La crueldad en la literatura: ¿medio de liberación y conocimiento?

En el plano de la literatura, nos dice José Ovejero, los escritores también pueden verse atraídos por lo dionisíaco, esto es, por todo lo que tenga relación con lo excesivo, lo tremendo, lo vulgar y lo esperpéntico, dando cuenta también de la crueldad y el espectáculo. Estas obras dejan atrás las sublimaciones sociales, aludiendo ahora explícitamente a todo tipo de psicopatías. Sade, por ejemplo, es un autor cruel porque a través de lo que narra se eleva hacia una nueva moral, la cual asume nuestros instintos y deseos, ya no buscando educar en certidumbres y verdades que adulen los valores dominantes.

Lejos de esto último, las obras dionisiacas buscan el mero espectáculo, una válvula de escape que solo satisfaga la curiosidad morbosa y cierto grado de placer, a través, señala Ovejero, de una pequeña inyección de adrenalina. Dentro de esa ficción se cumple el deseo de transgresión, pero evitando su manifestación en el mundo real.

Según Ovejero, la crueldad ética es aquella que en lugar de adaptarse a las expectativas del lector las desengaña y, al mismo tiempo, lo confronta con ellas. En este sentido, lo que se busca es la transformación del lector, impulsarlo a la revisión de sus valores, de sus creencias, en suma, de su manera de vivir.

La literatura es ética en cuanto pone en tela de juicio verdades en las que creemos firmemente, amenazando la pereza de nuestra inteligencia, la que solo busca confianza y certidumbre. De ahí el rol de la crueldad en la literatura como función desmitificadora de nuestros prejuicios culturales.

Al buscar la solidez en el plano ideológico, Ovejero afirma que tendemos a preferir libros con un mensaje que nos conforte, es decir, que hagan explícito lo que ya pensábamos antes de leerlos. Esta literatura es el opio del pueblo. Son los libros crueles los que rompen con esta condición, negándose a la sumisión banal y dictatorial del entretenimiento, incomodando la placidez en la que asentamos nuestra existencia. Estos libros nos muestran, destaca Ovejero, los rincones oscuros de la existencia que no hemos querido iluminar.

La crueldad nos ayudaría así a derribar para construir, reventando las burbujas de felicidad artificial, de la idílica imagen que tenemos de nosotros mismos, abriéndonos a la posibilidad de cambio o al menos a un nihilismo que nos permita a crítica, la negación de los dogmas, los ideales y las promesas. Liberarnos de la opresión del tabú, concluye Ovejero, mediante la carcajada. En este sentido, el humor cruel puede ser visto incluso como una herramienta de conocimiento, derribando las normas establecidas y los prejuicios. De allí todas las censuras que han recibido a lo largo de la historia estas obras.

Eduardo Schele Stoller.

La ética de la crueldad - Ovejero, José - 978-84-339-6341-3 ...

Singer y la liberación animal

En su comportamiento con las criaturas, todos los hombres son nazis.

Isaac Bashevis Singer

En vista de defender el derecho de los animales, Peter Singer ataca el fundamento racionalista de la moral, ya que, a su juicio, el derecho a la igualdad no depende de la inteligencia, capacidad moral, fuerza física u otro aspecto similar de los animales. La igualdad es solo una idea moral, no la afirmación de un hecho. Siguiendo a Bentham, añade que los intereses de cada ser afectado por una acción han de tenerse en cuenta y considerarse tan importantes como los de cualquier otro, ya sean negros, blancos, masculinos, femeninos, humanos o no humanos.

Pero esta visión igualitaria rara vez ha primado. De hecho, el enfoque que parece dominar es el especismo moral, doctrina solo favorable a los intereses de los miembros dentro de una misma especie. La tesis de Singer es que esta noción en nada difiere del racismo y el sexismo. Basándose en el empirismo y el utilitarismo de Bentham, afirma que es la capacidad de sufrimiento, goce o felicidad lo que le otorga a un ser derecho a una consideración igual. Esta capacidad es el requisito para cualquier otro interés. Si un ser sufre, no puede haber justificación moral alguna para negarse a tener en cuenta tal sufrimiento. Ahora bien, si un ser carece de tal capacidad, no hay nada que tener en cuenta. El único limite defendible a la hora de preocuparnos por los intereses de los demás es así el de la sensibilidad. El dolor y el sufrimiento son malos en sí mismos, razón por la cual deben evitarse o minimizarse, al margen de la raza, sexo, o especie del ser que sufre.

¿Por qué esta idea, que parece tan lógica, no ha dominado nuestras conductas y preferencias alimenticias? Si se ha defendido la vida como derecho, lo ha sido solo para la vida humana, en parte, por la herencia no solo del racionalismo filosófico, sino que también por influencia del cristianismo. La biblia, sostiene Singer, coloca al hombre en una posición especial en el universo, similar a Dios, le asigna el dominio sobre todas las criaturas vivientes. La vida humana pasa así a ser sagrada. Sin embargo, ya Aristóteles postulaba que los animales están al servicio de los propósitos humanos y, lo que es peor, que incluso ciertos humanos, supuestamente más descendidos racionalmente, están también al servicio de los demás. Así como las plantas existen para los animales, así los animales han de existir, a su vez, para el hombre. Si la naturaleza no hace nada sin motivo ni en vano, es innegable, según Aristóteles, que ha creado a los animales para beneficio del hombre. Según el orden de la naturaleza, lo imperfecto sirve por tanto a lo perfecto, lo irracional a lo racional.

Todo esto se vio reforzado, señala Singer, en el humanismo renacentista, donde se insiste en el valor y dignidad de los seres humanos y su puesto central en el universo. La filosofía cartesiana, por su parte, no le asignaba alma ni consciencia a los animales, por lo que serían incapaces de sufrir, al ser consideradas como meras máquinas. Kant también lo veía así, no asignándoles a los animales ningún derecho, pues no serían conscientes de sí mismos, existiendo tan solo como un medio para un fin; el hombre.

Esta es la herencia que nos hace considerarnos como superiores al resto de los animales. Filosofía y religión han sido cómplices en la fundamentación del especismo que difiere así poco o nada de otras formas de discriminación. El mantenimiento de esta conducta -que en su mayoría ni siquiera se autodefine como especista- no es más que, como ha señalado Singer, consecuencia de la ignorancia. Pues, probablemente, si tuviéramos que sacrificar nosotros mismos a los animales que nos sirven de alimento todos seríamos vegetarianos. No es tanto así la indiferencia lo que nos ata a la tradición y la costumbre, sino el desconocimiento, el no querer ver. Posición cómoda, ya que a través de ella nos despojamos de cualquier grado de responsabilidad ante acciones que van en contra del interés de seres que sienten y sufren tal como nosotros.

Eduardo Schele Stoller.

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