Eichmann y la malinterpretación de Kant

No es misión del soldado ser juez de su comandante supremo. Esta es una función que corresponde a la Historia, o a Dios en los Cielos

EL 11 de mayo de 1960 Adolf Eichmann -oficial del régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial- es raptado en un suburbio de Buenos Aires para ser trasladado secretamente a Jerusalén, con el fin de juzgarlo por su intervención en el holocausto.  

En Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt se propuso estudiar la conciencia de este oficial nazi, más allá de las intenciones emocionales y sed de justicia de los tribunales que lo enjuiciaron. Lo llamativo de esta obra es que devela que, tanto para victimas como para victimarios, el fenómeno psicológico terminó siendo el mismo; se terminó anulando la propia identidad y voluntad, siendo las primeras conducidas hasta la horca casi sin protestar, mientras que los segundos aplicaban aberrantes órdenes del mismo modo. 

Eichmann, hombre de familia ejemplar y que decía no sentir odio alguno contra los judíos, basaba su inocencia en apelar a la obediencia que implicaba su cargo, es decir, que él solo recibía órdenes, de las que no le cabía dudar, menos aun cuando estas venían del mismismo Führer, personaje que, por lo demás, contaba con todo el respaldo del pueblo alemán. 

Según Eichmann, él no hacía más que cumplir con su deber al cumplir las leyes y acatar las órdenes dadas por sus superiores, algo que incluso justificó apelando a la moral kantiana, señalando que “el principio de mi voluntad debe ser tal que pueda devenir el principio de las leyes generales”, leyes que, efectivamente, giraban en torno al ideal alemán de la época. 

Sin embargo, esta es una visión sesgada del pensamiento kantiano, pues deja de lado toda la apelación al famoso “sapere aude”, esto es, a atreverse a hacer uso de nuestra propia razón, pudiendo emitir juicios personales en contra de toda obediencia ciega. En este sentido, Arendt coincide en que debemos ir más allá del mero cumplimiento del deber, si es que no queremos caer en la nefasta “banalidad del mal”. 

Así pues, contrario a lo planteado por Eichmann antes de ser condenado, la obediencia absoluta está muy lejos de ser una virtud, ya que ella nubla toda capacidad crítica y reflexiva del individuo, aspectos en los que, por lo demás, se afirma nuestra libertad y condición propiamente humana. 

Eduardo Schele Stoller.