La triste preponderancia de lo trivial según Russell 

Contrario a lo que predican una serie de corrientes éticas, según Bertrand Russell, el ser humano tiende a rehuir del estilo de vida tranquilo, pues aborrecemos el aburrimiento que este conlleva, ajeno a cualquier logro más trascendente o de gloria.  

Ahora bien, tampoco es que en la actualidad todos puedan satisfacer estos deseos, pues a la mayoría no le queda más que soñar despiertos, alimentándose solo de lo que pueda entregarles el cine, las novelas y otras aventuras de ficción. El valor del individuo queda así reducido a meras labores cotidianas, escaseando aquellas actividades excepcionales que han contribuido en la transición de la barbarie a la civilización.  

Si bien, destaca Russell, honramos por ejemplo al artista, como sociedad lo aislamos, considerando al arte como algo separado y no como un elemento integrante de la vida de la comunidad. Y es que ya no se daría importancia a la capacidad para disfrutar de un placer espontáneo.  

A medida que el ser humano se industrializa y se hace más metódico, ya no puede experimentar esos placeres espontáneos que se gozaban más en la infancia, al estar siempre pensando en lo venidero, no pudiendo entregarse al momento presente.  

Y aquí es donde Russell destaca algunos aspectos que acrecentarían el poder del individuo: energía e iniciativa personal, independencia de criterio y visión imaginativa, todos elementos que la sociedad centralizada tiende a opacar.  

Cuando todo está organizado y nada es espontáneo, el momento presente pierde su encanto. Y es que, como sostiene Russell, hoy sabemos demasiado y sentimos demasiado poco, siendo pasivos respecto a lo que es importante y activos respecto a las cosas triviales.  

Eduardo Schele Stoller. 

Jung: enajenación, sombra y conciencia

Según Carl Gustav Jung, en cada experiencia humana hay un número ilimitado de factores desconocidos, lo cual nos impide poder conocer la naturaleza última de la realidad. Esto nos ha llevado, desde tiempos inmemoriales, a simbolizar todo aquello que no hemos podido expresar con palabras. Esto es algo que puede verse reflejado en nuestros sueños, los cuales cuentan como una manifestación de nuestro inconsciente.

Aquí se hace atingente distinguir entre signo y símbolo. El signo, señala Jung, es siempre menor que el concepto que representa, mientras que el símbolo representa algo más que su significado evidente o inmediato, siendo a través de estos que los arquetipos se manifiestan. Estos últimos son entendidos por Jung como la forma en que los instintos se manifiestan a través de ciertas fantasías e imágenes. El inconsciente esta guiado principalmente por tendencias instintivas representadas por sus correspondientes formas de pensamiento, es decir, por los arquetipos.

Bajo el mundo civilizado, nos señala Jung, la misión de los símbolos (religiosos por ejemplo) ha sido dar sentido a la vida del hombre, asignándole así algún significado más trascendente a su existencia. Pero con el avance de la ciencia y con el intento de liberación de la superstición hemos perdido los valores espirituales. La gente pierde así el sentido de la vida, desintegrándose paulatinamente además la organización social de la que forma parte. No habiendo valor alguno en los símbolos, ya nada es sagrado.

Al crecer el conocimiento científico, Jung afirma que nuestro mundo se ha ido deshumanizando. El hombre se siente aislado en el cosmos, porque ya no se siente inmerso en la naturaleza y ha perdido su emotiva «identidad inconsciente» con los fenómenos naturales, los cuales han ido perdiendo sus repercusiones simbólicas. Ha pasado a predominar el dominio por la naturaleza y el servilismo hacia las máquinas que lo permiten. El intento de dominación del entorno se realiza sin poder aun dominarnos a notros mismos, a nuestra propia naturaleza.

Según Jung, cuando los contenidos reprimidos en el inconsciente logran arribar a la conciencia, esto suele derivar en depresión y agobio, al constatar el tipo de contenidos de su inconsciente, y del reconocimiento de su impotencia ante el destino que éste les impone a través de lo consciente. Y es que la naturaleza humana, señala Jung, no consiste solo en luz, sino también en abundante sombra, de allí que el conocimiento que se alcance de sí mismo resulte a menudo penoso.

Nuestra psiqué reposa sobre la base de una disposición de espíritu heredada de manera inconsciente, razón por la cual, según Jung, la psiqué humana es un fenómeno no solo singular, sino también colectivo. De hecho, cuanto mayor es una comunidad, mayores son los factores colectivos, sustentados por prejuicios conservadores en detrimento del individuo, quedando así más anulado moral y espiritualmente. De este modo, afirma Jung, solo prospera la sociedad, mientras que la singularidad del individuo queda condenada a sucumbir, esto es, a la represión. Con ello lo individual cae en el inconsciente, donde se convierte en lo malo por principio, en lo destructivo o anárquico, que se manifiesta socialmente solo en los crímenes que cometen ciertos individuos, mientras que en los demás permanece como trasfondo, solo perceptible indirectamente, a través de una inevitable decadencia moral de la sociedad.

Estando en sociedad cada uno es peor a que si actuara solo, pues la sociedad lo transforma en masa, relevándolo de su responsabilidad de individuo. Cuanto mayores son las organizaciones grupales, sostiene Jung, tanto más inevitable es su inmoralidad y ciega estupidez. Cuanto más pequeño un cuerpo social, tanto mejor está garantizada la individualidad de sus miembros y, con ello, la posibilidad de una responsabilidad consciente. Sin libertad no puede haber moral. Pero para llegar a esto, debemos desprendernos de la imitación, la sugestionabilidad y el contagio mental, propio de la masa.

Como sabemos, «persona» significa máscara, por lo que el individuo suele no ser más que una representación de la psiqué colectiva. En el fondo, nos dice Jung, la persona no es algo real. Asumimos un nombre, adquirimos un título, representamos una función. El individuo no es así más que una mera configuración de compromisos, una pura apariencia. Cuando esto se devela, nos sentimos abandonados, desorientados, como un barco a la deriva. A pesar de los efectos adversos, Jung nos llama a encaminarnos en este proceso de individuación, de llegar a ser un ente singular, de realización de sí mismo y no en beneficio de un papel externo o de un sentido imaginario. De hecho, cuanto más restringido es el campo de la conciencia de un ser humano, tanto más aparecen, señala Jung, contenidos psíquicos como si fueran externos, como espíritus o potencias mágicas, proyectadas sobre otros.

Eduardo Schele Stoller.

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John Stuart Mill: poder y libertad

John Stuart Mill encontramos uno de los primeros fundamentos modernos de las libertades individuales, al defender que tenemos derecho a actuar conforme a nuestra voluntad, siempre y cuando nuestras acciones no perjudiquen a los demás (principio del daño). Sobre sí mismo (cuerpo y espíritu) el individuo debiese ser siempre soberano.

La ética no se fundamentará así en intereses ajenos a la utilidad humana, tales como dioses o ideologías que releguen al hombre a un segundo plano. Ninguna ideología puede erigirse por sobre el interés individual, pues ninguna creencia es absolutamente cierta. Lo verdadero en ellas Mill lo relaciona con la utilidad que le pueda brindar al individuo en su desenvolvimiento para la vida. En este sentido, es esencial la libertad para poder interpretar, contradecir y desaprobar una opinión. Para Mill, ninguna creencia que no sea verdadera puede ser útil.

Si un individuo adhiere a una creencia, que sea producto de su elección y no de una imposición por la tradición imperante. Que la ideología se adapte a sus circunstancias y carácter, no al revés. La naturaleza humana, llegó a señalar Mill, no es una máquina que se construye según un modelo y dispuesta a hacer exactamente el trabajo que le sea prescrito, sino un árbol que necesita crecer y desarrollarse por todos lados, según las tendencias de sus fuerzas interiores, que hacen de él una cosa viva.

Así como no hay un árbol exactamente igual al otro, no podemos adoctrinar a los individuos como si todos fuesen iguales. Debe promulgarse por tanto no solo la libertad, sino que también la variedad. Mill ya era consciente que en su época la gente tendía a leer, oír y ver las mismas cosas. A ir a los mismos sitios, teniendo los mismos objetos de esperanza y temores. La humanidad, afirma Mill, se hace incapaz de concebir la diversidad cuando durante algún tiempo ha perdido la costumbre de verla.

Pero Mill no se limita a reafirmar la libertad individual, sino que también promueve la libertad institucional. Por ejemplo, al criticar las restricciones al comercio o a la producción. Toda coacción, afirma Mill, es un mal. Al hablar de educación, por ejemplo, Mill defiende que esta no debe ponerse en manos del Estado, en vista de asegurar la diversidad en la misma y evitando, por tanto, moldear al pueblo haciendo a todos exactamente iguales. La idea es evitar que a través de este mecanismo se busque satisfacer el poder dominante en el gobierno, en desmedro de, como hemos visto, las libertades individuales.

Eduardo Schele Stoller.

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