Lipovetsky: pantallas, redes y la desrealización del mundo

En menos de medio siglo, nos señala el filósofo francés Gilles Lipovetsky, hemos pasado de la pantalla espectáculo a la pantalla comunicación, de la unipantalla a la omnipantalla. Vivimos en la era de la pantalla global, ya no solo limitadas al cine o la televisión, sino que ahora extendidas a todas partes. 

Bajo la ultramodernización, el mismo cine pasa a convertirse en un hipercine, el que refleja una demanda general de sensaciones y emociones perpetuamente renovadas que se apoya tanto en el triunfo de la cultura hedonista como en la necesidad de alejarse de una cotidianidad que cada vez genera más malestar y más ansiedades subjetivas. La imagen-velocidad, por ejemplo, funciona como un vértigo, una droga a la vez hipnótica y estimulante. El cine se convierte así más en una vía de escape que en un medio para la reflexión. De hecho, los personajes del cine han pasado de ser protagonistas sublimes, ideales, para convertirse en una exageración, en una hipertrofia, traduciéndose en una imagen exceso, como una alternativa y escape a lo rutinario. 

Lipovetsky señala que esta es una nueva etapa de individuación, que se desmarca de las antiguas formas de encuadramiento colectivo, reivindicando el derecho al «delirio» juvenil y a jugar libremente con las convenciones. Presenciamos así en el cine una diversificación de enfoques, de formas, pasando del aprendizaje académico a un discurso simple, a una crítica propia de un mundo liberado de los referentes colectivos del bien y el mal, de la derecha y la izquierda, y de las grandes visiones del sentido histórico.  

La sociedad hipermoderna, sostiene Lipovetsky, está dominada por la categoría temporal del presente, producto del agotamiento de las grandes doctrinas futuristas. La cotidianidad se rige hoy por las normas del aquí y el ahora, por la instantaneidad. Una cultura consagrada al presente, basada en la brevedad de los beneficios económicos, la inmediatez de las redes digitales y los goces privados. 
 
Ante la invasión de las pantallas, Lipovetsky afirma que surgen dos actitudes; la primera se expresa en el entusiasmo de los partidarios de la inmediatez, la velocidad y la interactividad posibilitadas por la comunicación hipertecnológica, presentándose como un instrumento que contribuye a renovar y ensanchar el espacio democrático, a devolver el poder a la sociedad civil, a que los ciudadanos sean más abiertos, más críticos, más libres (teledemocracia). Sin embargo, advierte Lipovetsky, la sobreabundancia de información no equivale a conocimiento, ya que este exige una cultura previa, una formación intelectual, conceptos organizados que permitan hacer selecciones, plantear preguntas correctamente, interpretar los contenidos disponibles hasta la saciedad. Sin formación inicial ni contextos intelectuales, la relación con la abundancia informativa solo creará confusión, algo que Lipovetsky denomina como “zapeo del turismo intelectual”. 
 
Sumémosle a esta dificultad la amenaza que significa internet para la vinculación social. Lipovetsky señala al respecto que si bien en el ciberespacio los individuos se comunican sin cesar, estos ya no se conocen. En la sociedad de las redes informatizadas, los individuos se quedan delante de la pantalla en vez de reunirse y vivir experiencias juntos. Nos comunicamos informáticamente, en lugar de hablar directamente con los demás. Se denuncia así el crecimiento de una existencia abstracta, informatizada, sin vínculo humano tangible. Conforme el cuerpo deja de ser el asidero real de la vida, el horizonte que se perfila es el de un universo fantasma, un universo descorporeizado y desensualizado, perdiéndose en las pantallas la realidad del mundo sensible, en lo que sería un decadente proceso de desrealización. 

Eduardo Schele Stoller.

La pantalla global - Lipovetsky, Gilles,Serroy, Jean - 978-84-339-6290-4 -  Editorial Anagrama

El fracaso de la inteligencia según Marina

Usualmente, nos dice José Antonio Marina, la inteligencia se ha entendido como la capacidad que tiene un sujeto para dirigir su comportamiento, utilizando la información captada, aprendida, elaborada y producida por él mismo. En este sentido, la inteligencia suele evaluarse en base a capacidades cognitivas básicas, tales como percibir, relacionar, aprender y argumentar, todos aspectos que suelen medir los test de inteligencia.

A juicio de Marina, el éxito de la inteligencia debería medirse por dirigir bien o mal la conducta, resolviendo situaciones conflictivas, según un determinado contexto. A mayor resistencia de las circunstancias, más se pondrá a prueba la inteligencia. El poderoso, por ejemplo, al ofrecerle poca resistencia las cosas, pocos serán en consecuencia los desafíos a su inteligencia y su conciencia. Una cosa, nos dice Marina, es la capacidad intelectual, otra lo que hacemos con ella.

A través de esta capacidad es que puede medirse a su vez la estupidez. La tontería, afirma Marina, es la idea convertida en materia inerte, el pensamiento convertido en mecanismo. Y es que la inteligencia no trata solo de resolver problemas, sino también de plantearlos, siempre y cuando sea conforme a un marco atingente, de lo contrario, cualquier pensamiento o actividad puede resultar estúpidos si el marco en que se mueve también lo es. La inteligencia fracasa cuando se equivoca en la elección del marco. El marco superior en jerarquía para el individuo es su felicidad. En consecuencia, señala Marina, será un fracaso de la inteligencia aquello que le aparte o le impida conseguir la felicidad.

A la estupidez contribuyen además otros factores, tales como los prejuicios. Un prejuicio, señala Marina, se basa en estar absolutamente seguro de una cosa que en realidad no se sabe. Prejuicio es juzgar anticipadamente un hecho; antes de que suceda o de conocer lo sucedido. Un sujeto tal selecciona la información en vista de solo percibir aquellos datos que corroboren su prejuicio. Esto deriva en una actitud dogmática, pues lo que se hace es inmunizar las propias creencias ante cualquier tipo de crítica, pudiendo llegar a caer, producto de esto, en el fanatismo.

Eduardo Schele Stoller.

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