Nietzsche, Marx y Freud: la sospecha y humillaciones sobre la conciencia

A juicio de Paul Ricoeur, el psicoanálisis cuenta como una hermenéutica de la cultura, la que comienza con la prohibición de los más antiguos deseos humanos, tales como el incesto, el canibalismo y el crimen. Pero la cultura no se reduce solo a la coerción, sino que también a la ilusión, todo en vista de disminuir la carga de los sacrificios pulsionales impuesto a las personas, ofreciendo compensaciones satisfactorias por estos sacrificios. Este rol cumplen, destaca Ricoeur, los dioses, a través de los cuales se intenta exorcizar nuestros miedos y compensar el sufrimiento de la cultura. 

La sociedad se alimenta de la energía extraída de la sexualidad, al punto de amenazarla de atrofia. Por ejemplo, nos dice Ricoeur, esta nos impone un mandamiento absurdo: amar al prójimo como a nosotros mismos, pues esto va en contra de la innata tentación humana de satisfacer la necesidad de agresión en el otro, de explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, de aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, de apropiarse de sus bienes, de humillarlo, de infringirle sufrimientos, de martirizarlo y hasta de matarlo. En esto consistiría la pulsión de muerte: la hostilidad primordial del hombre hacia el hombre.

Esta pulsión agresiva se convierte en la principal representante del instinto de muerte que, junto al de Eros, comparte la dominación del mundo. La evolución de la civilización, según Freud, nos muestra la lucha entre el Eros y la Muerte, entre el instinto de vida y el instinto de destrucción. Esa lucha es para el psicoanálisis el contenido esencial de la vida.

Estos instintos han tratado de reprimirse mediante el sentimiento de culpabilidad, medio a través del cual la civilización se vale para poner en jaque nuestra agresividad. Es así que, según Ricoeur, el progreso de la humanidad ha de pagarse con una pérdida de felicidad producida al reforzarse tal sentimiento, al hacer de nosotros la conciencia unos cobardes. El sentimiento de culpabilidad no parece ser más que el efecto de una agresividad interiorizada, introyectada, que el superyó asume como propia a título de conciencia moral, y que se vuelve contra el yo. A juicio de Freud, la cultura domina la peligrosa inclinación agresiva del individuo, debilitándolo, desarmándolo y haciéndolo vigilar por intermedio de una instancia instaurada en su interior, como una guarnición militar en una ciudad conquistada.

En este sentido, Ricoeur afirma que Freud es tan importante para la toma de conciencia del hombre moderno como lo es Marx o Nietzsche. De hecho, habría un parentesco entre estas tres críticas de la “falsa conciencia”, ante lo cual instauran la sospecha. Estos tres autores atacan una misma ilusión: la aureolada conciencia de sí, la que antes había triunfado por sobre la ilusión de la cosa. Pero después de la duda sobre la cosa, entramos ahora en la duda sobre la conciencia.

Contra los prejuicios de la época, Nietzsche, Marx y Freud hicieron coincidir sus métodos de desciframiento con el trabajo del cifrado que atribuían a la voluntad de poder, al ser social y al psiquismo inconsciente. Los tres comienzan, afirma Ricoeur, por la sospecha que concierne a las ilusiones de la conciencia, y continúan por la astucia de la decodificación, pero lejos de ser detractores de la conciencia, aspiran a una extensión de la misma.

El mismo Freud señalaba que el psicoanálisis es la última de las graves humillaciones que el narcisismo haya sufrido hasta el presente por parte de la investigación científica. Primero fue la humillación cosmológica que propicia Copérnico y que arruinó la ilusión narcisista según la cual el habitáculo del hombre estaría en reposo en el centro de las cosas. Luego corresponde a la humillación biológica por parte de Darwin, cuando puso fin a la pretensión humana de estar separado del reino animal. Finalmente, arriba la humillación psicológica, cuando el hombre descubre que ni siquiera es el señor de su psiquis.

Ricoeur sostiene que no es la conciencia la que es humillada, sino la pretensión que esta tiene de estar centrada en sí misma. La conciencia se ve desplazada hacia la inmensidad del cosmos por Copérnico, hacia el genio móvil de la vida por Darwin, hacia las tenebrosas profundidades de la psiquis por Freud. Pero la conciencia se incrementa a sí misma a través de la sospecha, por lo que se termina encontrando al perderse.

Eduardo Schele Stoller. 

Paul Ricoeur El Conflicto de Las Interpretaciones | Economias | Negocios

Los Manuscritos económicos filosóficos de Marx

Marx destaca como la existencia del obrero se encuentra reducida a la condición de existencia de cualquier otra mercancía. Con la división del trabajo y la acumulación de capitales, el trabajador se hace cada vez más dependiente de su trabajo, uno que, progresivamente, se vuelve más determinado, unilateral y maquinal, viéndose así rebajado en lo espiritual y en lo corporal a la condición de máquina.

Es por esto que, a juicio de Marx, la finalidad de la Economía Política es la infelicidad de la sociedad, pues es la mayoría de individuos la que sufre esta condición. Esta economía solo conoce al obrero en cuanto animal de trabajo, como una bestia reducida a las más estrictas necesidades vitales. Para cultivarse espiritualmente con mayor libertad, un pueblo necesita estar exento de la esclavitud de sus propias necesidades corporales, no siendo así siervo del cuerpo.

La desvalorización del humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas. Marx señala que cuantos más objetos produce el trabajador, tantos menos alcanza a poseer y tanto más sujeto queda a la dominación de su producto, es decir, del capital. Todo esto viene determinado por el hecho de que el trabajador se relaciona con el producto de su trabajo como un objeto extraño. Mientras más se vuelca el trabajador en su trabajo, más pobre es su mundo interior, siendo cada vez menos dueño de sí mismo. El trabajador pone así su vida en el objeto.

Marx afirma que mientras el trabajo produce maravillas para los ricos, en el trabajador no produce más que privaciones; chozas, deformidades, estupidez, cretinismo. Así, la enajenación del trabajo consiste en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser. En el trabajo el trabajador se niega, se siente desgraciado, no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso solo se siente en sí fuera de este, mientras que en el trabajo se siente fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja, pues su trabajo es trabajo forzado, siendo solo un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo, pues mientras trabaja no se pertenece, perdiéndose a sí mismo. De esto resulta, sostiene Marx, que el trabajador solo se sienta libre en sus funciones animales (comer, beber, engendrar), pues en sus funciones humanas, se siente como animal. Lo animal se convierte en lo humano y lo humano en lo animal.

Lo caracteriza el trabajo a juicio de Marx es así el extrañamiento entre el trabajador y su producción. Si el trabajo es una actividad que no nos pertenece, si es una actividad ajena, forzada ¿A quién pertenece entonces? Ya no son, como antaño, los dioses, sino que ahora son solo otros hombres, para los cuales los dolores del trabajador se transforman en goces y alegrías. Es a través del comunismo que Marx ve la vuelta a sí del hombre, como superación del extrañamiento del trabajo, como retorno del ser humano como en cuanto ser social. La superación de la propiedad privada contaría como una apropiación de la vida humana, significando esto la superación de toda enajenación, volviendo el ser humano a su existencia plenamente social.

Eduardo Schele Stoller.

Libro Manuscritos Económicos Y Filosóficos De 1844 (spanish Edition), Karl  Marx, ISBN 9781544925325. Comprar en Buscalibre

El origen de la familia según Engels

Abordaremos aquí brevemente el análisis que hace de la familia Engels, desde su concepción en los romanos hasta su relación con el plano económico. Para los romanos «familia» no designaba el ideal de una agrupación que mezclara sentimentalismos y labores domésticas, ni siquiera se aplicaba a la pareja conyugal y a sus hijos, sino tan solo a los esclavos. Famulus quiere decir “esclavo doméstico”, mientras que familia viene a ser el “conjunto de los esclavos pertenecientes a un mismo hombre”, designando más adelante a un nuevo organismo social, cuyo jefe tenía bajo su poder a la mujer, a los hijos y a cierto numero de esclavos.

Es por esto que Marx afirmaba que la familia moderna contiene en germen no solo la esclavitud, sino también la servidumbre, encerrando en miniatura todos los antagonismos que se desarrollan más adelante en la sociedad y en su Estado. Por ejemplo, afirma Engels, la monogamia fue la primera forma de familia que no se basaba en condiciones naturales, sino económicas, a saber, en el triunfo de la propiedad privada sobre la propiedad común primitiva, ilustrando a través de ella la preponderancia del hombre en la familia y su interés por procrear hijos que solo pudieran ser de él, con fines de delegarles herencia.

La monogamia no aparece en la historia como un acuerdo entre el hombre y la mujer, sino que, por el contrario, como una forma de esclavizamiento, de represión, de un sexo por el otro, pues se aplica como necesidad solo para la mujer, en lo que sería una de las primeras divisiones de trabajo, en relación con la procreación. La familia moderna se funda, afirma Engels, en la esclavitud doméstica de la mujer. El hombre es en la familia el burgués, la mujer el proletariado.

Habiendo nacido esta condición de causas económicas Engels se pregunta: ¿desaparecerá cuando desaparezcan tales causas? A su juicio, cuando los medios de producción pasen a se propiedad común, la familia dejará de ser la unidad económica de la sociedad, pasando la economía doméstica a ser un asunto social, junto al cuidado y la educación de los hijos. Quizás esto nos pueda responder el por qué de la obsesión conservadora con la defensa de la estructura familiar patriarcal y su rechazo a cualquier tipo de cambio o reingeniería en ella. Sus intereses distan de ser solo morales.

Eduardo Schele Stoller

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Zizek y la máscara ideológica

Al hablar de ideología, Marx la caracterizaba como aquello que «ellos no lo saben, pero lo hacen». Esta idea está usualmente presente en las diversas concepciones de ideología, las cuales suelen implicar para las personas un falso reconocimiento de sus propios presupuestos y condiciones efectivas. Se supone así una distancia, una divergencia entre la realidad social y nuestra representación distorsionada de la misma.

Según la Escuela de Frankfurt, no se puede lograr ver las cosas como son en realidad, pues la realidad no puede reproducirse libre de mistificación ideológica. La ideología no es solo una máscara que encubre el estado real de las cosas, sino que llega a ser una distorsión esencial de las mismas. Esto, señala Zizek, nos deja en la paradoja de poder reconocernos solo en la medida que somos pseudo reconocidos. La realidad en nosotros sería una nada incognoscible.

Deberíamos eludir, en consecuencia, las metáforas de desenmascaramiento, de correr los velos, que se supone que ocultan la desnuda realidad. Peter Sloterdijk, nos dice Zizek, expone la tesis de que el modo de funcionamiento dominante de la ideología es cínica, lo cual supone ahora que a pesar de que el sujeto está al tanto de la distancia entre la máscara ideológica y la realidad social, insiste en sostener la máscara del ocultamiento. La fórmula por tanto ahora sería distinta; «ellos saben muy bien lo que hacen, pero aun así, lo hacen». Esto quiere decir, afirma Zizek, que la razón cínica ya no es ingenua, sino que se está muy al tanto del interés particular oculto tras una universalidad ideológica, pero aun así, no se renuncia a ella.

Bajo el reino de la razón cínica, Zizek considera que nos encontramos en el mundo posideológico, en donde el ideal ya no es el de una verdad totalitaria, sino que solo pasa a ser considerada ahora como un medio de manipulación, instrumental, manteniéndose ya no por su valor de verdad, sino por su promesa de ganancia. La gente ya no cree en la verdad ideológica; no toma las proposiciones ideológicas en serio. Pero la actitud cínica sigue siendo una que implica distancia, la cual en el fondo sigue cegándonos con respecto al poder estructurante de la fantasía ideológica, aun cuando, señala Zizek, no tomemos las cosas en serio y mantengamos una distancia irónica.

Eduardo Schele Stoller.

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Black y la abolición del trabajo

Quien da su labor a cambio de dinero se vende a sí mismo, y se coloca

al mismo nivel que los esclavos. 

Cicerón

En su ensayo “La abolición del trabajo”, Bob Black trata de demostrar que nadie debería trabajar, pues este sería la fuente de casi toda la miseria en el mundo. Para dejar de sufrir tenemos que dejar de trabajar.

Black propone crear una nueva forma de vivir basada en el juego, en una convivencia lúdica, artística y más libre. Contrario a los izquierdistas que favorecen el empleo total, Black propone el desempleo total, lo que no se traduce en el puro ocio o una apología del “tiempo libre”, ya que este último hoy es entendido como un mero tiempo gastado en recobrarse e intentar olvidarse del trabajo mismo.

Black llega a denominar a nuestro sistema contemporáneo como fascismo de fábrica y oligarquía de oficina, sistema que es de todo menos libre. Si somos lo que hacemos, al hacer trabajo aburrido, estúpido y monótono, acabaremos siendo  aburridos, estúpidos y monótonos. Este tipo de trabajo explica la cretinización de nuestro entorno, en donde la aptitud para la autonomía se encuentra atrofiada ya desde la infancia, pues el entrenamiento en la obediencia para el trabajo se inicia desde temprana edad en las familias y escuelas.

Incluso Marx, reconoce Black, observó que «el reino de la libertad no comienza hasta que se ha sobrepasado la necesidad de laborar bajo la compulsión de la necesidad y la utilidad externa» ¿Sobrepasará la gran masa de individuos estos criterios de necesidad y utilidad? Si el trabajo se basa en satisfacer estas necesidades básicas mediante una serie de operaciones simples, su entendimiento tampoco superará tales condiciones, por lo que parece difícil que seamos libres mientras trabajemos enajenadamente.

La única solución posible para Black es la abolición del trabajo útil, esto es, transformarlo en una agradable variedad de pasatiempos. Con esto, todas las barreras artificiales del poder y la propiedad se vendrían abajo, convirtiendo la creación en recreación.

Si en la actualidad trabajamos para vivir o vivimos para trabajar no tiene ya mucha importancia. Lo cierto es que, en ambos casos, terminamos vendiendo gran parte de nuestra vida a cambio de la vida misma.

Eduardo Schele Stoller.

Bob Black, “La abolición del trabajo”