Druskowitz y la erradicación del hombre 

En su ensayo Proposiciones cardinales del pesimismo (1905), la filósofa austriaca Helene von Druskowitz afirmaba que Dios no existe más que como una vulgar y tiránica representación de lo que es el mismo hombre, representación que, dicho sea de paso, ha sometido a las mujeres, el género más bello, puro y noble. Como efecto de un miserable aborto masculino, la idea de Dios terminó obstaculizando el progreso femenino. 

El mundo para Druskowitz está desprovisto de divinidades, pues todo puede ser explicado a través de procesos causales y físicos, siendo el hombre el que lo denosta irremediablemente mediante sus erróneas interpretaciones, lo que explicaría el pesimismo de la autora y la propuesta de erradicación de la mitad del género humano. 

Y es que el espíritu de los hombres es insalvable, pues se identifica con lo vulgar y plebeyo, quedando a medio camino entre la humanidad y la animalidad, naturaleza que ha martirizando a la mujer, todo en vista de alimentar su obsesiones sexuales e impulsos de aniquilación y posesión, la que extiende incluso hacia las otras especies. 

Son estos insaciables deseos animalescos los que explican su rabia, cerrazón mental y tendencia a entregarse irracionalmente a la guerra o el deporte. Y es que el hombre, sostiene Druskowitz, es el adversario innato de la razón y el género superior, constituyéndose así como el experimento más peligroso y venenoso del cosmos.  

¿Se salva alguien dentro del género masculino? Sí, el filósofo, el que, en cuanto rareza, actúa como un bálsamo que ayuda a encaminarse hacia la verdad y la redención de la humanidad, en la medida que contribuye a la negación de la ciega voluntad de poder. Y es aquí donde cabe una excepción; Nietzsche, a quien Druskowitz solo le asigna un valor literario, cuestionando sus verdaderos dotes como filósofo: 

“Sus aires de profeta ahora me parecen ridículos. ¿Quién negaría a este hombre abundancia de espíritu y un gran talento para la forma? Sin embargo, trata los grandes problemas filosóficos superficialmente y sin verdadera seriedad (…) en general, el tratamiento de los problemas no armoniza con su importancia; que expresiones de auténtica sabiduría alternan con inútiles ocurrencias y dudosas sofisterías; pruebas de auténticas agudezas con paradojas, y en ocasiones lamentables errores, y que el autor casi se contradice en cada punto”. 

Al defender la voluntad de poder, el «ridículo» y «loco filólogo», como se refería Druskowitz a Nietzsche, no solo sería un enemigo mortal de la filosofía, sino que también de las mujeres, pues, mediante sus dictámenes, se le termina sometiendo a sus intereses.

A raíz de la marcada misoginia de su época, Druskowitz proponía una purificación del mundo femenino por medio de una educación más libre y audaz, dividiendo las ciudades por sexo y restringiendo los casamientos, pues estos últimos impiden la fidelidad hacia sí mismas, dirigiéndola hacia el hombre y a un mundo lleno de extravíos y errores. 

Eduardo Schele Stoller. 

La misoginia estética de Kant

En las Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime (1764), Kant destaca que las diferentes sensaciones de placer o displacer no obedecen tanto a la condición de las cosas externas que las suscitan, sino que dependen más bien de la sensibilidad propia de cada ser humano. Es en este marco que distingue los sentimientos de lo bello y lo sublime.

Por ejemplo, la contemplación de prados floridos, valles o rebaños tienden a provocar una sensación agradable, asociando la alegría con la belleza. En cambio, la vista de una montaña, de una tempestad o una pintura sobre el infierno pueden llegar a producir cierto agrado, pero unido al terror, emoción propia de lo sublime. En este sentido, como la noche, lo sublime conmueve, mientras que, como el día, lo bello nos encanta.

Kant aplica estos criterios de forma muy particular para distinguir a los sexos, lo que raya en la misoginia. A su juicio, el sexo femenino resalta principalmente por la característica de lo bello (bello sexo), mientras que el masculino por lo sublime (noble sexo). Estas diferencias, las que se consideran como predisposiciones naturales, deberían potenciarse aún más mediante la educación, resaltando en la mujer la importancia por nutrir su belleza, elegancia y ornado. Si bien la mujer posee inteligencia, no alcanza la profundidad de la mente masculina, la que se acerca así a lo sublime.

De hecho, Kant considera que el exceso de estudio en la mujer termina por opacar su belleza, de allí que no deba aprender más que lo necesario para captar alguno que otro chiste en los eventos a los cuales asista. Y es que su “filosofía” no se basa en razonamientos, sino que en sentimientos, por lo que todo su aprendizaje ha de centrarse en el manejo de este aspecto.

En consecuencia, debe evitarse en la mujer cualquier tipo de altanería, pues esta termina desfigurando completamente el carácter de su sexo, oponiéndose al encanto seductor de lo modesto. Según Kant, no es casual entonces que los fines de la naturaleza se dirijan a ennoblecer más al hombre y a embellecer más a la mujer, pues en los primeros primaría lo sublime, mientras que en las segundas solo una superficial e intrascendente belleza.

Eduardo Schele Stoller.

María Luisa Bombal: escribiendo en los bordes de la historia no oficial

Hay quienes sostienen que la literatura no es otra cosa que la historia de la humanidad contada por los vencidos. Esa que carece de victorias épicas y héroes deslumbrantes, una compleja trama que suele estar plagada en cambio, de estrategias fallidas y de luchas libradas con más penas que glorias.

En ese espacio paralelo, con paradigmas propios y enrevesada estructura que suele ser el mundo literario, las letras femeninas se han abierto camino de modo silente y en exceso trabajoso, situándose (casi siempre sin opción de ocupar más espacio que ese) en los bordes del papel en el que otros han decidido tomar la posibilidad de correr el riesgo y plasmar su arte.

Tributando a lo anterior, María Luisa Bombal, escritora chilena de la primera mitad del siglo XX, fue una de esas pocas mujeres que se animaron a cruzar los límites trazados desde este universo mayoritariamente masculino, transgrediendo los márgenes a los que, por la pesada carga de la tradición, la creación literaria femenina había sido desde siempre relegada.

Así, en el umbral de la década de 1930 y con sólo 23 años, Bombal publica La última niebla, novela breve que incluye los relatos El árbol y Las islas nuevas en los que desplegaría con sutileza y desenfado personajes, temas y motivos que se convertirían tiempo después, en referente e inspiración (por la mayoría desconocida) para algunos de los “padres” del hasta hoy célebre realismo mágico latinoamericano. Imágenes abrumadoras y potentes, sin más pretensión que dar cuenta del mundo interior de la autora, ese espacio profundo e intenso que una joven María Luisa, se atrevía a develar a través de la belleza de su prosa poética, tal vez como una forma de dejar registro, mediante ello, sus propias batallas perdidas.

De este modo, internarse en la obra de Bombal se convierte para el lector en un tránsito permanente entre lo cotidiano y lo irreal. Un espacio indeterminado donde se diluyen las fronteras entre la realidad consciente y la inconsciente, un lugar en el que cohabitan los miedos más profundos junto al deseo ferviente de los personajes de despojarse de ellos para siempre.

En la obra de esta autora, la naturaleza es el puente, el elemento que permite establecer los vínculos al interior de este mundo roto, fragmentado por los prejuicios y los convencionalismos de una sociedad empecinada en la labor de dar a cada cual “su lugar” de acuerdo a sus circunstancias vitales, su clase, su género, negando de este modo la posibilidad a sus personajes de buscar el real sentido de su existencia.

En el centro de los relatos: la mujer. Personajes femeninos magistralmente construidos desde una mirada distinta. Mujeres concebidas como sujetos de la acción y no como meras piezas de un engranaje. Vinculadas con la fuerza telúrica de la naturaleza no desde la perspectiva ancestral (y ya a estas alturas caricaturesca) de aquella mujer que conoce a la perfección los secretos de la tierra, sino más bien, como una que se permite y se aventura a descubrir lo que existe al interior de sí misma a partir de las sensaciones que lo natural le evoca.

Las mujeres de Bombal sienten la vida, experimentan el mundo realizando un ritual de deconstrucción permanente en el que vuelven la mirada hacia sí mismas una y otra vez y, en este ejercicio, casi siempre se encuentran. Desde este prisma, la noción del otro será tan sólo un pretexto para que estos personajes direccionen y entiendan la vida en función de su propio lugar en el mundo, aquél que fue deliberadamente construido por ellas mismas, apropiándose de sus deseos y haciéndose conscientes de sus decisiones.

Valorar hoy la obra de Bombal va más allá del discurso fácil y panfletario al que penosamente nos hemos acostumbrado cuando de reivindicaciones de derechos se trata. Esa suerte de mantra plagado de consignas vacías y frases hechas que no pasan de ser eso. Es fácil repetir y vociferar la letanía cuando existe el espacio y la libertad para hacerlo. El mérito genuino está en quienes levantaron su voz cuando aquello les era negado.

Resulta inevitable desde nuestro presente, reflexionar acerca de cuán complejo debió de haber sido para Bombal, en el marco de su época, despojarse de lo aprendido, sacudirse los prejuicios propios e impuestos y arrojarse al mundo provista tan sólo de sus deseos de resignificar su lugar en él.  Por lo mismo, hoy se hace imprescindible otorgar a esta autora el lugar que tanto buscó y otras tantas le fue negado, para posibilitar, con nuestras lecturas, que María Luisa vuelva (una y otra vez) a conquistar su espacio, premunida únicamente de su pluma y su intelecto, para descolgarse de los márgenes, escribir en los bordes y, a pesar de ello, seguir abriéndose paso a través de la niebla.

Andrea Hidalgo.

Coetzee y la censura como protectora del poder

La censura, señala el escritor sudafricano J.M Coetzee (1940-), no es una ocupación que atraiga a mentes inteligentes y sutiles. La censura parte de una reacción a algo que para una persona o grupo representa una ofensa, y la ofensa, a su vez, radica en la ausencia de duda de sí mismo. Es decir, quien censura lo hace porque está seguro de que una acción o fenómeno atenta contra ciertos principios concebidos como verdaderos. La censura, en este sentido, puede ir perfectamente de la mano con el fanatismo y la intolerancia.

Coetzee afirma que cuando alguien que mantiene una posición se ofende al ser cuestionado, esto es signo de la debilidad de dicha posición. Su indignación no es más que un disfraz con el cual se engaña a sí mismo quien tiene una posición de debate débil. Las instituciones que censuran perjudican la vida cultural y espiritual de la comunidad, pues, mediante la ley y restricciones, terminan por condenar a los individuos a vigilarse a sí mismos, no pudiendo florecer así el arte. Al respecto, Coetzee considera que todos los puntos de vista merecen ser escuchados.

Sin embargo, ¿Qué es lo que se ataca cuando nos sentimos ofendidos? Lejos de nuestro ser esencial, lo que se ataca son las construcciones gracias a las cuales vivimos, es decir, lo que se vulnera es una ficción fundacional. El respeto pareciera entonces ser, a juicio de Coetzee, un concepto superfluo pero indispensable para el funcionamiento del teatro de la vida. Toda infracción contra la moral se considera así que amenaza a la sociedad en su conjunto, pues lo censurado pone en cuestión los hábitos y costumbres que cuentan como los cimientos de la comunidad. Quizás el ejemplo paradigmático para dar cuenta de esto es lo que ocurre con la pornografía.

El Marqués de Sade (1740-1814) afirmaba que el ser humano debe obedecer, nutrirse y servirse de las pasiones, puesto que es lo único que nos conduce a la felicidad. Aconseja así despreciar todo lo que sea contrario a las leyes del placer. Se debe destruir consecuentemente a la virtud, la tradición y a la educación que la replica. Hay que convertirse al libertinaje, pervirtiendo los principios de la moral. La literatura pornográfica de Sade puede ser vista como un medio de crítica ante las costumbres de su época, esto es, a los sesgos de la moral cristiana. De hecho, señala explícitamente que Dios es solo una quimera creada por la razón.

Todas nuestras ideas, afirma Sade, son representaciones de los objetos que nos golpean. Dios es así una idea sin objeto. Todo principio es un juicio, todo juicio es resultado de la experiencia y ésta solo se adquiere a través del ejercicio de los sentidos, de lo que se sigue que los principios religiosos no demuestran nada ni tampoco son innatos. De allí que una fundamentación de la moral no pueda proceder de principios trascendentes. Desde un punto de vista naturalista y, podríamos añadir, evolutivo, la bondad, que ha sido tradicionalmente considerada como una virtud, no es más que una actitud de los débiles. El imperativo máximo de una moral naturalizada será el del egoísmo. El deleite, según Sade, debe ser propio y sin importar si este ha sido a expensas de los demás. En un estado de guerra natural -como expuso Darwin mediante la selección natural- solo los más fuertes prevalecerán. La crueldad así para Sade es una virtud y no un vicio.

La literatura de Sade sería así un medio para criticar la ideología dominante de la época, de allí las constantes censuras que recibió su obra. Podemos encontrar la misma lógica de censura en el caso que en 1960 involucró a Penguin Books cuando decide publicar El amante de lady Chatterley de D. H. Lawrence, ante lo cual son demandados por la Corona británica por quebrantar la Ley sobre Publicaciones Obscenas británicas (1959), por la posible depravación de las personas que podrían leerla. De acuerdo a su contenido, esta obra también buscaba transgredir las fronteras sexuales y sociales de la época.

Pero la pornografía ha pasado de ser una herramienta de cuestionamiento de las normas a representar los intereses de un determinado grupo dentro de la comunidad; los hombres. Hoy se señala que la pornografía cosifica, es decir, trata a la mujer como medio y no como un fin en sí misma, despojándola así de su libertad. La pornografía, señala Coetzee, proporciona la respuesta a la pregunta sobre qué quieren los hombres, es decir, muestra el modo en que los hombres ven el mundo. Para la abogada y escritora estadounidense Catharine MacKinnon (1946-), la sexualidad masculina es la posesión y el consumo de las mujeres como objetos sexuales. La pornografía visual satisface la sexualidad masculina creando para ella objetos sexuales asequibles, es decir, imágenes de mujeres. Como objetos del deseo masculino, las mujeres y las imágenes de mujeres no pertenecen a categorías distintas. Los hombres tienen relaciones sexuales con su imagen de la mujer. La mujer con quien un hombre tiene relaciones físicas es solo un vehículo a través del cual él trata por todos los medios de alcanzar el conjunto de representaciones que a sus ojos forman la imagen de ella. El problema mayor es que, a juicio de MacKinnon, la sexualidad de la mujer es también una construcción del poder masculino, es decir, desea ser poseída como objeto y consumida. Por medio del vehículo de la mujer real, el hombre tiene relaciones con la imagen de la mujer, en cuanto esta, se experimenta a sí misma como un ser sexualizado y por lo tanto sexualmente construido en un terreno asimismo imaginario.

De esta forma, de ser un medio de crítica social, la pornografía pasa a ser una representación del poderío masculino en la sociedad, ensalzando un universo cerrado de explotación del débil por el fuerte, sin ningún tipo de justicia reparadora. Sin embargo, Coetzee se pregunta; si tenemos que proscribir la pornografía por sus representaciones de violencia sexual ¿Por qué no hacerlo también con todas las representaciones violentas, tales como guerras y matanzas? Como ha señalado MacKinnon, si la pornografía revela la verdad del imaginario masculino, el censurarlo no haría más que invisibilizar aún más las relaciones de poder que sustentan nuestra comunidad. Para que haya conciencia crítica y debate debe hacerse ante la presencia de lo cual estamos disconformes. La censura buscaría así proteger y ocultar el poder.

Eduardo Schele Stoller.

El lenguaje inclusivo a partir de la filosofía de Frege

Frege aclara que la igualdad es una relación entre nombres o signos de objetos. Lo que se quiere decir con a = b es que los signos o nombres “a” y “b” se refieren a lo mismo. Pero esta relación existiría entre los nombres o signos únicamente en la medida en que éstos denominan o designan algo. Sería una relación inducida por la conexión de cada uno de los signos con la misma cosa designada. Tal conexión, señala Frege, es arbitraria.

Además de lo designado, la referencia del signo va unido con lo que Frege denomina como el “sentido” del signo, en el cual se halla contenido el modo de darse. Por ejemplo, la referencia del “lucero vespertino” y de “lucero matutino” sería la misma (Venus), pero el sentido no. La designación de un único objeto puede estar compuesta de varias palabras u otro tipo de signos. Las palabras “el cuerpo celeste más alejado de la Tierra” tienen un sentido; pero no tiene referencia clara. Por el hecho de que se conciba un sentido, no se tiene con seguridad una referencia.

De la referencia y del sentido de un signo, sostiene Frege, hay que distinguir la representación a él asociada. Si la referencia de un signo es un objeto sensiblemente perceptible, la representación que yo tengo de él es entonces una imagen interna formada a parir de recuerdos de impresiones sensibles que he tenido, tanto internas como externas. Tal imagen, impregnada de sentimientos, es de claridad diversa y vacilante. No siempre, ni siquiera en la misma persona, está unida la misma representación al mismo sentido. La representación, señala Frege, es subjetiva, pues la representación de uno no es la de otro, dándose múltiples diferencias entre las representaciones asociadas a un mismo sentido. Se diferencia así la representación del sentido del signo, el cual puede ser propiedad de muchos, por tanto, el sentido no es parte o modo de la mente individual, pues, no se puede negar, según Frege, que la Humanidad tiene un tesoro común de pensamientos que se transmiten de una generación a otra. En la representación hay que añadir a quién pertenece y en qué momento. Pero esto no impide que dos personas puedan concebir el mismo sentido.

Por último, Frege nos dice que todo enunciado contiene un pensamiento. Si en un enunciado sustituimos una palabra por otra de misma referencia, pero de distinto sentido, esto no tendrá efecto sobre la referencia del enunciado. Sin embargo, lo que cambia es el pensamiento. Por ejemplo, entre los enunciados “el lucero matutino es un cuerpo iluminado por el sol” y “el lucero vespertino es un cuerpo iluminado por el sol” la referencia es la misma (Venus) pero el pensamiento no. El pensamiento no es así la referencia de un enunciado, sino que su sentido.

La pregunta con respecto al lenguaje inclusivo sería entonces ¿Qué importa más: ¿la referencia, el sentido o la representación? Si la respuesta es la referencia, esto es, dar cuenta da la totalidad de seres humanos, sin importar su género, la palabra “todos” ya cumple tal propósito, por lo que sería innecesario incorporar cualquier tipo de palabra alternativa (todos (a) = seres humanos (b)). Misma suerte corre su sentido, pues, tradicionalmente se ha asociado indistintamente tanto para hombres como mujeres.

El problema gira en torno a la representación, es decir, a un conflicto ideológico para ciertos grupos cuyos pensamientos difieren al de la cultura y la tradición. Desde tal ideología se ven las palabras bajo otros sentidos y referencias. En este plano, todo tipo de nuevas propuestas y reformulaciones al lenguaje son válidas. Como señalaba Frege, no se le puede prohibir a nadie tomar nuevos signos para designar algo. Y es que, en el fondo, las relaciones de igualdad entre signos son arbitrarias, esto es, no se refirieren a las cosas mismas, sino solo a nuestros modos de designación. No obstante, la aceptación de estas nuevas propuestas no pasará por un convencimiento ideológico o de orden cualitativo. Será en la masificación del uso de nuevos términos y sentidos que el lenguaje pueda variar. Solo allí la representación se impondrá sobre el sentido habitual.

Eduardo Schele Stoller.

Simone de Beauvoir y la mujer como objeto

En El segundo sexo Simone de Beauvoir realizó un profundo análisis de la concepción de la mujer en la historia, la cual no ha cambiado mucho a lo largo del tiempo. Aristóteles, por ejemplo, afirmaba que la hembra es hembra en virtud de una determinada carencia de cualidades. Santo Tomás, por su parte, señalaba que hay que considerar el carácter de la mujer como naturalmente defectuoso, esto es, como un hombre fallido (Génesis). La humanidad, sostiene De Beauvoir, es masculina, siendo el hombre quien define a la mujer, no en sí sino en relación con él. Esto hace que la mujer no tenga consideración de ser autónomo, independiente del hombre. Ella no es más que lo que el hombre decida. En la sociedad humana nada es natural. La mujer es uno de tantos productos elaborados por la civilización. La mujer no se define así por sus hormonas ni instintos, sino por la forma en que percibe, a través de las conciencias ajenas (masculinas), su cuerpo y su relación con el mundo.

Los dos sexos, plantea De Beauvoir, nunca han compartido el mundo en pie de igualdad, aspecto que contradice la perspectiva existencialista, según la cual todo sujeto se afirma concretamente a través de los proyectos como una trascendencia, como una expansión hacia un futuro indefinidamente abierto. Pero en el caso de la mujer, la anhelada trascendencia cae en la inmanencia, degradándose así su existencia, en una frustración y opresión de su libertad. Los hombres le imponen, afirma De Beauvoir, que se asuma con alteridad, pretendiendo petrificarla como objeto, condenándola a la inmanencia, a la inesencialidad, ya sea a través de justificaciones fisiológicas, psicológicas o económicas.

Sin embargo, De Beauvoir destaca que solo es posible la comparación entre sexos desde una perspectiva a sí mismo humana, es decir, no es algo dado. Obramos para hacer lo que somos. El hombre no es una especie natural, es una idea histórica (Merleau-Ponty). Esto quiere decir que la mujer no es una realidad inmutable, sino un devenir, teniendo que definirla entonces por sus posibilidades. En consecuencia, De Beauvoir afirma que no se nace mujer: se llega a serlo.

El conjunto de la civilización elabora este producto intermedio entre el macho y el castrado que se suele calificar de femenino. Confinada a las labores domésticas, la mentalidad de la mujer se siente rodeada de ondas, cree en la astrología, la teosofía, los videntes, los sanadores, introduce en la religión las supersticiones primitivas. Su actitud, señala De Beauvoir, es la del conjuro, el rito y la oración. Es rutinaria porque el tiempo para ella no tiene la dimensión de una novedad, no es un impulso creador, pues está condenada a la repetición, solo viendo en el futuro una duplicación del pasado, en un mero movimiento confuso, circular y degradante.

¿Puede llegar a revertirse esta condición de la mujer? De Beauvoir confiaba en que sí, pero para esto debe antes abrírsele el futuro, dejando de aferrarse al pasado. Los defectos que históricamente se le han reprochado (mediocridad, pequeñez, timidez, mezquindad, pereza, frivolidad, servilismo) ilustran precisamente la estrechez de su horizonte. Si se les destaca solo por la sensualidad y la inmanencia, es porque se las ha encerrado en ellas mismas, dejándolas en una importancia meramente animal.

Si la mujer ha dado importancia a las cosas pequeñas, sostiene Beauvoir, es porque no ha tenido acceso a las grandes. Al no estar su vida dirigida hacia fines, se absorbe produciendo medios como la comida o la ropa; aspectos meramente utilitarios. Son las circunstancias las que invitan a la mujer, más que al hombre, a volverse hacia sí y a consagrarse su amor (narcisismo). Si se ofrece a sí misma a sus propios deseos es porque desde su infancia se le ha reforzado el verse como un objeto. Esto es algo latente en la misma concepción de la belleza. En el caso del hombre, señala De Beauvoir, es síntoma de trascendencia, mientras que en la mujer tiene la pasividad de la inmanencia, estando hecha para detener la mirada y quedar atrapada en lo inmóvil. Por ejemplo, el hombre que se siente actividad, subjetividad, no se reconoce en su imagen congelada en el espejo. En cambio, la mujer que se sabe objeto cree realmente que se ve en el espejo: pasivo y dado, el reflejo y ella son una misma cosa.

Eduardo Schele Stoller.