleza, pues ella solo puede ser aparente. Pero hoy no podemos presenciar más que el desencanto de la belleza en la desnudez, mediante una miserable exhibición de la apariencia, más allá de todo misterio y de todo significado, la obsesión por lo público ha dejado entrever el simple e inaparente cuerpo humano. La desnudez no significa nada, por eso, según Agamben, nos traspasa.

Eduardo Schele Stoller.

Resultado de imagen para agamben desnudez