El fracaso de la inteligencia según Marina

Usualmente, nos dice José Antonio Marina, la inteligencia se ha entendido como la capacidad que tiene un sujeto para dirigir su comportamiento, utilizando la información captada, aprendida, elaborada y producida por él mismo. En este sentido, la inteligencia suele evaluarse en base a capacidades cognitivas básicas, tales como percibir, relacionar, aprender y argumentar, todos aspectos que suelen medir los test de inteligencia.

A juicio de Marina, el éxito de la inteligencia debería medirse por dirigir bien o mal la conducta, resolviendo situaciones conflictivas, según un determinado contexto. A mayor resistencia de las circunstancias, más se pondrá a prueba la inteligencia. El poderoso, por ejemplo, al ofrecerle poca resistencia las cosas, pocos serán en consecuencia los desafíos a su inteligencia y su conciencia. Una cosa, nos dice Marina, es la capacidad intelectual, otra lo que hacemos con ella.

A través de esta capacidad es que puede medirse a su vez la estupidez. La tontería, afirma Marina, es la idea convertida en materia inerte, el pensamiento convertido en mecanismo. Y es que la inteligencia no trata solo de resolver problemas, sino también de plantearlos, siempre y cuando sea conforme a un marco atingente, de lo contrario, cualquier pensamiento o actividad puede resultar estúpidos si el marco en que se mueve también lo es. La inteligencia fracasa cuando se equivoca en la elección del marco. El marco superior en jerarquía para el individuo es su felicidad. En consecuencia, señala Marina, será un fracaso de la inteligencia aquello que le aparte o le impida conseguir la felicidad.

A la estupidez contribuyen además otros factores, tales como los prejuicios. Un prejuicio, señala Marina, se basa en estar absolutamente seguro de una cosa que en realidad no se sabe. Prejuicio es juzgar anticipadamente un hecho; antes de que suceda o de conocer lo sucedido. Un sujeto tal selecciona la información en vista de solo percibir aquellos datos que corroboren su prejuicio. Esto deriva en una actitud dogmática, pues lo que se hace es inmunizar las propias creencias ante cualquier tipo de crítica, pudiendo llegar a caer, producto de esto, en el fanatismo.

Eduardo Schele Stoller.

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El amor según Ortega

A juicio de Ortega y Gasset, desear es tender a la posesión de algo, muriendo automáticamente cuando logra satisfacerse. El deseo tiene un carácter pasivo, pues cuando deseamos, pretendemos que el objeto venga hacia nosotros, siendo así el centro de gravitación donde esperamos que las cosas vengan a caer. El amor, en cambio, es una insatisfacción y actividad eterna, ya que bajo él somos nosotros quienes van al objeto. En el acto amoroso es la persona la que sale fuera de sí. En el amar abandonamos la quietud, en un emigrar constante, no instantáneo como en el desear. No es un golpe único, sino una corriente. El amor es, sostiene Ortega, un acto centrífugo del alma que va hacia el objeto en flujo constante.

Otra visión a la cual se refiere Ortega para su análisis es a la de Stendhal, quien califica al amor como un error, basado en una mera ficción, pues nos enamoramos cuando sobre otra persona nuestra imaginación proyecta inexistentes perfecciones. Basta que se desvanezcan tales fantasmagorías para que el amor muera. En este sentido, Ortega señala que el amor no solo no ve lo real, sino que además lo suplanta. Enamorarse es sentirse así encantado ante alguna supuesta perfección, la cual, probablemente, ni si quiera existe.

Este ir hacia el objeto idealizado hace que la atención se fije más tiempo de lo normal en un mismo objeto, convirtiéndose así en una manía. El maniático, afirma Ortega, es un hombre con un régimen de atención anómalo, característica presente en casi todos los grandes personajes de la historia ¿Qué diferencia a unos de otros? A juicio de Ortega es el objeto de obsesión, que puede resultar útil o no a ojos de los demás. Nada nos define tanto como cuál sea nuestro régimen atencional. Pero es aquí donde Ortega da con un síntoma muy propio de nuestro tiempo; la ligereza y mareo con que la atención resbala de objeto en objeto, no fijándose en nada en particular. Al respecto, ¿el amor nos salva o nos condena a la estupidez?

Ortega señala que el enamoramiento no es más que atención anómala detenida en otra persona, representando así un empobrecimiento de nuestra vida mental, pues la conciencia se angosta y pasa a contener un solo objeto, dejando a la atención paralítica, no pudiendo avanzar de una cosa a otra, quedando rígida y presa de un solo ser. En consecuencia, el amor, al menos en un comienzo, no estaría mas que condenándonos a la estupidez.

Eduardo Schele Stoller.

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