El amor según Ortega

A juicio de Ortega y Gasset, desear es tender a la posesión de algo, muriendo automáticamente cuando logra satisfacerse. El deseo tiene un carácter pasivo, pues cuando deseamos, pretendemos que el objeto venga hacia nosotros, siendo así el centro de gravitación donde esperamos que las cosas vengan a caer. El amor, en cambio, es una insatisfacción y actividad eterna, ya que bajo él somos nosotros quienes van al objeto. En el acto amoroso es la persona la que sale fuera de sí. En el amar abandonamos la quietud, en un emigrar constante, no instantáneo como en el desear. No es un golpe único, sino una corriente. El amor es, sostiene Ortega, un acto centrífugo del alma que va hacia el objeto en flujo constante.

Otra visión a la cual se refiere Ortega para su análisis es a la de Stendhal, quien califica al amor como un error, basado en una mera ficción, pues nos enamoramos cuando sobre otra persona nuestra imaginación proyecta inexistentes perfecciones. Basta que se desvanezcan tales fantasmagorías para que el amor muera. En este sentido, Ortega señala que el amor no solo no ve lo real, sino que además lo suplanta. Enamorarse es sentirse así encantado ante alguna supuesta perfección, la cual, probablemente, ni si quiera existe.

Este ir hacia el objeto idealizado hace que la atención se fije más tiempo de lo normal en un mismo objeto, convirtiéndose así en una manía. El maniático, afirma Ortega, es un hombre con un régimen de atención anómalo, característica presente en casi todos los grandes personajes de la historia ¿Qué diferencia a unos de otros? A juicio de Ortega es el objeto de obsesión, que puede resultar útil o no a ojos de los demás. Nada nos define tanto como cuál sea nuestro régimen atencional. Pero es aquí donde Ortega da con un síntoma muy propio de nuestro tiempo; la ligereza y mareo con que la atención resbala de objeto en objeto, no fijándose en nada en particular. Al respecto, ¿el amor nos salva o nos condena a la estupidez?

Ortega señala que el enamoramiento no es más que atención anómala detenida en otra persona, representando así un empobrecimiento de nuestra vida mental, pues la conciencia se angosta y pasa a contener un solo objeto, dejando a la atención paralítica, no pudiendo avanzar de una cosa a otra, quedando rígida y presa de un solo ser. En consecuencia, el amor, al menos en un comienzo, no estaría mas que condenándonos a la estupidez.

Eduardo Schele Stoller.

Resultado de imagen para ortega sobre el amor

Ortega y Bergson: del saludo a la risa

Lo social, señala Ortega y Gasset, es un hecho no de la vida humana, sino algo que surge en la humana convivencia ¿Quién es el sujeto originario y responsable de lo que se hace? La gente, la colectividad, la sociedad, es decir, nadie determinado. Lo que se hace, se hace usualmente por el mero uso, mediante lo cual comenzamos a comportamos como autómatas, viviendo a cuenta de la sociedad. Y es que la vida social que consiste en los usos, no es propiamente vida humana, sino que algo entre la naturaleza y el hombre. Reducida a lo irracional y mecánico, la sociedad pasa así a determinar nuestro hacer.

Uno de estos actos mecánicos es el saludar ¿Por qué saludamos y estrechamos, por ejemplo, la mano? Este es un acto que todos ejecutamos, pero su origen es extra individual, es decir, no nos pertenece directamente, puesto que no hemos sido sus creadores, ejecutándolos por pura repetición. Al no ser conscientes de su sentido, es, por tanto, irracional. Solo se quiere hacer algo, afirma Ortega, que nos sea inteligible, de allí que, muchas veces, este acto nos parezca forzado.

¿Por qué se ha instaurado, entonces, el saludo? Al dar la mano al otro, señala Ortega, proclamamos nuestra mutua voluntad de paz, de socialización. Al ser siempre el hombre una potencial fiera, la aproximación de persona a persona siempre ha sido una posible tragedia. Por eso fue preciso inventar una técnica de la aproximación, que ha evolucionado y se ha simplificado a lo largo de la historia. El saludo es la declaración de que vamos a ser sumisos con respecto a los usos de un determinado grupo social. Para constatar esto basta con darnos cuenta que las primeras palabras que aprendemos de otro idioma son aquellas que tienen que ver con el saludar, con la esperanza de encajar en su propio mecanismo.

Todo lo social, sostiene Ortega, es vida humana despersonalizada, desindividualizada e irresponsabilizada. La sociedad es lo humano deshumanizado, convertido en algo mecánico, transformado en mera y bruta naturaleza. La divinización de lo colectivo, es divinizar, por tanto, la vida mecanizada.

Es aquí donde toma importancia el rol liberador de la risa, la que, a juicio de Bergson, supone algún grado de insensibilidad e indiferencia, en vista de reposar de los condicionamientos y protocolos sociales, tales como los dados en el saludo. Al reírnos logramos romper con las convenciones y requerimientos culturales, invitándonos así a la pereza y al descanso ante la fatiga de vivir.

Si bien para reír hay que encarnar una cierta indolencia, también requiere una renuncia al razonamiento cotidiano. La risa tiene que ver así con el asombro, con lo anormal, con romper o exagerar el sentido común. Pensemos, por ejemplo, en los seres que más ríen; los niños. Para ellos el asombro es permanente. Esta capacidad, producto del hábito, la costumbre y la rutina se pierde paulatinamente en la adultez.

Como sabemos, el cuestionamiento filosófico tiene mucho que ver con recobrar esta capacidad de asombro. El filósofo, a su modo, se ríe constantemente de las arbitrarias convenciones del mundo. No esperemos, por tanto, un saludos cordial por parte de estos.

Eduardo Schele Stoller.

Resultado de imagen para el hombre y la genteTertulias poéticas: HENRI BERGSON, La risa

Ortega: la rebelión de las masas y la deshumanización del arte

Ortega y Gasset señalaba que vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, esto es, a decidir lo que vamos a ser en este mundo. Pero en nuestro tiempo quien decide es el hombre masa, un sujeto que carece de todo proyecto, que va a la deriva y que, como niño mimado, no limita sus deseos, pues todo se le permite y a nada se le obliga.

El hombre masa depende de las circunstancias. Si estas no le apremian, se siente soberano de su vida. Esto lo diferencia del hombre excelente, siempre disconforme y autoexigente. El hombre excelente basa su vida en algún servicio trascendente, al llevar una vida disciplinada y noble. La nobleza se define, afirma Ortega, por la exigencia, por las obligaciones, no por los derechos. Vivir a gusto, en cambio, es del plebeyo. Los hombres selectos, los nobles, son activos y viven en una perpetua tensión, en un incesante entrenamiento.

La filosofía, por ejemplo, le es ajena al hombre masa, ya que esta no le presenta utilidad alguna. No ocurre lo mismo con las ciencias experimentales, las que llegan a identificarse con el hombre vulgar. De hecho, Ortega afirma que la ciencia experimental ha progresado gracias al trabajo de hombres mediocres, del hombre intelectualmente medio. Producto de su mecanización, esta disciplina puede ser ejecutada por cualquiera, pues el especialista “sabe” muy bien su mínimo rincón de universo, pero muestra la estupidez propia del hombre masa en las demás esferas de la vida.

Una de estas esferas es el arte. Lo característico del arte nuevo, señala Ortega, es que divide al público en dos clases de personas; los que lo entienden (egregios) y los que no (vulgares). Esto quiere decir que el arte contemporáneo no está hecho para todos, pues para la mayoría el goce estético se basa en la actitud que emplean en su vida cotidiana, es decir, todo aquello que remita a figuras y pasiones humana. Solo toleraran aquellas formas artísticas que no intercepten su percepción de las formas y peripecias humanas. El arte popular se identifica así con un extracto o extensión de la vida cotidiana. Es un arte realista.

En la actualidad, sostiene Ortega, hay un intento de purificación del arte, entendida como una eliminación progresiva de los elementos humanos del mismo. Este pasa a ser ahora un arte para artistas, no para la masa. El arte tiende así a deshumanizarse, al pintar, por ejemplo, a un hombre que se parezca lo menos posible a un hombre. Esto es algo que, cognitivamente, puede ser muy coherente, ya que, a juicio de Ortega, la relación de nuestra mente con las cosas consiste en pensarlas, en formarse ideas de ellas. Esto significa que entre la idea y la cosa habrá siempre una absoluta distancia, puesto que lo real rebosará siempre del concepto que intenta contenerlo. El objeto así es siempre más y de otra manera que lo pensado en su idea.

Es quizás por todo esto que para Ortega vivir signifique sentirse perdido. El que no se siente de verdad perdido se pierde, no se encuentra jamás, no topa nunca con la propia realidad. La vida humana es constante ocupación con algo futuro. Desde el instante actual nos ocupamos del que sobreviene, por lo que vivir implica un hacer constante. Pero de esto es precisamente de lo que intenta escapar compulsivamente el hombre masa, al entregarse a la servidumbre y al querer vivir constantemente al vaivén de la rutina, lo común y lo cotidiano.

Eduardo Schele Stoller.

Resultado de imagen para la rebelión de las masas

Libro La Deshumanización del Arte, JosÉ Ortega Y Gasset, ISBN  9788467047837. Comprar en Buscalibre