Druskowitz y la erradicación del hombre 

En su ensayo Proposiciones cardinales del pesimismo (1905), la filósofa austriaca Helene von Druskowitz afirmaba que Dios no existe más que como una vulgar y tiránica representación de lo que es el mismo hombre, representación que, dicho sea de paso, ha sometido a las mujeres, el género más bello, puro y noble. Como efecto de un miserable aborto masculino, la idea de Dios terminó obstaculizando el progreso femenino. 

El mundo para Druskowitz está desprovisto de divinidades, pues todo puede ser explicado a través de procesos causales y físicos, siendo el hombre el que lo denosta irremediablemente mediante sus erróneas interpretaciones, lo que explicaría el pesimismo de la autora y la propuesta de erradicación de la mitad del género humano. 

Y es que el espíritu de los hombres es insalvable, pues se identifica con lo vulgar y plebeyo, quedando a medio camino entre la humanidad y la animalidad, naturaleza que ha martirizando a la mujer, todo en vista de alimentar su obsesiones sexuales e impulsos de aniquilación y posesión, la que extiende incluso hacia las otras especies. 

Son estos insaciables deseos animalescos los que explican su rabia, cerrazón mental y tendencia a entregarse irracionalmente a la guerra o el deporte. Y es que el hombre, sostiene Druskowitz, es el adversario innato de la razón y el género superior, constituyéndose así como el experimento más peligroso y venenoso del cosmos.  

¿Se salva alguien dentro del género masculino? Sí, el filósofo, el que, en cuanto rareza, actúa como un bálsamo que ayuda a encaminarse hacia la verdad y la redención de la humanidad, en la medida que contribuye a la negación de la ciega voluntad de poder. Y es aquí donde cabe una excepción; Nietzsche, a quien Druskowitz solo le asigna un valor literario, cuestionando sus verdaderos dotes como filósofo: 

“Sus aires de profeta ahora me parecen ridículos. ¿Quién negaría a este hombre abundancia de espíritu y un gran talento para la forma? Sin embargo, trata los grandes problemas filosóficos superficialmente y sin verdadera seriedad (…) en general, el tratamiento de los problemas no armoniza con su importancia; que expresiones de auténtica sabiduría alternan con inútiles ocurrencias y dudosas sofisterías; pruebas de auténticas agudezas con paradojas, y en ocasiones lamentables errores, y que el autor casi se contradice en cada punto”. 

Al defender la voluntad de poder, el «ridículo» y «loco filólogo», como se refería Druskowitz a Nietzsche, no solo sería un enemigo mortal de la filosofía, sino que también de las mujeres, pues, mediante sus dictámenes, se le termina sometiendo a sus intereses.

A raíz de la marcada misoginia de su época, Druskowitz proponía una purificación del mundo femenino por medio de una educación más libre y audaz, dividiendo las ciudades por sexo y restringiendo los casamientos, pues estos últimos impiden la fidelidad hacia sí mismas, dirigiéndola hacia el hombre y a un mundo lleno de extravíos y errores. 

Eduardo Schele Stoller. 

Nietzsche, Marx y Freud: la sospecha y humillaciones sobre la conciencia

A juicio de Paul Ricoeur, el psicoanálisis cuenta como una hermenéutica de la cultura, la que comienza con la prohibición de los más antiguos deseos humanos, tales como el incesto, el canibalismo y el crimen. Pero la cultura no se reduce solo a la coerción, sino que también a la ilusión, todo en vista de disminuir la carga de los sacrificios pulsionales impuesto a las personas, ofreciendo compensaciones satisfactorias por estos sacrificios. Este rol cumplen, destaca Ricoeur, los dioses, a través de los cuales se intenta exorcizar nuestros miedos y compensar el sufrimiento de la cultura. 

La sociedad se alimenta de la energía extraída de la sexualidad, al punto de amenazarla de atrofia. Por ejemplo, nos dice Ricoeur, esta nos impone un mandamiento absurdo: amar al prójimo como a nosotros mismos, pues esto va en contra de la innata tentación humana de satisfacer la necesidad de agresión en el otro, de explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, de aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, de apropiarse de sus bienes, de humillarlo, de infringirle sufrimientos, de martirizarlo y hasta de matarlo. En esto consistiría la pulsión de muerte: la hostilidad primordial del hombre hacia el hombre.

Esta pulsión agresiva se convierte en la principal representante del instinto de muerte que, junto al de Eros, comparte la dominación del mundo. La evolución de la civilización, según Freud, nos muestra la lucha entre el Eros y la Muerte, entre el instinto de vida y el instinto de destrucción. Esa lucha es para el psicoanálisis el contenido esencial de la vida.

Estos instintos han tratado de reprimirse mediante el sentimiento de culpabilidad, medio a través del cual la civilización se vale para poner en jaque nuestra agresividad. Es así que, según Ricoeur, el progreso de la humanidad ha de pagarse con una pérdida de felicidad producida al reforzarse tal sentimiento, al hacer de nosotros la conciencia unos cobardes. El sentimiento de culpabilidad no parece ser más que el efecto de una agresividad interiorizada, introyectada, que el superyó asume como propia a título de conciencia moral, y que se vuelve contra el yo. A juicio de Freud, la cultura domina la peligrosa inclinación agresiva del individuo, debilitándolo, desarmándolo y haciéndolo vigilar por intermedio de una instancia instaurada en su interior, como una guarnición militar en una ciudad conquistada.

En este sentido, Ricoeur afirma que Freud es tan importante para la toma de conciencia del hombre moderno como lo es Marx o Nietzsche. De hecho, habría un parentesco entre estas tres críticas de la “falsa conciencia”, ante lo cual instauran la sospecha. Estos tres autores atacan una misma ilusión: la aureolada conciencia de sí, la que antes había triunfado por sobre la ilusión de la cosa. Pero después de la duda sobre la cosa, entramos ahora en la duda sobre la conciencia.

Contra los prejuicios de la época, Nietzsche, Marx y Freud hicieron coincidir sus métodos de desciframiento con el trabajo del cifrado que atribuían a la voluntad de poder, al ser social y al psiquismo inconsciente. Los tres comienzan, afirma Ricoeur, por la sospecha que concierne a las ilusiones de la conciencia, y continúan por la astucia de la decodificación, pero lejos de ser detractores de la conciencia, aspiran a una extensión de la misma.

El mismo Freud señalaba que el psicoanálisis es la última de las graves humillaciones que el narcisismo haya sufrido hasta el presente por parte de la investigación científica. Primero fue la humillación cosmológica que propicia Copérnico y que arruinó la ilusión narcisista según la cual el habitáculo del hombre estaría en reposo en el centro de las cosas. Luego corresponde a la humillación biológica por parte de Darwin, cuando puso fin a la pretensión humana de estar separado del reino animal. Finalmente, arriba la humillación psicológica, cuando el hombre descubre que ni siquiera es el señor de su psiquis.

Ricoeur sostiene que no es la conciencia la que es humillada, sino la pretensión que esta tiene de estar centrada en sí misma. La conciencia se ve desplazada hacia la inmensidad del cosmos por Copérnico, hacia el genio móvil de la vida por Darwin, hacia las tenebrosas profundidades de la psiquis por Freud. Pero la conciencia se incrementa a sí misma a través de la sospecha, por lo que se termina encontrando al perderse.

Eduardo Schele Stoller. 

Lo feo, lo obsceno y lo cómico como formas de conciencia

A menudo, nos dice Umberto Eco, la atribución de belleza o fealdad se ha hecho atendiendo no a criterios estéticos, sino más bien a criterios políticos y sociales. Marx, por ejemplo, consideraba que la posesión de dinero puede suplir la fealdad, pudiendo evadir su fuerza ahuyentadora mediante el poder de compra y consumo. No hay carencias físicas para que el que le sobra el dinero. En este sentido, el poder y carisma pueden opacar la fealdad original. Sin embargo, decir que tanto la belleza como la fealdad son conceptos relacionados con las épocas y culturas, no significa que no haya habido intentos de definirlos bajo patrones más objetivos (Seguir leyendo)

Nietzsche y «El Anticristo»

El llamado de Nietzsche en El anticristo (escrito en 1888, publicado en 1895) es a ser indiferentes ante la decadencia que nos rodea, pues nada debe opacar nuestro entusiasmo. Necesitamos de nuevos sentidos para ir más allá de los límites que nos coloca nuestro entorno social, haciendo valer al máximo nuestra libertad, en vista de acrecentar nuestra fuerza. Esto último es lo que identifica, a su vez, como lo “bueno”; todo lo que eleva en nosotros el sentimiento de poder. En consecuencia, lo “malo” será todo lo que proviene de la debilidad, siendo la felicidad el sentimiento de haber superado estas resistencias. En este punto Nietzsche es categórico; los débiles y fracasados deben perecer, de allí su ataque al cristianismo, en la medida que este, mediante la compasión, busque hacer prevalecer a todos los débiles, cultivando así a un animal doméstico y de rebaño.

El cristianismo, afirma Nietzsche, tomó partido por todo lo que es humilde y fracasado, estropeando la razón de los temperamentos espiritualmente más fuertes, aludiendo a ellos como pecaminosos, extraviados y tentadores. Esto nos lleva a solo a valores que elogian la decadencia (nihilismo), pues se opaca toda voluntad de poder, no solo a nivel individual, sino que también evolutivamente, al ir en contra de la ley de selección.

Aquí se entiende la crítica a Schopenhauer, ya que este, debido a su hostilidad hacia la vida, hizo de la compasión una virtud. Estos tipos de virtudes, deberes y bienes en sí, señala Nietzsche, son quimeras en las que se manifiesta la decadencia, el último agotamiento de la vida, de quienes ya no tienen fuerzas para encontrar su propia virtud e imperativo categórico. El ser humano puede volverse así en el animal peor logrado, el más enfermizo, el más peligrosamente desviado de sus instintos, los cuales siempre nos mantienen cercanos al dolor y el sufrimiento.

Las religiones, y también ciertas filosofías (epicureísmo), al renegar del dolor, terminan por convertirse en doctrinas del amor, ya no colocando el centro de gravedad en la vida, sino en un más allá carente de toda razón e instinto. Lo divino se transforma así en un delito contra la vida. De hecho, Nietzsche nos dice que el cristianismo tiene necesidad de la enfermedad, así como Grecia tenía necesidad de un exceso de salud.

La religión convierte a la tierra en un manicomio, plagándolo de convicciones, debilitando la voluntad, acabando con la libertad. El hombre de fe, sostiene Nietzsche, es necesariamente un hombre dependiente y que no puede ponerse como fin a sí mismo, sino tan solo como medio para otros, es decir, responde a una moral de despersonalización, de renuncia de sí mismo. De allí que la única solución ante este nefasto escenario sea una radical transmutación de todos los valores, donde lo que se ha considerado tradicionalmente como “malo” pase a valorarse ahora como “bueno”.

Eduardo Schele Stoller.

Nietzsche: más allá del bien y del mal

Todo lo vivo, nos dice Nietzsche, quiere, antes que nada, dar libre curso a su fuerza, pues la vida misma, más que deseo de autoconservación, es voluntad de poder. Es necesario, en consecuencia, someter a juicio los sentimientos de abnegación, de sacrificio por el prójimo, es decir, a la moral de renuncia al poder personal. Por el contrario, debemos probarnos de que estamos destinados a la independencia y al mando, no quedando adheridos a ninguna persona, pues toda persona, afirma Nietzsche, es una cárcel, lo mismo aplica para la patria, moral y ciencia. Hay que saber reservarse.

Estas personas corresponden a los filósofos del futuro, aquellos que Nietzsche llama “tentadores”, pues irán en contra de la fe cristiana, del sacrificio de la libertad y del orgullo, en suma, de la mutilación de sí mismo. En vez de la cercanía, es la lejanía lo que define al humano futuro, pues el espacio alrededor suyo crece en media que profundiza su mirada. No como los hombres regidos por el instinto de conservación, los que no pueden más que quedarse en la superficie del mundo, siendo volubles, ligeros y falsos. Estos últimos representan al animal de rebaño; dóciles, enfermizos y mediocres, quienes solo buscan en los sentimientos intensidad, pero no estabilidad.

Nietzsche desaconseja el “conócete a ti mismo” griego, pues a través de tal ejercicio lo que se busca es la objetividad, es decir, algo que causaría el desinterés en sí mismo, ya que pasaría a haber algo superior a nosotros, buscando en realidad allí un escondite para reafirmar los valores del grupo. Es aquí donde se requiere de los espíritus fuertes y originarios para invertir todos los valores dados, son los filósofos del futuro los que van con el martillo en sus manos; destruyendo para construir los valores que vendrán, constituyéndose así en la conciencia malvada de su tiempo, la que no se deja debilitar por el gusto y virtud de la época, todas actitudes que terminan por enflaquecer la voluntad, mediante el juicio y la condena moral, venganza favorita, señala Nietzsche, de los seres espiritualmente limitados.

Para Nietzsche, la cultura superior se basa en la espiritualización y profundización de la crueldad, algo que ya desde los griegos se plasmaba en la tragedia, pero que también gozaban los romanos en el circo, los cristianos en los éxtasis de la cruz y los españoles ante las hogueras o en las corridas de toros. Se necesita de una sociedad aristocrática que diferencie y jerarquice entre los individuos. De alguna forma, Nietzsche cree que, sin la subyugación y diferenciación entre las personas, no podría surgir tampoco el deseo de ampliar constantemente la distancia dentro del alma, esto es, la elaboración de estados siempre más elevados, más raros, más lejanos, más amplios, más abarcadores, es decir, la autosuperación humana.

La sociedad no existe así para sí misma, sino tan solo como infraestructura y andamiaje para que se apoyen en ella una especie selecta de seres, en vista de que puedan elevarse y convertirse en un ser superior, ser que pasará a despreciar al cobarde, miedoso, mezquino y utilitarista, todas actitudes propias de una moral de esclavos, donde lo “malo” es todo aquello que inspira temor, y lo “bueno” las acciones de personas estúpidas y fáciles de engañar, es decir, personas en las que no radica ningún peligro.

El que aspire a cosas grandes siempre ira midiéndose con los demás, evaluando si estos le sirven como medio, obstáculos o lechos pasajeros para reposar, siempre con la vista puesta en el afán de superación personal. El filósofo del futuro, afirma Nietzsche, será como una tormenta que camina grávida de nuevos rayos; un hombre fatal, rodeado siempre de truenos, gruñidos, aullidos e inquietantes acontecimientos. Este sufrimiento más de una vez le hará huir, sin embargo, debido a su curiosidad, no podrá evitar volver a sí mismo una y otra vez, pues no se conforma con la vulgar comunidad.

Eduardo Schele Stoller.

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El coronavirus y la valoración humana en la naturaleza

A fines del 2019 comenzaron a notificarse los primeros contagios de un nuevo tipo coronavirus en la ciudad China de Wuhan, los cuales, pocos meses después, se han extendido ya a lo largo del mundo, llevando a miles de personas a la muerte. Con la declaración de pandemia por parte de la Organización Mundial de la Salud, el temor parece reinar entre las personas, las que, tal como una novela distópica, han tenido que confinarse en sus hogares para protegerse. Este virus no solo cuenta como una amenaza para la salud humana, sino que también como un correctivo o, si se prefiere, recuerdo de nuestro verdadero estatus en la naturaleza. 

En su célebre libro El gen egoísta (1976), el científico británico Richard Dawkins (1941-) señala que una de las implicaciones de la teoría de la evolución que no ha sido indagada es el análisis de la biología del egoísmo y del altruismo. Este aspecto lo aborda Dawkins bajo su teoría del gen egoísta, la cual difiere de la de Darwin, ya que esta última se centraba en el individuo y el grupo. Esta interpretación altruista sostiene que las criaturas evolucionan y actúan conforme al bien de la especie, al observarse que en la naturaleza la mayoría de la vida animal gira en torno a su perpetuación, de allí la ayuda que, según se cree, se genera dentro de ella. Los defensores de la “selección de grupos” sostienen que aquellas especies en las que los individuos estén dispuestos a sacrificarse por el bien de todos, tendrán mayores posibilidades de supervivencia que un grupo predominantemente egoísta. Sin embargo, esta noción cambia drásticamente si la unidad de selección la reemplazamos por el gen.

Según Dawkins, al igual que el resto de seres vivos, los seres humanos somos meras máquinas de supervivencia, creados y programados por nuestros genes para la conservación de los mismos, es decir, lo que prima es su replicación y no los intereses de los vehículos que los transmiten. Así, un cuerpo no es un replicador, sino solo un vehículo. Los vehículos, afirma Dawkins, no se replican a sí mismos, sino que trabajan para propagar sus replicadores. Los replicadores, por su parte, no se comportan, no perciben el mundo, no capturan presas, no huyen ante los depredadores, sino que construyen vehículos que hacen todo esto.  

Dawkins aclara que la forma en que los genes controlan el comportamiento de sus máquinas de supervivencia no es de manera directa, como títeres, sino que se da de forma indirecta, al igual como lo hace un programador con la computadora. Lo que hacen los genes es solo preparar la máquina de supervivencia con antelación, la cual luego se encuentra bajo su propia responsabilidad. Los genes, por tanto, le dan cierta libertad a las máquinas de supervivencia, pero con la instrucción general de que se mantengan vivos y reproduzcan, condiciones que, en el caso del COVID-19, ni siquiera se requieren, pues estos genes solo nos “piden” alojarlos y transportarlos de un ser humano a otro, condición que hoy logramos cumplir de forma efectiva, mediante nuestra progresiva masificación y tendencia gregaria, lo que Bauman entendía como “visión turística de mundo».  

¿Qué queda entonces de la superioridad humana en la naturaleza? Si, como nos demuestra la pandemia del COVID-19, servimos como meros vehículos de replicación de un virus, entonces nuestras vidas vienen a estar sometidas a intereses ajenos, los cuales van más allá de nuestro poder o voluntad. Tal como sucede con otros desastres naturales, esta crisis nos recuerda la extrema fragilidad de nuestra existencia, arrancándonos bruscamente del pedestal al que arbitrariamente tendemos a subirnos cada cierto tiempo, recordándonos, como decía Nietzsche, que nuestra vida como animales inteligentes no significa ni si quiera un minuto de la historia universal y, por sobre todo, que no es el mundo el que gira alrededor del humano, sino que somos nosotros los que giramos en torno al vertiginoso ritmo de la naturaleza.  

Eduardo Schele Stoller. 

La filosofía anarquista: entre el nihilismo y lo moral

El movimiento anarquista, señala James Joll, es un producto del siglo XIX. En buena medida, es el resultado del impacto que las máquinas y la industria produjeron en una sociedad fundamentalmente campesina y artesana. Los valores que los anarquistas intentaron demoler eran los de un Estado cada vez más centralizados e industrializados. Los anarquistas sitúan la fe en la razón, el progreso y la persuasión amistosa, en una mezcolanza entre fe religiosa y filosofía racional, al basarse en la confianza en la naturaleza razonable del ser humano y en la creencia en su progreso moral e intelectual, uniendo a sus adherentes por fuertes vínculos emocionales. Es el choque entre estos dos rasgos, el religioso y el racionalista, el apocalíptico y el humanista, lo que, según Joll, ha dado a la doctrina anarquista un carácter atractivo y contradictorio.

Si bien Joll destaca las influencias de las ideas políticas del iluminismo, el anarquismo posterior se diferencia en que este último no acepta la idea del poder del Estado, tal como lo muestra Meslier al pretender que “los poderosos y los nobles se cuelguen y estrangulen con los intestinos de los clérigos, de los poderosos y los nobles, que son quienes pisotean a los pobres, los atormentan y hacen de ellos seres desgraciados”. El verdadero antecesor del anarquismo, a juicio de Joll es Rousseau, pues él es quien crea el clima intelectual que posibilitará el surgimiento a futuro del movimiento, a través de su creencia en la perfectibilidad del hombre y de las instituciones humanas. La idea de que “El hombre nació libre y por doquier se halla encadenado” es, señala Joll, una declaración incorporada a la esencia del pensamiento anarquista, compartiendo la idea de un mundo primitivo y dichoso, de un estado naturaleza en el que los hombres viven en relaciones de cooperación y no de lucha.

Otro antecedente lo encuentra el anarquismo en William Godwin (1756-1836), quien, siguiendo al empirismo, señalara que el ser humano nace libre de toda idea innata, razón por la cual su mente y disposición puede llegar a ser influidas desde el exterior en grado ilimitado mediante la sugestión. Esta sugestionabilidad, afirma Joll, hace vulnerable al ser humano a cualquier forma de presión, tanto moral como intelectual, ejerciéndose así sobre el individuo un poder de control casi ilimitado mediante técnicas educativas y de propaganda. El sistema político, social y económico solo sirve para mantener al hombre ignorante de sus intereses y encadenarle a sus vicios.

Esta crítica se sistematiza a través de las reflexiones de Joseph Proudhon, quien, en 1840, declarara que la propiedad es un robo, porque el propietario se ha quedado con lo que debería pertenecer libremente a todos los hombres. En vez de propiedad, solo puede darse la posesión y el uso bajo la condición insoslayable de que el hombre trabaje, dejándole momentáneamente en la posesión de las cosas que produce. Eliminadas las relaciones económicas entre los humanos, estos retornarán, señala Joll, a los primitivos cauces de una positiva simplicidad natural.

Sin embargo, Proudhon reconoce que el mayor obstáculo no está entre los ricos, sino que, al menos inicialmente, entre el mismo egoísmo de los pobres. Para cambiar esta naturaleza no basta con modificar las instituciones sociales; también se requiere la reforma moral del individuo. Mientras tanto, predica no solo la libertad y la igualdad, sino que también la severidad, pues para gobernar se requiere que los individuos estén bajo observación y control constante. Pero esto, según Proudhon no hace más que corromper y confundir nuestros instintos, voluntades e inteligencia. De allí que la sociedad actual deba ser aniquilada.

Idea similar defendía Bakunin, pues, según este, mediante la revolución violenta se pondría al descubierto las virtudes naturales del hombre. Así, en vez de instruir primero al pueblo para emanciparlo después, el anarquismo busca primero emanciparlos, mediante incluso acciones terroristas, para luego poder instruirse, bajo un conocimiento netamente materialista. Según Bakunin, el mundo puede analizarse y comprenderse en términos de leyes científicas, sin necesidad de recurrir a ninguna explicación metafísica o teológica de la conducta social, económica, política o ética, pues todas ellas niegan la libertad, condición primordial de lo humano. Es por esto que Bakunin reniega de la existencia del Estado, pues este, con el pretexto de convertir a los hombres en seres virtuosos y civilizados, no logra sino oprimirlos, esclavizarlos y explotarlos. De allí el deseo anarquista de abolición de la autoridad.

Esta libertad debe darse también con respecto a las necesidades productivas. El anarquismo, afirma Joll, se opone a la idea de un consumo masivo, deseando hábitos de vida extremadamente simples, basándose en una romántica e idealizada visión del pasado, compuesta de artesanos y campesinos. Es aquí donde el anarquismo pasa del ámbito político al moral, al defender no solo la libertad, sino que también valores como la austeridad, intentando derrocar, tal como hiciera Nietzsche, todos los valores comúnmente aceptados.

Formas de este anarquismo pudieron verse incluso en el arte. Por ejemplo, a través del dadaísmo y el surrealismo se cuestionó la noción misma de “arte”, haciendo predominar la libertad para representar el mundo. Es este mismo pluralismo y antidogmatismo el que predomina en las sociedades posmodernas. Sin embargo, paradójicamente, cada uno de los innumerables relatos ideológicos existentes juega peligrosamente en los límites del fundamentalismo. Tal como hiciera el anarquismo en su época de gloria, pareciera que es imposible no solo cuestionar sin afirmar, sino que, por sobre todo, despreciar sin valorar.

Eduardo Schele Stoller.

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Onfray y la construcción de uno mismo

El odio de Zaratustra, nos dice Michel Onfray, se dirige hacia quienes rechazan el pensamiento trágico y prefieren adormecernos con ilusiones edulcoradas y peligrosas. Zaratustra reniega de dioses y amos, recibiendo solo aquello que aumente la energía, la fuerza y el poder propio. Mientras se avanza, es necesario desembarazarse de las sombras antes de que se vuelvan exigencias y obstáculos. Es en medio del caos donde debe prepararse la individualidad. La contención de Apolo suele aplastar al individuo a través de la necesidad, perdiendo esta fuerza, vitalidad y ganando en decadencia.

De lo que se trata, afirma Onfray, es de poder conducirse a sí mismo, solipsista, trágico, pero libre, moviendo, elevando, llevándonos desde lo vulgar hacia un estado noble, no adhiriendo a asociaciones, grupos y uniones que fabrican cristalizaciones e identidades sociales falsas, tales como la Familia, la Patria y el Espíritu. Según Onfray, todos esos ideales devoran la inteligencia, la conciencia y las razones singulares, regurgitando una increíble red de hilos pegajosos que aprisionan a las excepciones, las reducen y las convierten en ciudadanos dóciles y sumisos.

Lo religioso, por ejemplo, nos lleva a la amputación, a la castración de las energías, a su inclusión en instancias que las esterilizan, produciendo leyes, órdenes, reglas y mandamientos a los que es obligatorio subordinarse, en vista de obtener seguridad en el grupo. Por medio del contrato social, sostiene Onfray, la singularidad abdica para fundirse en crisoles conformistas. A través de las escuelas se termina por fabricar un hombre calculable, destruyendo la inteligencia en favor de la docilidad, atacando la libertad y el espíritu crítico.

Tal contrato, afirma Onfray, se traduce en servidumbre y esclavitud. Mediante la producción de doctrinas universalistas la sociedad castra todo lo singular e individual. Pero la idea es simple y llanamente un producto de la fisiología, la secreción de un cuerpo que manifiesta así el desborde de los flujos que lo recorren. Si bien las palabras hablan de cosas, no deben sustituirlas, si no se quiere caer en una operación de alquimia generadora de malentendidos que producen esquizofrenias. El nominalista debe criticar el culto a la abstracción, pues este desemboca en las alienaciones. Solo le importa, destaca Onfray, su propia singularidad y el conjunto de perspectivas que ella es capaz de mantener con la realidad fragmentada, desmenuzada y reducida a polvos de instantes. Y es que al nominalista no le interesa la idea que uno se hace de la realidad, pues prefiere la realidad misma.

La alienación, entonces, es el riesgo más temido, junto a la pasión igualitaria y normativa. Al que busca la construcción de uno mismo le encantan las diferencias, apreciando y demandando lo diverso. Disfruta de lo que disgrega y rehúye de lo homogéneo, a partir del cual se elaboran las servidumbres voluntarias. Es aquí donde Onfray llama a liberar los sueños, las obsesiones eróticas, transfigurar las fascinaciones por el crimen, dar libre curso a las quimeras, desear la utopía y someter la vida a ese ideal de un punto entre lo imaginario y los hechos reales, mediante una ética hedonista que permita convocar al derroche.

El objetivo es el dominio sobre el mundo, el triunfo del yo sobre la realidad. Una vida es sublime, concluye Onfray, cuando modifica, de alguna manera, la historia universal, cuando la singularidad moldea su tiempo a través de una fuerza prometeica, es decir, cuando el individuo deja de ser la caricatura de lo que produce su época.

Eduardo Schele Stoller.

 

Ad Astra: Nietzsche y la valoración humana en el cosmos

En Sobre verdad y mentira en sentido extra moral Nietzsche nos dice lo siguiente:

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la Historia Universal: pero, a fin de cuentas, solo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante, pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo.

La reciente película de James Gray Ad Astra (2019) cuestiona la pesimista visión del ser humano en comparación con el cosmos que defiende Nietzsche. Como se desprende de la cita anterior, el filósofo alemán cuestiona la sobrevaloración que se ha dado a sí mismo el ser humano a través de los siglos, la que, en comparación con la extensión y temporalidad del cosmos, vendría a ser nada. En la película, quien representa esta visión es el personaje que representa Tommy Lee Jones (H. Clifford McBride), quien se emprendió en una misión para la búsqueda de vida inteligente hasta los límites de nuestro sistema solar. Sin embargo, un motín a bordo de la nave por parte del resto de tripulantes -quienes buscaban convencer al capitán Clifford para volver a la tierra debido al fracaso de la misión- terminó con la vida de estos a manos de un obsesionado capitán, quien se negaba a aceptar la realidad.

Años después, su hijo, representado por Brad Pitt (Roy McBride), se emprende en una misión para, inicialmente, intentar comunicarse con su padre, a quien ya creía muerto, pero que el Comando Espacial de los Estados Unidos suponía vivo y causante de una serie de oleadas de energía provenientes de Neptuno, orbita donde se alojaba la nave de su padre. Roy deambula entre el apego y el desapego emocional con la humanidad. Su cable a tierra, a la valoración humana, lo cumple su pareja a quien deja en la tierra, personaje representado por Liv Tyler, mientras que el desapego y apatía lo encarna su padre. Debido a una serie de vicisitudes, Roy debe viajar hasta Neptuno para destruir la nave que genera las oleadas de energía que amenaza la vida en la tierra, donde termina por encontrarse con su padre. Es aquí donde, magistralmente y en muy pocas palabras, se invierte el argumento de Nietzsche.

Si bien es cierto que tanto espacial como temporalmente nuestra existencia, en comparación con el cosmos, no es nada, con respecto a nuestra conciencia e inteligencia, hasta donde sabemos, lo es todo, pues, es precisamente en este apartado rincón del universo en donde la vida emocional e inteligente surgió. Bajo este criterio, nuestra valoración dentro del cosmos se incrementa. Es por esto por lo que Roy decide volver con su mujer en la tierra.

Mediante su misión, Clifford no buscaba más que corroborar su nihilismo, así como Nietzsche amoldó también su filosofía a sus experiencias y personalidad. Al enfrentar Clifford la realidad, no pudo más que desear la muerte ¿Habrá constatando lo mismo Nietzsche previo a su crisis de locura? Quizás cuando este abrazó en plena plaza pública a un caballo fue para aferrarse al último y, probablemente, único acto de empatía y apego que le quedaba.

Eduardo Schele Stoller.

La Gaya ciencia de Nietzsche

La gaya ciencia coincide con un periodo más optimista de la filosofía de Nietzsche, al reconocer que este libro surge por la necesidad de gozar tras un largo período de privación, dolor e impotencia. Recuperadas las fuerzas, comienza ahora a proyectarse a futuro, emprendiéndose en la búsqueda de nuevas aventuras, de mares nuevamente abiertos, de metas nuevamente accesibles.

Pero este espíritu ha sido liberado solo por el gran dolor sufrido previamente, el cual nos obliga a descender a nuestro último abismo, a despojarnos de toda confianza, de toda benevolencia, de todo ocultamiento, de toda suavidad, de toda solución a medias, donde quizás habíamos colocado antes nuestra humanidad. De la enfermedad de la sospecha grave, afirma Nietzsche, se vuelve regenerado, con una piel nueva, más delicada, más maliciosa; con un gusto más refinado para la alegría; con un paladar más delicado; con unos sentidos más gozosos; con una segunda y más peligrosa inocencia en el goce, más ingenua a la vez y cien veces más refinada de lo que nunca lo había sido antes.

En este sentido, Nietzsche destaca que han sido los espíritus más fuertes y malvados los que hasta ahora han contribuido en mayor medida al progreso de la humanidad, pues nunca dejaron de inflamar las pasiones adormecidas por el orden y la rutina social. Si para obtener el mayor placer se debe sufrir previamente la misma cantidad de desencanto, al pretender disminuir y reducir la propensión de los hombres al dolor, se disminuirá y reducirá también su propensión al goce. Pero es en dolor donde radica la profundidad, pues mediante el placer no se cuestionan las razones ni se mira más allá de si mismo. El dolor disocia, el placer unifica, por ejemplo, convirtiendo cualquier cosa nueva en parte de nosotros mismos. De allí que estar harto de una posesión equivale a estar harto de uno mismo. Y es que mediante la unificación olvidamos que muchas grandezas y bondades exigen que se las mirase a distancia y, sobre todo, desde abajo, no desde lo alto. Soportamos más fácilmente la mala conciencia que la mala reputación.

Sin embargo, nos dice Nietzsche, la creencia en la reputación, el nombre, la apariencia, el valor, el peso y la medida habituales de una cosa, suele ser algo erróneo y arbitrario, lo que ha cubierto las cosas con una capa totalmente extraña a su naturaleza, transmitiéndose de generación en generación, convirtiendo lo que es mera apariencia en esencia. Solo podemos aniquilar tal solidificación de realidad, en cuanto seamos creadores, dando origen a nuevos nombres y valoraciones para crear, a la larga, cosas nuevas.

Para esto, Nietzsche reivindica lo que la tradición asume como cruel, pues vivir, a su juicio, significa arrojar constantemente lejos de uno aquello que tiende a morir. Vivir quiere decir ser cruel con todo lo que hay de débil en nosotros y los demás (agonizantes, miserables, viejos). Es en este sentido que Nietzsche argumenta a favor del arte, pues este nos permite descansar de nosotros mismos al considerarnos a distancia. Debemos gozar siempre que podamos de nuestra locura, para seguir gozando de nuestra sabiduría. Necesitamos un arte petulante, flotante, bailarín, burlón, infantil y sereno, para no perder nada de esa libertad por encima de las cosas que espera de nosotros nuestro ideal.

Sería para nosotros una recaída caer en la moral pues, a causa de nuestra irascible probidad y teniendo que satisfacer excesivas exigencias, acabaríamos convirtiéndonos en virtuosos monstruos y bestias. Debemos ser capaces también de mantenernos por encima de la moral, no solo de mantenernos con la tensión ansiosa de quien teme constantemente resbalarse y caer, sino también de volar y jugar por encima de ella. Pero esto no ocurrirá, señala Nietzsche, hasta que dejen de preocuparnos las sombras de Dios y volvamos a reencontrarnos con la naturaleza pura y liberada. Con respecto a la moral cristiana, por ejemplo, Nietzsche señala que su decisión de considerar que el mundo es feo y malo ha hecho que el mundo sea feo y malo. Es aquí donde el individuo debería determinar su propio ideal, deduciendo de él sus leyes, sus alegrías y sus derechos, mediante los cuales pueda reír, esto es, regocijarse de los prejuicios con la conciencia tranquila, pues los mismos prejuicios no responden en ningún caso a verdades, sino más bien a errores irrefutables.

En consecuencia, Nietzsche nos propone establecer de una forma nueva el peso de todo, teniendo en vista siempre la satisfacción de nuestras esperanzas y dejando atrás todo aquello que nos avergüenza. De hecho, la libertad se entiende como no avergonzarse ya de uno mismo, logrando así emprender la tarea de navegar en la búsqueda de nuevos mundos, donde queden superadas las viejas costumbres, la cobardía y la pereza. Mediante la muerte de Dios, los espíritus libres (los filósofos), son alcanzados por los rayos de un nuevo mañana. Nuestro mar está más abierto que nunca. Todo deja de presentar un carácter divino y se revela como error, sosteniéndose solo por la necesidad de apoyo en algo estable.

La creencia, destaca Nietzsche, es siempre anhelada con más urgencia cuando falta o se agota la voluntad, solo así se ha filtrado el deber en nuestras vidas. El fanatismo es la única «fuerza de voluntad» a la que pueden tener acceso los débiles e inseguros. Convertidos en animales enclenques y enfermos, nos disfrazamos con la moral, en vista de ocultar nuestra mediocridad, angustia y aburrimiento. Nuestra conciencia pasará a estar mediada así por la comunidad. No sabemos, creemos o imaginamos sino lo que puede ser útil al interés del rebaño humano, todo en vista de evadir el miedo y la incertidumbre. Esta condición es la que hemos de superar mediante la reafirmación de la voluntad personal.

Eduardo Schele Stoller.

Nietzsche y el mensaje de Zaratustra

Cuando Zaratustra tenía treinta años abandonó su patria y se fue a las montañas, para gozar de su espíritu y de su soledad durante diez años, hasta que, hastiado de su sabiduría, decide, tal como hace el sol al atardecer, bajar a las profundidades del submundo para hundirse en su ocaso, para volver a hacerse hombre y deambular entre los que aun duermen, para enseñarles que el hombre como tal es algo que debe ser superado ¿Qué es el mono para el hombre? Una irrisión o una vergüenza dolorosa. Y justo eso es lo que el hombre debe ser para el superhombre: una irrisión o una vergüenza dolorosa.

En otro tiempo, señala Zaratustra, el delito contra Dios era el máximo delito, pero Dios ha muerto y con él han muerto también esos delincuentes. Ahora el delito máximo es el que se comete contra la tierra y el cuerpo. Antes, el alma miraba al cuerpo con desprecio; y ese desprecio era entonces lo más alto; el alma quería el cuerpo flaco, feo, famélico. Tal es la visión de quienes aún están de camino entre el hombre y el superhombre. La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso. Solo los que logran hundirse en su ocaso y despreciar en grande son los que pasan al otro lado. Pero la mayoría no entiende a Zaratustra, riéndose y mofándose de sus enseñanzas, pues aún están muy lejos de poder fijar sus propias metas, al velar por el orden de la moral y la costumbre, al aborrecer el caos. Los buenos y justos odian a todo aquel que ose romper sus tablas de valores, esto es, a los verdaderos creadores.

Aun no viven la segunda transformación que describe Zaratustra. Son tres cambios que debe vivir el espíritu para progresar; en camello, en león y en niño. La mayoría vive aun como camellos, soportando la pesada carga del deber. Carecen del espíritu del león, quien posee la fuerza para conquistar su libertad, haciendo predominar el “yo quiero” y la negación. De ahí en más se requiere de la última transformación, el espíritu del niño, necesario para el olvido y un nuevo comienzo, aprendiendo nuevamente a afirmar. Pero aun como camellos, se olvida que el espíritu es un mero instrumento del cuerpo, lugar donde habita la verdadera razón. Son los hombres, dice Zaratustra, los que se han dado a sí mismos todo su bien y todo su mal. No los tomaron de otra parte, no los encontraron, no cayeron sobre ellos como una voz del cielo. Fue el mismo hombre el que empezó implantando valores y sentidos en las cosas. Valorar es crear. El valorar mismo es el tesoro y la joya de todas las cosas valoradas, pues solo por el valorar existe el valor, sin el valorar estaría vacía la nuez de la existencia.

Estas constataciones buscan acercarnos a la esperanza de nuestro atardecer, donde nos encaminemos hacia un nuevo mañana. Muertos los dioses, quien debe vivir ahora es el superhombre, erradicando los falsos valores y las palabras ilusas, centrando ahora la virtud en uno mismo, desechando cualquier tipo de artificial vergüenza, pues hasta las más altas montañas vienen desde lo más bajo, todo a través de la voluptuosidad, la ambición de dominio y el egoísmo. Y es que no se puede volar sin antes aprender primero a tenerse en pie, a caminar, a correr, a trepar y a bailar. No existe para todo esto un camino único. Lo único seguro para el progreso es la necesidad de romper todas las viejas tablas, para que las nuevas se basen en el querer, pues este último es el que nos hace libres, debido a querer es crear para sí mismo.

Pero desprendiéndose de la tradición llega también al hombre el gran espanto, el gran mirar a su alrededor, la gran enfermedad, la gran náusea, el gran mareo. Falsas costas y seguridades, señala Zaratustra, nos han enseñado los buenos. Todo está falseado y deformado hasta el fondo por los buenos. Es por eso por lo que debemos ser marineros bravos y pacientes, para navegar al país de nuestros hijos, alejándonos del de nuestros padres. Por más susto y vértigo que sintamos ante el abismo debemos seguir ascendiendo hacia la montaña del futuro humano.

Dios ha muerto: que viva ahora el superhombre, ya no para conservarse, sino para superarse, utilizando nuestras propias piernas, no permitiendo que nos lleven en andas hasta arriba o sentándonos sobre las espaldas y cabezas de otros. Con un nuevo hijo viene también mucha suciedad al mundo, no hemos de escandalizarnos por ello. Que nada opaque, afirma Zaratustra, la felicidad; es mejor bailar torpemente que caminar cojeando.

Eduardo Schele Stoller.

La «Aurora» de Nietzsche

En Aurora, Nietzsche asume que su labor ha sido la de un hombre subterráneo, es decir, uno que taladra, socava y roe. Si ha descendido a lo profundo es para examinar y socavar la vieja fe sobre la que, durante milenios, la filosofía ha edificado sus endebles construcciones morales, ante las cuales, desde siempre, no nos era permitido reflexionar ni hablar, sino tan solo obedecer, puesto que sería inmoral criticar a la moral.

Es inmoral criticar a la moral. Nietzsche manifiesta aversión hacia toda clase de fe, cristianismo, romanticismo, patriotismo, esto es, contra cualquier tipo de idealismo europeo que, al tender hacia las alturas, nos rebaja constantemente. La moral se entiende como la obediencia ciega a las costumbres, correspondiéndose con la forma tradicional de comportarse y valorar. Donde no se respetan las costumbres, señala Nietzsche, no existe la moral; y cuanto menos determinan estas la existencia, menor es el círculo de la moral. En este sentido, quien se considere libre ha de ser inmoral, porque ha de depender siempre de sí mismo y no del uso establecido. Por esta razón es que lo “malo” se ha identificado con lo intelectual, con lo libre, lo desacostumbrado, lo imprevisto. La moral, por el contrario, requiere de obediencia y desindividualización.

Pero con el aumento del sentido de las causalidades necesarias, va disminuyendo paulatinamente el de la moralidad y, con ello, desechamos las causalidades imaginarias que servían como fundamento de la moral. Con esto, destaca Nietzsche, desaparece una parte del miedo y de la coacción que implican las costumbres, como así también la veneración y autoridad que estas disfrutan. La moral les quitaba la inocencia a los acontecimientos puramente fortuitos, asociándolos, desquiciadamente, con las ideas de culpa y castigo. Las creencias y costumbres que se justificaban en sus orígenes por lo útil o nocivo que podía resultar de ellas, la moral las santifica, venerándolas y volviéndolas incuestionables. Al oponerse que se formen nuevas y mejores costumbres, la moral no hace más que embrutecernos.

Todos aquellos que osaron violar con sus acciones la autoridad de las costumbres han sido denominados como criminales, muchos de los cuales se les consideró más tarde como buenos. Nietzsche señala que, debido a que sufrimos moralmente, nos negamos a asumir que tal sufrimiento pueda basarse en un error, de allí que nos inventemos un mundo verdadero más excelente, real y sólido que este. Preferimos sufrir con tal de sentirnos transportados por encima de la realidad, que vivir sin dolor, pero privados de ese sublime sentimiento.

Nietzsche destaca como bajo el imperio de la moral y de las costumbres, menospreciamos la verdadera realidad, refiriendo todos nuestros sentimientos elevados a un mundo imaginario y supuestamente superior. Ante este problema no cabría como solución dejarnos llevar por nuestros sentimientos y emociones, pues tras estos se encuentran también los juicios y apreciaciones morales, pero estos juicios no nos pertenecen, ya que, como toda moral, vienen impuestos desde fuera. Dejarnos llevar por nuestros sentimientos, advierte Nietzsche, equivale a obedecer a nuestro abuelo, a nuestra abuela y a los abuelos de estos, y no a nuestra razón y nuestra experiencia. Pero las palabras también nos obstaculizan el camino, las cuales, lejos de representar un descubrimiento, presentan obstáculos y problemas, pues ahora para llegar al conocimiento hay que ir tropezando con palabras, las que se han hecho duras, eternas y, en consecuencia, difíciles de romper.

A la mayoría, por ejemplo, la vida les parecería insoportable si no existiera “Dios” o si esta no tuviera un significado moral. A raíz de este temor, se deriva la necesidad de que haya un Dios y de que sea este el que asigne un sentido a la existencia. Pero el que requiramos de ideas para nuestra conservación en ningún caso implica la existencia de lo que deseamos. Es así como para Nietzsche sean la cobardía y la pereza las condiciones previas de la moral, pues esta nos salva de plantearnos los por qué y cómo de nuestros actos, llevándonos a la oscuridad con respecto a sus propios intereses.

La felicidad no puede ser guiada desde fuera del mismo individuo, pues los preceptos externos no hacen más que impedir la felicidad al llevarnos por senderos ajenos a los propios intereses. La moral se sitúa por sobre nuestra voluntad, pues, nuestros deberes, señala Nietzsche, no son más que los derechos que los demás tienen sobre nosotros, es decir, es el mínimo poder que los demás quieren que conservemos. Lo que busca la moral es la cohesión mediante el debilitamiento y supresión del individuo. En este sentido, se considerará bueno todo lo que responda o contribuya a la agrupación de personas. “Culpa”, “castigo”, “pecado” son ejemplos de este principio, nociones que chocan con lo que Nietzsche denomina como “demonio del poder”, el que nos tortura a través del deseo y la necesidad.

A pesar de estas limitaciones, Nietzsche no cae en el pesimismo, el cual considera como una enfermedad, asociado al envejecimiento prematuro y la fealdad. Abandonados a un escepticismo moral generalizado derivamos en el aburrimiento y la debilidad, nos sentimos roídos, carcomidos, cuando de lo que se trata es de salir más valiente y sano que nunca, esto es, con los instintos reconquistados.

No se trata, por tanto, solo de negar (escéptico), hay que aprender luego de esto nuevamente a afirmar, creando nuevas costumbres, cuidando, no obstante, caer en la ilusión y necesidad de un nuevo orden moral, mediante la cual sigamos amargando nuestra existencia. Debemos recordad, nos dice Nietzsche, que nos son las cosas las que nos afectan, sino las opiniones morales que nos hemos formado sobre estas. Hay que tomar las cosas más alegremente de lo que se merecen, así habla la valentía del conocimiento y solo así nos situaremos en la aurora de nuestra existencia.

Eduardo Schele Stoller.