Hamlet y los reproches de la conciencia

Todos somos insignes malvados 

Cual mito griego clásico, en Hamlet de William Shakespeare podemos encontrar parte de los más oscuros impulsos del ser humano, los que, contra toda racionalidad moderna, logran siempre aflorar y terminar por dominarnos. 

La tragedia de Hamlet comienza cuando se entera que su madre, quien ha enviudado hace poco, se casó con su tío, hermano de su padre. La represión de la imagen del lecho incestuoso de su madre lo va llevando progresivamente a la locura, algo que se incrementa luego de la fantasmal aparición de su padre, quien le revela que ha sido su mismo hermano el que le ha dado muerte, en vista de hacerse del poder y de su esposa.  

El mismo Hamlet declara haber perdido toda su alegría, olvidando sus ordinarias ocupaciones y volviendo estéril sus proyectos. De allí el famoso soliloquio “ser o no ser”, pues, ¿Qué sentido tiene existir cuando se ha acabado la esperanza? Ante su situación, le tocará decidir si entregarse estoicamente a los brazos de la suerte injusta o si oponerle resistencia mediante una cruel venganza. Pero aquí cabría preguntarse, ¿Cuál ha sido la principal causa de la debacle emocional de Hamlet? ¿Qué es lo que alimenta su insaciable ira, la que, incluso lo ha hecho pensar en la propia muerte?  

Es solo el temor a lo que podría venir después de esta vida lo que lo detiene a buscar esta salida, asumiendo su cobardía al respecto. Ante esta pesimista situación es que Hamlet recomienda a Ofelia que se vaya a vivir a un convento, pues ¿para qué exponerse a ser madre de hijos pecadores? Aquí Hamlet, muy al estilo de Schopenhauer, declara que hubiese sido mejor que su madre no lo hubiera parido, en vista de evitar el carácter soberbio, vengativo y ambicioso que lo embarga, y en donde predomina el pecado, la fantasía y las imposibilidades para concretar sus más oscuros deseos. 

Esto es precisamente lo que trabaja Freud en La interpretación de los sueños, destacando que la causa que lleva a Hamlet a la locura no se debe tanto a la injusticia cometida contra su padre, sino al poder perdido sobre su madre, lo que lo llevó a reconocer su propia impotencia ante la realización de sus deseos infantiles. La repugnancia que debería impulsarle a la venganza queda en consecuencia, afirma Freud, sustituida por reproches contra sí mismo, por escrúpulos de conciencia que le acusan de no ser él mismo mejor que el pecador al que debe castigar. En suma, los hechos trágicos relatados en la obra han terminado por hacer consciente lo que debería permanecer siempre en el inconsciente.  

Hamlet trataría así de la edípica relación de los hijos con sus padres, pues no es solo el príncipe de Dinamarca el que padece tales penurias, sino que también Ofelia, su enamorada, ante la muerte de su propio padre. La locura que se produce en ella es mayor, pues, a diferencia de Hamlet, el objeto de su mayor deseo no solo ha sido deshonrado, sino que ha muerto. En una clásica escena que ha retratado el arte, Ofelia es encontrada ahogada a orillas de un arroyo, coronada por un sinnúmero de flores, como si ella misma fuera una ofrenda para aplacar los caprichos de nuestros instintos. 

Eduardo Schele Stoller. 

Unamuno: alcanzando la inmortalidad en medio de la niebla

(El ser humano) Es un animal enfermo, no cabe duda. ¡Siempre está enfermo!  

Orfeo 

Augusto, personaje principal de la novela (o nivola) Niebla de Miguel de Unamuno, se queja constantemente del utilitarismo, críticas que nos llevan a entender la debacle existencial que vive el personaje.

Desde un comienzo, Augusto nos señala que es una desgracia tener que servirse de las cosas, esto es, tener que usarlas, uso que estropea y hasta destruye toda belleza, suponiendo aquí que la función más noble de los objetos es la de ser contemplados desinteresadamente. A propósito de su tortuosa relación con Eugenia, algo similar declara con respecto al amor, el que se pierde al intentar definirlo. Para Augusto, el amor precede al conocimiento, siendo este último el que termina por matarlo al internar disipar la niebla que lo cubre de forma más intuitiva.  

A pesar de tal constatación, paradójicamente, Augusto no deja de intentar traspasar la niebla de la existencia, dejando atrás los juegos, distracciones y emociones que buscan apaciguar el aburrimiento que nos termina llevando al verdadero fondo de la vida. Incluso a Orfeo, su mascota, lo hace testigo silente de sus reflexivos soliloquios, mediante los que fue cayendo del dominio de lo abstracto al mundo concreto, de la metafísica a la experiencia.  

Es a través de la manía de la introspección que Augusto comienza a sospechar que todo no sea sino fantasía, una mentira social producto del lenguaje que empleamos en el día a día, dándonos una importancia que no tenemos, representado roles y papeles sin importancia, quedando nuestra alma, en realidad, ya fuera de nosotros, esto eso, en nuestro autor o en quienes nos leen. En el caso de Augusto, tales dudas existenciales se corroboran cuando, increíblemente, visita a su creador: el mismo Miguel de Unamuno.  

Ante la impotencia de constatar que no puede decidir libremente su destino, Augusto opta por el suicidio, única opción que parece quedarle para disipar de una vez por todas la niebla de su ilegítima existencia, ajena tanto a la vida como a la muerte. Sin embargo, es por esta misma razón que Augusto no puede quitarse la vida, pues carece de una auténtica existencia, al depender, inicialmente, de la fantasía de Unamuno y, luego, de la mente de los lectores. ¿Pero no ocurre lo mismo acaso con Unamuno? Él mismo ha pasado a ser para nosotros, lectores contemporáneos, un personaje de ficción, dándole vida o vigencia en la medida que lo rememoramos o leemos, es decir, Unamuno también formaría parte de la niebla. 

Y con respecto a esto, la mayor revelación de Augusto consiste en darse cuenta de que, al no existir genuinamente, tampoco puede morir. A fin de cuentas, un ente de ficción es una idea, y una idea perdura siempre más que su creador. Quizás a esto es lo que nos llama Unamuno: prevalecer entre la difusa niebla de la historia, esto es, existir a lo largo del tiempo de la mano de nuestras ideas, aspirando así a la inmortalidad. 

Eduardo Schele Stoller. 

Soublette y la poética del acontecer 

No es que el mundo se vaya a acabar; el mundo ya se acabó.   

El filósofo chileno Gastón Soublette realiza duras críticas al mundo puramente causal en el que vivimos, donde la ciudad expulsa como cuerpos extraños a la poesía y el misterio, haciéndose la verdad vertical y absoluta, clavándose en el suelo como un poste. La urbe moderna erizada de rascacielos es una materialización analógica del absolutismo vertical de la mente moderna.  

Si bien nacemos con la aptitud para entender al mundo, la observación humana está viciada por las proyecciones que el sujeto estampa sobre las cosas, esto es, por sus propias pretensiones, las que, destaca Soublette, ni si quiera le son propias, sino que impuestas por aquellos que golpean y aprietan más fuerte. Y es que la observación humana tiene el ojo enfermo por el deseo de apropiación y dominio, definiendo y percibiendo las cosas limitadas por la semejanza de lo que tenemos más a mano. En esto también habría una necesidad, pues una vez que constatamos nuestra desnudez, nos comenzamos a vestir para evitar la vergüenza mediante la ciencia, en vista de establecer un muro protector y vivir con dignidad. El problema es que, procediendo de esta forma, nos enemistamos con la vida a través de las diversas ideologías.  

Es al comer del árbol de la ciencia de la ganancia y de la pérdida, cuando se aspira a la riqueza y cuando se construyen los grandes edificios, que desaparecen, afirma Soublette, los jardines divinos. Bajo este panorama, nuestra visión y audición quedan muy próximas a la ceguera y a la sordera, pues están distorsionadas por el deseo de que lo visto y oído aparezca como lo que se espera que sea. Aunque, eventualmente, lo creído puede desvanecerse, desgajando lo visto, apareciendo con el tiempo la decepción o la sorpresa, lo que podría dar paso a la constatación del vacío.  

El enfrentamiento crudo y directo con la virtud del vacío se elude mediante el juego ritual, el que se asocia a un sentido, usualmente en sintonía con el universo. Citando a Confucio, Soublette nos dice que el rito es la conducta humana transformada en obra de arte, eludiendo el enfrentamiento directo del sentido. Y es aquí donde se vuelve necesario el volver a la naturaleza, entendidos estos espacios como reservas de paz para que el avance del desierto del espíritu no sea tan evidente. Pero la magia ha sido abolida por una malla de conceptos, expulsada por un pensamiento ordenado y legaliforme. El espacio, destaca Soublette, se llenó de cálculo, de ruido y parloteo, pues el silencio se nos vuelve insoportable al tener que lidiar con nuestra desnudez (no ser). 

Lejos de ser algo apocalíptico, el fin del mundo ha sido más bien un hecho banal. Deambulamos, señala Soublette, entre los escombros de lo que fue un mundo. Acostumbrados a lo monstruoso nos vamos acostumbrando a todo, mientras la mayor desgracia sea la de otros. Creemos que los recursos financieros y la tecnología nos construirán algo mejor, pero ya no hay un mundo que mejorar. Y es que ya estamos en el juicio final, pero desconociendo, nos advierte Soublette, quienes son los jueces y los defensores.  

Eduardo Schele Stoller.