Ad Astra: Nietzsche y la valoración humana en el cosmos

En Sobre verdad y mentira en sentido extra moral Nietzsche nos dice lo siguiente:

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la Historia Universal: pero, a fin de cuentas, solo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante, pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo.

La reciente película de James Gray Ad Astra (2019) cuestiona la pesimista visión del ser humano en comparación con el cosmos que defiende Nietzsche. Como se desprende de la cita anterior, el filósofo alemán cuestiona la sobrevaloración que se ha dado a sí mismo el ser humano a través de los siglos, la que, en comparación con la extensión y temporalidad del cosmos, vendría a ser nada. En la película, quien representa esta visión es el personaje que representa Tommy Lee Jones (H. Clifford McBride), quien se emprendió en una misión para la búsqueda de vida inteligente hasta los límites de nuestro sistema solar. Sin embargo, un motín a bordo de la nave por parte del resto de tripulantes -quienes buscaban convencer al capitán Clifford para volver a la tierra debido al fracaso de la misión- terminó con la vida de los mismos a manos de un obsesionado capitán, quien se negaba a aceptar la realidad.

Años después, su hijo, representado por Brad Pitt (Roy McBride), se emprende en una misión para, inicialmente, intentar comunicarse con su padre, a quien ya creía muerto, pero que el Comando Espacial de los Estados Unidos suponía vivo y causante de una serie de oleadas de energía provenientes de Neptuno, orbita donde se alojaba la nave de su padre. Roy deambula entre el apego y el desapego emocional con la humanidad. Su cable a tierra, a la valoración humana, lo cumple su pareja a quien deja en la tierra, personaje representado por Liv Tyler, mientras que el desapego y apatía lo encarna su padre. Debido a una serie de vicisitudes, Roy debe viajar hasta Neptuno para destruir la nave que genera las oleadas de energía que amenaza la vida en la tierra, donde termina por encontrarse con su padre. Es aquí donde, magistralmente y en muy pocas palabras, se invierte el argumento de Nietzsche.

Si bien es cierto que tanto espacial como temporalmente nuestra existencia, en comparación con el cosmos, no es nada, con respecto a nuestra conciencia e inteligencia, hasta donde sabemos, lo es todo, pues, es precisamente en este apartado rincón del universo en donde la vida emocional e inteligente surgió. Bajo este criterio, nuestra valoración dentro del cosmos se incrementa. Es por esto que Roy decide volver con su mujer en la tierra.

Mediante su misión, Clifford no buscaba más que corroborar su nihilismo, así como Nietzsche amoldó también su filosofía a sus experiencias y personalidad. Al enfrentar Clifford la realidad, no pudo más que desear la muerte ¿Habrá constatando lo mismo Nietzsche previo a su crisis de locura? Quizás cuando este abrazó en plena plaza pública a un caballo fue para aferrarse al último y, probablemente, único acto de empatía y apego que le quedaba.

Eduardo Schele Stoller.

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Harari y el Homo Deus

Según Yuval Noah Harari, los evidentes aumentos en los niveles de prosperidad humana, hará que nos tracemos nuevas metas y objetivos en torno a la felicidad y la divinidad. Y es que el hombre no se contenta solo con suplir las necesidades básicas. Al respecto, Harari señala que la felicidad se sustenta en dos aspectos: uno biológico y otro psicológico. Con respecto a esto último, la felicidad depende no solo de condiciones objetivas, sino que también de expectativas, de donde se genera el problema que, al mejorar las condiciones básicas, las expectativas se disparan, pero con ello, a su vez, disminuye la satisfacción.

La filosofía que ha estado detrás de esto ha sido, sostiene Harari, el humanismo, mediante el cual se ha sacralizado la vida, la felicidad y el poder del homo sapiens. Sin embargo, ahora la humanidad se ve ante la posibilidad de sustituir la selección natural con el diseño inteligente, extendiendo además la vida desde el ámbito orgánico al inorgánico. Lo anterior tiene que ver con el reconocimiento de que la historia gira alrededor de nuestros relatos de ficción, los cuales no solo han sido utilizados para describir la realidad, sino que también para remodelarla. Las ficciones, afirma Harari, nos permiten cooperar mejor, pero, a cambio, nos arriesgamos a que la misma ficción pase a determinar los objetivos de nuestra cooperación. En este sentido, nos puede parecer que el sistema funciona muy bien, pero únicamente si adoptamos los criterios propios del mismo sistema.

Según Harari la religión es una creación humana que se define por su función social y no por la creencia en existencia de deidades. Las religiones legitiman así las estructuras sociales asegurando que reflejen ciertas leyes, mediante la revelación dada por diferentes visionarios y profetas (Buda, Lao-tsé, Hitler, Lenin). La religión, por tanto, es una herramienta para preservar el orden social y para organizar la cooperación a gran escala[1]. Pero tales pactos sociales hoy vienen a ser reemplazados por la ciencia. Mientras la religión, señala Harari, busca la mantención de la estructura social, la ciencia, en cambio, está mas interesada en el poder (curar, combatir, producir). El pacto de la modernidad es un contrato mediante el cual renunciamos al sentido a cambio de poder.

Mientras antes había un plan cósmico que daba sentido a la vida humana, lo hacía a través de una restricción de nuestro poder, pues solo éramos actores en un escenario y en una trama ya escrita. Pero a cambio de la renunciar al poder, la vida de los humanos premodernos ganaba en sentido, ya que contaban con una protección psicológica ante la adversidad. Sin embargo, afirma Harari, hoy la vida ya no tiene guion, dramaturgo, director, productor ni sentido. Las cosas simplemente ocurren, una después de otra. Pero al no creer el mundo moderno en la finalidad, ahora somos libres para hacer todo lo que queramos.

Eduardo Schele Stoller.

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[1] La religión difiere a su vez, según Harari, de la espiritualidad, pues ésta úlrima representa un viaje individual, no social. De allí que las religiones la vean más bien como una amenaza.