El arte en la era de la cultura descafeinada

El artista ha de fenecer y de sus cenizas ha de brotar un emprendedor, capaz de combinar las finanzas y las bellas artes.  

En Alta cultura descafeinada Alberto Santamaría destaca cómo en el arte ha comenzado la era del cliente, para quienes lo que vale es el acertar o no con sus compras, es decir, lo que prima es un ámbito netamente comercial.  

Por parte del artista, lo que se busca ahora como fin es la activación del espectador, pero ya no para generar en él un papel crítico, sino tan solo de consumo, despolitizándose así el arte. Incluso la obra pasa a segundo plano, pudiendo ser reemplazada para estos fines por falsificaciones.

Como señalaba Warhol, cuanto más mira uno réplicas exactas de una misma cosa, más se aleja el significado y mejor se expresa el vacío de la misma. Esto atenta una vez más contra el “aura” de la obra de arte, pues se cuestiona la autenticidad u originalidad, como así también, todos los componentes metafísicos que se le puedan haber atribuido.  

Apropiarse de un objeto, señala Santamaría, supone el adelgazamiento de su contenido, pudiendo incluso la copia superar al original, en la medida que es capaz de desatar conceptualmente un campo más amplio al no estar sujeta a un contenido histórico o personal. En esto consiste precisamente la retórica posmoderna: abstraer a la obra de su estado original, tornando a sus elementos en piezas puramente abstractas, transformándolas en meros gestos carentes de significado. Esto es lo que se buscaba mediante el ready-made de Duchamp: forzar situaciones banales que contribuyan a la “anestesia estética”.

Según Santamaría, la alta cultura descafeinada puede entenderse como la acomodación al cinismo mediático, como una posmodernidad de bajo coste que, a lo más, aspira a vender mediante la melancolía el aura que portaban las obras del pasado, pero ya no, podríamos agregar, generando nuevas desde el presente. 

La alta cultura descafeinada, sostiene Santamaría, consiste en un paradigma que trata de desarrollar un equilibrio frágil entre arte y entretenimiento, donde prime lo lúdico y lo desconflictualizado. Es lo Indiscernible lo que marcará a lo posmoderno, lo que impide cualquier tipo de acto crítico y generando, en consecuencia, un acoplamiento mecánico a lo dado.  

Eduardo Schele Stoller. 

Alta cultura descafeinada . Situacionismo low cost y otras escenas del arte  en el cambio de siglo - Siglo XXI Editores

Maffesoli y el éxtasis posmoderno

La verdadera (nueva) rebelión se halla en la irrisión

Según el sociólogo francés Michel Maffesoli, la modernidad olvidó la proximidad semántica entre humanus y humus, proximidad que implica una sabiduría hecha de humildad, que reconozca los instintos, humores y secreciones propias del animal que también somos. Este aspecto, en cambio, sí es reconocido en la posmodernidad, donde ya no pretendemos hacernos pasar por otra cosa que lo que somos.

Ya no nos proyectamos en un yo ideal, en un héroe o en un creador de una vida lejana y utópica. Para el posmoderno, es aquí y ahora donde se vive la vida. La relativización del absoluto acentúa así el hecho de vivir y disfrutar lo que se vive en el presente. Ya no un mito futuro, sino una mitología concreta, que encontrará ahora su expresión en las efervescencias deportivas, musicales, religiosas o de consumo.

Asistimos a una saturación de la proyección, propia de la tradición judeocristiana, hacia el futuro/lejanía. La mitología moderna, destaca Maffesoli, está erosionada por una serie de pequeños riachuelos, los cuales ponen el acento en la proximidad y lo cotidiano, colocando ahora allí mismo el sentido de la existencia. La sensibilidad cool pretende gozar de lo que se presenta aquí y ahora, mediante una serie de técnicas dionisiacas, no posponiendo el placer para más tarde, sino obtenerlo de lo que se presenta y vive en el instante que se ha logrado arrebatar a las obligaciones sociales. Esta, según Maffesoli, es una forma de sabiduría que pretende homeopatizar la muerte, reconciliarnos con la intensidad del momento vivido y, con ello, combatir la angustia del tiempo que pasa, rindiendo culto al cuerpo antes de que éste se vuelva precario.

En sintonía con esto, la proliferación de frenesíes multitudinarios posmodernos, advierte Maffesoli, tienden a desvanecer la identidad del individuo, ya sea sexual, profesional o ideológica. Tal como en las religiones de antaño, se hace prevalecer la comunión, la inmersión y, con ello, la aniquilación del sujeto, a través de una especie de participación mística en la totalidad del ser, de unión cósmica que se fusiona en el todo, fiestas que rompen la monotonía de la vida cotidiana, en lo que parece responder a una necesidad mitológica original de sentido y unificación, de trascendencia y superación del yo, de renuncia (o al menos descanso) del deber y responsabilidad social.

La única diferencia, quizás, con los ritos de antaño es que ahora los sentidos se traducen en experiencias y goces para el presente y ya no para algún tipo de significado o proyección futura. De allí la necesidad de renovación constante de los mismos.

Eduardo Schele Stoller.

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Bauman y la turística ética posmoderna

Bauman caracteriza la revolución posmoderna de la ética como la debacle misma de lo ético, al sustituirse la ética por la estética y al liberarse las acciones de los opresivos deberes, mandamientos y obligaciones. Las utopías e idealismos de ayer se han convertido en fines pragmáticos, viviendo ahora en la era del individualismo puro y de la búsqueda de la buena vida, limitada solamente por la exigencia de tolerancia. Esta moralidad minimalista se basa en el relajamiento gradual de la tradición y la creciente pluralidad de contextos. Una vez que se cuestiona el criterio de evaluación, las dimensiones para la medición comienzan a ramificarse y a crecer en direcciones cada vez más distantes entre sí.

Los fenómenos morales, afirma Bauman, son esencialmente “no racionales”. Al no ser regulares, repetitivos, monótonos y predecibles, no pueden presentarse como una guía de reglas, estando así en contra de un universalismo moral (modernidad). Con el pluralismo de reglas, las elecciones morales nos parecen intrínsecamente ambivalentes. Vivimos tiempos de una fuerte ambigüedad moral, lo que si bien nos ofrece una libertad de elección nunca antes vista, también nos lanza a un estado de incertidumbre agobiante.

La moralidad de una sociedad, según Bauman, debiera fundarse de tal manera que comprometa a los seres humanos para no depender de ninguna autoridad supra o extrahumana. Pero, paradójicamente, Bauman destaca que todas las instituciones sociales apoyadas en sanciones coercitivas se han fundado sobre la suposición de que es imposible confiar en que el individuo hará una buena elección. La libertad individual se somete así a normas heterónomas, lo cual, a la larga, evita a los individuos la agonía de la incertidumbre en una sociedad racionalmente organizada.

Pero al caer bajo peso de la multitud, la otredad -aspecto clave para que haya moral- termina por asfixiarse y extinguirse. Mientras la responsabilidad moral se nutre de la diferencia, Bauman afirma que la multitud vive de la similitud. La multitud suspende y hace a un lado a la sociedad con sus estructuras, clasificaciones, categorías y papeles, eliminando de paso la moralidad. La multitud borra la distancia que permite el reconocimiento y la responsabilidad, pues la multitud representa el consuelo de no tener que tomar decisiones ni padecer la incertidumbre.

De concretarse lo anterior, Bauman prevé que no podrán ya visualizarse los impactos futuros de nuestras acciones, pues, para esto, debemos estar bajo la presión de una incertidumbre aguda. La actitud moral verdadera consiste precisamente en lograr que esta incertidumbre no se haga a un lado ni se elimine, sino que se abrace conscientemente. No obstante, hemos preferido delegar tal responsabilidad diluyéndonos en la masa. Como ha destacado Bauman, la tolerancia posmoderna parece alimentar la intolerancia, ya que, si bien la gran certidumbre se ha disipado, el proceso se dividió en una multitud de pequeñas certidumbres, aferradas con más ferocidad a su pequeñez.

Al igual que el vagabundo, el turista sabe que no permanecerá mucho tiempo en el sitio al que llegó. La capacidad estética del turista, su curiosidad, necesidad de diversión, disposición y capacidad de vivir experiencias nuevas y placenteras buscan lograr poseer una libertad de esparcimiento total. Los turistas, a juicio de Bauman, pagan por su libertad, pagan por el derecho a pasar por alto los intereses y sentimientos de los nativos. El turista quiere tejer su propia red de significados, obtenidas mediante una transacción netamente comercial. Para el turista, la rutina cotidiana de los nativos no es más que una mera colección de emociones exóticas, de dramas históricos y de rutinas ajenas. Físicamente cerca, espiritualmente remoto, esa es la fórmula del turista. El alto precio que paga lo hace en parte para que no haya proximidad moral, es decir, para asegurar su libertad y evadir el deber.

En el mundo posmoderno, el turista ha pasado a configurar el modelo de vida cotidiana. El turismo ya no es así algo que solo se practique en vacaciones. La vida normal, la vida buena, deberá ser una vacación continua. La pretensión es vivir en una cultura del carnaval, en donde haya constantes ferias de ruptura pública de la moralidad, la tradición y la rutina. El rito, el exceso, representados en la figura de Dionisos de antaño, amenaza ahora con extender su temporalidad a un estado de vacación constante, en donde la única moral que vale será aquella del derecho a la liviandad, a la felicidad, al no reconocimiento del otro. Pero en el fondo, esta es una no moral, pues ésta siempre ha sido entendida de la mano del deber, idea que busca erradicarse desde la lógica del turismo.

Eduardo Schele Stoller.

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Fukuyama y el fin de la historia

A comienzos de la década del 90 del siglo XX Fukuyama anunciaba el fin de la historia. Para sustentar tal tesis se basa en la noción de la historia de Hegel, para quien el hombre es un producto de su entorno social concreto, el cual a su vez está regido por contradicciones que mueven la historia y que existen primeramente en la esfera de la conciencia humana, es decir, en el nivel de las ideas. Estas amplias visiones unificadoras del mundo son denominadas como “ideologías”. Son estos aspectos y no las fuerzas materiales, según Fukuyama, los que marcan a cada época.

Las raíces del comportamiento económico, afirma Fukuyama, se encuentran en el ámbito de la conciencia y la cultura. La respuesta debe así buscarse en la conciencia de las élites y de los líderes que los gobiernan, que son quienes optan por ciertas formas de vida. La sociedad humana puede construirse en torno a cualquier conjunto de principios, sin importar su relación con el mundo material. Los hombres, destaca Fukuyama, han demostrado ser capaces de soportar las más extremas penurias materiales en nombre de ideales que existen solo en el reino del espíritu.

El fin de la historia supone que ya no hay contradicciones fundamentales a nivel ideológico, pues, a juicio de Fukuyama, no parece haber alternativa plausible al liberalismo. Sus principales desafíos, el fascismo y el comunismo, ya no le oponen un contrapeso real, a pesar de que muchas de las guerras y revoluciones brindadas en el siglo XX se hicieran en nombre de alguna de estas ideologías. Erradicado el marxismo leninismo en China y la Unión Soviética, la ideología que los representaba perdió importancia histórica y mundial.

Llegados a este punto, cualquiera podría pensar que Fukuyama se contenta o aplaude el fin de la historia, enarbolando además la bandera del liberalismo. Sin embargo, el mismo advierte que el fin de la historia pasará a ser un momento triste, pues se deja atrás la audacia, coraje, imaginación e idealismo propio de la lucha ideológica. Todo aquello será reemplazado por el cálculo económico, la interminable resolución de problemas técnicos y la satisfacción de las sofisticadas demandas de los consumidores. Peor aún, en el periodo posthistórico, nos dice Fukuyama, no habrá arte ni filosofía, sino solo la perpetua conservación del museo. En sintonía con la concepción dialéctica, la reflexión parece necesitar de la oposición, pues no solo pensamos desde algo, sino, sobre todo, contra algo.

Eduardo Schele Stoller.

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Lyotard: ¿Qué es lo posmoderno?

Lyotard caracteriza lo posmoderno desde el sentimiento de lo sublime. Este último tiene lugar cuando la imaginación fracasa y no consigue presentar un objeto mediante un concepto. Por ejemplo, señala Lyotard, tenemos ideas como la de mundo, lo simple, lo poderoso, pero no ejemplos concretos para cada una de ellas, por lo que no nos darían a conocer nada experimentable en la realidad. Esto es precisamente lo que intentan transgredir las vanguardias de la pintura al aludir a lo impresentable por medio de presentaciones visibles.

Lo sublime produce a su vez placer y pena. Por una parte tenemos el placer de que la razón exceda toda presentación, y por el otro, el dolor de que la imaginación o la sensibilidad no sean a la medida del concepto. Lo posmoderno seria así, afirma Lyotard, aquello que alega lo impresentable en lo moderno y en la presentación misma, aquello que se niega a la consolación de las formas bellas, al consenso de un gusto que permitiría experimentar en común la nostalgia de lo imposible, aquello que indaga por presentaciones nuevas, no para gozar de ellas sino para hacer sentir mejor que hay algo que es impresentable. En suma, el ideal moderno se basaba en lograr una representación homogénea u objetiva de todo, mientras que lo posmoderno renunciará a este ideal, al sostener que no todo es representable o que la representación misma es diversa.

Los metarrelatos, sostiene Lyotard, son aquellos que han marcado a la modernidad, a través de un discurso que apela a la emancipación progresiva de la razón, de la libertad, del trabajo, al enriquecimiento o a la salvación espiritual. Bajo ellos está la noción del futuro como algo que se ha de producir en un sentido universal y orientando a todas las realidades humanas en base a un mismo proyecto. Estos proyectos de realización de lo universal, afirma Lyotard, no han sido abandonados, sino que liquidados, a partir, por ejemplo, de Auschwitz. Este crimen abre la posmodernidad. ¿Cómo después de esto, se pregunta Lyotard, puede seguir siendo creíble los grandes relatos de legitimización? Estos se han fragmentado en millares de historias, en ahora pequeños relatos que continúan tramando el tejido de la vida cotidiana.

¿Podemos continuar organizando, se cuestiona Lyotard, la infinidad de acontecimientos colocándonos bajo la idea de una historia universal de la humanidad? Su respuesta es negativa, al destacar que la razón cognoscitiva reside en las reglas del juego de lenguaje, por lo que cuando se reclama la razón de las reglas, se pregunta cuál es la razón de la razón. El clasicismo, al ser metafísico, daba esta razón primera. La modernidad, al ser crítica, recalcó la finitud de la razón, lo cual prohíbe razonar acerca del fundamento del razonamiento. Las posmodernidad, en cambio, al ser empírica-critica o pragmática, defiende que la razón de la razón no puede ser dada sin circularidad, pero la capacidad de formular reglas nuevas (axiomáticas) se descubre a medida que la necesidad de ellas se hace sentir.

La duda arrojada sobre la razón viene de la crítica del metalenguaje, de la decadencia de la metafísica. Hay que acompañar a la metafísica en su caída, pero, advierte Lyotard, sin caer en el pragmatismo positivista y tecno científico contemporáneo, el cual no es menos hegemónico que el dogmatismo. Hay que trazar una línea de resistencia contra ambos. La defensa de las razones, señala Lyotard, procede efectuando “micrologías” (pequeñas razones).

Eduardo Schele Stoller.

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