La condición humana según Hannah Arendt

Hannah Arendt describió cómo el ser humano tiende a escapar de su propia condición, ya sea intentando prolongar su vida o escapando de los límites terrestres. El peligro de este proyecto radica, a su juicio, en que terminemos convirtiéndonos en criaturas irreflexivas, quedando a merced de cualquier artefacto tecnológico. Por ejemplo, prevé que el advenimiento de la automatización vaciará las fábricas y liberará a la humanidad de su más antigua y natural carga; la del trabajo y la servidumbre, es decir, de la necesidad. Esto, que podría ser considerado como algo positivo, dista de ello, pues nos enfrentamos con la perspectiva de una sociedad de trabajadores sin trabajo, despojándolos así de la única actividad que les queda y que ha glorificado la modernidad.

Con la expresión vita activa, Arendt designa tres actividades fundamentales: labor, trabajo y acción. “Labor” es la actividad correspondiente al proceso biológico del cuerpo humano, ligado a las necesidades vitales. “Trabajo” es la actividad que corresponde a lo no natural de la exigencia del ser humano, que no está inmerso en la repetición del ciclo vital de la especie, proporcionando un artificial mundo de cosas, esto es, la mundanidad. La “acción”, por su parte, se compromete en establecer y preservar los cuerpos políticos, creando la condición para el recuerdo, esto es, para la historia.

El mundo en el que la vita activa se consume, señala Arendt, está formado de cosas producidas por las actividades humanas; pero las cosas que deben su existencia exclusivamente a las personas, condicionan de manera constante a sus productores humanos. Somos así seres condicionados, ya que todas las cosas con las que entramos en contacto se convierten de inmediato en una condición de nuestra existencia. Esto hizo que, tradicionalmente, la vita activa siempre tuviera la connotación negativa de “in-quietud”, ante el sometimiento constante de las necesidades naturales. La vida superior se relacionaba con la tranquilidad de la actividad contemplativa, pues se tenía la convicción de que ningún trabajo humano podía igualar en belleza y verdad al cosmos físico. La eternidad solo se revelaba a los ojos humanos cuando todos los movimientos y actividades del individuo se hallaban en perfecto descanso.

Con respecto a esto, Arendt destaca que los filósofos griegos consideraban que la libertad se localiza exclusivamente en la esfera política, pues la necesidad es un fenómeno prepolítico, característico de la organización doméstica privada. Dicha libertad es la condición esencial de lo que los griegos llamaban “felicidad”; un estado objetivo que dependía sobre todo de la riqueza y la salud, pues ser pobre o estar enfermo significaba verse sometido a la necesidad física y a la violencia de los demás. En la polis, ser libre significaba no estar sometido a la necesidad ni a la voluntad de otro, pero esto, nos dice Arendt, presuponía la existencia de desiguales, quienes, constituyendo la mayoría de la población, no podían dominar las necesidades de la pura vida y, en consecuencia, tampoco liberarse del trabajo, en relación con el apremio por la supervivencia.

Aquí Arendt se detiene a reflexionar sobre la importancia de la esfera pública, pues es ella la que nos agrupa, relaciona y separa, poder que se ha perdido en la sociedad de masas al ya no haber fe en una trascendencia o inmortalidad terrena y a la tendencia creciente de limitarse a la esfera privada. Por el contrario, el mundo común solo puede sobrevivir en la medida en que aparezca en público.

Las personas se han convertido en privadas, es decir, han sido desposeídas de ver y oír a los demás, de ser vistas y oídos por ellos, pues todos están hoy encerrados en la subjetividad de su propia experiencia singular. El fin del mundo común ha llegado, sostiene Arendt, cuando se ve solo bajo un aspecto y se le permite presentarse únicamente bajo una perspectiva. Y es que la palabra “privado” viene de “privativo”, esto es, estar privado de la realidad que proviene de ser visto y oído por los demás, separado de un mundo común de cosas, lo cual va produciendo paulatinamente la desaparición de la esfera pública en pro de la propiedad privada.

Según Arendt, la privación de lo público nos hace caer en el hedonismo, doctrina que, al solo reconoce como reales las sensaciones del cuerpo, se vuelve en la más radical forma de vida no política, pues privilegia una vida oculta y despreocupada del mundo. Esto entra en sintonía con nuestra actual necesidad de reemplazar cada vez más rápidamente las cosas que nos rodean, en vista del afán de consumo y devoración, características propias, nos dice Arendt, del animal laborans, un animal que, encerrándose en sí mismo, dejó atrás la contemplación, lo público, el mundo.

Eduardo Schele Stoller.

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Hannah Arendt y la pérdida de legitimidad del poder

En un siglo XX marcado por diversas guerras y revoluciones, Hannah Arendt se propone analizar el fenómeno que traspasa este siglo; la violencia, la que usualmente se justifica como un medio válido para alcanzar un determinado fin. El problema es que, producto del desarrollo tecnológico, los medios, entendidos como armas de destrucción masiva, amenazan con acabar con todo posible fin, convirtiendo a la violencia como un fin en sí misma. Arendt también da cuenta de la agresividad que suelen mostrar las protestas de los movimientos que buscan reivindicar los derechos de los oprimidos, caracterizados por una furia desatada, la cual muchas veces termina por convertir los sueños en pesadillas.

Una rebelión estudiantil casi exclusivamente inspirada por consideraciones morales constituye, señala Arendt, uno de los acontecimientos totalmente imprevistos de su siglo, donde la violencia es vista como el único medio de interrupción posible ante los procesos automáticos en el dominio de los asuntos humanos. En este sentido, la violencia siempre se ha visto como una manifestación de poder. No obstante, Arendt identifica algunas importantes diferencias. Por ejemplo, el poder precisa siempre del número, mientras que la violencia puede prescindir de este, ya que descansa en instrumentos. Mientras en el poder se muestra un “Todos contra uno”, en la violencia pude darse como un “Uno contra todos”, pero para esto último se requiere de instrumentos. El poder, en cambio, es una propiedad de un grupo, nunca de un individuo.

Es por esto, nos dice Arendt, que cuando decimos de alguien que está “en el poder” nos referimos realmente a que tiene un poder de cierto número de personas para actuar en su nombre. Sin este sustento popular, el poder desaparece. Una persona por sí sola, en consecuencia, no tiene poder. Sin embargo, Arendt afirma que pareciera que la violencia fuera un prerrequisito del poder, no siendo este último más que una fachada, un mero “guante de terciopelo que oculta una mano de hierro”, todo en vista de asentarse o protegerse en el poder. Pero donde las órdenes ya no son obedecidas, la violencia pierde también utilidad, pues difícil es detener las revoluciones cuando se está en desventaja numérica para ejercerla. Donde el poder se ha desintegrado, señala Arendt, las revoluciones se tornan posibles. Es por esto que hasta los regímenes más totalitarios necesitan el apoyo de grupos para asegurar su poder.

A raíz de lo anterior es que Arendt afirma que el poder corresponde a la esencia de todos los Gobiernos, no así la violencia, pues esta tiene un valor solo instrumental, es decir, cuenta siempre como un medio para un fin, pero sin este último, no hay justificación que la sustente. Y lo que necesita justificación por algo, destaca Arendt, no puede ser la esencia de nada. Al contrario, el poder puede valorarse como un fin en sí mismo, siendo lo que termina por legitimar a las comunidades políticas. La legitimación se hace con respecto al pasado, mientras que la justificación se refiere a un fin que se encuentra a futuro. De ahí que la violencia, nos dice Arendt, puede ser justificable, siempre y cuando no sea en un futuro muy lejano, pero difícilmente puede ser legitimada.

Es debido a estar razones que Arendt afirma que el poder y la violencia son opuestos, pues donde uno domina falta el otro. La violencia aparece cuando el poder está en peligro. La rabia, por ejemplo, brota cuando existen sospechas de que ciertas condiciones sociales podrían modificarse y, sin embargo, esto no se hace. Reaccionamos con rabia, destaca Arendt, cuando es ofendido nuestro sentido de la justicia, y es así, precisamente, como comienzan a perder legitimidad quienes están en el poder.

Eduardo Schele Stoller.

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