Imaginismo Literario: otra mirada de la Vanguardia latinoamericana

Como es sabido, la Vanguardia literaria latinoamericana centró las bases de su propuesta en la idea de sustentar la creación artística en la materialización de una actitud provocadora, que desmarcara a las obras de todo aquello que restringiera la libertad individual en su proceso de creación. De este modo, cada género fue incursionando en la búsqueda de nuevas formas de expresión que tributaran a este afán rupturista inspirado por una esencia contracultural.

En el caso de la narrativa, los relatos comenzaron a orientarse hacia la profundización en el mundo interior de los personajes, reduciendo los espacios y acotando la descripción de estos a lo estrictamente referencial. El acento fue puesto entonces, en la narración desde múltiples puntos de vista acerca de los estados del alma de quienes habitaban esos lugares, cargando dichos ambientes de una connotación reflexiva volcada hacia el mundo de las ideas y disociada, hasta cierto punto, del mundo de los acontecimientos.

A fines de la década del 1920, y en medio de una álgida polémica desatada por ciertas voces del mundo literario de ese entonces que defendían a ultranza las ideas de un alicaído criollismo, surge en Chile una nueva estética denominada Imaginismo Literario. Su propuesta: la superación de ideas realistas y naturalistas centradas en la descripción detallada y minuciosa de la realidad social y el reemplazo de estas por una estética en la que predominara el uso de un lenguaje sencillo, preciso y a la vez poético, despojado de la complejidad críptica empleada por otros vanguardistas, mediante el cual se describiera el espacio de la urbe y también la experiencia vital de los seres atrapados en su vertiginosa cotidianeidad.

Entre connotados autores que hicieron eco de esta propuesta,  destaca la figura de Salvador Reyes, quien se erige como líder natural de este grupo, llegando a ser considerado como uno de los precursores de la Vanguardia Literaria en Chile.

Su obra, centrada en temáticas vinculadas a las nacientes ciudades del Chile de inicios del siglo XX, se focaliza en la construcción del imaginario de los puertos como el espacio en el que comenzaba a delinearse el perfil de un mundo que, revestido de una aparente prosperidad, ocultaba aspectos de la vida humana que, hasta entonces, la literatura no se había detenido a abordar.

De este modo, en su novela Valparaíso puerto de nostalgia de 1939 (publicada originalmente bajo el título de Piel Nocturna), Salvador Reyes nos inserta en un universo narrativo vinculado al concepto de lo “fantástico social” en el que se abordan y relevan las experiencias sensoriales de los personajes respecto de la vida y del mundo y no el rol funcional que dichos seres cumplen dentro de él.

De esta forma, el autor nos conduce, mediante un tratamiento del tiempo lineal y vertiginoso, hacia el mundo interior de quienes protagonizan sus historias, dejándonos ingresar no sólo en su hacer sino también en el modo que estos tienen de significar su existencia.

Así, los personajes de esta novela (marinos, mujeres de alta sociedad y empleados de oficina) transitan entre el espacio material del puerto, que representa la cotidianeidad y el hastío que ello supone, y un espacio indeterminado denominado “El Club” que representa una vida otra, en la que estos pueden despojarse de las máscaras que su lugar en el mundo les ha otorgado y abandonarse a su naturaleza genuina con todos los efectos que lo anterior implica.

En el espacio nocturno de “El Club”, desaparecerán entonces los prejuicios y las categorizaciones sociales, respirándose un aire de horizontalidad en las relaciones allí forjadas que se esfumarán con sistemática nostalgia en cada amanecer. En este espacio neutro y difuminado por la vida bohemia, se relevan aspectos de una suerte de irrealidad que se centra, fundamentalmente, en materializar el sentir de los personajes a partir de la descripción de sus emociones respecto del mundo y no en función de la experiencia material que estos tienen de él. De este modo, Salvador Reyes, nos permite descorrer el velo de la intimidad de sus creaturas (que en el fondo y en cierta forma nos representan a nosotros mismos), revelándonos su esencia más allá de lo que estos pretenden o aparentan ser, dotándolos de una libertad infinita para dejar fluir su experiencia sensorial del mundo en un contexto epocal en el que dicho ejercicio era considerado casi una quimera.

Teniendo en cuenta lo anterior, es posible concluir que el gran mérito del Imaginismo literario fue, en cierto modo, la idea de reversionar la propuesta original de la Vanguardia, distanciándose de las imágenes simbólicas construidas en sus obras, muchas veces inaprehensibles desde el punto de vista de la percepción, proponiéndonos, en cambio, un pacto de lectura diferente, simple pero también en extremo ambicioso: permitirnos (re)visitar, de vez en cuando, nuestra compleja naturaleza a través de sus personajes, para encontrar en ella lo que en realidad somos, más allá  de los disfraces cotidianos, la brutalidad de la vida y de la inercia que, desafortunadamente, casi siempre nos arrastra y nos arrasa.

Andrea Hidalgo.

El purgatorio de Juan Rulfo

Años antes de que la espectacularidad y los efectos del boom de la literatura latinoamericana trascendiera las fronteras de este continente, el autor mexicano Juan Rulfo (1917-1986) publicaba un compendio narraciones que, sin sobrepasar las doscientas páginas, se transformaría en uno de los pilares más sólidos e indelebles de la tradición literaria contemporánea de este lado del mundo.

Luvina, cuento inscrito en el marco de la primera obra de este autor, El llano en llamas (1953), es quizás uno de los relatos que mejor incuba el germen que permitiría instalar, al interior de las obras literarias, una suerte de perfecta correlación entre la realidad histórica y la realidad mítica del continente lo que, años después, se convertiría en el sello característico de toda una generación de autores cuyos nombres  aún resuenan con fuerza cuando de evocar la tradición literaria se trata, al menos en estas latitudes.

La historia de Luvina es simple, sin artificios, basada en el diálogo/monólogo de un personaje quien, a través de su relato, va desplegando la construcción del real protagonista de sus líneas, uno que no fue construido a partir de su psicología o de sus acciones, ni mucho menos a partir de sus dichos, uno que permanece quieto y mudo dejando que su sola existencia desate el devenir de los acontecimientos.

En Luvina quien protagoniza el relato es el espacio, dando luces respecto del desarrollo de la trama, connotando y poblando el mundo presentado. El narrador sólo es un puente que, impulsado por el ambiguo y engañoso sesgo del recuerdo, nos sumerge en la soledad y devastación de un lugar que pareciera estar suspendido en el tiempo.

El pueblo se encuentra situado en medio de montañas, en un lugar seco y hostil en el que sólo el viento pareciera sentirse a sus anchas y en el que lo más parecido a la esperanza es la muerte. Luvina es un lugar de tránsito, habitado sólo por viejos, mujeres y también por los que no han nacido. Los hombres que allí se hicieron tales, van y vienen una vez al año (como si fuese un ritual) llevando y trayendo provisiones a quienes que se quedaron y sembrando hijos a los que nunca verán crecer porque no volverán allí jamás. Esos hijos, cuando crezcan, también se irán, mientras los que se quedan permanecerán detenidos en el tiempo sentados en las puertas de sus casas mirando cómo el sol sale y se pone todos los días, todos los años, del mismo modo, sin fin.

Este relato recoge y sintetiza la pérdida del sueño, la soledad y el abandono de una Latinoamérica distante de las grandes urbes y del mundo que en ellas se vive, ese que avanza frenético y vertiginoso en pos de la materialización del progreso y la consolidación fallida de una modernidad que, en realidad, nunca llegó del todo. El retrato del continente que en este relato se dibuja, es el del mundo rural, abandonado a su suerte, marginalizado por la avasalladora geografía y por el precario acceso a las oportunidades de desarrollo social y cultural de quienes forman parte de él.

La historia de este universo construido en pocas líneas por Juan Rulfo bien puede interpelarnos, en el contexto de nuestro presente, a pensarnos más allá de la creciente, pretendida y falsa identidad que nos hemos abocado meticulosamente a construir como sociedad latinoamericana durante las últimas décadas. Ese autoconcepto erróneo que nos hace creer que hemos superado nuestras problemáticas a fuerza de adopciones de modelos foráneos que no han hecho más que diluir la verdadera esencia de lo que en realidad somos.

Los habitantes de Luvina no son otra cosa que pálidos reflejos de nosotros mismos, transitando de modo errático en busca de una identidad con la cual, como latinoamericanos, quizás no tengamos reales deseos de encontrarnos, porque la verdad es que no nos parecemos al resto del mundo, pero mientras seamos incapaces de asumirlo y de ser conscientes de ello, seguiremos como los personajes de esta historia, detenidos en nuestro propio purgatorio, atrapados en el límite difuso entre la realidad y lo imaginario, en el espacio indeterminado de un no lugar sin tiempo.

Andrea Hidalgo.

El reverso de Macondo

No es lo mismo hablar o escribir sobre Macondo

                                              que vivir en Macondo…

(E. Volek)

Sin lugar a dudas, la década de 1960 puede considerarse como uno de los períodos más fecundos en la historia reciente de la literatura producida en América. Esto, porque en dicho momento, confluyeron sin haberlo imaginado ni mucho menos concertado, autores que, a poco andar, adquirirían relevancia y notoriedad inusitadas en su contexto epocal y también en las décadas sucesivas.

Este célebre conglomerado de escritores, dio origen a la ya mítica generación del boom, esa conformada por artistas cuyos nombres resuenan con fuerza en nuestra memoria aun cuando ya ha transcurrido más de medio siglo desde su aparición. Esa generación cuya obra se transformó (casi involuntariamente) en una de las exportaciones “no tradicionales” de mayor impacto en otras latitudes.

El sello de esta propuesta literaria estuvo centrado en dos grandes líneas temáticas y estilísticas: la primera, vinculada a obras focalizadas en el abordaje de problemáticas relativas a dilemas y conflictos del ser humano y el accidental descubrimiento de su propio ser mediante procesos reflexivos intensos. La segunda, asociada a un tinte marcadamente localista en la que se relevaron aspectos y temáticas tendientes a definir y delinear la identidad latinoamericana valiéndose, para ello, de la idea de acentuar en sus obras aspectos propios de la fusión entre elementos de la realidad histórica y también del imaginario mítico del continente.

En esta última vertiente de las obras producidas por los autores de este grupo generacional, destaca la novela Cien años de soledad (1967) del autor colombiano Gabriel García Márquez, que se erige como una suerte de declaración de principios respecto del giro temático y estilístico que, para muchos, definiría la identidad de la literatura producida en América durante varias décadas.

El fenómeno asociado al impacto que generó esta novela, no se restringió tan solo al ámbito de la literatura, sino que consiguió traspasar los límites de lo artístico contribuyendo en la construcción de un imaginario colectivo peligrosamente estereotipado respecto de este continente.

De este modo, las aventuras y desventuras de la familia Buendía y la incuantificable cantidad de sucesos ocurridos en el particular pueblo de Macondo, se convirtieron para los lectores del resto del mundo, en una suerte de alegoría de la historia de cualquiera de los países de América. Una historia plagada de hombres que conquistaban territorios con fines aparentemente altruistas y de mujeres relegadas a ocupar el lugar de “seres sensibles”, conectadas con la fuerza misteriosa de la naturaleza quienes, dotadas de un sinfín de atributos mágicos, permitían establecer el equilibrio perfecto entre civilización y barbarie dentro de este particular universo.

A partir de esta escenificación de América, para inicios de la década de los 70, el continente era percibido por el resto del mundo, como una suerte de espacio mítico con leyes propias y singulares condiciones que lo situaban en una especie de esfera paralela, distante de afanes civilizatorios y desconectada de la realidad circundante.

Así las cosas, no fue tarea fácil para la literatura de las décadas siguientes, sacudirse el estigma del realismo mágico ni mucho menos declararse disidente de tan “entrañable fórmula literaria”. Sin embargo, transcurrido el tiempo y también la historia, muchos de los autores que crecieron al alero de esta mitificada concepción de América, sintieron la necesidad de reformular el imaginario tan prolijamente construido por los artistas del boom, e instalar nuevos paradigmas en el que quedaran al descubierto otros aspectos de la idiosincrasia del continente.

De este modo, la literatura en América transitó desde una visión en extremo romantizada de la precariedad, hacia la construcción de otras visiones acerca de nuestra sociedad, alegorías nuevas en las que las historias narradas se aventuraron a presentar temas que, durante décadas, fueron bien guardados debajo de la alfombra.

Trabajos del reino (2003) del autor mexicano Yuri Herrera es una de estas obras. Novela breve clasificada dentro del género de literatura de frontera, en la que el autor construye un relato que bien podría considerarse como el reverso de Macondo. Una alegoría en la que personajes en extremo estereotipados, dejan al descubierto el modo en que se vive en América en las clases populares, la marginalidad de las etnias y los intentos de acceder a una vida mejor, aunque ello, paradojalmente, implique transgredir los límites de la propia dignidad.

En Trabajos del reino (al igual que en Cien años de soledad) también existen revoluciones, patriarcas y caudillos, sin embargo, el foco de su lucha no está articulada en pos de afanes pacificadores sino más bien, tributa a intereses individuales asociados con la sobrevivencia, la obtención de riquezas y la conquista del poder.  De este modo, el reino en que se desarrolla la acción se organiza en función de analogizar con un mundo que representa a una América profundamente desgarrada por la pobreza, la falta de oportunidades y en la que predomina la violencia y el abuso.

Así, en Trabajos del reino los hombres no luchan por asentar en su entorno el conocimiento y el progreso sino más bien velan por monopolizarlos para, de esa manera, perpetuar y asegurar su poder personal. Las mujeres tampoco ascienden a los cielos en vida como Remedios la bella, sino que mueren a manos de hombres que alguna vez dijeron quererlas. Como latinoamericanos la historia, a momentos, nos resulta sobrecogedora y tristemente familiar.

Sin duda la de Yuri Herrera es otra América, alejada de la magia y los rituales atávicos que hicieron tan célebres a los autores del boom y que consiguieron endulzar suavizar artificiosamente nuestra miseria y precariedad. La de Yuri Herrera es una América distinta y brutal que ciertamente, dará pie a la construcción de otros estereotipos y también de nuevos prejuicios pero que, indefectiblemente, posee el mérito de conectarnos con la realidad del lugar del mundo del que provenimos de modo fidedigno, sin más recurso ni pretensión que dejar al descubierto aquellos aspectos de nosotros mismos sobre los cuales, como sociedad, aún nos queda mucho por reflexionar.

Andrea Hidalgo.

El vuelo sin orillas de la Vanguardia Latinoamericana desde los ojos de Oliverio Girondo

El influjo y la trascendencia en la génesis de la construcción de la Vanguardia como ideario estético, surge a partir de la necesidad de los artistas de esos años de fracturar el pasado y la tradición artística heredada de los siglos XVIII y XIX.

A juicio de estos “nuevos creadores”, hasta antes de la vanguardia, la literatura y el arte en general tributaban a una función más bien utilitarista y sociológica reduciendo su sentido a la intención de retratar de modo innecesariamente fidedigno, costumbres, vicios y virtudes del ser humano con la única finalidad de analizar la relación de correspondencia (mimetizada al extremo) entre arte y vida.

Considerando que la Vanguardia, como fenómeno de transformación artístico y cultural, trasciende fronteras, extendiendo sus alcances desde Europa occidental hasta Latinoamérica de modo simultáneo (escindiendo con ello por vez primera la máxima establecida desde la tradición) es que resulta interesante analizar el modo en que su propuesta se materializa en obras literarias que pretenden dar cuenta de las intenciones renovadoras de autores que abrazaron ese ideario.

Dentro de este grupo alentado por la disidencia, el poeta argentino Oliverio Girondo visibiliza esta urgencia renovadora mediante la creación de obras marcadas por un profundo tono existencialista donde la agudeza crítica de sus escritos opera como una suerte de testimonio de las profundas transformaciones que, para este momento de la historia, se desplegaban en el proceso de deconstrucción del orden histórico y social hasta entonces conocido.

Resulta inevitable entonces puntualizar, que la obra  de Oliverio Girondo es considerada como uno de los antecedentes literarios que marcan el inicio del movimiento vanguardista latinoamericano que proponía, en el caso particular de la lírica, la disolución de los versos retóricos a través de una depuración del lenguaje empleado en las composiciones que estableciera una suerte de relevación de lo necesario en el poema por sobre el afán de representar el mundo  mediante  un cúmulo de elementos accesorios.

A consecuencia de lo anterior, la lírica vanguardista se centró particularmente en temas distanciados de los lugares poéticos comunes para focalizarse en la introspección subjetiva del “yo lírico”, entendido este como sujeto en conflicto permanente con su individualidad y también con su contexto vital. De este modo, la poesía, según la concibe y la propone Girondo, debe internarse en recodos de la existencia humana que dejen al descubierto la posición del hombre en el contexto de un mundo desmantelado por la acción demoledora de la modernidad en el cual este debe, forzosamente, resignificarse desde una experiencia vital propia, distanciada de los márgenes establecidos por un ideario social fracasado.

Apoyado en esta suerte autoconcepto generacional, el autor escogerá lugares comunes para situar en ellos sus reflexiones, destacándose entre estos escenarios el espacio de la urbe que sintetiza, en algún grado, la angustia y el desencanto por la herencia que dejaron a esta generación los ideales fallidos de la modernidad.

A partir de lo anterior, la ciudad será concebida desde una sensación de extrañamiento por parte del artista, como un espacio de no pertenencia aunque se habite en ella, un lugar otro que funcionará como una suerte de escenificación de un mundo ajeno, que conduce al ser humano hacia  la inclinación por  una actitud existencialista frente a la idea de transformación y desmantelamiento de aquello que, en el pasado, le fuese rutinario y familiar.

Así es como en Vuelo sin orillas (uno de los primeros poemas de este autor), Girondo construye una situación inicial que posiciona al hablante desde una actitud reflexiva y nostálgica que da cuenta de la decisión de este de desprenderse de aquello que, en algún momento le fue familiar y propio, pero que, desde su presente, le resulta ajeno.

Es posible distinguir en esta obra, una selección de términos que refiere a espacios y circunstancias vitales vinculables con la cotidianeidad del funcionamiento de un contexto urbano y que contrastan con el deseo y la voluntad del hablante de desapegarse de este “para salir volando/ desesperadamente”. Este enunciado contiene , a su vez, la representación del mundo que pretende evidenciarse mediante el poema, remitiendo a la construcción de una alegoría que hace referencia a la idea de liberarse de un entorno en ruinas a través del ejercicio imposible para el ser humano de emprender el vuelo. Es precisamente en esta imposibilidad, en lo que radica el tono nostálgico y desesperanzado de la obra, pues la idea del escape mediante el vuelo se instala, a lo largo del texto, como una representación del deseo de libertad que, al verse truncado por condicionantes inherentes a la naturaleza humana, se vuelve una utopía.

Avanzado el texto, es posible distinguir una tendencia hacia la progresión en cuanto al modo de describir el vuelo que el hablante adopta, dando cuenta de que el ejercicio de escapar de su contexto, lo hace iniciar un tránsito amargo por espacios que, en otro tiempo sintió propios, y que, desde su presente, le resultan agobiantes

La resignificación del mundo presentada a través de cada verso da cuenta de un universo desmantelado (fracturado, roto) por el que el hablante se desplaza a partir del vuelo emprendido que, a su vez, alegoriza el deseo de desprenderse de todo aquello que represente un obstáculo para una rearticulación de su propia existencia.

La recurrencia de expresiones sinestésicas que aluden a sensaciones corporales descritas, traspasan al lector la experiencia sensorial de vivenciar el sentimiento de imposibilidad de concretar lo que se anhela aun cuando se persiste en la intención de lograrlo, permitiendo así la apropiación estética de la obra desde la percepción y también desde la experiencia vital de quien la recepciona.

Por otra parte, y vinculando a la obra con su contexto de producción, es posible reconocer en el poema la idea de testimoniar mediante cada verso, el deseo de desvincularse de la concepción que se tuvo del arte durante siglos emprendiendo, para ello, un vuelo desesperado conducente a la comprensión de la realidad desmarcada de representaciones especulares de esta y centrada, en cambio, en su resignificación.

Considerando este enfoque, Vuelo sin orillas bien podría entenderse como una suerte de manifiesto del espíritu y los afanes que motivaron a los artistas de esta línea estética a generar canales de expresión mediante los cuales pudiesen otorgar nuevos sentidos a sus creaciones. Tal vez sea esto último lo que hace que la lente de Girondo entonces, no se agote en la mezquindad de dejarse ajustar por su propio dueño sino más bien permita que esta funcione como un espacio abierto a las regulaciones, filtros y enfoques que el lector se anime a realizar desde su propia capacidad interpretativa dando espacio, de este modo, a que cada uno pueda descender por fin en sus propias orillas.

Andrea Hidalgo.