El arte de no hacer nada

A juicio del investigador científico estadounidense Andrew J. Smart, el ocio constituye el único camino verdadero al autoconocimiento. Nuestra actual obsesión por estar ocupados, por perdernos en el ajetreo, no nos deja espacio para el libre desarrollo de las ideas. Esto comenzó a agudizarse a partir del desarrollo industrial del siglo XIX, volviéndose los humanos en meros engranajes de una fábrica. Smart considera que esto ha ido en desmedro incluso de nuestro funcionamiento cerebral, pues, según estudios, es en los momentos de ocio cuando se incrementa la actividad neuronal y, con ello, la imaginación y la creatividad.

La activación mayor se produce así, por ejemplo, cuando estamos recostados en el césped, cuando cerramos los ojos o cuando miramos por la ventana mientras estamos en la escuela o el trabajo. Pero estos momentos escasean, pues la sociedad hoy nos inculca la obligación moral de estar tan ocupado como sea posible. Pero, aunque suene paradójico, al entregarnos obsesivamente al trabajo, no dejamos que nuestra mente trabaje. El cerebro, afirma Smart, tiende a trabajar más cuando no estamos haciendo nada. Si nos entregamos al pensamiento independiente del estímulo, esto es, dejando vagar la mente, el cerebro se organizará mejor que cuando estemos tratando de concentrarnos en alguna tarea.

Si el ocio parece ser algo tan básico y simple ¿Por qué lo evitamos? Esto quizás ocurra, nos dice Smart, porque nuestro inconsciente tiende a guardar contenidos que preferiríamos dejarlos donde están. Puede que los trabajólicos, entonces, no soporten el ocio y la inactividad porque, en el fondo, eluden el dolor emocional mediante la actividad continua, el cual ya ni siquiera es trabajo. Pensemos, por ejemplo, en el tiempo empleado en los artefactos tecnológicos y redes sociales. Smart señala al respecto que empezamos a identificarnos más con el teléfono que llevamos en el bolsillo que con la mente que tenemos sobre los hombros.

En suma, la dificultad para generar los momentos de ocio no solo son externos, sino que también recae en el temor a hacernos cargo de lo que somos, lo cual aflora precisamente cuando nuestra mente comienza a divagar libremente. La esclavitud parece así preferible a cambio de poder perdernos de vista.

Eduardo Schele Stoller.

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Ordine y la utilidad de lo inútil

A juicio del filósofo italiano Nuccio Ordine (1958-), es labor de la filosofía revelarnos la utilidad de lo inútil, valorando además aquellas disciplinas y prácticas que valen como fines en sí mismos, aquellas que, por su naturaleza gratuita y desinteresada, se alejan de todo vínculo práctico y comercial. Sin embargo, la lógica del beneficio, según Ordine, es la que parece primar entre las diversas instituciones (escuelas, universidades, centros de investigación, laboratorios, museos, bibliotecas, archivos) y las disciplinas (humanísticas y científicas), alejándose así de saber por el mero saber, quedando así marginadas la fantasía, el arte, el pensamiento crítico y el horizonte civil que debería inspirar toda actividad humana.

En un mundo dominado por el homo economicus, nos dice Ordine, no es fácil entender, la utilidad de lo inútil y, menos aún, la inutilidad de lo útil, tal como el sin número de innecesarios objetos que nos suelen vender como bienes indispensables. Alejados de las actividades que no sirven para nada, nos privamos del remedio para la asfixia del pensamiento y para llevar una vida orientada por la curiosidad y el pensamiento crítico. Si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, Ordine nos dice que derivaremos en una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Ordine ejemplifica esto a través de un ilustrativo relato:

Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez más viejo que nadaba en dirección contraria; el pez más viejo los saludó con la cabeza y les dijo: «Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?». Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin uno de ellos miró al otro y le dijo: «¿Qué demonios es el agua?».

Esto nos muestra que las realidades más obvias e importantes son a menudo las que más cuesta ver y las más difíciles de explicar. Esta constatación, como decía Aristóteles, comienza con el asombro, con la idea del saber por el saber, algo que sería propio de la libertad de no tener que someterse solo a las necesidades prácticas o de sobrevivencia. De hecho, las cosas que más solemos admirar o gozar son aquellas que no tienen utilidad alguna, al menos en el sentido pragmático de la palabra.

Ordine señala al respecto que solo es realmente hermoso lo que no sirve para nada. Todo lo que es útil es feo, pues es la expresión de alguna necesidad, las cuales suelen ser ruines y desagradables al conllevar siempre la sensación de falta. Precisamente lo inútil nos despoja del orden de la necesidad y de la frustración ante la carencia. En el minuto que algo se vuelve útil deja de ser bello. En este sentido, presenciamos una cada vez mayor decadencia de lo bello, pues, bajo el capitalismo a juicio de Ordine, vamos perdiendo los rituales de despilfarro, tales como las fiestas, pues son vistas como pérdidas de energía para lo realmente útil; la producción y la acumulación, aspectos que asesinan nuestra capacidad reflexiva y, con ello, toda posible liberación de las condiciones serviles de turno. Solo para esto es útil lo útil.

Eduardo Schele Stoller.

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