Jardín en ruinas: los pesares de Pizarnik 

Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.   

Alas convertidas en pétalos podridos, razón vuelta en vino agrio, la vida convertida en un vacío. Desde estas condiciones parte la profunda poesía de Pizarnik, dando cuenta del horror y destrucción de la civilización y donde solo la alusión al infinito parece salvarnos. El cansancio de las preguntas, de las angustias, de Dios y de la espera ante la anhelada muerte, nos crea la necesidad de viajar entre plegarias y aullidos. 

Es en este viaje que creamos sermones, arrodillados y adorando frases externas, inventando nombres, con la ilusión de poder comunicar lo incomunicable, de abrazar el mundo y, mediante la luz, eliminar el miedo de no saber nombrar lo que no existe. Aquí también se da para Pizarnik la nostalgia, al extrañar el desacostumbramiento, el oficio de recién llegado. Una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo, siendo iluminados ante nuestra propia falta de luz. 

Y es que a la casa del lenguaje se le ha volado el tejado, por lo que las palabras ya no guarecen, pero es por eso mismo que hablamos, aunque sin sentido ni destino, mirando, nos dice Pizarnik, con inocencia, como si no pasara nada. Solo así parece posible restaurar y reconstruir en la víspera de la muerte, víspera que pueda transcurrir como una fiesta delirante, que simule un lenguaje sin límites para poder desnudar la garganta y medir la elevación del espíritu en medio de la visión enlutada, desgarrada del jardín con estatuas rotas. 

Es la ruptura de tales monumentos lo que nos ha desnudado, llevándonos al hastío de tener que recoger los despojos, los restos de una civilización colapsada. Como una pequeña difunta en un jardín en ruinas, Pizarnik declara ocultarse en el lenguaje debido al miedo de naufragar entre los fragmentos del pasado. Sin embargo, ¿podrá el lenguaje desenterrar un mundo? ¿pueden salvarnos las palabras? Pizarnik teme dejar de ser la nunca fue, esto es, perder los lazos que la unían a aquello que ya estaba desunido, corroído por ficciones impuestas desde fuera.  

Y en este sentido, nada se vuelve más intenso que el terror de perder la identidad, quedando abandonados en una casa en ruinas, con la esperanza de encontrar un jardín inaccesible, propicio solo para la contemplación, no para habitar en él, pues es en el alojamiento que no podemos evitar ir hasta el fondo de nosotros mismos. 

Eduardo Schele Stoller.

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Benjamin: el decaimiento del lenguaje y el pensamiento

En la primera mitad del siglo XX, Walter Benjamin ya destacaba cómo la eficacia literaria comenzaba a surgir en la alternancia entre la acción y la escritura, plasmándose, por ejemplo, en folletos, carteles y artículos de periódico, esto es, en formas más modestas y acordes a su influencia en comunidades masivas, contrarios al exigente gesto universal del libro.  

Es el lenguaje inmediato el único que se muestra hoy a la altura del momento, el que se convierte en caldo de cultivo para las simples opiniones. La escritura que, advierte Benjamin, había encontrado asilo en el libro impreso, donde llevaba una cierta existencia autónoma, se ve implacablemente arrastrada a la calle por los anuncios publicitarios y sometida a las brutales heteronomías del caos económico.  

Increíblemente, Benjamin anticipa las problemáticas que nos aquejan el día de hoy, por ejemplo, al constatar la tendencia, ya en aquellos años, a la lectura cada vez más vertical del periódico, en vez de la horizontal, como demanda el libro. A su juicio, fueron el cine y la publicidad los que empujaron definitivamente la escritura hacia la dictadura de la verticalidad. Muchas veces, antes si quiera de abrir un libro, nos vemos obnubilados por un torbellino de letras tornadizas, coloridas, contendientes que reducen al mínimo sus posibilidades de penetrar en el arcaico silencio del libro.  

La obra media del erudito actual, afirma Benjamin, exige ser leída como un catálogo, obra que no solo contenta al lector sino que también conforma y satisface a quien escribe. Las obras acabadas tienen para los grandes menos peso que aquellos fragmentos por cuyo hilo el trabajo discurre durante toda su vida. Concluir una obra solo colma de una alegría incomparable al débil, al distraído, que por ello se siente devuelto a su vida.  

Según este proceder, ya no importa dedicarse a un “saber hacer”, sino solo a un hacer improvisado. Como dice Benjamin: todos los golpes decisivos se darán ahora con la mano izquierda. Sí, según el autor, ser feliz significa poder tomar conciencia de uno mismo sin llevarse un susto, actuando como hemos descrito antes pareciera que no lograremos ser conscientes, ni menos impresionarnos de nosotros mismos. Por ahí quizás pase hoy entonces la felicidad; carecer de sustos, aunque esto signifique entregarse voluntariamente a la ignorancia. 

Eduardo Schele Stoller. 

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Política, lenguaje y decadencia social

Nuestra civilización está en decadencia y nuestro leguaje debe compartir de forma inevitable el declive general. George Orwell 

¿Qué ha pasado con el lenguaje de la política? Esto es lo que se pregunta el escritor y ex director general de la BBC Mark Thompson. Y es que el lenguaje importa, sobre todo en una sociedad donde las palabras se distribuyen con tal nivel de alcance e inmediatez. Thompson llega a señalar que la crisis de la política actual parte por una crisis de lenguaje político, el que dificulta la posibilidad de un debate racional entre las diversas partes en juego. 

Aquí se vuelve atingente la distinción realizada por Aristóteles entre ethos, pathos y logos. El primero refiere a la manera en que se presenta ante nosotros un orador y lo que sabemos de su carácter e historia (prestigio). El pathos, por su parte, se relaciona con las emociones del público y el estado de ánimo o disposición en la que se encuentra este para aceptar o no el discurso del orador. El logos, finalmente, refiere al argumento y el contenido que se quiere transmitir.  

El problema, es que estas tres dimensiones se han divorciado, pasando el logos a un tercer plano, ya que el discurso busca ahora impactar más emocional que racionalmente. Lo que reina en la actualidad es la “parataxis”, forma de hablar propia de generales y dictadores, con frases cortas que buscan recalcar determinación y certidumbre.  

El despedazamiento que sufre el lenguaje de la política, afirma Thompson, crea las condiciones perfectas para el demagogo, quien convierte el populismo ya no solo en medio, sino en un fin en sí mismo. Es la doxa la que ha ganado terreno por sobre la episteme, es decir, la subjetiva opinión por sobre las creencias realmente justificadas.  

Orwell destacaba como la “imaginería rancia” y “falta de precisión” se había tomado el corazón de la política y el idioma inglés, mediante el uso de palabras sin sentido, dicción pretenciosa y metáforas moribundas. La belleza del lenguaje para Orwell radicaba en la claridad que permite expresar en vez de impedir el pensamiento, en vista de cimentar un debate político sincero y eficaz. El problema es que los políticos se han convertido en publicistas instintivos, siempre en búsqueda de innovaciones que puedan aventajarlos en la transmisión de sus pobres mensajes. 

Eduardo Schele Stoller. 

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Microrrelatos: la elocuencia de lo dicho

Lo bueno, si breve, dos veces bueno

(B. Gracián)

Si entendemos la definición del término texto en su sentido etimológico, este remitirá a la idea de trama o tejido. Este significado, breve y preciso, contiene en sí mismo, una de las claves que permiten comprender de modo más amplio y profundo el significado real de un enunciado.

Lo anterior tiene sentido porque si se piensa detenidamente, todo texto está constituido por un entramado de ideas que, al imbricarse entre sí, otorgan la posibilidad al lector de una infinita construcción de significados que se irán desplegando a través de las palabras, que han sido escogidas para formar parte de esta trama de manera deliberada por el autor, y que permanecen silentes aguardando que quien acceda a su lectura les otorgue la carga sígnica que inherentemente poseen.

La palabra es signo (afirmaba Saussure), convencional y arbitrario, lineal y temporal, mutable e inmutable a la vez. Por lo anterior, la carga de significación que como hablantes otorguemos a dicha entidad, estará circunscrita a variables de naturaleza diversa y muchas veces contradictoria, sin embargo, y de manera paradojal, esas mismas contradicciones posibilitarán el hecho de que dicha carga interpretativa ambigua y compleja, contribuya a dotar de múltiples sentidos al entramado textual transformándolo en una fuente ilimitada de análisis e interpretaciones.

Pero ¿qué ocurre cuando en un texto escasean las palabras? ¿cómo incide la ausencia de signos lingüísticos en la construcción de sentidos de un enunciado? Aparentemente, la supresión de términos dentro de un escrito podría asociarse a la restricción de nuestras posibilidades como lectores de urdir este complejo entramado que es el texto, sin embargo, en la práctica, la ausencia de signos lingüísticos puede transformarse en una posibilidad de descubrir sentidos que subyacen y que sientan las bases de su significado en lo que se omite, en aquello que no se declara mediante palabras, en aquello que no ha sido dicho.

El microrrelato es una invención antigua, tanto así que muchos atribuyen su génesis a culturas de milenaria data y de diversas latitudes, sin embargo, se sabe que es recién en el siglo XX, al alero de las vanguardias literarias, el momento en el que adquiere relevancia como una de las manifestaciones evidentes de la urgencia, característica de esos años, de renovar el modo de hacer y de entender el arte y la literatura.

De este modo, estos breves textos narrativos en prosa fueron adoptados rápidamente por autores de distintas culturas, como un medio para plasmar en pocas líneas un universo literario tan sucinto como críptico en el que la supresión intencionada de términos (elipsis) y la obligada referencia intertextual, se convierten en las claves para la construcción de los infinitos múltiples sentidos que dichas narraciones suelen ofrecer a modo de desafío para el lector.

Entre los muchos autores que incursionaron en la escritura de este tipo de textos (dentro de los cuales es posible encontrar nombres tan célebres como los de Monterroso, Borges y Cortázar) es posible relevar, en el contexto de la tradición literaria latinoamericana, la figura de Marco Denevi, escritor argentino que en su obra Falsedades (1966) recopila una serie de relatos en los que articula sus breves narraciones en torno a mundos vinculados con hechos o personajes del pasado mítico, histórico y literario con el propósito de contradecir y derrumbar la versión oficial que se tiene acerca de ellos. De esta manera, con una importante dosis de ironía, humor y claras intenciones contraculturales, Denevi omite buena parte de la información aparentemente necesaria para la construcción del sentido global del texto reemplazándola en cambio, por nombres, fechas y datos, en apariencia inconexos, que obligan al lector a echar mano de sus propios recursos para lograr la comprensión de lo leído.

“Pocas palabras, muchos sentidos” parece ser la consigna que atraviesa esta obra pues, la omisión intencional de buena parte de la trama en cada una de estas historias, desafía al lector a movilizarse en múltiples direcciones, sujetándose de las pocas palabras/signos que el autor proporciona, para procurar la siempre anhelada y a veces tan esquiva apropiación estética de lo leído. Tal vez en esto último descansa victorioso el mérito de este tipo de escritos.

A modo de reflexión, resulta inevitable reconocer que, desde la teoría literaria tradicional, existen voces que consideran una suerte de sacrilegio dar pie a la idea de que puedan reconocerse tantas interpretaciones de un texto como lectores existen, sin embargo, vale la pena preguntarse si es imperiosamente necesario, en los tiempos que corren, seguir tributando al canon y agotar nuestras lecturas en la siempre confortable y limitada categorización impuesta desde quienes sistematizaron el análisis de la literatura casi al punto de la mecanización. La palabra es signo (insistió Saussure hasta el cansancio) y como tal representa un universo inagotable de posibilidades de interpretación y análisis sin embargo, quizás sea en “aquello que no se dice” donde, como lectores, debamos buscar  la construcción del real sentido de los textos para contribuir de ese modo a que la trama de esos tejidos se entrelace y enriquezca cada vez que nos animemos a revisitar sus líneas.

Andrea Hidalgo.

“1984” y la extinción de la palabra

En su obra distópica “1984”, George Orwell nos habla de las “telepantallas”, mediante las cuales los individuos eran constantemente vigilados por un “Gran hermano”. Esta era la principal herramienta para la transmisión de los mensajes del Partido: “La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”. Estos aparatos a la larga terminaban por imposibilitar el pensamiento propio y libre. Lo que reina es la uniformidad. No había así nada que escapara al partido, al controlar no solo el presente, sino que también el pasado y el futuro. 

La telepantalla también contribuía al entretenimiento, mediante el cual se buscaba inducir a la inconsciencia. Este trabajo se complementaba con la nueva forma que el Partido pretendía darle al lenguaje a través de la destrucción de centenares de palabras cada día, todo en vista de limitar el alcance del pensamiento y de estrechar la acción de la mente. El ideal es ya no tener que pensar, siendo la ortodoxia del Partido generar la inconsciencia. Es por esto que para Winston, personaje principal de la obra, le pesara más la vaciedad que la crueldad del sistema imperante. Para romper con este enajenante proceder tratará de entregarse al instinto, al caos, al desorden, única fuerza que sería capaz de destruir al Partido, pues, desde el punto de vista de los Bajos (clase social), toda revolución o cambio histórico no ha significado más que un cambio en el nombre de sus amos. 

Sin embargo, Winston no logra avanzar mucho en sus aspiraciones, ya que sus intenciones prontamente son descubiertas. A través de una serie de torturas y vejaciones, se busca que Winston se humille, que pierda carácter y voluntad para volver a la cordura irreflexiva que propone el sistema y el amor incondicional por el Gran Hermano. Exponiéndole a sus peores temores (habitación 101), el Partido logra doblegar la voluntad de Winston, parte esencial del castigo-terapia que busca hacer prevalecer el poder, ya no visto como un medio, sino que considerado como un fin en sí mismo. De aquí en adelante, a lo más que pueden aspirar los ciudadanos es a ser parte del poder, pero para esto, han de dejar de valorarse como individuos, pues el ser humano libre, solo, autónomo, siempre será derrotado por la masa. De allí el lema “La libertad es la esclavitud”. Si se logra, en cambio, que el sujeto se someta plenamente, escapando de su propia identidad, podrá fundirse con el Partido de modo que él pasará a ser el Partido, siendo así todopoderoso e inmortal. 

Esta lógica, propia de los regímenes totalitarios, amenaza también a todos quienes viven en supuestos estados democráticos. Si bien no estamos sujetos a una misma masa, el instinto gregario se mantiene fuerte, queriendo ser partícipe de un determinado grupo y anulando, en consecuencia, la voluntad personal. Es mucho más fácil, como decía Kant, someterse al juicio ajeno, ya sea por pereza o cobardía. Sobre todo, hoy, donde las telepantallas han pasado a dominar no solo el espacio público, sino que también el privado, donde somos constantemente bombardeados de información, sin un mayor derecho a réplica o participación efectiva. La diferencia es que ya no nos domina un solo Gran Hermano, sino que la familia completa. Con la extensión de los panópticos, todos quieren formar parte del espectáculo, uno que está marcado más por la imagen que por la palabra, la que, tal como en “1984” parece en peligro de extinción. 

Eduardo Schele Stoller. 

Por qué es tan relevante la novela 1984?

Wittgenstein: Los juegos de lenguaje y el rol de la filosofía

Los problemas filosóficos surgen cuando el lenguaje hace fiesta.

El significado de las palabras, nos dice Wittgenstein en las Investigaciones filosóficas, depende del uso que le demos a estas mismas, razón por la que una representación será apropiada para un dominio estrictamente circunscrito y no para la totalidad de lo que pretendemos representar. El lenguaje depende así de reglas dentro de un determinado juego, el que, a su vez, aprendemos producto de un adiestramiento desde la infancia, asociando objetos con palabras. Wittgenstein llama “juego de lenguaje” al todo formado por el lenguaje y las acciones con las que está entretejido, teniendo, en consecuencia, tantas funciones las palabras como funciones tienen nuestras herramientas cotidianas.

Imaginar un lenguaje, afirma Wittgenstein, significa imaginar una forma de vida, donde nuevos juegos nacen y otros envejecen y se olvidan. Para entender las definiciones dadas en el mismo, debemos presenciar el uso que se hace de las palabras, es decir, debemos mirar el juego de lenguaje, una conexión, entonces, que no es oculta o extraña. Pero de ser esto así, la labor de la filosofía se vuelve en una meramente descriptiva, pues toda oración de nuestro lenguaje estaría en orden tal como está.

De allí que Wittgenstein afirme que la filosofía es una lucha contra el embrujo de nuestro entendimiento por medio de nuestro lenguaje, el que tiende a llevarnos a un empleo metafísico de las palabras, desatendiendo a su empleo cotidiano, como si el significado fuera una atmósfera que la palabra conllevara y asumiera en todo tipo de empleo. Debemos destruir, sostiene Wittgenstein, tales castillos en el aire para dejar libre las bases del lenguaje, pues la filosofía no puede en modo alguno interferir con el uso efectivo de este; menos aun fundamentarlo. Debe dejar todo como está.

Los problemas filosóficos suelen surgir cuando nos enredamos con nuestras propias reglas. La filosofía no explica ni deduce, sino que se limita tan solo a mostrar, al no haber ya nada que explicar o develar, pues no hay nada oculto que traer a la luz. La filosofía ya no se reduce así a un solo método, sino que a muchos, los cuales cuentan como diferentes terapias. Si el lenguaje, como nos dice Wittgenstein, es un laberinto de caminos, la comprensión del mismo no es un proceso mental, ya que tales caminos se encuentran en el ámbito público y práctico, es decir, externo a la mente. Lo verdadero y falso, por ejemplo, es lo que decimos y concordamos en el lenguaje, esto es, en nuestra forma de vida.

El dolor, por ejemplo, se aprende imitando las expresiones o conductas que se le asignan. De lo contrario, destaca Wittgenstein, un niño no podría saber qué significa un dolor de muelas. Solo de lo que se comporta como un ser humano se puede decir que tiene dolor. En suma, cuando significamos algo, no es como tener una figura muerta, sino que nos dirigimos hacia aquello que significamos, siendo el lenguaje un mero instrumento para representar esto.

Eduardo Schele Stoller.

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Borges: entre el nominalismo y la ficción metafísica

La obra del escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) tiene profundas consideraciones filosóficas, siendo los tópicos que más se repiten en ella el nominalismo y la consecuente crítica a la metafísica. El nominalismo, recordemos, hace referencia a que solo existen entidades particulares, negando la realidad de los universales o entidades abstractas. Desde el empirismo de Locke, Berkeley y Hume, el nominalismo tiene fuertes implicancias para el lenguaje, pues al limitar el conocimiento a las percepciones particulares, cualquier tipo de noción general (ideas complejas) será una abstracción arbitraria de estas, alejándose así de lo compleja, diversa y cambiante que es la realidad. Borges se hace eco de esta filosofía en varios de sus cuentos y ensayos. A continuación, aludiremos a algunos de estos.

Quizás donde se hace una alusión más clara al nominalismo es en el cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (Ficciones). Según lo que allí se relata, las imaginarias naciones de Tlön son todas idealistas, pues para ellas el mundo se compone de una serie sucesiva y heterogénea de actos independientes, apareciendo y desapareciendo los nombres según las necesidades del momento o instante. Nadie cree en la realidad de los sustantivos, lo que los convierte, paradójicamente, en interminables. Este idealismo invalida toda ciencia, ya que explicar o juzgar un hecho es unirlo a otro. La metafísica vendría a ser entonces una rama de la literatura fantástica, pues todo lo que vaya más allá de la inmediatez de la experiencia presente se vuelve indemostrable, teniendo solo un valor metafórico.

Esta idea de la conjunción constante y mera yuxtaposición de experiencias (Hume), podemos encontrarla también en El Jardín de senderos que se bifurcan (Ficciones), donde Borges nos describe una imagen del universo concebida por un tal Ts´ui Pên, quien tampoco creía en un tiempo uniforme y absoluto, sino que en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Una trama de tiempos que se aproximan, bifurcan cortan e ignoran, abarcando todas las posibilidades. En la mayoría de esos tiempos no existimos, en otros lo hacemos, pero de las más disimiles maneras y posibilidades. Si el tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros, el jardín parece estar saturado hasta el infinito de invisibles personas y posibilidades.

Esta proyección infinita de experiencias es la que encontramos también en el relato de Funes el memorioso (Artificios), quien, luego de sufrir un accidente, se volvió capaz de reconstruir en detalle un día entero. Con una percepción y memoria infalible, bajo el vertiginoso mundo de Funes se vuelve inconcebible las ideas generales (platónicas), pues estas se abstraen de la inmensa diversidad y detalle que nos informan los sentidos. ¿Cómo es posible, se pregunta Funes, que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)? Pareciera que, como se señala en La casa de Asterión, nada es realmente comunicable por el arte de la escritura.

Si, como en El Aleph, pudiésemos acceder a un punto del espacio que contenga todos los puntos, tendríamos acceso al verdadero mundo, abarcando la realidad desde todos sus ángulos. Pero aquí chocaríamos nuevamente con los límites del lenguaje, pues un infinito tal no es representable en palabras, de ahí que el infinito no solo genere veneración, sino que también lástima. Pero si hay limitaciones lingüísticas, las habrá también para el conocimiento.

En La nadería de la personalidad (Inquisiciones), Borges critica la existencia de una identidad personal inmutable, esto es, la idea de una esencia de cada individuo. De hecho, nos dice que basta acudir a nuestro pasado para sentirnos forasteros, y esto, porque no existe un “yo” uniforme y homogéneo a lo largo de nuestra existencia. Borges se queda así en el plano de lo aparente, negando el acceso a un supuesto mundo verdadero y trascendente. Coincide así con Berkeley (La encrucijada de Berkeley) al señalar que solo la perceptibilidad es el ser de las cosas, es decir, que estas solo existen en la medida que son advertidas por la mente, en un afán conceptual que se traduce posteriormente en la abreviatura de muchas y diversas percepciones.  

Probablemente, a lo que nos llama Borges a través de su literatura es a dejar de vivir como quien sueña; mirando sin ver, oyendo sin oír, olvidándonos de todo, para poner más atención a lo sublime, esto es, a todas aquellas experiencias que nos acercan a la sensación de lo infinito, las que, como tales, solo se quedan en percepciones sensibles. Por momentos, dejar de lado el dominio de la ficción metafísica, la que, a través de la excesiva abstracción del lenguaje, nos aleja de lo cambiante, contradictorio y complejo del mundo, desatendiendo a la precisión del instante, de lo inmediato, de lo presente.

Eduardo Schele Stoller.

Borges esencial | Real Academia Española

Enrique Lihn: el tenue foco de la poesía

A la poesía de Enrique Lihn la atraviesa la nostalgia, por ejemplo, cuando se lamenta de la pérdida de la pieza oscura de la infancia, donde la luz no abarcaba todo el espacio del pensamiento y cuando aún estaba permitido no girar al compás de la rueda social. Una vez prendida la luz ya no podemos sentir como antes. Llegados a tal etapa, tal como hizo Zaratustra, bajamos del monte, de la mano de la crítica, la conciencia y la ironía. Acompañados del dolor del vivir sin objeto, decaen los falsos esquemas metafísicos que nos hicimos en el aire. A medida que se avanza en el duro oficio del vivir, Lihn señala que solo parecen quedarnos los vicios, esto es, las pequeñas alegrías de un cuerpo reducido a su mínima expresión. Cuerpo que ya nadie reconoce y que llora cosas que ya no recuerdan nada, pero que permiten sobrevivir los olvidos, esperando ya solo morir tranquilamente, cerrando los ojos sin agitación.

Causa de nostalgia es también la naturaleza de nuestro lenguaje. Hemos nacido, nos dice Lihn, para el acopio de las palabras, para la murmuración, herramienta que nos sirve solo para vivir al día, cada uno en lo suyo. En lo suyo, porque en realidad estamos separados por una gran concentración de imágenes, las que, mediante las palabras, buscamos alcanzar, oscilando entre la inocencia y la ignorancia. Y es que hablar, sostiene Lihn, nos asfixia, al dar explicaciones que nunca aclaran nada. La palabra destruye todo lo que se construye sin ella, quedándonos luego el miedo y la náusea ante el vacío. En este sentido, para Lihn los poetas no pueden ser más que mendigos, desgranados bajo el peso del mundo y el obstáculo de las palabras. Sin embargo, son sensibles al abismo y el gusto de la muerte, conscientes, además, de las carencias de su existencia, queriendo exorcizar la oscuridad mediante la escritura, viviendo de la ilusión de tener el mundo entre las manos, mediante una oscura inteligencia.

Aun así, la realidad, según Lihn, no es verbal. Lo que es, es indecible, de allí el cansancio del habla, el que cuenta como una falsa ciencia, una mera superstición. El pesar se acrecienta cuando constatamos que nosotros mismos no somos más que palabras y que, como tales, nuestros nombres no le dicen nada a nadie, volviéndose nuestra identidad en una mera ilusión, es decir, en solo espejismos lingüísticos. Y es que nada, señala Lihn, tiene que ver el dolor con el dolor, la desesperación con la desesperación, pues todo esto lo designamos mediante el otro vicio que son las palabras, las cuales no logran atravesar la barrera de lo desconocido (la zona muda). Pero no hay mucho de qué preocuparse, pues la vida no necesita del lenguaje. Testimonio de esto, podríamos agregar, es la felicidad de la que gozábamos en la pieza oscura, cuando poco nos preocupaba cruzar las barreras de lo que no se puede ver ni verbalizar.

Coincidiendo con Lihn, Jodorowsky ha destacado que la poesía es el perfume del silencio convertido en letras, haciendo frente a la imposibilidad de conciliar lo que nos obligamos a ser con lo que realmente somos, reduciendo, además, la multiplicidad a la unidad, pero rechazando los límites del discurso racional, pues, a través de este, no logran manifestarse las emociones y deseos ocultos. En vez de elegir un solo camino, el mismo que siguen todos, el poeta, afirma Jodorowsky, deambula por todos los posibles para dar cuenta del primer origen, de lo más profundo y esencial. Así, mediante la poesía también se intenta iluminar la pieza oscura, pero con una luz mucho más tenue que la del discurso racional, todo en vista de no desmitificar y, en consecuencia, enceguecer nuestra conciencia.

Eduardo Schele Stoller.

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Derrida y la deconstrucción del lenguaje

Derrida destaca que la idea de ciencia y escritura solo tiene sentido para nosotros en el interior de un mundo, bajo el cual ya se ha asignado un cierto concepto del signo y las relaciones entre habla y escritura. La devaluación de la palabra “lenguaje” denuncia la cobardía del vocabulario, la tentación de seducir sin esfuerzo, el pasivo abandono a la moda, la conciencia de vanguardia, es decir, a la ignorancia. Una época histórico-metafísica, afirma Derrida, debe determinar como lenguaje la totalidad de su horizonte problemático, pues no hay significado que escape al juego de referencias significantes que constituye el lenguaje.

El advenimiento de la escritura es el advenimiento del juego, el que, actualmente, va hacia sí mismo, borrando el límite desde el que se creyó poder ordenar la circulación de los signos, arrastrando consigo todos los significados tranquilizadores, reduciendo todas las fortalezas, todos los refugios fuera de juego, que vigilaban el campo del lenguaje. Esto equivale a “destruir” el concepto de “signo” y toda su lógica. Este desbordamiento sobreviene en el momento en que la extensión del concepto de lenguaje borra todos sus límites.

La racionalidad que dirige la escritura así ampliada y radicalizada, ya no surge de un logos e inaugura la destrucción o des-construcción de todas las significaciones que tenían su fuente en este logos, incluida la de verdad. Para Aristóteles, señala Derrida, los sonidos emitidos por la voz son los símbolos de los estados del alma, y las palabras escritas, los símbolos de las palabras emitidas por la voz. Significa el estado del alma que a su vez refleja o reflexiona las cosas por semejanza natural. Es así como la época del logos rebaja la escritura, pensada como mediación de mediación y caída en la exterioridad del sentido. A esta época, sostiene Derrida, pertenecería la diferencia entre significado y significante, abarcando toda la historia de la metafísica.

No se puede mantener la diferencia entre significante y significado sin la diferencia entre lo sensible y lo inteligible, esto es, la referencia a un significado que pudo tener lugar en su inteligibilidad, antes de toda expulsión hacia la exterioridad del aquí abajo sensible. La inteligibilidad remite a un logos absoluto al cual está inmediatamente unido, el que, bajo la teología medieval, pasa a identificarse con Dios. A juicio de Derrida, la época del signo es esencialmente teológica.

Derrida señala que, en el interior de una época, la lectura, la escritura y la interpretación de los signos (tejido de signos), se dejan confinar en la secundariedad, pues los precede una verdad o un sentido ya constituidos por y en el elemento del logos, puesto que el significado (lo designado) no es en sí un significante (el que designa algo). La esencia formal del signo no puede determinarse sino a partir de la presencia. Ya Nietzsche había contribuido a liberar el significante de su dependencia al logos y al concepto de verdad. Y es que la escritura traiciona la vida, amenazando con el saber absoluto y la eliminación de la diferencia. La escritura, afirma Derrida, siempre fue considerada por la tradición occidental como el cuerpo y la materia exteriores al espíritu. Para Saussure la escritura es un vestido de persuasión, de extravío, un hábito de corrupción, de disimulación, una máscara a la que es necesario exorcizar. La estructura vela y empaña la vida de la lengua: no es un vestido, sino un disfraz. Si la escritura es figuración exterior, esta representación no es inocente. El sentido del afuera siempre estuvo en el adentro. La imagen gráfica, afirma Derrida, acaba por imponerse a expensas del sonido y la relación natural queda invertida.

Rousseau también criticaba lo anterior, destacando que la escritura solo es la representación del habla, cuestionando, en consecuencia, que se ponga más cuidado en determinar la imagen que el objeto, donde la representación se une con lo que representa hasta el punto de hablar como se escribe, se piensa como si lo representado solo fuera la sombra o el reflejo del representante. En este juego de la representación, señala Derrida, el punto de origen se vuelve inasible. No hay ya origen simple, olvidándose que se aprende a hablar antes que a escribir, quedando así invertida la relación natural.

Para Rousseau, la lengua literaria agranda la importancia, inmerecida, de la escritura, dejándose sorprender, son culpables al ceder a la imaginación, a la sensibilidad y a la pasión. Para restituir lo natural a sí mismo es necesario ante todo desmontar la trampa. Saussure también considera que ceder al prestigio de la escritura es ceder a la pasión, la cual se vuelve tiránica y esclavizante. Ante esto, Derrida señala que es necesario proteger la vida espontánea, cuidándose de no introducir la exigencia científica y el gusto por la exactitud. La racionalidad aquí sería portadora de muerte, de desolación y de monstruosidad.

A raíz de lo anterior, Derrida concluye que el sistema de la escritura no es exterior al sistema de la lengua, de allí la importancia de la reflexión sobre el origen y el rango de la escritura, reflexión imposibilitada por el “logocentrismo”, el cual puso siempre entre paréntesis, suspendió y reprimió toda libre reflexión sobre el origen y el rango de la escritura. La huella, donde se marca la relación con lo otro, articula su posibilidad sobre todo el campo del ente, que la metafísica ha determinado como ente-presente a partir del movimiento ocultado de la huella. Es necesario, nos dice Derrida, pensar la huella antes que el ente. Pero el movimiento de la huella está necesariamente oculto, se produce como ocultación de sí.

El campo del ente, antes de ser determinado como campo de presencia, se estructura según las diversas posibilidades, genéticas y estructurales, de la huella y es a través de ella que logramos la des-construcción del lenguaje trascendental. Derrida concluye que si las palabras y los conceptos solo adquieren sentido en encadenamientos de diferencias, no puede justificarse su lenguaje y la elección de los términos, sino en el interior de una tópica y de una estrategia histórica. La justificación, entonces, nunca puede ser absoluta y definitiva, pues siempre responde a un estado de fuerzas y cálculo histórico.

Eduardo Schele Stoller.

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Cioran y el falso refugio de la filosofía

Es el ser humano, nos dice Cioran, quien anima las ideas, proyectando en ellas sus llamas y sus demencias, transformándolas en creencias e insertándolas así en el tiempo. Así es que nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas.

La historia para Cioran no es más que un desfile de falsos absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, en nombre de los cuales se puede llegar a matar; Dios, Razón, Nación, Raza. La Historia como una manufactura de ideales, de mitologías lunáticas, de ficciones, producto del frenesí de hordas de solitarios que se niegan a aceptar la realidad tal cual es. Pero vivir es cegarse sobre sus propias dimensiones. Todos nuestros actos, sostiene Cioran, desde la respiración hasta la fundación de imperios o de sistemas metafísicos, derivan de una ilusión sobre nuestra importancia.

A pesar de que nadie ha encontrado un fin válido a la historia, todo el mundo ha puesto toda su esperanza en alguno. La filosofía, por ejemplo, serviría de refugio, junto a sus ideas anémicas y negadoras de la exuberancia, las que terminan corrompiendo la vida. De aquí deriva la crítica de Cioran a la filosofía, en la medida que esta elude la existencia con explicaciones racionales, dejando fuera el dominio de la pasión, la que realmente nos devela el vértigo de la existencia. Es cuando nos libramos de la tiranía de las ideas fijas que comienza nuestra ruina, comenzando a valernos rodo lo mismo. Este es el precio que se paga por pisotear todas las convicciones.

¿Qué le queda ahora a la filosofía? Para Cioran su labor debería ser la de la prostitución; desprendida de todo y abierta a todo, compartiendo el humor y las ideas del cliente, cambiando de tono y de rostro en cada ocasión, dispuesta a ser triste o alegre, permaneciendo indiferente, prodigando suspiros por interés comercial. Carecer de convicciones y estando al margen de la sociedad, tal es la enseñanza de la prostitución, aceptando y negando todo. Y es que para existir debemos dar marcha atrás e integrarnos en la farsa o aceptar las consecuencias de una condición separada, la cual implica una sobreabundancia de tragedia, todo como efecto de una mayor libertad.

Esta “verdad”, nos dice Cioran, solo se vislumbra en los momentos en los que los espíritus, olvidados del delirio constructivo, se dejan arrastrar por la disolución de las morales, de los ideales y de las creencias. En ese momento se favorece el repliegue sobre sí mismo, comenzando así también el drama del individuo, esto es, su gloria y declinar, aislándose del correr utilitario de la vida y emancipándose de los fines objetivos.

Bautizando las cosas y los sucesos, nos dice Cioran, eludimos lo Inexplicable, permitiéndonos circular por una realidad dulcificada y más confortable. La reflexión se fuga así de la existencia, pues cuando se está en ella, sin la compañía de las palabras, se redescubre el universo no clasificado, esto es, el objeto puro y el acontecimiento desnudo. En este sentido, Cioran destaca que nuestras desdichas las soportamos gracias a la abstracción, que, durante largo tiempo, impidió muestro hundimiento. ¿Qué fue lo que hizo sino Adán una vez expulsado del paraíso? Pues bautizar las cosas, ya que la única manera que se tiene para acomodarnos a ellas, es a través del sometimiento al lenguaje que las describe

Eduardo Schele Stoller.

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Cortázar y la filosofía de Rayuela

Como toda gran obra literaria, Rayuela contiene un gran trasfondo filosófico. El análisis que aquí se propone sigue el orden saltado de capítulos que propone el mismo Cortázar, el cual muestra, a mi juicio, la esencia filosófica de la obra, la que girará en torno al cuestionamiento de la realidad, su absurdo y el lenguaje que utilizamos para dar cuenta de ella.

Horacio Oliveira, personaje central de la obra, parte haciendo una crítica al lenguaje de la literatura, donde todo no es más que escritura, es decir, fábula, al igual que a las conformistas verdades a las que llegamos a través de ellas. Oliveira pretende ir más allá de las técnicas puramente descriptivas, de las novelas del comportamiento, que no hacen más que enmascarar la acción. Detrás de cada acción hay protesta, pues en todo acto se admite una carencia, de algo no hecho todavía y que es posible hacer, la protesta tácita frente a la continua evidencia de la falta, de la merma, de la parvedad del presente. Valía más renunciar, porque la renuncia a la acción era la protesta misma y no su máscara.

A Oliveira se le reprocha constantemente su manía por pensar demasiado las cosas, por la necesidad de que la reflexión deba preceder siempre a la acción. La Maga, su pareja en Francia, lo increpa diciéndole que es como un testigo, como el que va al museo y mira los cuadros. Los cuadros están ahí, cerca y lejos al mismo tiempo. Los demás no son más que cuadros para él. Cree estar, pero en realidad no está. Mira, pero no está. Oliveira representa así al filósofo, que contempla la vida como quien está en un museo, viendo las escenas y fenómenos como cuadros, todo esto desde fuera. A esto se le suma la disconformidad, la sensación de falta, de que si, por ejemplo, esta leyendo algo, se pierde en ese instante de leer otras cosas.

Esta sensación de ausencia y carencia cotidiana hacían entrañar en Oliveira una profunda sensación de soledad. Por esto quería traer de su lado a la Maga, mediante sus juegos, sacrificios e, incluso, ritos sexuales. Si el camino no iba por la razón, el lenguaje y el pensamiento, quizás debía procurarse, entonces, inventar pasiones nuevas, tal como promoviera Nietzsche. La verdadera creencia está para Oliveira entre la superstición y el libertinaje, rechazando de paso todo lo que huela a idea recibida, a la tradición, a estructura gregaria basada en el miedo y en las ventajas falsamente reciprocas. Oliveira solo acepta de hombres y mujeres la parte que no ha sido plastificada por la superestructura social, aunque el mismo reconozca que también tiene el cuerpo metido en ese molde.

Pero esto genera sentimientos contradictorios en Oliveira, pues, a pesar de gozar viendo la vida desde fuera, también añora la experiencia del otro lado. De allí su obsesión con la Maga; la quiere porque no es suya, porque está del otro lado. Le atormenta su amor que no le sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, ya que él puede sostenerla a ella en un extremo, pero ella a él no del otro lado. Oliveira quiere un amor pasaporte, un amor que le sirva de llave para pasearse de lado a lado. Es en este marco que la lectura de Morelli .escritor que analizan los amigos de Oliveira- se vuelve esencial. Para él, la vida es como un comentario de otra cosa que no alcanzamos y que está ahí al alcance del salto que no damos. La vida sería un ballet sobre un tema histórico, una historia sobre un hecho vivido, un hecho vivido sobre un hecho real. La vida es el proxeneta de la muerte. Morelli veía en la narrativa contemporánea un avance hacia la mal llamada abstracción. La novela que a él le interesa no es la que va colocando los personajes en la situación, sino la que instala la situación en los personajes.

Oliveira comparte esta crítica a las ideas generales, a la abstracción (nominalismo). Pero al desnudarse de ellas, cae como víctima de la cosidad, es decir, es patológicamente sensible a la imposición de lo que lo rodea, del mundo en que se vive. Le revienta la circunstancia, le duele el mundo. La misma Maga se da cuenta de esto, al indicarle que busca algo que no sabe lo que es, que tiene miedo, que quiere estar seguro de algo. Por su parte, Oliveira le reprocha a la Maga lo mucho que le cuesta captar las nociones abstractas, tales como las de unidad y pluralidad, pues todo debe sentirlo a través de ejemplos. Le recrimina que su vida no es una unidad. Ella reconoce que no, que solo son pedazos, cosas que le fueron pasando. Al carecer de metafísica, no podía compartir la angustia que le pesaba tanto a Oliveira, quien, además, se negaba al fácil estupefaciente de la acción colectiva para no pensar. Oliveira se sentía descolocado, sujeto a una excentración con respecto a una especie de orden que era incapaz de precisar. Se sabía espectador al margen del espectáculo, como estar en un teatro con los ojos vendados. Sus amantes no eran más que cómplices en una especial contemplación de la circunstancia.

De su lado, Oliveira ya no puede acostarse con las palabras. Las sigue usando como todos, pero las cepilla incansablemente antes de ponérselas. La Maga logra nadar los ríos metafísicos, mientras que Oliveira, desde fuera, los describe y define. Mientras él los busca desde el puente, ella, sin saber, los nada. No necesita saber, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga. Para igualarla, Oliveira debería vivir de otra manera, vivir absurdamente para acabar con el absurdo. Y es que el hombre pareciera no ser más que lo busca ser, proyecta ser, manoteando entre palabras y conducta. En Morelli esto se traducía en darse vuelta al modo de un guante, de manera de recibir un contacto con una realidad sin interposición de mitos, religiones y sistemas, ya que esta realidad no es ninguna garantía para nadie, salvo que se la transforme en concepto, y de ahí en convención, en esquema útil.

Nuestro egocentrismo es una creencia fundada en el terror, una necesidad de afirmar lo que nos rodea para no caernos dentro del embudo. ¿Por qué hemos tenido que inventar el Edén, vivir sumidos en la nostalgia del paraíso perdido, fabricar utopías, proponernos un futuro? Pues para tranquilizarnos. Lo absurdo, en este sentido, no son las cosas; lo absurdo es que las cosas estén ahí y las sintamos como absurdas. La razón solo nos sirve para disecar la realidad en calma, o analizar sus futuras tormentas, nunca para resolver una crisis instantánea.

Los cercanos a Oliveira suelen reprocharle que no hace más que buscar, pero llevando ya en el bolsillo lo que anda buscando, haciendo todo lo posible para que las cosas le renuncien. Para abrir un agujero hay que ir sacando la tierra y tirarla lejos. La ambición de Oliveira es la de la tabla rasa, una vuelta a empezar, pues ya le parecía monstruoso, inhumano, tener que tolerar el orden y regularidad del universo. Solía maginar, en cambio, un universo plástico, cambiante, lleno de azar, elástico. Aquí se critica a los surrealistas, quienes se colgaron de las palabras en vez de despegarse brutalmente de ellas. “Lenguaje” quiere decir residencia en una realidad, vivencia en una realidad. Aunque sea cierto que el lenguaje que empleamos nos traiciona, no basta con querer liberarlo de tabúes, hay que revivirlo, no reanimarlo. No se puede revivir el lenguaje si no se empieza por intuir de otra manera. Del ser al verbo, no del verbo al ser. Si seguimos utilizando el lenguaje en su sentido corriente, con sus finalidades corrientes, nos moriremos sin haber sabido el verdadero nombre del día.

Nos venden la vida, nos la dan prefabricada. ¿Para qué sirve un escritor sino para destruir la literatura? Lo que Morelli busca es quebrar los hábitos mentales del lector. Pero para esto, la denuncia no se puede hacer dentro del sistema al que pertenece lo denunciado. Por eso el escritor tiene que incendiar el lenguaje, acabar con las formas coaguladas e ir más allá, poner en duda la posibilidad de que este lenguaje esté todavía en contacto con lo que pretende mentar. No ya las palabras en sí, sino la estructura total de una lengua, de un discurso. Lo que el persigue, señala Oliveira, es absurdo en la medida en que nadie sabe sino lo que sabe, una circunscripción antropológica. Los problemas se eslabonan hacia atrás, es decir, lo que un hombre sabe es el saber del hombre.

Todo esto es lo que representa la rayuela. En lo alto de esta tenemos el cielo. Abajo, la tierra. Es muy difícil llegar con la piedra al cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. El dibujo, la rayuela en general, puede representar aquí los límites del lenguaje. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para saltar las diferentes casillas, hasta que un día se aprende a salir de la tierra y remontar la piedra hasta poder entrar en el cielo. Lo malo, reconoce Oliveira, es que justamente a esa altura se acaba la infancia y, con esto, se alcanza la cúspide del lenguaje; la metafísica. Es aquí cuando se cae en la angustia y en la especulación de otro cielo al que también hay que aprender a llegar, olvidando todo lo que se necesitó para llegar a este cielo; una piedra y la punta de un zapato. El peligro de llegar al cielo es dejar de moverse en lo continuo (como hacía la Maga), para pasar a sentir la discontinuidad vertiginosa de la existencia y conseguirse percibir con la mirada simplificadora de la costumbre. Todo pasa a descomponerse ahora en fragmentos, que se fragmentan a su vez cada vez más. Ya nada se consigue captar por medio de una noción definida.

Una vez en el cielo de la rayuela, siendo consciente del lenguaje, sus límites y construcciones, pareciera, señala Oliveira, que algo nos utiliza para hablar. Se produce aquí la sensación de que el cuerpo se queda tras de sí y que empieza a andarnos mal, que nos falta o que nos sobra. El alma, especula Oliveira, empujó quizás al hombre en su evolución corporal, pero se cansa de tironear y sigue sola adelante. Se rompe el alma porque su verdadero cuerpo no existe y la deja caer. Y es que el mismo cuerpo puede concebirse como creación del alma y de su lenguaje.

Todo esto lo ilustró muy bien Morelli, quien completó una página de su obra con la frase “en el fondo sabía que no se puede ir más allá porque no lo hay”. La frase se repite dando la impresión de un muro, de un impedimento, de chocar contra una barrera tras la cual no hay nada. Pero en una de las frases, advierte Oliveira, falta la palabra “lo”. Un ojo sensible descubre el hueco entre los ladrillos, la luz que pasa. Esta ultima idea nos puede decir mucho. A pesar de las limitaciones y arbitrariedades constatadas en el cielo de la rayuela, esto es, en los límites del lenguaje, no podemos evitar intentar seguir subiendo, imaginando y creando otros cielos, pues la tierra, la tan común y tradicional tierra, ya no nos basta como para volver. De allí que Oliveira, a pesar de su intento de crear puentes mediante personas que habitaban allá abajo, en realidad no le interesaba volver, sino que pretendía que los demás subieran donde él estaba. A pesar de los absurdos de la metafísica, es un absurdo superior al del sentido común. No por nada se encuentra en el cielo de la rayuela.

Eduardo Schele Stoller.

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El lenguaje inclusivo a partir de la filosofía de Frege

Frege aclara que la igualdad es una relación entre nombres o signos de objetos. Lo que se quiere decir con a = b es que los signos o nombres “a” y “b” se refieren a lo mismo. Pero esta relación existiría entre los nombres o signos únicamente en la medida en que éstos denominan o designan algo. Sería una relación inducida por la conexión de cada uno de los signos con la misma cosa designada. Tal conexión, señala Frege, es arbitraria.

Además de lo designado, la referencia del signo va unido con lo que Frege denomina como el “sentido” del signo, en el cual se halla contenido el modo de darse. Por ejemplo, la referencia del “lucero vespertino” y de “lucero matutino” sería la misma (Venus), pero el sentido no. La designación de un único objeto puede estar compuesta de varias palabras u otro tipo de signos. Las palabras “el cuerpo celeste más alejado de la Tierra” tienen un sentido; pero no tiene referencia clara. Por el hecho de que se conciba un sentido, no se tiene con seguridad una referencia.

De la referencia y del sentido de un signo, sostiene Frege, hay que distinguir la representación a él asociada. Si la referencia de un signo es un objeto sensiblemente perceptible, la representación que yo tengo de él es entonces una imagen interna formada a parir de recuerdos de impresiones sensibles que he tenido, tanto internas como externas. Tal imagen, impregnada de sentimientos, es de claridad diversa y vacilante. No siempre, ni siquiera en la misma persona, está unida la misma representación al mismo sentido. La representación, señala Frege, es subjetiva, pues la representación de uno no es la de otro, dándose múltiples diferencias entre las representaciones asociadas a un mismo sentido. Se diferencia así la representación del sentido del signo, el cual puede ser propiedad de muchos, por tanto, el sentido no es parte o modo de la mente individual, pues, no se puede negar, según Frege, que la Humanidad tiene un tesoro común de pensamientos que se transmiten de una generación a otra. En la representación hay que añadir a quién pertenece y en qué momento. Pero esto no impide que dos personas puedan concebir el mismo sentido.

Por último, Frege nos dice que todo enunciado contiene un pensamiento. Si en un enunciado sustituimos una palabra por otra de misma referencia, pero de distinto sentido, esto no tendrá efecto sobre la referencia del enunciado. Sin embargo, lo que cambia es el pensamiento. Por ejemplo, entre los enunciados “el lucero matutino es un cuerpo iluminado por el sol” y “el lucero vespertino es un cuerpo iluminado por el sol” la referencia es la misma (Venus) pero el pensamiento no. El pensamiento no es así la referencia de un enunciado, sino que su sentido.

La pregunta con respecto al lenguaje inclusivo sería entonces ¿Qué importa más: la referencia, el sentido o la representación? Si la respuesta es la referencia, esto es, dar cuenta da la totalidad de seres humanos, sin importar su género, la palabra “todos” ya cumple tal propósito, por lo que sería innecesario incorporar cualquier tipo de palabra alternativa (todos (a) = seres humanos (b)). Misma suerte corre su sentido, pues, tradicionalmente se ha asociado indistintamente tanto para hombres como mujeres.

El problema gira en torno a la representación, es decir, a un conflicto ideológico para ciertos grupos cuyos pensamientos difieren al de la cultura y la tradición. Desde tal ideología se ven las palabras bajo otros sentidos y referencias. En este plano, todo tipo de nuevas propuestas y reformulaciones al lenguaje son válidas. Como señalaba Frege, no se le puede prohibir a nadie tomar nuevos signos para designar algo. Y es que, en el fondo, las relaciones de igualdad entre signos son arbitrarias, esto es, no se refirieren a las cosas mismas, sino solo a nuestros modos de designación. No obstante, la aceptación de estas nuevas propuestas no pasará por un convencimiento ideológico o de orden cualitativo. Será en la masificación del uso de nuevos términos y sentidos que el lenguaje pueda variar. Solo allí la representación se impondrá sobre el sentido habitual.

Eduardo Schele Stoller.

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