El utilitarismo desbordado: cuando la felicidad se identifica con la función

La ética utilitarista afirmaba que las acciones son correctas en la medida en que tienden a promover la felicidad e incorrectas en cuanto tienden a obstaculizarla. El placer y la exención del sufrimiento, señalaba John Stuart Mill, son las únicas cosas deseables como fines. Todas las cosas deseables son deseables ya bien por el placer inherentes a ellas mismas o como medios para la promoción del placer y la evitación del dolor.

Por ejemplo, si alguien sacrifica su propio interés en beneficio de otro, tal acción será considera un bien solo si incrementa la suma total de la felicidad, de lo contrario se considera como inútil. Esto quiere decir que el utilitarismo es coherente con la regla de oro, pues demanda a comportarnos con los demás como queramos que los demás se comporten con nosotros. De esta manera se logra armonizar la felicidad o los intereses de cada individuo con los intereses del conjunto.

Quienes desean la virtud por sí misma la desean ya bien porque la conciencia de ella les proporciona placer, porque la conciencia de carecer de ella les resulta dolorosa, o ambas. La felicidad para Mill es el único fin de la acción humana y su promoción el único criterio mediante el cual juzgamos la conducta, de donde se sigue que necesariamente debe constituir el criterio de la moralidad.

No obstante, hay autores que advierten que hemos llegado a una desorbitación de la idea de función. Gabriel Marcel, por ejemplo, señala que el individuo contemporáneo tiende a aparecer ante sí mismo y los demás como un mero haz de funciones, pues hemos sido inducidos a tratarnos a nosotros mismo como una simple suma de utilidades. Incluso nuestro tiempo ha pasado a medirse en base a la realización de tales funciones. Hasta el sueño, afirma Marcel, pasa a convertirse en una función más, en vista de poder cumplir con otras labores.

El individuo, como un reloj, pasa a estar sometido a verificaciones periódicas, no porque haya una preocupación por su persona, sino más bien por su función. La clínica es vista así para Marcel como un taller de reparaciones; la muerte como la puesta fuera de uso, como lo inutilizable, como el desecho puro. Todo esto como parte de la impresión asfixiante y de tristeza propia de un mundo cuyo eje central es la utilidad.

¿Dónde ha quedado la promesa de la felicidad? Las cosas y acciones ya no parecen ser medios para nuestros fines, sino que nos hemos vuelto medios para los fines que ya nada tienen que ver con nuestros intereses.  

Según Marcel, para no ser reducidos a un mero hacer, es necesario que haya “ser”. Esto es, que no todo se reduzca a un juego de apariencias sucesivas e inconsistentes, aspirando a participar de alguna manera en la realidad. El problema es que esto mismo se ve dificultado al no haber hoy garantías con respecto a la realidad y, quizás por esto, la confianza la hemos centrado en las herramientas en sí mismas, tratando de identificarnos con la solidez de estas en nuestras labores diarias. Y esto no es algo que nos sea impuesto desde afuera, sino que, peor aún, ya responden a demandas personales.

Hoy no solo queremos ser una herramienta, queremos ser la mejor, pues la felicidad parece haberse identificado con la función.

Eduardo Schele Stoller.

Carlos Peña: ¿A quiénes no importa la filosofía?

El abogado y doctor en filosofía chileno Carlos Peña (1959-) destaca cómo nuestra cultura se ha obsesionado con las justificaciones de orden utilitarista. Empeñados en el quehacer, quedamos desprovistos, como destacara Weber, de toda trascendencia, quedando solo la rutina del trabajo y el consumo, es decir, lo que queda es un mundo desencantado. Las arremetidas contra la filosofía son síntomas de la visión técnica del mundo con su obsesión de hacer todo medible y cuantificable, donde se toma el representar cotidiano como el punto de referencia, razón por la cual el ejercicio filosófico parece claramente algo desquiciado.

El filósofo, afirma Peña, no se aviene con la utilidad de la época, ya que la utilidad requiere que uno se reduzca a la presencia de lo presente, esto es, a un hacer cotidiano, restringiéndonos solo a las cosas que tenemos delante de nosotros, a lo útil, a la mano. La filosofía, en cambio, es, en este sentido, un pensamiento inútil, pues no sirve a un propósito que alguien se forje al interior de una cierta constelación de significados. El útil no se determina desde sí mismo sino desde algo que le es heterónomo y a lo cual simplemente sirve. La utilidad acarrea así un mundo al interior del cual adquiere significado y al cual sirve. Esta servidumbre supone una certeza, certeza que precisamente la filosofía viene a cuestionar, debilitándola hasta hacerla parecer absurda. Aquí Peña coincide con Heidegger, al señalar que esta es una capacidad propia del ser humano, al poder trasladarse a sí mismo en andas, en vilo, sosteniendo una pregunta abierta, la pregunta por el ser que es.

La dificultad para realizar esta labor radica en que cada ser humano nace dentro de una cierta comprensión del ser que ya ha coagulado en la cultura disfrazándose como algo permanente y necesario. Los seres humanos, sostiene Peña, estamos primero atrapados por las cosas, hechos y sucesos que nos rodean, en medio de los cuales desenvolvemos nuestra vida, para solo después tener cierta conciencia reflexiva de esa experiencia. Es por esto que nos tendemos a mover en el mundo al interior de un entramado de útiles y de cosas sin pensar en ellas, al interior de un horizonte de funcionalidad y de sentido que captamos irreflexivamente y de golpe. Ser-en-el-mundo, destaca Peña, es decir, aparecer en un mundo de significados, es la condición para aprehender las cosas. Es cuando perdemos esa condición originaria, esos soportes de significados que nos permiten enlazar las cosas, cuando el mundo se revela como carente de sentido, como un puñado de cosas a las que no se reconoce. Esto es lo que precisamente produce la filosofía, al alejarnos de la ingenuidad natural o del hecho que las cosas son.

Peña señala que cuando los seres humanos se instalan en un mundo creyéndolo como garantizado, huyen de la condición que les es más propia; la de ser un ente que “abre un mundo”. Al recordarnos la fragilidad de nuestras creencias, la filosofía ejerce una forma violencia sobre nosotros, sacudiéndonos y mostrándonos que no hay garantía, inoculando así intranquilidad y desasosiego, removiéndonos el piso que sustenta nuestro supuesto orden y estructura. En palabras de Ortega, se trata de vivir sin ilusiones, de sentir delicia al contemplar las cosas en su desnuda realidad, de ajustar nuestras ideas a esta, como buenos navegantes, de ceñirnos al viento. La filosofía nos despoja de las ilusiones, mostrándonos que el gran secreto de todo es que parecía no haber ninguno.

La tarea de la filosofía, afirma Peña, consiste en explicitar la estructura que hace que el ser humano sea un ente interpretativo, un ente que no puede sino interpretar, a sí mismo y las cosas. Sin ella, la cultura sería mera afirmación y nunca duda. Si el ser humano se lleva a sí mismo en andas sosteniéndose en una interpretación, de ahí se sigue que la realidad tal como es en sí misma no existe, pues ella estaría siempre envuelta en una interpretación. Si los seres humanos comparecemos atados a un mundo y luego lo tematizamos y describimos, la tarea de la filosofía consistirá en recuperar esa experiencia originaria de la que seríamos resultado.

Así, si bien la filosofía no tendría utilidad dentro de un mundo, si la tiene para el individuo que habita en él, pues le revela los endebles cimientos de la estructura que lo sustenta. Esta es una utilidad tanto ontológica como epistemológica, algo así como iluminar la caverna de Platón. Aun sin poder salir de ella, al menos de la mano de la filosofía seremos consciente de que habitamos en una caverna y de que existen muchas otras, invitándonos así quizás a mudarnos a una nueva. A quien no le parece útil la filosofía es porque sigue amarrado a la pared de su propia caverna, viendo sombras por realidades, conformándose con los sentidos y significados que les han sido dados, prefiriendo cualquier cosa antes que pensar por uno mismo y hacerse cargo de la propia existencia.

Eduardo Schele Stoller.

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