Dalí: poniéndole los cuernos al arte moderno 

Un atardecer, senté a la Belleza sobre mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la insulté. 

Rimbaud  

A través del surrealismo, Dalí recogió muy bien el espíritu pesimista con respecto al conocimiento que nos acompaña hasta nuestros días. La inteligencia, destaca el artista español, nos conduce a las nieblas del escepticismo, reduciéndonos a meros coeficientes de una gran incertidumbre. Esta situación también ha permeado en el arte moderno, al que constantemente parecen ponerle los cuernos, siendo engañado mediante la expresión de lo feo y abstracto. 

Fueron los críticos ditirámbicos (dionisiacos) los que, según Dalí, descubrieron los estremecimientos biológicos de la fealdad y sus inconfesables atractivos, extasiándose ante una belleza ya no convencional, dejando atrás a la belleza clásica valorándola como una mera cursilería.  

De hecho, de lo que se trata de aquí en adelante es de alcanzar el más alto grado de depreciación estética y de manifestar la horrorosa impureza inmaculada de los entrelazamientos oníricos, pues, contrario a lo que muchos piensan, lo utilitario y funcional ya no serviría para nada.  

La atención ahora ha de colocarse solo en aquello que ponga en funcionamiento nuestros deseos más turbulentos, descalificados e inconfesables. En sintonía con su método paranoico-crítico, a través de su arte Dalí busca propiciar la fuga, la libertad y el desarrollo de los mecanismos inconscientes, mediante un automatismo que odia a la realidad, imponiéndole delirios de grandeza, megalomanía perversa, originalidad hiperestética, exhibicionismo frenético de la fantasía. Contra la mesura, lo erótico, lo irracional y lo inconsciente.  

Y es que la belleza para el surrealismo no es más que la cantidad de conciencia de nuestras perversiones. De allí que si esta no es comestible, no existirá. 

Eduardo Schele Stoller.  

Baudelaire y la urgencia de lo feo

“Las moscas bordoneaban sobre ese vientre podrido, del que salían negros batallones de larvas, que corrían cual un espeso líquido a lo largo de aquellos vivientes harapos…”

De vez en cuando, la literatura incluye dentro de sus filas autores cuya propuesta fractura el canon existente resignificando el concepto de lo que, aun hoy, asociamos con lo bello. Es el caso de Charles Baudelaire, poeta maldito de la segunda mitad del siglo XIX quien, definido como un aficionado a la decadencia de la condición humana, propuso y plasmó en sus obras un profundo replanteamiento de la estética de la poesía: el descubrimiento de la belleza en lo no bello.

Con la publicación de su obra Las flores del mal (1857), Baudelaire irrumpe con una poética provocadora e inquietante, desmarcada de todo parámetro epocal en la que se desliza una propuesta transformadora en relación a la mirada estética tradicional acerca del mundo. En el marco de esta obra y como materialización de lo anterior, el poema Una carroña entrega al lector la posibilidad de comprender que es viable fusionar elementos de la lírica tradicional con temáticas que desafían el paradigma estético-poético instalado por la tradición. Mediante el uso de tópicos familiares a un lector de poesía tradicional, el autor logra hacernos entrar en un doble juego de imágenes que contrastan de modo abrupto y progresivo entre sí, manteniendo al receptor en una permanente oscilación entre lo bello y lo feo.

El sentido de los versos que conforman este poema, es susceptible  de ser construido sólo comprendiendo que, lo que Baudelaire intenciona al exaltar lo feo, es la búsqueda urgente  de una reflexión del lector acerca de la fragilidad de su propia existencia y que, por ende, la selección de términos y  la construcción de imágenes del mundo lírico mediante estos, no es más que un recurso para conducirnos hacia un estremecimiento en función de lo leído lo que generará en nosotros la necesidad de comprender esa imagen y apropiarnos del sentido estético que dicha construcción persigue despertar.

Por otro lado, en la medida de que la obra va desplegando su sentido por construir mediante el uso de palabras que se vuelven cada vez más cruentas en cuanto al grado de precisión descriptiva, es posible conectarse con la idea de que el autor, indefectiblemente, busca relevar la noción de lo feo por sobre la de lo bello.

Esta intención responde sin duda, a un aspecto medular de la lírica de Baudelaire, quien declara a través de su obra (y también de su propia vida) un deseo de evidenciar un sentido de no adherencia a los valores que la sociedad burguesa de su época promueve. Existe entonces en este poema, un claro propósito contracultural que sustenta su disenso en la apropiación por parte de la literatura del concepto de lo feo, para exponerlo al mundo como un componente más de la existencia humana.

De este modo, las imágenes descritas no deben ser entendidas desde una mirada pragmática ni cientificista, sino más bien como un objeto estético a partir del cual el autor representa la transitoriedad de la vida invitando con ello al lector a hacerse consciente de su propia naturaleza. No obstante lo anterior, y habiendo transcurrido más de 150 años desde la publicación de esta obra,  muchos siguen  detenidos  en analizar el hecho de que Baudelaire haya escogido “estos temas” y “este lenguaje” para dar forma a su creación pues, desde la posición puramente observante (y escasamente contemplativa) desde que la mayoría de los seres humanos “valoran” el arte, el foco de atención sigue centrado en el objeto artístico y no en la forma en que éste es representado lo que explica que propuestas poéticas como la de Baudelaire continúen siendo materia de discusión y controversia.

A modo de reflexión final, resulta necesario concluir que mientras se siga insistiendo en comprender, interpretar y valorar el arte desde una visión reduccionista y cosificada, poetas como Baudelaire mantendrán intacto su lugar en la historia de aquellos que se aventuraron a desacralizar (para muchos al extremo de la profanación) el canon estético-literario. Asimismo y por fortuna, seguirá existiendo la urgencia para muchos de nosotros de revisitar sus versos cada vez que sea necesario conectarnos con la verdadera esencia de nuestra frágil y precaria condición humana.

Andrea Hidalgo.

Lo feo, lo obsceno y lo cómico como formas de conciencia

A menudo, nos dice Umberto Eco, la atribución de belleza o fealdad se ha hecho atendiendo no a criterios estéticos, sino más bien a criterios políticos y sociales. Marx, por ejemplo, consideraba que la posesión de dinero puede suplir la fealdad, pudiendo evadir su fuerza ahuyentadora mediante el poder de compra y consumo. No hay carencias físicas para que el que le sobra el dinero. En este sentido, el poder y carisma pueden opacar la fealdad original. Sin embargo, decir que tanto la belleza como la fealdad son conceptos relacionados con las épocas y culturas, no significa que no haya habido intentos de definirlos bajo patrones más objetivos.

Eco cita, por ejemplo, a Nietzsche, quien entendía lo feo como señal y síntoma de degeneración, como indicio de agotamiento, de pesadez, de senilidad, de fatiga, de falta de libertad. Como una forma de convulsión o parálisis, lo feo nos lleva a una necesaria disolución o descomposición. Lo que odiamos en la fealdad es así la posibilidad de nuestra propia decadencia. Este argumento, nos dice Eco, es narcisísticamente antropomorfo, al señalarnos que belleza y fealdad están definidas en relación con un modelo ideal meramente humano. Por su parte, Karl Rosenkranz coincide con Nietzsche al establecer una analogía entre lo feo y el mal moral. La ausencia de forma, la asimetría, la falta de armonía, la desfiguración y la deformación, más las distintas formas de lo repugnante entran en el plano de lo feo.

No obstante, Platón vería en la fealdad algo bello, ya que, si bien lo feo carece de armonía y bondad, de igual forma todas las cosas físicas participan, en alguna media, de las ideas que representan, al menos como copias de estas. Esto cambia después bajo el cristianismo, donde solo lo bello es concebido como obra de Dios, dejando la degradación de lo feo solo como un recordatorio que, mediante la predicación oral y las imágenes retratadas en los lugares sagrados, servían para recordar la inminencia e inevitabilidad de la muerte y generar terror ante la posibilidad de las penas infernales.

¿Por qué, se pregunta Eco, pasamos a encontrar incómodo lo feo y desagradable? Esto toma relevancia, pues en las culturas donde predomina la vergüenza y el pudor, se manifiesta también el gusto por lo opuesto; la obscenidad. Esto es algo muy patente en el humor, donde los excrementos, por ejemplo, tienden a ser sinónimo de risa. Son la armonía perdida y fracasada lo que da lugar a lo cómico como conciencia de los comportamientos normales. Comicidad y obscenidad, afirma Eco, van de la mano cuando nos reímos a espaldas de alguien a quien despreciamos o como acto liberador contra algo o alguien que nos oprime, es decir, lo cómico- obsceno cuenta aquí como una rebelión y desahogo compensatorio. Quizás por esto el cristianismo ha tendido a vetar la risa como práctica habitual, algo que los romanos, por ejemplo, permitían incluso a sus esclavos.

Estos tipos de censura a la degeneración y a lo obsceno, es decir, a lo feo, nos muestra probablemente como un sistema o sociedad tiende a protegerse a sí misma, pues al develar las deficiencias de un sujeto o ente poderoso, no hago más que humanizarlo, esto es, bajarlo del pedestal idealizado desde el cual pretende que se le adore. De ahí que la risa y la ironía nos sirvan como medios de catarsis ante las represiones que nos aquejan constantemente en nuestra vida cotidiana.

Eduardo Schele Stoller.   

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