La ambivalencia del progreso

El historiador y filólogo británico-irlandés John Bagnell Bury ha destacado cómo la idea de progreso ha servido para dirigir e impulsar a la civilización occidental. La idea del futuro o destino de la humanidad ha arrastrado a las personas a aceptar todo tipo de privaciones y miserias en vista de alcanzar sus ideales. Las ideas gobiernan el mundo en la medida que expresan aspiraciones humanas, es decir, cuando tienen alguna aspiración de progreso, muchas veces contando estas tan solo como meros actos de fe.

La idea del Progreso humano es, afirma Bury, una teoría que contiene siempre una síntesis del pasado y una previsión del futuro. Esta es la razón de que no hubiera una doctrina del progreso sino hasta el siglo XVI. Los filósofos griegos, por ejemplo, creían más bien en que estaban viviendo en un período de inevitable degeneración y declive, algo que relacionaban con la naturaleza del Universo, el cual, en algún momento, comenzará a ir marcha atrás. De allí que valoraran más la identidad y lo inmutable como aspectos que no degeneran (Platón).

Bury señala que estos prejuicios terminaron por excluir la idea de que pudiera alcanzarse un orden perfecto mediante una larga serie de cambios y adaptaciones. Tenemos el caso de los estoicos, quienes basaban su filosofía en el pesimismo y la resignación, al considerar que no hay forma de transgredir los límites que separaban lo humano del destino divino. Esto es algo que también se replicó en la Edad Media, donde, según la teoría cristiana, el propósito del movimiento total de la historia es asegurar la felicidad de una pequeña parte del género humano en otro mundo.

Francis Bacon, destaca Bury, vino a cuestionar estas concepciones, proponiendo una renovación del saber y la necesidad de romper con el pasado, imponiéndose ahora un carácter del conocimiento más práctico, con el fin de mejorar las condiciones de la vida humana, yendo más allá de la mera satisfacción especulativa. Lo que se busca a partir de la modernidad es el dominio humano sobre la naturaleza.

Sin embargo, las diversas teorías científicas que van surgiendo a partir de la modernidad van a tener un componente ambivalente con respecto a la noción de progreso, ya que si bien estas justifican o validan la idea de que avanzamos hacia algo mejor, también han ido en desmedro del valor del ser humano en el cosmos. Por ejemplo, la teoría del origen de las especies de Darwin nos destrona de la posición privilegiada que gozábamos bajo ciertas concepciones previas, peor aún con la postulación de la teoría heliocéntrica, donde dejamos de ser el centro del universo.

Eduardo Schele Stoller.

La idea del progreso - Alianza Editorial

“Un mundo feliz”: ¿distopía o utopía?

En “Un mundo feliz” (1932), Aldous Huxley nos presenta una futurista ficción que, con el paso de los años, se acerca peligrosamente a nuestra realidad. La civilización que nos describe en la obra, mediante centros de incubación y condicionamiento, busca producir y determinar el devenir de los individuos, poniendo por sobre estos, el interés de la comunidad, a través del orden. La estabilidad social se alcanza mediante la estandarización de la vida humana, la que está dividida en castas; desde los más privilegiados (los Alphas) hasta los más desposeídos (los Epsilones), todos creados en serie y condicionados por igual, según la clase a la cual pertenecen y según el rol o función social que deban cumplir, todo acorde a los principios del gran fundador; Ford (aludiendo a la primer empresario que impulsó la producción de artefactos en serie).

Esta sociedad del futuro, señala Huxley, logra aplicar la producción en masa a la biología, predestinando mediante el condicionamiento (castigo-recompensa) la inteligencia y conciencia de cada clase, limitándolas solo a la función que deben seguir para replicar el mismo sistema de producción, labores que los mismos sujetos terminan por amar y desear. Dentro de cada casta, todas las personas representan el mismo rol, por lo que lo importante no es el individuo, sino la función que este cumple en vista del bien social. “El mundo pertenece a todo el mundo”, reza el proverbio “hipnopédico” que apunta a anular la voluntad individual. De todas formas, cualquier atisbo de angustia o ansiedad puede ser neutralizado rápidamente mediante el consumo del “soma”; droga que tendría todas las ventajas del cristianismo y del alcohol, pero ninguno de sus inconvenientes. “Un centímetro cubico de soma cura diez sentimientos y pensamientos melancólicos”.

Bernard Marx, uno de los personajes principales de la obra, contaba como una excepción a la conducta alienada de la masa de mellizos, pues prefería ser él mismo, aunque esto se tradujera en una profunda desdicha. De ahí que no quisiera ser parte del cuerpo social, esto es, ser un mero engranaje más del sistema. Le obsesionaba la idea de ser libre, más allá de los condicionamientos, tal como viven los salvajes en la reserva fuera de la civilización. El personaje de Lenina representa la esterilización, la higiene y la limpieza que ostenta y desea la civilización, desconociendo y relegando lo feo y la vejez, llegando a condicionar desde niños a las personas para no perturbarse ante la muerte, pues ¿Qué más constitutivo para la libre reflexión y conciencia que la angustia ante la muerte? Como el Zaratustra de Nietzsche, el salvaje John trata de despertar a los que aun duermen, boicoteando la entrega de soma y alentándolos a que aspiren a su libertad. Pero estos, indignados, hacen oídos sordos, tal como sucede en la alegoría de la caverna de Platón, donde los esclavos no saben que lo son, pues no solo han nacido en esa condición, sino que también han sido constantemente condicionados para desear serlo.

Huxley parece mostrarnos que la gente prefiere representar un rol y una función preestablecida a hacerse cargo de la responsabilidad que implica asumir la propia existencia. Es precisamente en este sentido que la sociedad que nos describe Huxley es feliz, ya que esta puede obtener gran parte de lo que desea, mediante la desaparición de la angustia tan típica del ejercicio de la reflexión, la conciencia y la libertad. Sometidos a la rutina del diario vivir, la masa se siente a gusto, a salvo, no temiendo a la muerte e ignorando tanto la pasión como la vejez. En este mundo feliz, ya no se requiere de redenciones, por ejemplo, a través de la religión, pues ya no se es consciente de las pérdidas que esta debe compensar. Es el soma el que ahora garantiza el orden social.

¿No es acaso a esto mismo lo que aspiran las personas actualmente? Si todos tuvieran acceso a un soma ¿acaso no lo tomarían? La mayoría anhelaría ya no tener que soportar el dolor y penuria de sus vidas. La esencia de esta obra parece girar en torno a las nociones del orden y el caos. Si me esclavizo al orden preestablecido sufriré menos y, en consecuencia, seré más feliz. Sin embargo, alejando el caos de nuestras vidas, nos volveremos cada vez menos reflexivos y conscientes. Así, la paradójica enseñanza que nos deja Huxley es que debemos optar por ser idiotas felices o mártires conscientes. Para los primeros, lo que se presenta en la obra no puede ser más que una utopía.

Eduardo Schele Stoller.  

Un mundo feliz. Prologo con resena critica de la obra, vida y obra ...

Nietzsche y el mensaje de Zaratustra

Cuando Zaratustra tenía treinta años abandonó su patria y se fue a las montañas, para gozar de su espíritu y de su soledad durante diez años, hasta que, hastiado de su sabiduría, decide, tal como hace el sol al atardecer, bajar a las profundidades del submundo para hundirse en su ocaso, para volver a hacerse hombre y deambular entre los que aun duermen, para enseñarles que el hombre como tal es algo que debe ser superado ¿Qué es el mono para el hombre? Una irrisión o una vergüenza dolorosa. Y justo eso es lo que el hombre debe ser para el superhombre: una irrisión o una vergüenza dolorosa.

En otro tiempo, señala Zaratustra, el delito contra Dios era el máximo delito, pero Dios ha muerto y con él han muerto también esos delincuentes. Ahora el delito máximo es el que se comete contra la tierra y el cuerpo. Antes, el alma miraba al cuerpo con desprecio; y ese desprecio era entonces lo más alto; el alma quería el cuerpo flaco, feo, famélico. Tal es la visión de quienes aún están de camino entre el hombre y el superhombre. La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso. Solo los que logran hundirse en su ocaso y despreciar en grande son los que pasan al otro lado. Pero la mayoría no entiende a Zaratustra, riéndose y mofándose de sus enseñanzas, pues aun están muy lejos de poder fijar sus propias metas, al velar por el orden de la moral y la costumbre, al aborrecer el caos. Los buenos y justos odian a todo aquel que ose romper sus tablas de valores, esto es, a los verdaderos creadores.

Aun no viven la segunda transformación que describe Zaratustra. Son tres cambios que debe vivir el espíritu para progresar; en camello, en león y en niño. La mayoría vive aun como camellos, soportando la pesada carga del deber. Carecen del espíritu del león, quien posee la fuerza para conquistar su libertad, haciendo predominar el “yo quiero” y la negación. De ahí en más se requiere de la última transformación, el espíritu del niño, necesario para el olvido y un nuevo comienzo, aprendiendo nuevamente a afirmar. Pero aun como camellos, se olvida que el espíritu es un mero instrumento del cuerpo, lugar donde habita la verdadera razón. Son los hombres, dice Zaratustra, los que se han dado a sí mismos todo su bien y todo su mal. No los tomaron de otra parte, no los encontraron, no cayeron sobre ellos como una voz del cielo. Fue el mismo hombre el que empezó implantando valores y sentidos en las cosas. Valorar es crear. El valorar mismo es el tesoro y la joya de todas las cosas valoradas, pues solo por el valorar existe el valor, sin el valorar estaría vacía la nuez de la existencia.

Estas constataciones buscan acercarnos a la esperanza de nuestro atardecer, donde nos encaminemos hacia un nuevo mañana. Muertos los dioses, quien debe vivir ahora es el superhombre, erradicando los falsos valores y las palabras ilusas, centrando ahora la virtud en uno mismo, desechando cualquier tipo de artificial vergüenza, pues hasta las más altas montañas vienen desde lo más bajo, todo a través de la voluptuosidad, la ambición de dominio y el egoísmo. Y es que no se puede volar sin antes aprender primero a tenerse en pie, a caminar, a correr, a trepar y a bailar. No existe para todo esto un camino único. Lo único seguro para el progreso es la necesidad de romper todas las viejas tablas, para que las nuevas se basen en el querer, pues este último es el que nos hace libres, debido a querer es crear para sí mismo.

Pero desprendiéndose de la tradición llega también al hombre el gran espanto, el gran mirar a su alrededor, la gran enfermedad, la gran náusea, el gran mareo. Falsas costas y seguridades, señala Zaratustra, nos han enseñado los buenos. Todo está falseado y deformado hasta el fondo por los buenos. Es por eso que debemos ser marineros bravos y pacientes, para navegar al país de nuestros hijos, alejándonos del de nuestros padres. Por más susto y vértigo que sintamos ante el abismo debemos seguir ascendiendo hacia la montaña del futuro humano.

Dios ha muerto: que viva ahora el superhombre, ya no para conservarse, sino para superarse, utilizando nuestras propias piernas, no permitiendo que nos lleven en andas hasta arriba o sentándonos sobre las espaldas y cabezas de otros. Con un nuevo hijo viene también mucha suciedad al mundo, no hemos de escandalizarnos por ello. Que nada opaque, afirma Zaratustra, la felicidad; es mejor bailar torpemente que caminar cojeando.

Eduardo Schele Stoller.

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Mumford: utopía y progreso

¿Qué hombre, a par­tir del despertar de su adolescencia, no ha vivido ya dicha utopía: el deseo de poseer y ser poseído por una mujer hermosa? 

La palabra «utopía», nos señala Lewis Mumford, hace referencia a la esperanza humana por alcanzar los sueños de perfección en la tierra, reinventando nuestro entorno, las instituciones y nuestra propia naturaleza imperfecta. Esto supone entonces una crítica implícita a la civilización que le sirve como trasfondo.

Bajo la utopía se sustenta la idea de que cualquier comunidad posee, además de sus insti­tuciones vigentes, toda una reserva de potencialidades, de posibles mutaciones que abren el camino a futuros desarrollos. Es decir, señala Mumford, de que existen múltiples alternativas al sendero por el que de hecho se ha encaminado, así como una multitud de fines posibles además de aquellos que resultan inmediatamente visibles.

Las utopías presentan así alternativas ante un orden establecido, haciéndonos el mundo más tolerable. Pero a pesar de que en principio nuestras ideas tienen la libertad de llevarnos, al menos a través de la imaginación, donde queramos, puede ocurrirles, sostiene Mumford, que estas tomen las características del mundo físico volviéndose definitivas e ineludibles. Por ejemplo, la idea de que el mundo era plano fue durante gran tiempo más importante que el hecho de que este en realidad fuese redondo. Una idea, destaca Mumford, puede convertirse en un hecho sólido mientras la gente regule sus acciones conforme a ella.

Una de las funciones de la utopía es precisamente escapar a este dogmatismo que pueden llegar a tener las creencias. La utopía puede mostrarnos caminos alternativos, escapatorias ante las miserias de nuestras vidas. Sin los utopistas del pasado, nos dice Mumford, los hombres todavía vivirían en cavernas. Si los sueños generosos producen realidades benéficas, la utopía se constituirá el principio de todo progreso.

Nuestra época, por tanto, puede entenderse como fruto de los grandes ideales del pasado. Ya en sus mentes, nuestros antecesores concibieron el mundo en el que vivimos ¿Qué podemos esperar para el futuro si ya no hay grandes utopías?

Las últimas décadas han estado marcadas mas bien por diversos tipos de “distopías”. La disconformidad con lo existente no nos ha hecho imaginar algo mejor, algo superior, sino que en nuestras mentes hemos previsto un futuro catastrófico, cruel, siniestro, incierto. Un pesimismo crónico que nos impide ver un futuro esplendor. Esperemos que todo esto no sea un sueño premonitorio.

Eduardo Schele Stoller.

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