El dadaísmo y el fin del arte

En “El fin del arte” Donald Kuspit realiza una dura crítica al arte posmoderno y, en particular, al dadaísmo de Marcel Duchamp, donde el arte busca no tener rasgo alguno de atractivo estético o buen gusto, menos aspirar a pasar a la posteridad. Pero sin estética, ¿en qué consiste ahora la obra de arte? 

Para el dadaísmo, ver las obras de arte de una manera no estética es devolverlas al estado en que existían antes de ser «reconocidas» como obras de arte, esto es, nos dice Kuspit, verlas en un estado bruto, pasando a ser meros artefactos culturales. Acercarse a los objetos con indiferencia, sin emociones que intervengan en su apreciación. Los readymades, precisamente, buscarían rodearse de la ausencia total de buen o mal gusto, lo que implicaría algún grado de interés. El readymade carece de identidad fija, aunque prevaleciendo en él lo absurdo y carente de sentido, a través de lo cual Duchamp pretende mofarse de las expectativas del espectador. 

A juicio de Kuspit, el readymade de Duchamp no es más que una forma de burla patética de una obra de arte y del acto creativo, lo que termina reflejando un profundo nihilismo. Bajo este tipo de pesimismo se entiende también el repudio que manifiestan contra la belleza, rasgo característico ahora del arte postestético, en donde la pintura pasa ahora a estar al servicio de la mente o el intelecto, más que de la emoción o el sentimiento. 

Lejos de romper con el mundo cotidiano, los artistas posmodernos a lo más ofrecen a la multitud breves respiros, es decir, un efímero momento de elevación, nos dice Kuspit, de las desdichas diarias, tal como puede verse en el arte pop, donde se reduce el arte a representar y replicar meros este­­reo­tipos sociales, logrando transmitir solo superficialidad, vacuidad y homogeneidad afectiva. 

Un ejemplo de lo anterior lo podemos encontrar en la instalación de Damien Hirst donde un empleado de limpieza botó a la basura la muestra por considerarla como un mero desastre que había que ordenar. Y es que en esto consiste el postarte: obras que no distan mucho del caos y desperdicios que rodean a la vida diaria, careciendo, por tanto, de cualquier tipo de significado o valor trascendente. De hecho, destaca Kuspit, para el arte posmoderno la vida cotidiana pasa a ser más interesante que el arte, y este último solo adquiere importancia cuando se lo confunde con la vida cotidiana y los pedazos sobrantes de esta. 

Otra característica a destacar del postarte es la mercantilización de la experiencia, de allí que no le interese analizar la realidad cotidiana, sino que tan solo venderla. Es así como el espectáculo termina por reemplazar al aura (Benjamin). Este es un tipo de arte que Kuspit denomina como “excremental”, que representa lo banal, pero convirtiéndolo en un espectáculo, sin ofrecer comprensión alguna de él, pasando a ser un improvisado entretenimiento cultural menor.  

Ya nada sagrado queda en el arte, pues, bajo la lógica mercantil, la cultura contemporánea tiende solo a satisfacer el gusto de las masas, por lo que las obras no podrán tener significados muy complejos y ocultos. 

Eduardo Schele Stoller. 

Kemp y la crítica al arte posmoderno

Como ha destacado el historiador inglés Martin Kemp (1942-), si la relación entre arte, artista y espectador ha ido variando a lo largo del tiempo, es porque los artistas se ven influenciados por los cambios materiales y conceptuales que tienen lugar en la sociedad. Platón, por ejemplo, menospreciaba la representación visual, al considerarla como un mero reflejo del mundo inteligible, esto es, una manifestación borrosa de realidades mentales y espirituales más elevadas. Para los griegos, en general, había una noción ideal de belleza. Esto cambia, destaca Kemp, en el arte renacentista, donde la convicción pasa a ser que la obra artística debe imitar a la naturaleza. En cualquier caso, el arte clásico siempre estaría imitando algo; ya sea el mundo idea o natural.

Pero las limitaciones para el artista también vendrían dadas por el financiamiento. Durante largo tiempo el arte vivió bajo la dictadura del mecenazgo, esto es, dependió de la protección o ayuda económica de alguien. Al liberarse de estos medios, el artista tuvo que ingeniárselas ahora para hacer llegar sus obras al público, es decir, a posibles compradores, críticos y espectadores. Pero para lograr esto, el artista debía llamar la atención, vendiendo el alma, como señala Kemp, en vista de poder entrar en el mercado del arte.

A pesar de que la obra pasó a regirse por los intereses del mercado, aun así, la liberación del mecenazgo le dio más poder al artista para plasmar en las obras sus propias visiones o interpretaciones sobre un fenómeno, y ya no la visión de quien paga por ella. Lo anterior podemos constatarlo en el impresionismo, doctrina artística que mediante sus pinturas buscaba plasmar efectos aparentemente transitorios, insustanciales y subjetivos, es decir, la experiencia inmediata del artista. Para Cézanne, por ejemplo, no se trataba de reproducir la naturaleza, sino de recrearla, dejando siempre en la obra un residuo abierto o inexplicable. Para Van Gogh, un cuadro recrea espontáneamente la experiencia visual de un color y un espacio perfeccionados con el fin de transmitir emoción. Mientras que Gauguin, destaca Kemp, buscaba una visión más sintética, en la cual la memoria actuase como filtro, construyendo sentidos de una manera simbólica. Munch, por su parte, buscaba una manera de pintar que expresara la angustia que formaba parte de su personalidad, siendo consciente de estar al borde del abismo de la locura. Es cosa de ver su obra más famosa, El grito.

Aun así, la liberación del mecenazgo no implica una necesaria liberación de intereses políticos y/o ideológicos de la época. Por ejemplo, señala Kemp, tras el futurismo podemos hallar el fascismo, tras el surrealismo, el comunismo, tras el dadaísmo, el anarquismo. En este último la relación es evidente, al ir el dadaísmo en contra del pasado y lo establecido por el mismo arte y los artistas. La norma para ellos era el no tener normas, esto es, el absurdo. Es el caso del famoso urinario de Duchamp, quien quitó a este objeto su función, para ser visto a través de un juicio estético. Duchamp, afirma Kemp, se orina en el mundo del arte, aunque dependa de él para obtener el impacto deseado. La obra de arte queda como un campo abierto a la interpretación, lo cual hace eco en la posmodernidad, periodo caracterizado por lo voluble, diverso, no unificado y anti programático.

A juicio de Kemp, bajo nuestra época el lenguaje se concibe como una especie de juego sin significado fijo y contenido definitivo, rechazándose los grandes relatos y emprendiendo la desconstrucción política del arte, analizando precisamente las obras como constructos de los imperativos sociales que las han materializado. Esta es la causa de que el arte posmoderno glorifique lo popular y el comentario social en lugar de la estética. De allí las constantes bromas visuales carentes de significado de las obras. Kemp afirma así que el arte ha quedado atrapado en el multiculturalismo y en la transmisión por medios de comunicación globales, pasando a identificarse con la publicidad y el valor comercial.

Eduardo Schele Stoller