Dalí: poniéndole los cuernos al arte moderno 

Un atardecer, senté a la Belleza sobre mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la insulté. 

Rimbaud  

A través del surrealismo, Dalí recogió muy bien el espíritu pesimista con respecto al conocimiento que nos acompaña hasta nuestros días. La inteligencia, destaca el artista español, nos conduce a las nieblas del escepticismo, reduciéndonos a meros coeficientes de una gran incertidumbre. Esta situación también ha permeado en el arte moderno, al que constantemente parecen ponerle los cuernos, siendo engañado mediante la expresión de lo feo y abstracto. 

Fueron los críticos ditirámbicos (dionisiacos) los que, según Dalí, descubrieron los estremecimientos biológicos de la fealdad y sus inconfesables atractivos, extasiándose ante una belleza ya no convencional, dejando atrás a la belleza clásica valorándola como una mera cursilería.  

De hecho, de lo que se trata de aquí en adelante es de alcanzar el más alto grado de depreciación estética y de manifestar la horrorosa impureza inmaculada de los entrelazamientos oníricos, pues, contrario a lo que muchos piensan, lo utilitario y funcional ya no serviría para nada.  

La atención ahora ha de colocarse solo en aquello que ponga en funcionamiento nuestros deseos más turbulentos, descalificados e inconfesables. En sintonía con su método paranoico-crítico, a través de su arte Dalí busca propiciar la fuga, la libertad y el desarrollo de los mecanismos inconscientes, mediante un automatismo que odia a la realidad, imponiéndole delirios de grandeza, megalomanía perversa, originalidad hiperestética, exhibicionismo frenético de la fantasía. Contra la mesura, lo erótico, lo irracional y lo inconsciente.  

Y es que la belleza para el surrealismo no es más que la cantidad de conciencia de nuestras perversiones. De allí que, si esta no es comestible, no existirá. 

Eduardo Schele Stoller.  

Onfray y el pensamiento mágico de Freud

A través de un minucioso estudio sobre la obra y correspondencia de Freud, el filósofo francés Michel Onfray se propone desmantelar la supuesta solidez y cientificidad del psicoanálisis, al destacar cómo este falsificó resultados, inventó pacientes e hizo pasar por propias tesis de otros autores, tales como la del inconsciente, derivada de lecturas no reconocidas públicamente sobre Schopenhauer y Nietzsche.

Pero ni siquiera el psicoanálisis entraría dentro del ámbito de la filosofía, pues Onfray la cataloga como “psicología literaria”, al proceder principalmente de la autobiografía de su inventor y al ser la terapia analítica una rama del pensamiento mágico. Con respecto a esto último, Onfray destaca que la toma de conciencia de una represión jamás provocó mecánicamente la desaparición de los síntomas y menos aún la curación y que, lejos de ser universal, el complejo de Edipo manifiesta solo el deseo infantil de Sigmund Freud.

La verdad del psicoanálisis solo es aplicable a la mente de su creador, constituyéndose así en la autobiografía de un hombre que se inventa un mundo para vivir con sus fantasmas. El problema es que Freud toma su caso por una generalidad, a raíz de su obsesión con el éxito, el dinero y la fama, lo cual le hizo disfrazar inconscientemente sus necesidades fisiológicas en aras de la objetividad. Su megalomanía es tal que llega a afirmar que, después del heliocentrismo copernicano y el evolucionismo darwiniano, el psicoanálisis se ha convertido en la tercera herida narcisista contra el valor del ser humano en el universo.

Onfray sostiene que es a partir de un anhelo infantil (ver a su madre desnuda) que Freud comienza a levantar su edificio conceptual. Lo que él ha vivido, todos lo han vivido y vivirán para siempre, asumiéndolo como una verdad absoluta o como la palabra del Evangelio. Lo mismo rige con respecto al inconsciente, algo imposible de definir, pues cuenta como un espacio carente de dimensión. Freud vive así en el país de las maravillas, al reconocer que las reglas de la lógica no tienen validez alguna en lo inconsciente.

Pero de ser esto así, ¿Se puede hacer ciencia de algo tan irracional o, al menos, analizar objetivamente lo subjetivo mediante medios aún más subjetivos? Quizás, advierte Onfray, estamos en presencia más bien de un curandero, pues Freud alude constantemente al poder de las palabras como potencia terapéutica. Tal noción del lenguaje no distarían mucho de los misteriosos hechizos tribales de antaño.

Eduardo Schele Stoller.

Jung: enajenación, sombra y conciencia

Según Carl Gustav Jung, en cada experiencia humana hay un número ilimitado de factores desconocidos, lo cual nos impide poder conocer la naturaleza última de la realidad. Esto nos ha llevado, desde tiempos inmemoriales, a simbolizar todo aquello que no hemos podido expresar con palabras. Esto es algo que puede verse reflejado en nuestros sueños, los cuales cuentan como una manifestación de nuestro inconsciente.

En El hombre y sus símbolos, Jung distingue entre signo y símbolo. El signo, señala Jung, es siempre menor que el concepto que representa, mientras que el símbolo representa algo más que su significado evidente o inmediato, siendo a través de estos que los arquetipos se manifiestan. Estos últimos son entendidos por Jung como la forma en que los instintos se manifiestan a través de ciertas fantasías e imágenes. El inconsciente está guiado principalmente por tendencias instintivas representadas por sus correspondientes formas de pensamiento, es decir, por los arquetipos.

Bajo el mundo civilizado, nos señala Jung, la misión de los símbolos (religiosos, por ejemplo) ha sido dar sentido a la vida del hombre, asignándole así algún significado más trascendente a su existencia. Pero con el avance de la ciencia y con el intento de liberación de la superstición hemos perdido los valores espirituales. La gente pierde así el sentido de la vida, desintegrándose paulatinamente además la organización social de la que forma parte. No habiendo valor alguno en los símbolos, ya nada es sagrado.

Al crecer el conocimiento científico, Jung afirma que nuestro mundo se ha ido deshumanizando. El hombre se siente aislado en el cosmos, porque ya no se siente inmerso en la naturaleza y ha perdido su emotiva «identidad inconsciente» con los fenómenos naturales, los cuales han ido perdiendo sus repercusiones simbólicas. Ha pasado a predominar el dominio por la naturaleza y el servilismo hacia las máquinas que lo permiten. El intento de dominación del entorno se realiza sin poder aun dominarnos a notros mismos, a nuestra propia naturaleza.

Esto es lo que trabaja Jung en Las relaciones entre el yo y el inconsciente, destacando que cuando los contenidos reprimidos en el inconsciente logran arribar a la conciencia, esto suele derivar en depresión y agobio, al constatar el tipo de contenidos de su inconsciente, y del reconocimiento de su impotencia ante el destino que éste les impone a través de lo consciente. Y es que la naturaleza humana, señala Jung, no consiste solo en luz, sino también en abundante sombra, de allí que el conocimiento que se alcance de sí mismo resulte a menudo penoso.

Nuestra psiqué reposa sobre la base de una disposición de espíritu heredada de manera inconsciente, razón por la cual, según Jung, la psiqué humana es un fenómeno no solo singular, sino también colectivo. De hecho, cuanto mayor es una comunidad, mayores son los factores colectivos, sustentados por prejuicios conservadores en detrimento del individuo, quedando así más anulado moral y espiritualmente. De este modo, afirma Jung, solo prospera la sociedad, mientras que la singularidad del individuo queda condenada a sucumbir, esto es, a la represión. Con ello lo individual cae en el inconsciente, donde se convierte en lo malo por principio, en lo destructivo o anárquico, que se manifiesta socialmente solo en los crímenes que cometen ciertos individuos, mientras que en los demás permanece como trasfondo, solo perceptible indirectamente, a través de una inevitable decadencia moral de la sociedad.

Estando en sociedad cada uno es peor a que si actuara solo, pues la sociedad lo transforma en masa, relevándolo de su responsabilidad de individuo. Cuanto mayores son las organizaciones grupales, sostiene Jung, tanto más inevitable es su inmoralidad y ciega estupidez. Cuanto más pequeño un cuerpo social, tanto mejor está garantizada la individualidad de sus miembros y, con ello, la posibilidad de una responsabilidad consciente. Sin libertad no puede haber moral. Pero para llegar a esto, debemos desprendernos de la imitación, la sugestionabilidad y el contagio mental, propio de la masa.

Como sabemos, «persona» significa máscara, por lo que el individuo suele no ser más que una representación de la psiqué colectiva. En el fondo, nos dice Jung, la persona no es algo real. Asumimos un nombre, adquirimos un título, representamos una función. El individuo no es así más que una mera configuración de compromisos, una pura apariencia. Cuando esto se devela, nos sentimos abandonados, desorientados, como un barco a la deriva. A pesar de los efectos adversos, Jung nos llama a encaminarnos en este proceso de individuación, de llegar a ser un ente singular, de realización de sí mismo y no en beneficio de un papel externo o de un sentido imaginario. De hecho, cuanto más restringido es el campo de la conciencia de un ser humano, tanto más aparecen, señala Jung, contenidos psíquicos como si fueran externos, como espíritus o potencias mágicas, proyectadas sobre otros.

Eduardo Schele Stoller.