Onfray y las razones del ateísmo

La religión: crucificar la vida y celebrar la nada.

¿Por qué ciertos individuos prefieren las ficciones tranquilizadoras de los niños a las crueles certidumbres de los adultos? La razón, según el filósofo francés Michel Onfray, es que prefieren la fe que calma a la razón que intranquiliza, aun al precio de un perpetuo infantilismo y miseria espiritual, lo cual termina produciendo la renuncia de sí mismo, a través de miserias sexuales, mentales, políticas e intelectuales.

Es el deseo de no ver la realidad, las ansias de un espectáculo alegre, aun cuando provenga de la ficción más absoluta, lo que lleva a la creencia religiosa. Son preferibles, nos dice Onfray, las fábulas, las ficciones, los mitos, los cuentos para niños, a enfrentar el develamiento de la crueldad de lo real que obliga a soportar la evidencia de la tragedia del mundo. Pero el imperio patológico de la pulsión de muerte no se cura, señala Onfray, con un esparcimiento caótico y mágico, sino con el trabajo filosófico sobre sí mismo, mediante una introspección filosófica y racional bien llevada. En este sentido, el ateísmo no es una terapia, sino salud mental recuperada, contraria al nihilismo pasivo de antaño. Y es que el siglo XX veía la muerte por todas partes: muerte del arte, muerte de la filosofía, muerte de la metafísica, muerte de la novela, muerte de la política, todas muertes, según Onfray, ficticias, que solo servían para montar la escenografía de las paradojas antes del cambio de chaqueta metafísica.

La palabra “a-teo” supone una negación, una falta, un agujero y una forma de oposición. En este sentido, no existe ningún término para calificar de modo positivo al que no rinde pleitesía a las quimeras fuera de la construcción lingüística, para significar el aspecto solar, afirmativo, positivo, libre y fuerte del individuo ubicado más allá del pensamiento mágico y de las fábulas. La pobreza del vocabulario ateísta, sostiene Onfray, se explica por la dominación histórica de los teístas, que hace más de quince siglos dominan tales asignaciones de términos, buscando cristalizar y petrificar sus propias representaciones.

Pero este encierro también es cognitivo, pues en los ritos religiosos carecen las invitaciones a reflexionar, analizar y criticar, ejercitando con ellos más bien solo la memoria. Y es que, como destaca Onfray, desde el Génesis ya se nos incita a no querer saber, a contentarse con creer y obedecer, a preferir la fe al conocimiento, a rechazar el amor a la ciencia y enaltecer la pasión por la sumisión y la obediencia, predicando a su vez el odio al cuerpo, a las mujeres y al sexo libre.

Cuando los hombres crean a un Dios, lo hacen a su imagen y semejanza: violento, celoso, vengativo, misógino, agresivo, tiránico e intolerante, es decir, señala Onfray, terminan esculpiendo su propia pulsión de muerte, el aspecto sombrío, y hacen de ello una máquina lanzada a toda velocidad contra sí mismos, renunciando a la vida del aquí y ahora. Son los imbéciles contentos los que prefieren la ignorancia del paraíso. Debemos alabar, nos dice Onfrey, a Eva, pues ella opta por la inteligencia al precio de la muerte, el conocimiento que nos abre la tragedia del mundo, pero que, al menos, no nos somete a una especie de muerte en vida.

Los creyentes inventan su criatura (Jesús) y luego le rinden alienadamente culto, transformando su neurosis personal en el modelo del mundo. Es el caso de Pablo de Tarso (10 d.C. – 64 d.C.), evangelizador que, bajo el Imperio romano, terminó viendo el mundo conforme a su propia personalidad histérica, misógina y masoquista. Si la cultura impide el acceso a Dios, de allí se entiende el ensañamiento contra ella, el odio, el desprecio y la intolerancia. No es casual entonces, nos dice Onfray, que la Iglesia católica haya inventado el etnocidio. El año 1492 no sólo marca el descubrimiento del Nuevo Mundo, sino también la aniquilación de otros.

Eduardo Schele Stoller.

Onfray y el pensamiento mágico de Freud

A través de un minucioso estudio sobre la obra y correspondencia de Freud, el filósofo francés Michel Onfray se propone desmantelar la supuesta solidez y cientificidad del  psicoanálisis, al destacar cómo este falsificó resultados, inventó pacientes e hizo pasar por propias tesis de otros autores, tales como la del inconsciente, derivada de lecturas no reconocidas públicamente sobre Schopenhauer y Nietzsche.

Pero ni siquiera el psicoanálisis entraría dentro del ámbito de la filosofía, pues Onfray la cataloga como “psicología literaria”, al proceder principalmente de la autobiografía de su inventor y al ser la terapia analítica una rama del pensamiento mágico. Con respecto a esto último, Onfray destaca que la toma de conciencia de una represión jamás provocó mecánicamente la desaparición de los síntomas y menos aún la curación y que, lejos de ser universal, el complejo de Edipo manifiesta solo el deseo infantil de Sigmund Freud.

La verdad del psicoanálisis solo es aplicable a la mente de su creador, constituyéndose así en la autobiografía de un hombre que se inventa un mundo para vivir con sus fantasmas. El problema es que Freud toma su caso por una generalidad, a raíz de su obsesión con el éxito, el dinero y la fama, lo cual le hizo disfrazar inconscientemente sus necesidades fisiológicas en aras de la objetividad. Su megalomanía es tal que llega a afirmar que, después del heliocentrismo copernicano y el evolucionismo darwiniano, el psicoanálisis se ha convertido en la tercera herida narcisista contra el valor del ser humano en el universo.

Onfray sostiene que es a partir de un anhelo infantil (ver a su madre desnuda) que Freud comienza a levantar su edificio conceptual. Lo que él ha vivido, todos lo han vivido y vivirán para siempre, asumiéndolo como una verdad absoluta o como la palabra del Evangelio. Lo mismo rige con respecto al inconsciente, algo imposible de definir, pues cuenta como un espacio carente de dimensión. Freud vive así en el país de las maravillas, al reconocer que las reglas de la lógica no tienen validez alguna en lo inconsciente.

Pero de ser esto así, ¿Se puede hacer ciencia de algo tan irracional o, al menos, analizar objetivamente lo subjetivo mediante medios aún más subjetivos? Quizás, advierte Onfray, estamos en presencia más bien de un curandero, pues Freud alude constantemente al poder de las palabras como potencia terapéutica. Tal noción del lenguaje no distarían mucho de los misteriosos hechizos tribales de antaño.

Eduardo Schele Stoller.

Freud El crepúsculo de un ídolo - Curriculum Nacional. MINEDUC. Chile.

Onfray y la construcción de uno mismo

El odio de Zaratustra, nos dice Michel Onfray, se dirige hacia quienes rechazan el pensamiento trágico y prefieren adormecernos con ilusiones edulcoradas y peligrosas. Zaratustra reniega de dioses y amos, recibiendo solo aquello que aumente la energía, la fuerza y el poder propio. Mientras se avanza, es necesario desembarazarse de las sombras antes de que se vuelvan exigencias y obstáculos. Es en medio del caos donde debe prepararse la individualidad. La contención de Apolo suele aplastar al individuo a través de la necesidad, perdiendo esta fuerza, vitalidad y ganando en decadencia.

De lo que se trata, afirma Onfray, es de poder conducirse a sí mismo, solipsista, trágico, pero libre, moviendo, elevando, llevándonos desde lo vulgar hacia un estado noble, no adhiriendo a asociaciones, grupos y uniones que fabrican cristalizaciones e identidades sociales falsas, tales como la Familia, la Patria y el Espíritu. Según Onfray, todos esos ideales devoran la inteligencia, la conciencia y las razones singulares, regurgitando una increíble red de hilos pegajosos que aprisionan a las excepciones, las reducen y las convierten en ciudadanos dóciles y sumisos.

Lo religioso, por ejemplo, nos lleva a la amputación, a la castración de las energías, a su inclusión en instancias que las esterilizan, produciendo leyes, órdenes, reglas y mandamientos a los que es obligatorio subordinarse, en vista de obtener seguridad en el grupo. Por medio del contrato social, sostiene Onfray, la singularidad abdica para fundirse en crisoles conformistas. A través de las escuelas se termina por fabricar un hombre calculable, destruyendo la inteligencia en favor de la docilidad, atacando la libertad y el espíritu crítico.

Tal contrato, afirma Onfray, se traduce en servidumbre y esclavitud. Mediante la producción de doctrinas universalistas la sociedad castra todo lo singular e individual. Pero la idea es simple y llanamente un producto de la fisiología, la secreción de un cuerpo que manifiesta así el desborde de los flujos que lo recorren. Si bien las palabras hablan de cosas, no deben sustituirlas, si no se quiere caer en una operación de alquimia generadora de malentendidos que producen esquizofrenias. El nominalista debe criticar el culto a la abstracción, pues este desemboca en las alienaciones. Solo le importa, destaca Onfray, su propia singularidad y el conjunto de perspectivas que ella es capaz de mantener con la realidad fragmentada, desmenuzada y reducida a polvos de instantes. Y es que al nominalista no le interesa la idea que uno se hace de la realidad, pues prefiere la realidad misma.

La alienación, entonces, es el riesgo más temido, junto a la pasión igualitaria y normativa. Al que busca la construcción de uno mismo le encantan las diferencias, apreciando y demandando lo diverso. Disfruta de lo que disgrega y rehúye de lo homogéneo, a partir del cual se elaboran las servidumbres voluntarias. Es aquí donde Onfray llama a liberar los sueños, las obsesiones eróticas, transfigurar las fascinaciones por el crimen, dar libre curso a las quimeras, desear la utopía y someter la vida a ese ideal de un punto entre lo imaginario y los hechos reales, mediante una ética hedonista que permita convocar al derroche.

El objetivo es el dominio sobre el mundo, el triunfo del yo sobre la realidad. Una vida es sublime, concluye Onfray, cuando modifica, de alguna manera, la historia universal, cuando la singularidad moldea su tiempo a través de una fuerza prometeica, es decir, cuando el individuo deja de ser la caricatura de lo que produce su época.

Eduardo Schele Stoller.

Onfray y la historiografía filosófica

A juicio de Michel Onfray en el reino de la filosofía oficial triunfan las fábulas dogmáticas, pues no se pone en tela de juicio las producciones de su historiografía. De hecho, ésta ni siquiera forma parte del corpus de estudio filosófico; no se filosofa acerca de la construcción de la historia de la filosofía ¿Hay neutralidad en la historiografía oficial que se enseña? ¿O es también ésta ideológica?

Onfray se la juega por la no neutralidad y el sesgo ideológico de la historiografía filosófica dominante, al preguntarse, por ejemplo, bajo qué principios y objetivos ha sido escrita. Ésta ha considerado a Sócrates como el mesías inmolado que encarnar la revelación filosófica inteligible, y a Platón como su apóstol. Antes de él, después de él. La historiografía dominante ha destacado el momento platónico, el cristiano y el idealismo alemán.

Por medio del prejuicio, afirma Onfray, no se lleva a cabo el cuestionamiento ¿Dónde quedan los sofistas, cínicos y epicúreos? El platonismo le declara la guerra a todo lo que celebra la pulsión de la vida, siendo que filosofar, destaca Onfray, es hacer viable y vivible la propia existencia, allí donde nada es dado y todo debe ser construido. No se filosofa en base a un objetivo netamente teorético y elitista, sino que en base a uno práctico, existencial y cotidiano.

No se filosofa en la escuela, la universidad o lugares cerrados, sino en el teatro abierto del mundo y de la vida cotidiana. La palabra, afirma Onfray, es para intercambiar, comunicar y exponer, no para separar. El sentido de la teoría es la práctica, traducida en una filosofía utilitarista y pragmática, que considere, por ejemplo, a la muerte como conducente a la serenidad, entendiendo que lo esencial consiste en no morir en vida, en no ser un muerto en vida. Hay muchos, señala Onfray, que nunca aprendieron a vivir, o sea, que nunca vivieron realmente. La influencia de las filosofías trascendentalistas no habrían hecho más que perpetuar este error.

Eduardo Schele Stoller.

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Onfray y la filosofía de los cínicos

Michel Onfray reconoce en Diógenes a un maestro, pero uno que se niega a ser considerado como tal, que no manda y no quiere ser mandado. Libre de prejuicios, esclavo de nada ni de nadie. Diógenes fue un filosofo que desenmascaró las quimeras -vivía en un tonel, se masturbaba y pedorreaba en público-, que valoraba solo el poder sobre sí mismo -realizó un famoso desaire a Alejandro Magno-, que ejercía un dominio sobre el deseo y con ello alcanzaba la libertad.

Las diversas anécdotas en las cuales se vio envuelto Diógenes nos muestran que su principal objetivo era inquietar. “¿De qué sirve un hombre que ha pasado todo su tiempo filosofando sin jamás inquietar a nadie?” Al lleno de certezas, al clon que piensa como la hace su tribu, a ellos se dirigen los filosos dardos de Diógenes.

El perro se convirtió en el símbolo de su escuela. Onfray se refiere a aquellos perros que muerden en los tobillos a los distraídos, amigos y enemigos por igual. A aquellos que, despreocupado por las convenciones, les ladran a los ídolos adulados por la mayoría. Mastines, dogos, pit-bulls, representan este espíritu. Contrario a los yorkshires kantianos, pekineses tomistas y falderos hegelianos. Estos, entre muchos otros filósofos, nos vistieron de quimeras, cuando de lo que se trata es desnudarnos de las mismas.

Curiosamente, Platón también comparó la labor del filósofo con la del perro, pero, a diferencia de Diógenes, este es uno manso con los conocidos y hostil con lo desconocido. Este correspondería a un rasgo que caracteriza al filósofo; la actitud del guardián del conocimiento. Para el cínico, Platón se equivoca de perro. El filósofo no puede ser guardián de un conocimiento, de una sabiduría. El filósofo es “amante de aprender”, “amante de la sabiduría”, no de la verdad. Si fuese amante de esta última el aprender ya no tendría sentido.

Lo que caracteriza a la filosofía cínica es así su carácter crítico, siendo más hostil con lo conocido que con lo desconocido. Mientras desconfía de los que lo quieren amarrar, es acogedor con lo nuevo, con el extranjero. Es opuesto así al sumiso perro mascota. El filósofo busca, pero evita asentarse. Es un vagabundo epistemológico. Si ha de ser un perro, es un perro callejero, un «quiltro», aquel animal que lo único que busca es inquietar y morder la mano de quien le da de comer.

Eduardo Schele Stoller.

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