Mistral y la belleza como cura para la desolación

De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño.   

No son pocos los filósofos que han destacado una cierta inherencia de tristeza al ejercicio del pensamiento. En poesía también podemos aludir a algunos ejemplos. Este es el caso de Gabriela Mistral en el poemario Desolación. 

Describiendo al pensador de Rodin, Mistral declara cómo este, con el mentón sobre la mano ruda, se acuerda que no es más que carne sobre huesos, carne fatal, delante de un destino desnudo y que cae hacia una necesaria y odiada muerte. Tal constatación causa en el pensador el temblor propio de la apertura a la verdad y consecuente tristeza. Y es que el “tenemos que morir”, señala Mistral, pasa ahora por su frente, comenzando así la noche de su existencia, de la mano del terror y la angustia de aquel que medita ahora mirando de frente a su propio ocaso.  

Pero es el dolor el que nos hace viva el alma, volviéndola honda y sensitiva, convirtiéndola en casa de amargura, pasión y alarido. Esto es, destaca Mistral, en conciencia de que vamos solos, como huérfanos ante la muerte, mordiendo un verso de locura en cada tarde de la existencia. Pero es preciso exprimir el corazón para teñir el lienzo de la vida, vertiéndolo de impresiones sensibles. Es el asombro el que abre el alma, lo que en el amor abre paso también a la vergüenza, al palpar nuestra desnudez y pobreza. 

Tal condición explicará el cansancio propio del vernos arrastrarnos por los surcos de la vida, por donde el resto deambula feliz. Quizás por esto todo adquiere en su boca un sabor persistente de lágrimas, de trova, de plegaria, como un duro oficio de lágrimas. Sin embargo, al igual como vimos en Neruda, Mistral no se queda en el pesimismo, pues declara que la vida también es oro y dulzura de trigo, siendo breve el odio en comparación con el inmenso amor y alegría que, por ejemplo, nos entrega el solo hecho de contemplar la naturaleza, gracias a lo cual nos olvidamos de que es duro morir.  

No hay nada ya que mis carnes taladre. Con el amor acabose el hervir.  

En Pinares, por ejemplo, nos dice como estos árboles, con su calma, pueden dormirnos la pena y el recuerdo, causa de la amargura del pensamiento, que constantemente nos acuerda que vivimos. La naturaleza aquí nos ayudaría a evitar el silencio, tan propio del sujeto que piensa.  

Esto lo podemos ver más latente en su Decálogo del artista donde señala que este debe amar por sobre todo la belleza, aunque no se crea en el origen divino de esta. Una belleza que no ha de buscarse como un cebo para los sentidos, como pretexto para la lujuria o la vanidad, sino como alimento para el alma, quizás más cercano a lo sublime, algo que no se encuentra en las ferias ni el opio adormecedor, sino el vino generoso que nos enciende para la acción humana. 

Eduardo Schele Stoller. 

La poesía de Neruda: buscando luz en los oscuros pozos de la existencia

Es claro que la poesía de Neruda parte de cierta desazón. Como señaló Nicanor Parra, en los poemas del premio Nobel hay cierta tendencia al “llanto”. Pero sería erróneo identificar su obra con el pesimismo.  

Es cierto, como nos dice Neruda, que el corazón ha de pasar por un oscuro túnel, padeciendo de un naufragio o muerte hacia dentro. De alguna forma, nos ahogamos, cayendo desde la piel al alma. Sin embargo, el mismo poeta declara que no quiere seguir siendo raíz en las tinieblas, vacilante, extendido, tiritando de sueño, hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra, absorbiendo y pensando cada día.  

Quizás por esto señala que se cansa de ser hombre, pues sería parte de nuestra naturaleza hundirse y caer, en un viaje funerario, como ha destacado Heidegger, desde el nacimiento. Se cansa precisamente de los lamentos y desvelos sin origen, los que no hacen más que infartar el alma.  

En cualquier caso, Neruda afirma hablar de cosas que existen, no pretendiendo inventar cosas en sus cantos, pues los versos han de servirnos para cuando el crepúsculo aceche nuestros días y nos enfrentemos a la realidad de la muerte. Y es que el hombre, sostiene Neruda, es más ancho que el mar y sus islas, pero hemos de caer en él como en un pozo para salir del fondo. Solo después de esto podremos subir a nacer o, más bien, a renacer:  

Dame la mano desde la profunda zona de tu dolor diseminado. Traed la copa de esta nueva vida vuestros viejos dolores enterrados.  

Tal como promulgara Nietzsche, este renacer supone el olvido, como elemento necesario que puede desarrollar el crecimiento y alimentar la vida. Aquí Neruda nos dice que, si nos obligamos a vivir en las quemaduras, no es para detenerse en ellas ni para golpearse contra la tierra, sino para caminar conociendo, esto es, para cargarnos de sentido. Esta severidad contará como una condición de la alegría y para sentirnos invencibles.  

En todo este camino nos puede acompañar la poesía, camino que deambula desde las más enrarecidas alturas hasta la simpleza insigne de los hombres comunes. Y es que es entre este tipo de personas y sus prácticas que dejamos atrás el lamento de la muerte y nos dedicamos a vivir, pidiendo permiso para volver a nacer. Es por esto que, para Neruda, es deber de los poetas cantar con sus pueblos y dar al hombre lo que es del hombre: sueño y amor, luz y noche, razón y desvarío.  

Quizás esta vida y canto común puede verse perturbada a ratos por contemplaciones sublimes, esto es, cuando de pronto logra verse el cielo desgranado, abierto, en conjunto con los planetas y la noche arrolladora. El mínimo ser que somos queda así ebrio del gran vacío constelado, sintiéndose parte del abismo, rodando con las estrellas y desatando su corazón al viento. Pero antes de “descansar” en estos dominios, es preciso haber atravesado por la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio, en vista de poder llegar al recinto mágico en que podamos danzar torpemente o cantar con melancolía.  

El poeta, afirma Neruda contra Huidobro, “no es un pequeño Dios”, ya que no está por sobre quienes ejercen otros menesteres y oficios; el mejor poeta es el que nos entrega el pan de cada día. Por eso Neruda declara que con sus versos quiso instalarse como un objeto palpable, tal como instrumentos útiles de trabajo. A pesar de reconocer que su poesía parte del abandono y el dolor, señala siempre haber tenido confianza y esperanza en el ser humano en su objetivo por conquistar, con ardiente paciencia, la justicia y la dignidad. De lograrse esto, la poesía no habrá cantado en vano. 

El gran dilema que aqueja al individuo consciente es si debe obedecer el necesario decreto de la muerte o, como pretende Neruda, lograr sentirse bien, tal como el cuerpo lo aconseja. En esta duda no sabemos si dedicarnos a meditar (filosofía) o a alimentarnos de claveles (poesía). Para Neruda la decisión es clara: terminados los lamentos, y en busca del renacer de la profunda zona del dolor humano, ha de cantarse sobre cosas que alegren el espíritu y llenen el corazón, es decir, la poesía ha de centrarse en tópicos que alimenten nuestras ganas de vivir.  

Lejos entonces del pesimismo, la búsqueda de Neruda a través de la poesía es alcanzar los bordes luminosos de los oscuros pozos de nuestra existencia, aunque hayamos tenido antes que llorar para reír después con más fuerza. Como nos dice en El mar y las campanas: 

Si cada día cae 

dentro de cada noche 

hay un pozo 

donde la claridad está encerrada. 

Hay que sentarse a la orilla  

del pozo de la sombra  

Y pescar luz caída 

con paciencia. 

Eduardo Schele Stoller. 

(Obras utilizadas para la elaboración de esta reseña: Residencia en la tierra II, Canto general, La arena traicionada, Odas elementales, Estravagario, Las piedras de Chile, Memorial de Isla Negra, Discurso pronunciado con ocasión de la entrega del Premio Nobel de Literatura, El corazón amarillo, El mar y las campanas). 

Eagleton y el pesar del optimismo

La esperanza auténtica, nos dice Terry Eagleton, debe estar basada en razones, es decir, debe ser capaz de seleccionar las características de una situación que la hacen creíble. De lo contrario, no es más que un presentimiento. El optimismo cuenta como un tipo de conservadurismo, pues su fe en un futuro propicio está enraizada en la supuesta bondad esencial del presente. Eagleton destaca que el optimismo es un componente típico de las ideologías de las clases dominantes, ya que, al carecer de instancias críticas, en general, no se ven apremiados por la necesidad de cambio, apelando solo a soluciones cosméticas.

En este sentido, el optimista subestima los obstáculos que puede ofrecernos la realidad y responde a todo de la misma forma, obviando el azar y la contingencia. En este mundo determinista, señala Eagleton, las cosas están destinadas a salir bien con una previsibilidad sobrenatural y sin que haya una buena razón para ello. Y es que como sostiene Alexander Pope, la esperanza es una ficción terapéutica, que nos mantiene vivos convenciéndonos de que persigamos una quimera tras otra. La esperanza, complementa Eagleton, es un espejismo apolíneo o una mentira vital gracias a la cual podemos evitar que la futilidad nos asalte mientras los dioses se parten de risa cínicamente en secreto. Eliminamos la vacuidad de nuestras esperanzas pasadas para perseguir una nueva quimera tentadora y a esta interminable fabricación de auto olvido se la conoce como existencia humana.

La esperanza, sostiene Eagleton, es un fetichismo del futuro que reduce el pasado a un prólogo y el presente a mera expectativa vacía, manteniéndonos vivos para que podamos seguir siendo atormentados. La esperanza es así la grieta en el presente a través de la cual se puede atisbar el futuro, pero a costa de vaciar al sujeto en el no-ser. Devalúa cada momento, depositándolo en el altar del sacrificio en aras de una futura satisfacción que nunca llegará. No parece haber diferencia entre esperanza y deseo, pues en ambos es el futuro lo que determina el presente. Tal como lo concebía ya John Locke, para quien la esperanza es el «placer mental» que sentimos cuando prevemos una fuente futura de satisfacción.

La esperanza consiste en deseo más expectativa. Eagleton señala que si bien es posible la expectativa sin desear, no se puede esperar sin desear. Aquí podría apelarse al caso del suicida como ejemplo de predominio de la desesperanza. Sin embargo, según Eagleton, el suicida no tiene por qué estar convencido de que la existencia en sí misma carece de valor. De hecho, puede creer que hay razones para la esperanza, pero que estas expectativas no son para él. Puede que piense que sus problemas podrían acabar desapareciendo, pero no se siente capaz de esperar hasta entonces. El dolor es demasiado insoportable como para aguardar hasta que los acontecimientos den un giro positivo. Por lo demás, como destaca Eagleton, el suicidio también es una cuestión de esperanza; pues una persona se suicida porque espera dejar de sufrir.

Ahora bien, siguiendo a Spinoza, Eagleton sostiene que la esperanza parece ser la ilusión del ignorante, pues parece ser mucho más racional y seguro no esperar nada para así decepcionarse con menos frecuencia. Así, la mejor forma de conservar la ataraxia o tranquilidad de ánimo es excluir toda posibilidad futura. Si la buena vida consiste en un plácido autodominio, es necesario abandonar tanto la esperanza como la desesperanza, que nos hacen presa de los estragos del tiempo. Renunciar al futuro, nos dice Eagleton, es una cura instantánea de la ansiedad, esto es, una especie de muerte en vida, mediante el cultivo de la impasibilidad, haciéndonos inmunes tanto al deseo como al desencanto, evitando tanto el sosiego como el abatimiento, alcanzando así la apatheia.

Eagleton nos advierte que el precio de esta serenidad es una cierta monotonía redentora, tal como sucede al estoico, quien está al mismo tiempo presente y ausente en el mundo, vivo y muerto, participando en sus asuntos turbulentos pero aislado de sus vicisitudes por la nobleza de su espíritu, totalmente opuesto a los que viven esperanzados. Si bien estos últimos también están presentes y ausentes, lo hacen en otro sentido, pues se encuentran divididos entre lo que es palpable pero imperfecto y lo que está ausente, pero es tentador, entre la insistencia de lo real y la promesa de un futuro. De allí que lo más racional, en vista de evitar el sufrimiento, sea el pesimismo.

Eduardo Schele Stoller.

La «Aurora» de Nietzsche

En Aurora, Nietzsche asume que su labor ha sido la de un hombre subterráneo, es decir, uno que taladra, socava y roe. Si ha descendido a lo profundo es para examinar y socavar la vieja fe sobre la que, durante milenios, la filosofía ha edificado sus endebles construcciones morales, ante las cuales, desde siempre, no nos era permitido reflexionar ni hablar, sino tan solo obedecer, puesto que sería inmoral criticar a la moral.

Es inmoral criticar a la moral. Nietzsche manifiesta aversión hacia toda clase de fe, cristianismo, romanticismo, patriotismo, esto es, contra cualquier tipo de idealismo europeo que, al tender hacia las alturas, nos rebaja constantemente. La moral se entiende como la obediencia ciega a las costumbres, correspondiéndose con la forma tradicional de comportarse y valorar. Donde no se respetan las costumbres, señala Nietzsche, no existe la moral; y cuanto menos determinan estas la existencia, menor es el círculo de la moral. En este sentido, quien se considere libre ha de ser inmoral, porque ha de depender siempre de sí mismo y no del uso establecido. Por esta razón es que lo “malo” se ha identificado con lo intelectual, con lo libre, lo desacostumbrado, lo imprevisto. La moral, por el contrario, requiere de obediencia y desindividualización.

Pero con el aumento del sentido de las causalidades necesarias, va disminuyendo paulatinamente el de la moralidad y, con ello, desechamos las causalidades imaginarias que servían como fundamento de la moral. Con esto, destaca Nietzsche, desaparece una parte del miedo y de la coacción que implican las costumbres, como así también la veneración y autoridad que estas disfrutan. La moral les quitaba la inocencia a los acontecimientos puramente fortuitos, asociándolos, desquiciadamente, con las ideas de culpa y castigo. Las creencias y costumbres que se justificaban en sus orígenes por lo útil o nocivo que podía resultar de ellas, la moral las santifica, venerándolas y volviéndolas incuestionables. Al oponerse que se formen nuevas y mejores costumbres, la moral no hace más que embrutecernos.

Todos aquellos que osaron violar con sus acciones la autoridad de las costumbres han sido denominados como criminales, muchos de los cuales se les consideró más tarde como buenos. Nietzsche señala que, debido a que sufrimos moralmente, nos negamos a asumir que tal sufrimiento pueda basarse en un error, de allí que nos inventemos un mundo verdadero más excelente, real y sólido que este. Preferimos sufrir con tal de sentirnos transportados por encima de la realidad, que vivir sin dolor, pero privados de ese sublime sentimiento.

Nietzsche destaca como bajo el imperio de la moral y de las costumbres, menospreciamos la verdadera realidad, refiriendo todos nuestros sentimientos elevados a un mundo imaginario y supuestamente superior. Ante este problema no cabría como solución dejarnos llevar por nuestros sentimientos y emociones, pues tras estos se encuentran también los juicios y apreciaciones morales, pero estos juicios no nos pertenecen, ya que, como toda moral, vienen impuestos desde fuera. Dejarnos llevar por nuestros sentimientos, advierte Nietzsche, equivale a obedecer a nuestro abuelo, a nuestra abuela y a los abuelos de estos, y no a nuestra razón y nuestra experiencia. Pero las palabras también nos obstaculizan el camino, las cuales, lejos de representar un descubrimiento, presentan obstáculos y problemas, pues ahora para llegar al conocimiento hay que ir tropezando con palabras, las que se han hecho duras, eternas y, en consecuencia, difíciles de romper.

A la mayoría, por ejemplo, la vida les parecería insoportable si no existiera “Dios” o si esta no tuviera un significado moral. A raíz de este temor, se deriva la necesidad de que haya un Dios y de que sea este el que asigne un sentido a la existencia. Pero el que requiramos de ideas para nuestra conservación en ningún caso implica la existencia de lo que deseamos. Es así como para Nietzsche sean la cobardía y la pereza las condiciones previas de la moral, pues esta nos salva de plantearnos los por qué y cómo de nuestros actos, llevándonos a la oscuridad con respecto a sus propios intereses.

La felicidad no puede ser guiada desde fuera del mismo individuo, pues los preceptos externos no hacen más que impedir la felicidad al llevarnos por senderos ajenos a los propios intereses. La moral se sitúa por sobre nuestra voluntad, pues, nuestros deberes, señala Nietzsche, no son más que los derechos que los demás tienen sobre nosotros, es decir, es el mínimo poder que los demás quieren que conservemos. Lo que busca la moral es la cohesión mediante el debilitamiento y supresión del individuo. En este sentido, se considerará bueno todo lo que responda o contribuya a la agrupación de personas. “Culpa”, “castigo”, “pecado” son ejemplos de este principio, nociones que chocan con lo que Nietzsche denomina como “demonio del poder”, el que nos tortura a través del deseo y la necesidad.

A pesar de estas limitaciones, Nietzsche no cae en el pesimismo, el cual considera como una enfermedad, asociado al envejecimiento prematuro y la fealdad. Abandonados a un escepticismo moral generalizado derivamos en el aburrimiento y la debilidad, nos sentimos roídos, carcomidos, cuando de lo que se trata es de salir más valiente y sano que nunca, esto es, con los instintos reconquistados.

No se trata, por tanto, solo de negar (escéptico), hay que aprender luego de esto nuevamente a afirmar, creando nuevas costumbres, cuidando, no obstante, caer en la ilusión y necesidad de un nuevo orden moral, mediante la cual sigamos amargando nuestra existencia. Debemos recordad, nos dice Nietzsche, que nos son las cosas las que nos afectan, sino las opiniones morales que nos hemos formado sobre estas. Hay que tomar las cosas más alegremente de lo que se merecen, así habla la valentía del conocimiento y solo así nos situaremos en la aurora de nuestra existencia.

Eduardo Schele Stoller.