La “epojé” como causa y solución del sufrimiento

Como ha destacado Sloterdijk, la idea de un ser humano verdaderamente pensante ha de ser ya una especie de muerto en vacaciones. Carecemos de lo que promulgara el método fenomenológico, exigiendo una rigurosa independencia de toda forma de postura existencial. La teoría para ser pura tendría que disolver, al menos temporalmente, la fijación del sujeto a la existencia real, es decir, señala Sloterdijk, ejercitarse en no tomar postura, en lo que sería una “des-existencializacion”. El ser humano pensante debería empeñarse por suspender en medio de la vida la participación en la vida, todo para intentar entrar en una esfera de observación pura. La “epojé”, en este sentido, se entiende como distanciamiento de la vida, como una puesta entre paréntesis ante la misma. Se requiere aquí de una actitud estoica, tal como la del cliente que pasea por el mercado sin comprar nada.  

Por el pensar, afirma Sloterdijk, se produce un autismo artificial que aísla al pensador y lo lleva a un mundo especial de representaciones forzosamente unidas. Esto es una especie de “éxtasis”, como el ser-ahí mismo que se presenta como tensión en otra parte, quedando metódicamente al margen de la existencia. Pero para esto se hace necesaria una actitud cosmopolita, careciendo de un sentido mayor de identidad y pertenencia a un grupo. Sin embargo, como ha señalado Victoria Camps, son muy pocos los que se sienten a gusto con esta idea, prefiriendo perder libertad a cambio de, precisamente, proteger la supuesta identidad ¿Por qué? 

Si lo que prima en nuestros días es la búsqueda de la felicidad (es cosa de ver los libros más vendidos), extraño sería adoptar la actitud escéptica de la “epojé”, pues rara vez la toma de distancia del sentido común implica emociones reconfortantes. De hecho, a mayor toma de distancia y, en consecuencia, conciencia, pareciera que reinara más la angustia y la desdicha que la felicidad. Quizás esta era la enseñanza que nos quería dejar Voltaire con su obra “Cándido”. 

Contra la concepción de Leibniz, las diversas tragedias que viven los personajes de esta obra nos muestran que estamos lejos de vivir en “el mejor de los mundos posibles”. Incluso superadas todas estas dificultades, los personajes parecen no lograr disminuir sus melancolías, creyendo más bien en la imposibilidad de alcanzar la felicidad en la tierra, pues si bien las riquezas podrían mejorar nuestras condiciones materiales, mentalmente seremos aquejados por el aburrimiento y el fastidio. 

Estos pesares perduran hasta que casualmente topan con un apacible anciano que tomaba el fresco en la puerta de su casa bajo un árbol de naranjos. Cándido y Pangloss (filósofo y tutor de Cándido) le consultan a este por la identidad de un hombre recién ajusticiado en la ciudad, suceso que el anciano decía desconocer, como así también cualquier otro tipo de acontecimiento externo a su hogar. A él solo parecían preocuparle el cultivo de sus tierras y el bienestar familiar. Es a través del trabajo, señalaba, que nos libramos de las tres insufribles calamidades que aquejan al ser humano; el aburrimiento, el vicio y la necesidad. Es el trabajo el que logra así darle un sentido, aunque sea rutinario y mecánico, a nuestra existencia, de la mano de la despreocupación de un conocimiento de orden más consciente, es decir, precisamente, tomando distancia de la existencia o factores sociales.  

La “epojé” aquí dista de tener una función cognitiva, pues la puesta entre paréntesis solo buscaría generar un espacio libre del ajetreo mundano. Tal como promulgaran los epicúreos en la antigüedad, la felicidad parece radicar en el alejamiento y la libertad que podamos alcanzar con respecto al entorno, no para pensar, sino que, por el contrario, para dejar de hacerlo, perdiéndonos en algunas labores simples y prácticas para darle sentido al día a día.  

Eduard Schele Stoller. 

Ediciones Siruela
Cándido - Voltaire

Eagleton y el pesar del optimismo

La esperanza auténtica, nos dice Terry Eagleton, debe estar basada en razones, es decir, debe ser capaz de seleccionar las características de una situación que la hacen creíble. De lo contrario, no es más que un presentimiento. El optimismo cuenta como un tipo de conservadurismo, pues su fe en un futuro propicio está enraizada en la supuesta bondad esencial del presente. Eagleton destaca que el optimismo es un componente típico de las ideologías de las clases dominantes, ya que, al carecer de instancias críticas, en general, no se ven apremiados por la necesidad de cambio, apelando solo a soluciones cosméticas.

En este sentido, el optimista subestima los obstáculos que puede ofrecernos la realidad y responde a todo de la misma forma, obviando el azar y la contingencia. En este mundo determinista, señala Eagleton, las cosas están destinadas a salir bien con una previsibilidad sobrenatural y sin que haya una buena razón para ello. Y es que como sostiene Alexander Pope, la esperanza es una ficción terapéutica, que nos mantiene vivos convenciéndonos de que persigamos una quimera tras otra. La esperanza, complementa Eagleton, es un espejismo apolíneo o una mentira vital gracias a la cual podemos evitar que la futilidad nos asalte mientras los dioses se parten de risa cínicamente en secreto. Eliminamos la vacuidad de nuestras esperanzas pasadas para perseguir una nueva quimera tentadora y a esta interminable fabricación de auto olvido se la conoce como existencia humana.

La esperanza, sostiene Eagleton, es un fetichismo del futuro que reduce el pasado a un prólogo y el presente a mera expectativa vacía, manteniéndonos vivos para que podamos seguir siendo atormentados. La esperanza es así la grieta en el presente a través de la cual se puede atisbar el futuro, pero a costa de vaciar al sujeto en el no-ser. Devalúa cada momento, depositándolo en el altar del sacrificio en aras de una futura satisfacción que nunca llegará. No parece haber diferencia entre esperanza y deseo, pues en ambos es el futuro lo que determina el presente. Tal como lo concebía ya John Locke, para quien la esperanza es el «placer mental» que sentimos cuando prevemos una fuente futura de satisfacción.

La esperanza consiste en deseo más expectativa. Eagleton señala que si bien es posible la expectativa sin desear, no se puede esperar sin desear. Aquí podría apelarse al caso del suicida como ejemplo de predominio de la desesperanza. Sin embargo, según Eagleton, el suicida no tiene por qué estar convencido de que la existencia en sí misma carece de valor. De hecho, puede creer que hay razones para la esperanza, pero que estas expectativas no son para él. Puede que piense que sus problemas podrían acabar desapareciendo, pero no se siente capaz de esperar hasta entonces. El dolor es demasiado insoportable como para aguardar hasta que los acontecimientos den un giro positivo. Por lo demás, como destaca Eagleton, el suicidio también es una cuestión de esperanza; pues una persona se suicida porque espera dejar de sufrir.

Ahora bien, siguiendo a Spinoza, Eagleton sostiene que la esperanza parece ser la ilusión del ignorante, pues parece ser mucho más racional y seguro no esperar nada para así decepcionarse con menos frecuencia. Así, la mejor forma de conservar la ataraxia o tranquilidad de ánimo es excluir toda posibilidad futura. Si la buena vida consiste en un plácido autodominio, es necesario abandonar tanto la esperanza como la desesperanza, que nos hacen presa de los estragos del tiempo. Renunciar al futuro, nos dice Eagleton, es una cura instantánea de la ansiedad, esto es, una especie de muerte en vida, mediante el cultivo de la impasibilidad, haciéndonos inmunes tanto al deseo como al desencanto, evitando tanto el sosiego como el abatimiento, alcanzando así la apatheia.

Eagleton nos advierte que el precio de esta serenidad es una cierta monotonía redentora, tal como sucede al estoico, quien está al mismo tiempo presente y ausente en el mundo, vivo y muerto, participando en sus asuntos turbulentos pero aislado de sus vicisitudes por la nobleza de su espíritu, totalmente opuesto a los que viven esperanzados. Si bien estos últimos también están presentes y ausentes, lo hacen en otro sentido, pues se encuentran divididos entre lo que es palpable pero imperfecto y lo que está ausente, pero es tentador, entre la insistencia de lo real y la promesa de un futuro. De allí que lo más racional, en vista de evitar el sufrimiento, sea el pesimismo.

Eduardo Schele Stoller.

Causas del sufrimiento según Epicteto

No es libre nadie que no se domine a sí mismo.

Epicteto señalaba que lo que depende de nosotros es por naturaleza libre, ya que no nos vemos sometidos a estorbos ni impedimentos, mientras que lo que no depende de nosotros nos termina debilitando y esclavizando. El mayor problema se produce si consideramos como libre lo que por naturaleza es esclavo o si consideramos lo ajeno como propio, lo cual cuenta como una de las causas de nuestro sufrimiento y perturbación espiritual.

En vista de evitar el infortunio, debemos aniquilar el deseo de todo aquello que no dependa de nosotros. De hecho, ya es considerado como una falta de aptitud dedicar en demasía tiempo a los asuntos del cuerpo (ejercicio, comer, beber, defecar, fornicar), pues solo deberían ser consideradas como acciones accesorias. Nuestra íntegra dedicación ha de estar dedicada para el pensamiento. Algo que facilita esto es la reflexión sobre la muerte. Teniéndola presente a diario nunca pensaremos nada vil ni desearemos nada en exceso. Habrá que tener cuidado entonces cuando tengamos la representación de algún placer, pues éste puede llegar a apoderarse de nosotros. Ante el placer deberemos esperar y sopesar los momentos durante y después del disfrute, en donde puede haber arrepentimiento e injurias a sí mismo.

Sin embargo, tales culpas e injurias no suelen ser más que meras representaciones, las cuales distan de coincidir con lo representado. Es por esto por lo que para Epicteto las personas se ven perturbadas no por las cosas, sino por las opiniones que tienen sobre las cosas, muchas de las cuales no dependen de nosotros.

Cuando suframos impedimentos o nos veamos perturbados, Epicteto nos recomienda no echar nunca la culpa a otros, sino a nosotros mismos, es decir, a nuestras mismas opiniones. Epicteto nos enseña así a no desear que los sucesos ocurran como queramos, sino a querer los sucesos como suceden. Al esperar poco y nada de las cosas o las personas, no habrá decepción que nos aqueje, nos liberaremos de las representaciones ajenas y seremos, en consecuencia, más felices.

Eduardo Schele Stoller.