Microrrelatos: la elocuencia de lo dicho

Lo bueno, si breve, dos veces bueno

(B. Gracián)

Si entendemos la definición del término texto en su sentido etimológico, este remitirá a la idea de trama o tejido. Este significado, breve y preciso, contiene en sí mismo, una de las claves que permiten comprender de modo más amplio y profundo el significado real de un enunciado.

Lo anterior tiene sentido porque si se piensa detenidamente, todo texto está constituido por un entramado de ideas que, al imbricarse entre sí, otorgan la posibilidad al lector de una infinita construcción de significados que se irán desplegando a través de las palabras, que han sido escogidas para formar parte de esta trama de manera deliberada por el autor, y que permanecen silentes aguardando que quien acceda a su lectura les otorgue la carga sígnica que inherentemente poseen.

La palabra es signo (afirmaba Saussure), convencional y arbitrario, lineal y temporal, mutable e inmutable a la vez. Por lo anterior, la carga de significación que como hablantes otorguemos a dicha entidad, estará circunscrita a variables de naturaleza diversa y muchas veces contradictoria, sin embargo, y de manera paradojal, esas mismas contradicciones posibilitarán el hecho de que dicha carga interpretativa ambigua y compleja, contribuya a dotar de múltiples sentidos al entramado textual transformándolo en una fuente ilimitada de análisis e interpretaciones.

Pero ¿qué ocurre cuando en un texto escasean las palabras? ¿cómo incide la ausencia de signos lingüísticos en la construcción de sentidos de un enunciado? Aparentemente, la supresión de términos dentro de un escrito podría asociarse a la restricción de nuestras posibilidades como lectores de urdir este complejo entramado que es el texto, sin embargo, en la práctica, la ausencia de signos lingüísticos puede transformarse en una posibilidad de descubrir sentidos que subyacen y que sientan las bases de su significado en lo que se omite, en aquello que no se declara mediante palabras, en aquello que no ha sido dicho.

El microrrelato es una invención antigua, tanto así que muchos atribuyen su génesis a culturas de milenaria data y de diversas latitudes, sin embargo, se sabe que es recién en el siglo XX, al alero de las vanguardias literarias, el momento en el que adquiere relevancia como una de las manifestaciones evidentes de la urgencia, característica de esos años, de renovar el modo de hacer y de entender el arte y la literatura.

De este modo, estos breves textos narrativos en prosa fueron adoptados rápidamente por autores de distintas culturas, como un medio para plasmar en pocas líneas un universo literario tan sucinto como críptico en el que la supresión intencionada de términos (elipsis) y la obligada referencia intertextual, se convierten en las claves para la construcción de los infinitos múltiples sentidos que dichas narraciones suelen ofrecer a modo de desafío para el lector.

Entre los muchos autores que incursionaron en la escritura de este tipo de textos (dentro de los cuales es posible encontrar nombres tan célebres como los de Monterroso, Borges y Cortázar) es posible relevar, en el contexto de la tradición literaria latinoamericana, la figura de Marco Denevi, escritor argentino que en su obra Falsedades (1966) recopila una serie de relatos en los que articula sus breves narraciones en torno a mundos vinculados con hechos o personajes del pasado mítico, histórico y literario con el propósito de contradecir y derrumbar la versión oficial que se tiene acerca de ellos. De esta manera, con una importante dosis de ironía, humor y claras intenciones contraculturales, Denevi omite buena parte de la información aparentemente necesaria para la construcción del sentido global del texto reemplazándola en cambio, por nombres, fechas y datos, en apariencia inconexos, que obligan al lector a echar mano de sus propios recursos para lograr la comprensión de lo leído.

“Pocas palabras, muchos sentidos” parece ser la consigna que atraviesa esta obra pues, la omisión intencional de buena parte de la trama en cada una de estas historias, desafía al lector a movilizarse en múltiples direcciones, sujetándose de las pocas palabras/signos que el autor proporciona, para procurar la siempre anhelada y a veces tan esquiva apropiación estética de lo leído. Tal vez en esto último descansa victorioso el mérito de este tipo de escritos.

A modo de reflexión, resulta inevitable reconocer que, desde la teoría literaria tradicional, existen voces que consideran una suerte de sacrilegio dar pie a la idea de que puedan reconocerse tantas interpretaciones de un texto como lectores existen, sin embargo, vale la pena preguntarse si es imperiosamente necesario, en los tiempos que corren, seguir tributando al canon y agotar nuestras lecturas en la siempre confortable y limitada categorización impuesta desde quienes sistematizaron el análisis de la literatura casi al punto de la mecanización. La palabra es signo (insistió Saussure hasta el cansancio) y como tal representa un universo inagotable de posibilidades de interpretación y análisis sin embargo, quizás sea en “aquello que no se dice” donde, como lectores, debamos buscar  la construcción del real sentido de los textos para contribuir de ese modo a que la trama de esos tejidos se entrelace y enriquezca cada vez que nos animemos a revisitar sus líneas.

Andrea Hidalgo.

Cioran y el falso refugio de la filosofía

Es el ser humano, nos dice Cioran, quien anima las ideas, proyectando en ellas sus llamas y sus demencias, transformándolas en creencias e insertándolas así en el tiempo. Así es que nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas.

La historia para Cioran no es más que un desfile de falsos absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, en nombre de los cuales se puede llegar a matar; Dios, Razón, Nación, Raza. La Historia como una manufactura de ideales, de mitologías lunáticas, de ficciones, producto del frenesí de hordas de solitarios que se niegan a aceptar la realidad tal cual es. Pero vivir es cegarse sobre sus propias dimensiones. Todos nuestros actos, sostiene Cioran, desde la respiración hasta la fundación de imperios o de sistemas metafísicos, derivan de una ilusión sobre nuestra importancia.

A pesar de que nadie ha encontrado un fin válido a la historia, todo el mundo ha puesto toda su esperanza en alguno. La filosofía, por ejemplo, serviría de refugio, junto a sus ideas anémicas y negadoras de la exuberancia, las que terminan corrompiendo la vida. De aquí deriva la crítica de Cioran a la filosofía, en la medida que esta elude la existencia con explicaciones racionales, dejando fuera el dominio de la pasión, la que realmente nos devela el vértigo de la existencia. Es cuando nos libramos de la tiranía de las ideas fijas que comienza nuestra ruina, comenzando a valernos rodo lo mismo. Este es el precio que se paga por pisotear todas las convicciones.

¿Qué le queda ahora a la filosofía? Para Cioran su labor debería ser la de la prostitución; desprendida de todo y abierta a todo, compartiendo el humor y las ideas del cliente, cambiando de tono y de rostro en cada ocasión, dispuesta a ser triste o alegre, permaneciendo indiferente, prodigando suspiros por interés comercial. Carecer de convicciones y estando al margen de la sociedad, tal es la enseñanza de la prostitución, aceptando y negando todo. Y es que para existir debemos dar marcha atrás e integrarnos en la farsa o aceptar las consecuencias de una condición separada, la cual implica una sobreabundancia de tragedia, todo como efecto de una mayor libertad.

Esta “verdad”, nos dice Cioran, solo se vislumbra en los momentos en los que los espíritus, olvidados del delirio constructivo, se dejan arrastrar por la disolución de las morales, de los ideales y de las creencias. En ese momento se favorece el repliegue sobre sí mismo, comenzando así también el drama del individuo, esto es, su gloria y declinar, aislándose del correr utilitario de la vida y emancipándose de los fines objetivos.

Bautizando las cosas y los sucesos, nos dice Cioran, eludimos lo Inexplicable, permitiéndonos circular por una realidad dulcificada y más confortable. La reflexión se fuga así de la existencia, pues cuando se está en ella, sin la compañía de las palabras, se redescubre el universo no clasificado, esto es, el objeto puro y el acontecimiento desnudo. En este sentido, Cioran destaca que nuestras desdichas las soportamos gracias a la abstracción, que, durante largo tiempo, impidió muestro hundimiento. ¿Qué fue lo que hizo sino Adán una vez expulsado del paraíso? Pues bautizar las cosas, ya que la única manera que se tiene para acomodarnos a ellas, es a través del sometimiento al lenguaje que las describe

Eduardo Schele Stoller.

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Steiner y la tristeza del pensamiento

George Steiner le atribuye a la existencia humana una tristeza fundamental e ineludible, en la que se apoyarían tanto la conciencia como el conocimiento. Este fundamento sombrío es la base de toda percepción y proceso mental. El pensamiento es estrictamente inseparable de una profunda e indestructible melancolía, pesadumbre que, al mismo tiempo, es propicia para la creatividad y el desarrollo del mismo pensamiento. Para Steiner, la existencia humana significa una experiencia de esta melancolía y la capacidad de sobreponerse a ella.

Tradicionalmente se ha identificado el pensamiento con el ser, axioma que desde Parménides sigue siendo a la vez fuente y limite de la filosofía occidental. Esto quiere decir que si somos, no podemos estar sin pensamiento, pero si bien este parece ser ilimitado, lo que hay fuera o mas allá del pensamiento es impensable. Esta demarcación mental, sostiene Steiner, está fuera de la existencia humana, quedando solamente como una categoría oculta de conjetura religiosa o mística, fuera de todo entendimiento humano.

Según Steiner, el pensamiento, posibilita el dominio del hombre sobre la naturaleza y sobre su propio ser, pero representa al respecto una infinitud incompleta, una contradicción interna sin solución, pues nunca sabremos hasta dónde llega el pensamiento en relación con el conjunto de la realidad. Nunca podremos estar seguros si lo que parece indefinido no es, en realidad, ridículamente estrecho o irrelevante, esto es, si nuestra racionalidad y percepción no sean más bien meras ficciones pueriles.

Este hecho, causa de duda y frustración, es a su vez el origen de la tristeza del pensamiento, condición que nos parece imposible superar. Steiner destaca que aun nos acechan vestigios de hablas pasados, los cuales nos tienden a apresar en concepciones hace rato ya superadas. Por ejemplo, seguimos hablando de la “salida” y la “puesta” del sol, como si el modelo ptolemaico del sistema solar no hubiese sido sustituido por el copernicano. Esto muestra que en nuestra gramática habitan metáforas vacías y gastadas figuras retóricas, arraigadas en los andamiajes y recovecos del habla cotidiano. “Dios” es otro que también se aferra a nuestras rutinas del discurso, volviéndose un fantasma de la gramática, un fósil fijado en la infancia del habla racional.

La sobreabundancia de información secundaria y parasitaria no hace más que profundizar esta crisis del discurso y, en consecuencia, del pensamiento. Steiner culpabiliza, en parte, al periodismo, pues éste intenta llenar cada grieta de nuestra conciencia articulando una epistemología y una ética de una temporalidad espuria, de una instantaneidad igualadora, donde todas las cosas pasan a tener la misma importancia y el máximo impacto. Su tono de urgencia resulta para el espectador interesante, pero en cuanto anestesiante.

Las palabras, como afirma Steiner, son marcas fonéticas totalmente arbitrarias, signos vacíos, es decir, no tienen correspondencia con lo que creemos es el objeto de su referencia, negándosenos así la verdadera existencia o esencia. El lenguaje se ha marchitado, volviéndose un cliché y una rutina inerte. Sin embargo, si la autentica libertad radica en reconocer que las palabras refieren solo a otras palabras, no parece quedar más alternativa que entregarse a la banalidad del discurso periodístico, pues, de hecho, ni siquiera parece haber criterio para poder distinguir los discursos que valen la pena de los que no. He aquí otra razón para la tristeza del pensamiento.

Eduardo Schele Stoller.

Ediciones Siruela