Oda a la demencia: apuntes sobre la Generación Beat 

Más allá de la decadencia que exponen los escritores de la Generación Beat en sus textos, podemos hallar en ellos varios síntomas propios de la sociedad contemporánea, muchos de los cuales seguimos padeciendo, a unos 70 años del origen del movimiento.  

En Aullido, por ejemplo, Allen Ginsberg nos relata cómo la locura destruyó las mejores mentes de su generación, quedando hambrientas, histéricas y desnudas, expulsadas de las academias por su escritura obscena y odas a las drogas. Mentes que, si bien relataban pesadillas, de alguna forma estas mismas ensoñaciones los habían despertado a la realidad. 

Una esfinge de cemento y aluminio abrieron sus cráneos, devorando sus cerebros e imaginación, condenándolos a la soledad, a la inmundicia y los sollozos. Y es que pareciera que solo a través de las alucinaciones que producen tales sustancias es que su puede vivir en éxtasis, iluminando en parte una existencia de naturaleza oscura y carente de sensibilidad. 

Este es el proceder de una generación demente, en búsqueda de nuevos amores bajo las inapelables rocas del tiempo, todo mezclado con suicidios, crucifixiones y epifanías. De allí la necesidad de la droga, que todo santifica, incluida la demencia sufriente y horrible de los mendigos mentales. No parece haber otra salida, como nos dice Jack Kerouac en Tristessa, cuando estando vivos estamos muertos, no pudiendo escabullirse en las labores cotidianas como hace el resto. 

Pero esto no tiene su causa en la mente demente, pues, según Kerouac, la vida de por sí es dolorosa, lo que explicaría nuestra tendencia a la tristeza. Si vivimos en constante dolor es porque la vida es dolor. De aquí en más el objetivo principal será lograr vivir despreocupadamente, ya sea la pobreza, la decadencia o la adicción, tal como el personaje de Tristessa, quien no era consciente de lo sombría que era su existencia, pues, probablemente, no conocía más realidad que la que le había tocado vivir. Es la vida misma la que se encarga de destruir la inocencia y develar el hecho de que todos hemos nacido para morir. Nuevamente, todo se reduce a la frecuencia de nuestros pensamientos, ya que, si esta aumenta, con ello lo hará también el dolor.  
 

Sin embargo, ni siquiera es necesario el pensar, pues basta con contemplar la muerte y suciedad que rebosa en las calles, como si existiese una enorme, implacable y rabiosa fuerza generando este mundo viscoso. Ante esto, como declara William S. Burroughs en El almuerzo desnudo, no quedaría más que entregarse al delirio, reduciendo a pequeños instantes la lucidez de la perversidad que nos rodea. Pero más que escapar de esto, lo que parecen aborrecer estas mentes dementes es el tedio, condición propia del idiotizado hombre occidental moderno, la que ha tratado de evadir mediante artefactos y labores, sin las cuales se vería desnudo.  

Y es, finalmente, el aburrimiento la tensión que no afecta al drogadicto, el que incluso no siente tedio luego de mirarse 8 horas seguidas la punta del zapato, todo a costa de olvidar ciertos placeres corporales, convirtiéndose en una especie de fantasma gris, impermeable a la repugnancia, la vergüenza y reducido a un mero instrumento que se dedica a absorber, más no padecer, el medio en el que vive. 

Eduardo Schele Stoller. 

Foucault y el poder psiquiátrico

Según Foucault, el poder ya no se ejerce desde fuera, teniendo como límite la corporalidad, sino que el objetivo ahora es parasitar y atravesar los cuerpos con determinadas normas, inculcando en ellos mismos la disciplina y la regularidad. El poder ya no es personalizable. Para Foucault solo hay poder debido a la existencia de la dispersión, relevos, redes, lo cual produce como efecto que se disperse y diferencie en una serie de funciones específicas.

Todo el que quiera ser parte de la comunidad deberá subyugarse a una de estas funciones, delimitando su actividad a una rutina específica. Precisamente el loco, según Foucault, es aquel que no se deja dominar, razón por la cual el principal objetivo de la terapia psiquiátrica se entenderá como un arte de subyugación, domesticación, esto es, como una ortopedia moral que permita la curación. Aquí se aplica también la nueva lógica del poder; en vez de violencia, estrategias, relaciones y practicas disciplinarias (microfísica del poder).

Esta estrategia lo que busca es poder tocar los cuerpos, aferrarse a ellos, tomando control de los gestos, los comportamientos, los hábitos, las palabras. Todo sistema disciplinario, sostiene Foucault, tiende a ser una ocupación del tiempo, la vida y el cuerpo del individuo. Este sistema no requiere para funcionar del juego discontinuo, ritual o cíclico de ceremonias y marcas.

El poder disciplinario requiere un procedimiento de control constante, perpetuamente bajo la mirada de alguien o en situación de ser observado. El principio panóptico consiste en ver todo el tiempo, a todo el mundo, para ajustar el cuerpo, sus gestos, su lugar, sus desplazamientos, su fuerza, tiempo, discursos. El poder disciplinario fabrica cuerpos sujetos, siendo un mecanismo que da fuerza a toda institución. Aunque no haya nadie, sentirse observado en hospitales, escuelas, talleres, prisiones.

El poder psiquiátrico, afirma Foucault, se dio cuando lo real se impuso a la locura en nombre de una verdad poseída, siendo así un operador de realidad frente a la locura. La realidad pasa a concentrarse en la voluntad ajena omnipotente del médico, para lograr someter y vulnerar la afirmación de omnipotencia que hay en la locura. El poder psiquiátrico busca así establecer una realidad determinada mediante el conocimiento y el poder.

Eduardo Schele Stoller.

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