Apología de la nada: el arte según Andy Warhol

Si la vida es nada, ¿para qué estas viviendo? Por nada. 

Warhol comentaba que sus críticos lo llamaban “la nada en sí misma”, lo que, a la larga, le hizo darse cuenta de que la existencia es nada. Esto es lo que le arroja el reflejo de su propia imagen en el espejo; nada. Pero lejos de abatirse, tal constatación puede ser satisfactoria, pues, a su juicio, en la nada no hay pesares, vergüenza o arrepentimientos. 

Por ejemplo, si algo es desilusionante lo es en la media que nos ilusionamos con algo, mientras que de la nada es imposible desilusionarse. En este sentido, la cercanía que tuvo Warhol con la muerte cuando le dispararon lo acercó también más a la vida, pues considera que ambas no representan nada. Quizás por esto al sujeto moderno le importa tanto la ropa y accesorios, en vista de vestirse de sentido ante la nada que lo apremia. Warhol no establece ningún reparo ante esto, de hecho, lo alienta mediante el uso y consumo masivo de los objetos y productos. 

Pero esta masividad no implica cercanía entre las personas, ya que aquí Warhol defiende una serie de artilugios que permiten conectarnos, pero manteniendo la distancia. Esto ocurre con la televisión, mediante la que Warhol deja de preocuparse por establecer relaciones cercanas con otras personas. La televisión es sinónimo de despreocupación y, por lo tanto, de felicidad. Por ejemplo, según el artista, el sexo se vuelve mucho más interesante en la pantalla que entre las sábanas. Lo mismo ocurre con el amor, pues la fantasía supera por mucho a la realidad. En este sentido, le era mucho mejor mantener una relación por teléfono, donde lo único que importaba es la extensión del cable del mismo. El no verse en este caso es una ventaja, pues facilita el poder tratar al otro como un mero objeto y, en consecuencia, facilitar su descarte.  

Desde el punto de vista estético, la belleza para Warhol también se alimenta de los objetos, al señalar que, si bien las joyas, la ropa lujosa, las casas y pinturas no hacen a una persona más bella, sí la hace sentir como tal, lo que no ocurre cuando a una persona bella la colocamos en un entorno de pobreza, donde pasa a identificarse con lo feo. Aquí Warhol sostiene que América sería más bella de lo que es si todas las personas que viven en ella tuvieran el suficiente dinero para vivir. De hecho, el verdadero arte son los negocios y hacer dinero, pues esto permite acceder al consumo, el que se ha incluso democratizado, ya que, por ejemplo, desde los más ricos y famosos a los más pobres y desconocidos toman Coca-Cola. 

El artista, a juicio de Warhol, es alguien que produce cosas que la gente no necesita tener pero que, por alguna razón, creen que sería una buena idea tener. De hecho, Warhol señala que prefiere los espacios vacíos, los que vienen a estropearse cuando se llenan de arte, llegando a reconocer que él no produce más que basura para que la gente replete sus espacios. La belleza también radica en estos espacios vacíos y limpios. Quizás esto tiene que ver con los que quiere lograr Warhol a través del arte: el no pensar a través de las obras.  

Lo anterior es algo que Warhol identifica con la falta de responsabilidad a la que se aspira en la actualidad, para lo cual el arte no es más que otro medio más de evasión y, en ningún caso, una forma de develación o profundización de conocimientos. Nuevamente, es la nada la que debe prevalecer, en vista de facilitar y no complicar nuestras vidas. Es el impulso consumista el que representa el espíritu norteamericano, donde se prefiere lo fácil y placentero del consumo por sobre el tedioso y angustiante proceso de la actividad reflexiva. 

Eduardo Schele Stoller. 

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Sartre: el ser, la nada y la angustia

Tradicionalmente, nos dice Sartre, la apariencia se ha presentado como algo netamente negativo, esto es, como “lo que no es el ser”, como una ilusión, un error. Sin embargo, si ya no creemos en el ser tras la aparición, la apariencia se torna ahora en plena positividad. Su parecer ya no se opone al ser, sino que ahora es su medida, ya que el ser de un existente, afirma Sartre, es lo que el existente parece.

Lo que el fenómeno es, lo es absolutamente, pues se devela como es, siendo, por tanto, todo en acto. Sartre rechaza así el dualismo de la apariencia y la esencia, pues la apariencia no oculta la esencia, sino que la revela. La apariencia pasa a ser la esencia. La esencia de un existente es la ley manifiesta que preside a la sucesión de sus apariciones. El ser fenoménico es la serie bien conexa de sus manifestaciones. Pero el problema que surge ahora es que el existente no puede reducirse a una serie finita de manifestaciones, puesto que cada una de ellas está en constante cambio, dando paso ahora a un nuevo dualismo entre lo finito y lo infinito.

Para Sartre, la esencia no está en el objeto, sino en la serie de apariciones que lo develan. Así, la aparición tiene su ser propio, el cual nos puede ser develado mediante el hastío o la náusea, los cuales cuentan como pasos para la conciencia. Toda conciencia, nos dice Sartre, es conciencia de algo y todo cuanto hay de intención en la conciencia está dirigido hacia el exterior. La conciencia, a diferencia de Descartes, tampoco es sustancial, sino que es pura apariencia, pues no existe sino en la medida que aparece y que se dirige a algo externo, ya que, según Sartre, cuenta como un vacío total, debido a que el mundo entero está fuera de ella. Si la conciencia es conciencia de algo, la conciencia nace conducida sobre un ser que no es ella misma, es decir, si fuese subjetividad pura se desvanecería.

Por lo anterior, el ser que tradicionalmente fue visto como abstracción pura, pasa a ser ahora para Sartre la negación absoluta, el no-ser, pues la nada es la identidad consigo misma, vacío de determinaciones y contenidos. El ser puro y la nada pura son la misma cosa. La nada es posterior al ser, puesto que lo supone para negarlo. La nada supone así siempre una previa especificación del ser (la nada toma su ser del ser). No hay no-ser sino en la superficie del ser.

¿De dónde nos viene, a su vez, la conciencia de la nada? Es con la interrogación, nos dice Sartre, que se introduce en el mundo cierta dosis de negatividad. Vemos a la nada irisar el mundo. El hombre es el ser por el cual la nada adviene al mundo. El ser del hombre, en tanto que condiciona la aparición de la nada, aparece como libertad. La libertad es, sostiene Sartre, una condición requerida para la nihilizacion de la nada. La libertad humana precede a la esencia del hombre y la hace posible. El ser humano reposa primero en el seno del ser y se arranca luego por un retroceso nihilizado. El hombre toma conciencia de su libertad en la angustia.

La angustia, señala Sartre, es el modo de ser de la libertad como conciencia de ser, es la conciencia de ser uno su propio porvenir en el modo del no serlo, esto es, constatar que el yo que soy depende en sí mismo del yo que no soy todavía, a raíz de lo cual también aparece el vértigo, producto del juego con nuestros posibles y la angustia ante el porvenir.

En vez de afrontar la angustia, le rehuimos, la enmascaramos, intentando, señala Sartre, captarnos desde fuera como un prójimo o como una cosa. No obstante, no logramos suprimirla, pues somos angustia. Huyo para ignorar, pero no puedo ignorar que huyo, y la huida de la angustia no es sino un modo de tomar conciencia de la misma.

La angustia permanecerá mientras deseemos, pues desear es falta de ser y esto, a su vez, define nuestra existencia, pues la realidad humana se capta precisamente en su venida a la existencia como ser incompleto. Se capta como siendo en tanto que no es.

La realidad humana, afirma Sartre, es un perpetuo trascender hacia una conciencia consigo misma que no se da jamás. En pocas palabras, somos por naturaleza una conciencia infeliz, angustia, debido a la constatación de la nada, es decir, de la posibilidad. Es en este sentido que lo que no somos ni seremos nos define más que lo somos y hemos sido.

Eduardo Schele Stoller.

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La filosofía del séptimo sello

Una de las principales escenas de esta película (1957) de Ingmar Bergman gira entorno a la confesión Antonius. En ella, sin saber que su interlocutor era la muerte, Antonius declara su sensación de vacío e indiferencia ante los hombres y las cosas, junto a la constatación de esclavitud que lo aferran a fantasías y ensueños, escenario ante el cual no puede desear más que la muerte. Lo único que lo detiene es el saber que le espera después de ella, porque, en el fondo, tiene fe de que algo le espera. De lo contrario su vida carecería de sentido. Nadie puede vivir mirando a la muerte sabiendo que camina hacia la nada. La muerte, por su parte, le responde que la mayoría de los hombres no piensan en esto, salvo cuando llegan al borde de la vida, donde, producto del miedo, crean una imagen salvadora a la que llaman Dios.

Al no haber respuestas, a Antonius no le queda más que aprovechar el tiempo que dure la partida de ajedrez con la muerte para tratar de hacer algo realmente importante. El mismo afirma que no ha hecho más que malgastar su vida en diversiones, viajes y charlas sin sentido, en lo que ha parecido ser un continuo absurdo. Este absurdo puede estar representado en la película por los juglares (artistas callejeros), pues entre ellos Antonius logra descansar de las inquietudes que lo perturban. La distracción del pensamiento a través del mundo sensible parece la única cura ante el delirio filosófico, tal como declarara David Hume. Compartiendo con los juglares todos los problemas se vuelven irreales y carentes de importancia, juglares que hoy representan el sinnúmero de distracciones que poseemos para obviar la introspección, la angustia, el aburrimiento.

Pero la distracción es pasajera, por lo que los tormentos de Antonius vuelven con más fuerza en la medida que el juego se acaba, razón por la cual no deja de albergar la esperanza de recibir alguna señal de Dios, que logre arrebatarle la angustia de la nada y, con ello, depure la aparente absurdidad de la vida. Su único cable a tierra parece ser su escudero, Juan, quien ya le había advertido que la angustia en los ojos de una joven condenada a la hoguera se debía a su constatación de la nada, esto es, a la imposibilidad de redención. El mismo llamado a la cordura le hace sobre el final de la película, cuando la muerte los visita a todos. Allí le reprocha a Antonius que sus súplicas no conmoverán a nadie y que mejor se hubiese preocupado más de gozar la vida que de cuestionarse la eternidad. Pero siendo ya demasiado tarde, le llama al menos a disfrutar finalmente el vivir en la verdad, antes de caer en la nada.

El juego de ajedrez entre Antonius y la muerte parece así no ser más que la vida misma; una prórroga para entender la inevitable marcha hacia la muerte. En este sentido, todos hemos comenzado la partida, pero pocos son los conscientes del juego. Y es que, en realidad, sabemos que caminamos hacia la nada, y es por esto que no queremos mirarla, prefiriendo, en cambio, perdernos entre los juglares.

Eduardo Schele Stoller.

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