Unamuno: alcanzando la inmortalidad en medio de la niebla

(El ser humano) Es un animal enfermo, no cabe duda. ¡Siempre está enfermo!  

Orfeo 

Augusto, personaje principal de la novela (o nivola) Niebla de Miguel de Unamuno, se queja constantemente del utilitarismo, críticas que nos llevan a entender la debacle existencial que vive el personaje.

Desde un comienzo, Augusto nos señala que es una desgracia tener que servirse de las cosas, esto es, tener que usarlas, uso que estropea y hasta destruye toda belleza, suponiendo aquí que la función más noble de los objetos es la de ser contemplados desinteresadamente. A propósito de su tortuosa relación con Eugenia, algo similar declara con respecto al amor, el que se pierde al intentar definirlo. Para Augusto, el amor precede al conocimiento, siendo este último el que termina por matarlo al internar disipar la niebla que lo cubre de forma más intuitiva.  

A pesar de tal constatación, paradójicamente, Augusto no deja de intentar traspasar la niebla de la existencia, dejando atrás los juegos, distracciones y emociones que buscan apaciguar el aburrimiento que nos termina llevando al verdadero fondo de la vida. Incluso a Orfeo, su mascota, lo hace testigo silente de sus reflexivos soliloquios, mediante los que fue cayendo del dominio de lo abstracto al mundo concreto, de la metafísica a la experiencia.  

Es a través de la manía de la introspección que Augusto comienza a sospechar que todo no sea sino fantasía, una mentira social producto del lenguaje que empleamos en el día a día, dándonos una importancia que no tenemos, representado roles y papeles sin importancia, quedando nuestra alma, en realidad, ya fuera de nosotros, esto eso, en nuestro autor o en quienes nos leen. En el caso de Augusto, tales dudas existenciales se corroboran cuando, increíblemente, visita a su creador: el mismo Miguel de Unamuno.  

Ante la impotencia de constatar que no puede decidir libremente su destino, Augusto opta por el suicidio, única opción que parece quedarle para disipar de una vez por todas la niebla de su ilegítima existencia, ajena tanto a la vida como a la muerte. Sin embargo, es por esta misma razón que Augusto no puede quitarse la vida, pues carece de una auténtica existencia, al depender, inicialmente, de la fantasía de Unamuno y, luego, de la mente de los lectores. ¿Pero no ocurre lo mismo acaso con Unamuno? Él mismo ha pasado a ser para nosotros, lectores contemporáneos, un personaje de ficción, dándole vida o vigencia en la medida que lo rememoramos o leemos, es decir, Unamuno también formaría parte de la niebla. 

Y con respecto a esto, la mayor revelación de Augusto consiste en darse cuenta de que, al no existir genuinamente, tampoco puede morir. A fin de cuentas, un ente de ficción es una idea, y una idea perdura siempre más que su creador. Quizás a esto es lo que nos llama Unamuno: prevalecer entre la difusa niebla de la historia, esto es, existir a lo largo del tiempo de la mano de nuestras ideas, aspirando así a la inmortalidad. 

Eduardo Schele Stoller. 

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