Beatriz Sarlo: Redes sociales e intimidad pública

Para Beatriz Sarlo, nuestra época exige la velocidad, en parte debido al particular funcionamiento de las redes sociales, las cuales requieren tan solo de breves periodos de atención. Y es que las redes sociales nos ofrecen un modelo de mundo sencillo, donde las oposiciones son más tajantes y se pierden los matices, buscándose tan solo la generación del shock en los usuarios.

Este escenario es propicio para la generación del escándalo y la polémica, mediante los cuales se busca magnificar o exagerar los conflictos cotidianos. Este tipo de información es el apto para el tipo de atención corta que imponen las redes sociales; velocidad y simplicidad. El escándalo, destaca Sarlo, es pura hipérbole, fugacidad que no promete un desenlace, pues se corta por hartazgo decae y se olvida. Sin embargo, logra hacer pública la intimidad, bajo la lógica del desear y ser deseado, en un dramatismo intenso pero instantáneo, no se busca explicar ni argumentar, sino tan solo impactar los sentidos mediante la exhibición, llegando a competir con otros por la visibilidad y la viralidad.

La intimidad a disposición de todos, hace caer las barreras entre lo público y lo privado, perdiendo cualquier tipo de misterio el yo. Como ha destacado Agamben, se ha caído la máscara que protegía la identidad, esto es, la apariencia que salvaguardaba el valor y la belleza personal. El sujeto así queda reducido a un objeto, que se exhibe para ser consumido y desechado, cual producto publicitario más.

¿A qué aferrarse ahora para hacer perdurar la identidad? Al regirse por lo fugaz y lo instantáneo, unas de las pocas herramientas que se ofrecen a través de las redes sociales es la foto. La selfie, afirma Sarlo, comienza a contar como una evidencia de que al menos el ahora existe, y de que uno permanece en él. Cuando la tradición y las costumbres ya no facilitan respaldos ideológicos sólidos, mediante la tecnología se ofrecen sustitutos para lo único que queda; la captación del goce del presente.

Eduardo Schele Stoller.

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El fracaso de la inteligencia según Marina

Usualmente, nos dice José Antonio Marina, la inteligencia se ha entendido como la capacidad que tiene un sujeto para dirigir su comportamiento, utilizando la información captada, aprendida, elaborada y producida por él mismo. En este sentido, la inteligencia suele evaluarse en base a capacidades cognitivas básicas, tales como percibir, relacionar, aprender y argumentar, todos aspectos que suelen medir los test de inteligencia.

A juicio de Marina, el éxito de la inteligencia debería medirse por dirigir bien o mal la conducta, resolviendo situaciones conflictivas, según un determinado contexto. A mayor resistencia de las circunstancias, más se pondrá a prueba la inteligencia. El poderoso, por ejemplo, al ofrecerle poca resistencia las cosas, pocos serán en consecuencia los desafíos a su inteligencia y su conciencia. Una cosa, nos dice Marina, es la capacidad intelectual, otra lo que hacemos con ella.

A través de esta capacidad es que puede medirse a su vez la estupidez. La tontería, afirma Marina, es la idea convertida en materia inerte, el pensamiento convertido en mecanismo. Y es que la inteligencia no trata solo de resolver problemas, sino también de plantearlos, siempre y cuando sea conforme a un marco atingente, de lo contrario, cualquier pensamiento o actividad puede resultar estúpidos si el marco en que se mueve también lo es. La inteligencia fracasa cuando se equivoca en la elección del marco. El marco superior en jerarquía para el individuo es su felicidad. En consecuencia, señala Marina, será un fracaso de la inteligencia aquello que le aparte o le impida conseguir la felicidad.

A la estupidez contribuyen además otros factores, tales como los prejuicios. Un prejuicio, señala Marina, se basa en estar absolutamente seguro de una cosa que en realidad no se sabe. Prejuicio es juzgar anticipadamente un hecho; antes de que suceda o de conocer lo sucedido. Un sujeto tal selecciona la información en vista de solo percibir aquellos datos que corroboren su prejuicio. Esto deriva en una actitud dogmática, pues lo que se hace es inmunizar las propias creencias ante cualquier tipo de crítica, pudiendo llegar a caer, producto de esto, en el fanatismo.

Eduardo Schele Stoller.

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