Del erotismo amoroso al hedonismo fáunico

Ercole Lissardi ha destacado la existencia de dos paradigmas con respecto a lo erótico a lo largo de la historia: el amoroso y el fáunico. El primero se basa en una idea de amor exclusivo y espiritual, uno que no espera recompensa, reciprocidad, ni la posesión de su objeto. Este paradigma, señala Lissardi, esencialmente discursivo, ha reinado a lo largo de la historia de Occidente, modelando a las personas en sus búsquedas amorosas, mediante el logos, la Iglesia, el Estado y sus leyes.

El paradigma fáunico, en cambio, se caracteriza por privilegiar el apetito sexual, el deseo y la voluptuosidad. En su origen es mudo, pues se manifiesta solo a través de imágenes y representaciones. Si bien ha sido reprimido y rechazado por las instituciones que han regulado la vida y el pensamiento en Occidente, se ha desarrollado de igual manera en la clandestinidad. En sus comienzos, afirma Lissardi, este paradigma fue representado por el sátiro griego y el fauno romano (borrachos, juguetones y sensuales), los cuales se comienzan a diabolizar en el medioevo (Satanás como tentador al pecado), hasta su retorno en el renacimiento, donde resurge la imagen de Dionisos, intentando transgredir el paradigma amoroso que aprisionaba a la sensualidad humana.

El mayor poder de la iglesia, nos dice Lissardi, radica en el poder de perdonar los pecados, de allí que necesite de estos. Al no podemos evitar pecar, la única salvación del individuo depende de ser absuelto, siendo así Satanás la moneda de cambio del confesionario, que habilita el acto de poder de la absolución. Satanás, afirma Lissardi, es el cemento que mantiene unido el edificio del poder eclesiástico, cuyas piezas claves son la confesión (sometimiento) y la absolución (perdón). Tal como un régimen totalitario, Lissardi señala que la Iglesia se inventa un enemigo exterior del que debe proteger al común de la población, para lo cual construye un sistema de control policiaco de la intimidad.

Pero este control ya no es efectivo, pues las personas han cedido ante lo que Lissardi denomina como “cuerpo pornográfico contemporáneo”, donde el paradigma fáunico resurge con toda su fuerza, a través de su cotidianidad en la saturación de imágenes alusivas al sexo, que nos invitan a la exhibición y al ceder al deseo sexual, prohibido durante tanto tiempo por la Iglesia. La intimidad se ha vuelto en un espectáculo y en un vehículo para una serie de pasiones humanas reprimidas, tales como el exhibicionismo y el voyerismo. Vivimos, a juicio de Lissardi, en un proceso de pornografización de la sociedad (arte, moda, publicidad, música).

Según Camus, una forma de escapar de la tiranía de las relaciones con el otro es precisamente mediante el libertinaje, pues su práctica nos despoja de las obligaciones con los demás. A su juicio, en el libertinaje uno no posee sino su propia persona, siendo, por tanto, la ocupación preferida de los enamorados de sí mismos.

Los lugares donde se practica el libertinaje están separados del mundo, de sus promesas y sanciones inmediatas. En el exceso del libertinaje disminuye la vitalidad y, en consecuencia, el sufrimiento. En este sentido, el libertinaje no tiene nada de frenético, pues este no produce más que un largo sueño. El exceso de goce, sostiene Camus, debilita la imaginación y el juicio, volviéndose el estado de ánimo nulo o, al menos, parejo.

De lo anterior se infiere al menos dos cosas; la primera es que el sufrimiento deriva en gran parte de la necesidad de establecer relaciones de poder sobre los otros; la segunda, que una manera de escapar a esto es centrarse en uno mismo, y la mejor manera de esto es entregarse al goce personal que nos permite el libertinaje. Y esta parece ser hoy una de las pocas alternativas que nos queda. Como advierte Camus, para quien está solo el peso de los días se le vuelve terrible. Ya no estando Dios en el mundo, hay que elegirse un amo. Y este amo hoy no parece ser otro que el sujeto mismo, de allí su entrega al hedonismo fáunico desenfrenado.

Eduardo Schele Stoller.

Lo bello y lo sublime según Byung-Chul Han

La sociedad actual, señala Byung-Chul Han, obsesionada por la limpieza y la higiene, es una sociedad positiva que siente asco ante cualquier forma de negatividad, lo cual no da espacio para lo realmente bello y sublime. Lo bello, a su juicio, forma parte de la negatividad de lo sobrecogedor. Lo bello puede llegar a ser incluso doloroso. La contemplación de lo bello no suscita complacencia, sino que conmoción.

Han señala además que a la belleza le resulta esencial el ocultamiento. La belleza es necesariamente una apariencia, donde su desvelamiento la desencanta y destruye, tal como ocurre bajo el paradigma pornográfico contemporáneo. El cálculo de lo semioculto, en cambio, genera un brillo seductor, que distrae e implica lejanía. Estos son efectos que Han también ha identificado con lo erótico. El objeto es bello en su envoltorio, en su encubrimiento, en su escondrijo. Ser bello es estar velado, lo cual es más esencial que el objeto mismo. La seducción en este sentido siempre va de la mano del secreto (signos), el cual nos invita a demorarnos contemplativamente, a que desaparezcan ansias, intereses e imperativos. Lo bello conlleva así libertad, pues me desembaraza de mí mismo, aquietando las demandas del querer y, con ello, del tiempo.

Lo sublime termina produciendo efectos similares, pues resulta demasiado poderoso y grande como para ser captado por la imaginación, razón por la cual nos vemos impotentes, pero también conmovidos, ya que esto nos hace sentir por sobre la naturaleza. Si lo sublime se asocia con la idea de infinitud, esta es propia de la razón, es decir, de nuestra propia naturaleza. Lo sublime nos lleva así a un sentimiento de sujeto, de nosotros mismos. He aquí una diferencia entre lo bello y lo sublime. El agrado en lo bello es positivo porque agrada inmediatamente al sujeto. En lo sublime el agrado es solo posterior al desgano y la impotencia. Lo que el sujeto siente en principio es desgana. Pero si bien la complacencia en lo sublime es negativa, nos lleva a una constatación de superioridad posterior. En el fondo, lo que nos plantea Han es que lo asombroso no es que las cosas sean bellas, sino nuestra capacidad de dimensionar y apreciarlas como tal. Esto es lo sublime, algo propio, exclusivo, del juicio humano.

Pero esta capacidad la hemos ido perdiendo. El mundo digitalizado, señala Han, nos hace estar constantemente interconectados, lo que nos lleva a mirarnos continuamente a nosotros mismos. La retina digital transforma el mundo en una pantalla de imagen y control. Es un espacio de visión autoerótico, en donde no es posible ningún asombro y en donde ya solo encontramos agrado en nosotros mismos. Esto puede explicar la fascinación por la selfie, la cual cuenta como expresión del vacío interior de los sujetos. No es por narcisismo, pues, sostiene Han, no hay un yo sólido ante el cual rendirse, sino que la selfie busca precisamente encontrarlo, plasmarlo, identificarlo.

Lo bello y el erotismo, entendido hacia otro, esto es, como lejanía de sí mismo, ha ido desapareciendo, reduciéndose tan solo al presente y valorándose solo por su uso y consumo. El consumo, señala Han, destruye lo otro. Y es que el consumo, podríamos complementar, nos acerca al objeto deseado, el cual, cuando se obtiene, pierde su encanto y valor. Al consumir desmitificamos el querer, pasando lo otro a ser un mero objeto de hábito, de costumbre y, en consecuencia, profanamos todo rasgo concerniente a lo bello y lo sublime.

Esto, como diría Heidegger, no solo tiene consecuencias estéticas, sino que también epistemológicas. Lo bello de la obra artística puede ser considerado como tal en la medida que nos sirve como apertura a lo esencial del mundo, siendo, por tanto, una manera de despertar la conciencia. El consumo así no solo es antagonista de lo bello y lo sublime, también lo es del pensamiento.

Eduardo Schele Stoller.

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Bataille: erotismo, exceso y libertad

Para el escritor francés George Bataille el erotismo es una muestra de aprobación por la vida. El erotismo no es totalmente identificable con la actividad sexual, ya que se basa en una búsqueda psicológica independiente del fin natural dado en la reproducción. Tiene como principio la violencia, la destrucción de la estructura de ser cerrado que es, en su estado normal, cada uno de los participantes del juego erótico.

Hay así en el deseo una fascinación fundamental por la muerte. Lo que está en juego en el erotismo es siempre una disolución de las formas constituidas. No obstante, Bataille advierte que la vida discontinua no está condenada, como señalara Sade, a desaparecer, sino que esta es solo cuestionada, perturbada, alterada. Lo que prevalece en ella es la búsqueda de la continuidad en el ser amado, algo que no está permitido bajo, en términos de Bataille, la «aberración de Sade», pues para este último la vida se basaba en la búsqueda del placer y el placer era proporcional a la destrucción de la vida, la que alcanzaba su más alto grado de intensidad en una monstruosa negación de su principio.

Sin embargo, Bataille reconoce que la naturaleza misma es violenta. Hay en ella un impulso que siempre excede los límites. Hay un exceso irresistible en la humanidad que la impulsa a destruir. Un deseo de consumar y arruinar sin utilidad ni subordinación a resultados ulteriores. Esto ha logrado ser reducido en parte por el dominio del trabajo y sus prohibiciones. Las prohibiciones responden a la necesidad de expulsar la violencia fuera del curso habitual de las cosas, que no responde a algo consciente, sino que a estados sensibles como el miedo y el deseo.

Todo hombre, sostiene Bataille, dispone de una cantidad limitada de energía. Y si dedica una parte de ella al trabajo le falta para la consumación erótica, la cual se ve así disminuida. La animalidad o exuberancia sexual es en nosotros aquello por lo que no podemos ser reducidos a cosas. Cuanto más humanizados los hombres más reducida su exuberancia. Hay entre la conciencia (ligada al trabajo) y la vida sexual una incompatibilidad. Así, afirma Bataille, el hombre ha obtenido conocimiento del mundo pero desconocimiento de sí mismo.

Pero como para Bataille la vida es un exceso, la crueldad y el erotismo se constituyen como transgresiones constantes de lo prohibido. Así, el objeto que deseamos más ardientemente es el más susceptible de arrastrarnos hacia gastos frenéticos y arruinarnos. Los hombres buscan las mayores perdidas y peligros. En el trance de la fiebre sexual, contrario al plano social, gastamos nuestras fuerzas sin mesura. Dilapidamos sin provecho recursos. Esto genera, afirma Bataille, felicidad, contrario a la tradición que inculca incrementar y cuidar los recursos.

Aquí también juega un rol el otro, ya que, por ejemplo, mediante la solidaridad hacia los demás se le dificulta al hombre ejercer una actitud soberana. Como ya ha señalado Nietzsche, Bataille también considera que el respeto del hombre por el hombre nos introduce en un ciclo de servidumbre. Ante esto, la apatía es el espíritu de negación aplicado al sujeto que ha elegido ser soberano. Es causa y principio de la energía. Mediante la fiesta o la plenitud del goce sexual, se produce la transgresión y con esta se experimenta un sentimiento de libertad.

En este marco, la filosofía juega un rol importante al ser concebida en dos sentidos; como trabajo y transgresión. La filosofía, en cuanto labor especializada, es un trabajo, que, como tal, cuenta como un alejamiento de la vida. Por otro lado, una filosofía transgresora es aquella que sustituye el lenguaje por una contemplación silenciosa, lo que contribuye a la revelación de la unidad del ser, pues el momento supremo se da en el silencio y es en el silencio donde la conciencia se oculta.

Eduardo Schele Stoller.

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