El anarquismo epistemológico de Feyerabend

La ciencia para Feyerabend no presenta una estructura ni elementos que se presenten en cada desarrollo científico, ya que en la resolución de problemas los científicos utilizan diversos tipos de procedimiento, no habiendo, por tanto, una sola “racionalidad científica”[1] que pueda considerarse como guía para cada investigación. El científico se sirve tanto de experiencias anteriores, sugerencias heurísticas, concepciones de mundo, disparates metafísicos, restos y fragmentos de teorías abandonadas para su investigación.

Similar a lo que ocurre en el arte, la ciencia no se refiere a una realidad objetiva, sino que es solo una forma más de representarla. La ciencia, destaca Feyerabend, cuenta como una herramienta, entre muchas otras, de acercamiento a la realidad. El que domine una forma de contemplar la naturaleza no implica que hemos alcanzado la realidad. Otras formas de realidad no tienen (provisionalmente) consumidores, amigos o defensores. Feyerabend considera así que arte y ciencia se asemejan a la hora de abordar el problema de la realidad, pues hay todo tipo de reglas empíricas que ayudan en el intento del avanzar científico, siempre dependientes de los objetos de estudio y de las circunstancias, tanto sociales como subjetivas (deseos)[2]. Considera a la ciencia como una empresa esencialmente anarquista, lo cual , a su juicio, facilitará a su vez el progreso de la misma[3].

Según Feyerabend, el único principio metodológico deseable es el “todo sirve”. El resto de reglas es necesario que sean infringidas para que haya progreso[4].  Esta práctica, de ignorar o adoptar reglas opuestas, es razonable y necesaria para el desarrollo del conocimiento. El anarquismo estimula así el progreso. Es en este contexto que Feyerabend propone un “método” para proceder de esta manera; la “contrainducción”, que consiste en hacer uso de hipótesis que contradigan teorías bien confirmadas y resultados experimentales establecidos, es decir, oponiendo “contrarreglas” a las reglas ya establecidas en la empresa científica.

Feyerabend concibe el conocimiento como un océano siempre en aumento de alternativas incompatibles entre sí, tal vez inconmensurables, en donde cada teoría, mito y cuento de hadas contribuye por medio de un proceso competitivo, al desarrollo del conocimiento. Esta evaluación no puede proceder desde dentro, sino que se requiere de un crítica externa, de un conjunto de supuestos alternativos, ya que la libertad de la experiencia del teórico no se remite solo a los hechos, sino que está restringida por la tradición en la que trabaja, por sus creencias, prejuicios, idiosincrasia personal, el aparato formal disponible, la estructura del lenguaje que habla y un conjunto de creencias metafísicas.

La evidencia experimental no consta solo de hechos puros y simples, sino también de hechos analizados, modelados y construidos de acuerdo a alguna teoría. Con esto, Feyerabend rechaza el método inductivo, ya que este supone un “principio de autonomía” entre hechos y teorías. Pero el requisito de aceptar solo aquellas teorías que se sigan de los hechos nos dejaría sin ninguna teoría[5], pues, de acuerdo con nuestros presentes resultados, casi ninguna teoría es consistente con los hechos. El material que un científico tiene realmente a su disposición nunca está completamente separado de la base histórica. Así, Feyerabend sugiere que una teoría puede ser inconsistente con la evidencia, no porque no sea correcta sino porque la evidencia esté contaminada[6].

La proliferación de teorías, posibilitada por la contrainducción, es así beneficiosa para la ciencia, mientras que la uniformidad debilita su poder crítico, poniendo en peligro el libre desarrollo del individuo. La no existencia de alternativas teóricas puede producir la apariencia de éxito. Pero al proceder de este modo, tal teoría pasa a convertirse en ideología, ya que si tiene éxito no es porque se corresponda con los hechos, sino más bien porque se han eliminado aquellas teorías que podrían ofrecer una real contrastación. Los resultados observacionales, internos, hablarán siempre a favor de la teoría. Al estar formulados en sus términos, se tendrá la impresión de haber llegado a la verdad.

La base evidencial, la adecuación a lo fáctico y la coherencia son algo producido por la investigación y, por tanto, algo que no puede imponerse como predicción de ella. En este sentido, el éxito solo puede distinguir a un estilo de pensar cuando se poseen ya criterios que determinan lo que es el «éxito». “Verdad”, por ejemplo, es lo que afirma el estilo de pensar que es verdad. La elección de un estilo, de una realidad, de una forma de verdad, incluyendo criterios de realidad y de racionalidad, es la elección de un producto social humano. Es objetiva esta elección solo en el sentido condicionado por la situación histórica, puesto que también la objetividad es una característica de estilo[7].

Producto de lo anterior Feyerabend cree que se diluye la separación entre ciencia y no-ciencia, ya que perfectamente puede ocurrir que el conocimiento de hoy pase a constituir los cuentos de hadas del mañana, y que el mito más ridículo pase a convertirse en la pieza más sólida de la ciencia[7]. La separación de ciencia y no ciencia no solo es artificial, sino que también va en perjuicio del avance del conocimiento[8].

Ahora bien, el anarquismo epistemológico, advierte Feyerabend, difiere tanto del escepticismo como del anarquismo político (religioso), ya que mientras el escéptico desiste de hacer juicios ante puntos de vista  y el anarquista político pretende eliminar cierta forma de vida, el anarquista epistemológico puede desear defenderla, puesto que no tiene ninguna lealtad o aversión eterna hacia alguna institución o ideología[9]. No existe, sostiene Feyerabend, ningún punto de vista, por más absurdo e inmoral que sea, que rehúse considerar o someter a su influencia, como así también no existe ningún método que considere como indispensable. La única cosa a la que se opone es a los criterios universales, tales como el de “verdad” o “razón”.

Eduardo Schele Stoller.

Tratado contra el método: Esquema de una teoría anarquista del conocimiento  (Filosofía - Filosofía y Ensayo) (Spanish Edition): Feyerabend, Paul,  Ribes, Diego: 9788430946082: Amazon.com: Books

[1] Feyerabend iguala a la razón con lo que denomina como otros “monstruos abstractos”, tales como la Obligación, la Obediencia, la Moralidad, la Verdad y los Dioses, ya que todos buscan intimidar y limitar el desarrollo libre y feliz del ser humano.

[2] Esta es la razón por la cual el éxito y el progreso se aplica solo a un periodo de investigación particular.

[3] Es deseable, afirma Feyerabend, mantener una actitud abierta a otras interpretaciones y no restringirnos a la científica, en vista de promover el libre desarrollo de los individuos.

[4] Tal es el caso, por ejemplo, de la Revolución Copernicana, el surgimiento del atomismo o de la teoría ondulatoria de la luz, las cuales ocurrieron, sostiene Feyerabend,  gracias a que algunos pensadores decidieron no someterse a ciertas reglas consideradas como obvias o porque las violaron involuntariamente.

[5] En parte por la imposibilidad lógica ya formulada por Hume.

[6] En relación a esto, Feyerabend destaca que los sentidos por sí solos, sin la ayuda de la razón, no pueden darnos una descripción verdadera de la naturaleza. Si eliminamos todas las interpretaciones eliminaremos conjuntamente la capacidad de pensar y de percibir.

[7] Uno se decide, afirma Feyereband, en favor o en contra de las ciencias exactas como uno se decide, por ejemplo, por el punk rock.

[8] En este sentido, Feyerabend considera que así como es imprudente rechazar teorías defectuosas en el momento de su nacimiento porque podrían desarrollarse y mejorarse, también es imprudente rechazar programas de investigación que vayan cuesta abajo porque podrían recuperarse y conseguir un esplendor insospechado. En consecuencia, no se puede criticar racionalmente a un científico que se adhiere a programa degenerativo y no hay forma racional de demostrar que sus actos son irrazonables.

[9] Conjuntamente, aconseja abolir la distinción entre contexto de descubrimiento y contexto de justificación y entre términos observacionales y términos teóricos. Distinciones que no juegan ningún rol en la práctica científica.

[10] Para ser un auténtico Dadaísta, se debe ser también un anti-Dadaísta.

Kuhn y los paradigmas científicos

Según Thomas Kuhn, un periodo de «ciencia normal» se asienta en el supuesto de que la comunidad científica sabe cómo es el mundo, derivando el éxito de su empresa de la defensa que se haga de dicha suposición. Hechos y teorías científicas no son categorías separables, y esto porque «ciencia normal» significa la investigación basada firmemente en uno o más logros científicos pasados, los que una comunidad científica particular reconoce durante algún tiempo como el fundamento de su práctica ulterior.

Estos sucesos llegan a conformar lo que Kuhn denomina como «paradigma”, esto es, ejemplos aceptados de prácticas científicas (leyes, teorías, aplicación, instrumentos), modelos de los que surgen tradiciones particulares y coherentes de investigación científica (rúbricas) y cuyo estudio prepara al estudiante para ser parte de la comunidad científica. Al compartirse reglas y normas de práctica científica, bajo un paradigma se vuelve raro el desacuerdo, puesto que son requisitos para un periodo de ciencia normal tanto el compromiso como el consenso.

Las «revoluciones científicas» son episodios extraordinarios en los cuales se produce un cambio en estos compromisos profesionales, pues destruyen la tradición, transformando el mundo y las entidades que lo habitan.  Sin embargo, cuando una ciencia está en desarrollo, antes de adquirir un paradigma universalmente aceptado, hay una variedad de puntos de vista, pudiendo haber descripciones e interpretaciones diferentes de un mismo rango de fenómenos. Durante las crisis, además, los científicos suelen entregarse al análisis filosófico como instrumento para desbloquear los enigmas de su campo. Pero tal grado de divergencia acaba desapareciendo cuando termina por triunfar una de las escuelas en disputa, la que, debido a sus propias creencias y preconcepciones, presta atención tan solo a una parte restringida de la información[1].

Un paradigma se impone porque tienen más éxito que sus competidores a la hora de resolver unos cuantos problemas que un grupo de científicos consideran como urgentes. La ciencia normal, afirma Kuhn, consiste en la actualización de dicha promesa, lo que consiste en un intento de meter a la fuerza a la naturaleza en los compartimentos prefabricados y relativamente inflexibles del paradigma. Los fenómenos que no encajan ni siquiera se ven. La investigación en la ciencia normal se orienta así a la articulación de los fenómenos y teorías ya suministrados por el paradigma, es decir, el paradigma suministra herramientas para resolver problemas que el mismo paradigma define.

Sin embargo, estas restricciones de la investigación resultan esenciales para que haya progreso en la ciencia, al menos en lo que respecta al detalle y la profundidad. La existencia del paradigma plantea el problema a resolver y a menudo la teoría del paradigma está directamente implicada en el diseño del aparato capaz de resolver el problema. En este sentido, Kuhn sostiene que la ciencia normal soluciona problemas como quien soluciona rompecabezas, ya que se acoge siempre a un paradigma, razón por la cual no busca novedades inesperadas. Su éxito solo se demuestra en resolver rompecabezas, en donde el científico lo que demuestra es solo su habilidad en resolverlos. Tales soluciones están gobernadas por reglas y los resultados admisibles se ven limitadas por tales restricciones. Solo un cambio en las reglas del juego ofrece alternativas, lo que implica pues un cambio de paradigma.

La ciencia normal, concebida como la actividad de resolver rompecabezas, es una empresa acumulativa y eficaz en su finalidad de ampliar el alcance y precisión del conocimiento científico. La ciencia normal no pretende encontrar novedades de hechos o teorías. Cuando hay un descubrimiento es cuando se toma conciencia de una anomalía, es decir, reconociendo que la naturaleza ha violado de algún modo las expectativas inducidas por el paradigma que gobierna la ciencia normal. La anomalía se cierra, afirma Kuhn, cuando la teoría paradigmática se ha ajustado para que lo anómalo se vuelva algo esperado. La profesionalización conduce a una inmensa restricción de la visión del científico y a una considerable oposición del cambio de paradigma, pues se cree en una cade vez mayor correspondencia entre observación y teoría.

La proliferación de diversas versiones de una teoría es un síntoma muy corriente de crisis, pero una teoría científica solo se considerará inválida si es que hay alguna alternativa. En este sentido, la falsabilidad por contrastación directa de la naturaleza (Popper) no es algo que se muestre en el desarrollo histórico de la ciencia, ya que la decisión de rechazar un paradigma conlleva siempre simultáneamente la decisión de aceptar otro.

En suma, el objetivo de la ciencia es resolver un rompecabezas para cuya mera existencia ha de suponerse la validez del paradigma. Es recién bajo un periodo de crisis que comienzan el desdibujamiento de un paradigma y la consiguiente relajación de las normas de la investigación normal. La transición puede llegar a traducirse de un paradigma en crisis a uno nuevo dista de ser un proceso acumulativo, ya que el paradigma viejo no se extiende al nuevo. Hay un proceso de reconstrucción, pero a partir de nuevos fundamentos, métodos y objetivos, rompiéndose la tradición a partir de nuevas reglas.

Eduardo Schele Stoller.

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[1] Quien no se convierte al nuevo paradigma, pasa a ser ignorado.