Zurita y la desaparición de los muertos 

La palabra <<INRI>> es el acrónimo de Jesus Nazarenus Rex Iudaeorum, que en latín quiere decir: Jesús de Nazaret, rey de los judíos, rótulo de carácter irónico que Pilatos grabó en su cruz. Pero en algunos lugares, el término <<inri>> ha adoptado una acepción distinta: burla que supone un trato desfavorable o desconsiderado hacia una persona. ¿Podrán estos dos significados relacionarse? 

En el epílogo de INRI, Zurita nos deja claro que el objetivo de su poemario es, de alguna forma, homenajear a todos los asesinados por la dictadura militar, cuyos cuerpos fueron arrojados sin ninguna consideración sobre las montañas, lagos y mar de Chile.  

A falta de tumbas, Zurita nos dice que Chile encalló y naufragó, cual barco a la deriva, en un pedrerío reseco de olas, esto es, en pleno desierto. Y es que este barco herrumbroso y negro no podía más que hundirse sobre un mar de piedras, dejando atrás el día, abrazando la noche con una improvisada cruz a sus espaldas, de la que inútilmente intentaron aferrarse los muertos, un mar de muertos que se hunde entre las piedras del desierto donde una vez hubo un país, pero que ahora se ha consumado junto a sus paisajes. 

Paisajes que expiran como los muertos que yacen bajo ellos y que, como simples mortales, no parecen tener opción de resurrección. En sus cruces no iría estampado el <<INRI>> del nazareno, en sus cruces ni siquiera iría registrado sus nombres, suceso que hace palidecer aún más el corazón de quienes los contemplan. 

Y es que, como señala Zurita, han cortado todos los puentes, hundiéndose por igual tanto la cordillera como el pacífico, quedando tan solo las palabras como huellas, páginas muertas que sueñan con auroras lejanas, nuevos amaneceres que reciban el florecimiento del paisaje, y donde los muertos emerjan desde un nuevo mar hasta un nuevo cielo, permitiendo, con ello, que florezca nuevamente también el amor, aquel sentimiento que también fue asesinado, junto a las personas que cayeron como meras carnadas al mar. 

Pero en el mismo epílogo, Zurita nos advierte que esta última esperanza no ha sido más que un sueño, pues tanto las flores como la aurora han sido aquí inexistente. En realidad, estos muertos no tienen cómo resucitar, pues no tienen reino al que volver ni poder que reclamar. Para ellos se habría aplicado más bien el <<inri>>; la burla y el trato indigno, impropio para todo ser humano, donde ni siquiera hubo espacio para la cruz o placa mortuoria. 

Eduardo Schele Stoller. 

Reflexiones sobre la tortura

Ya en la Grecia clásica la tortura o tormento físico era infligido por parte del poder público con la finalidad de obtener una confesión, la cual, de aquí en adelante, servirá como justificación para aplicarla como forma de castigo y amedrentamiento a los enemigos políticos. En este contexto, el testimonio de un esclavo llegó a considerarse como más confiable que el de un ciudadano libre, pues este último no podía ser torturado.

En el libro Así se torturó en Chile –el cual resume partes de las atroces torturas aplicadas en nuestro país durante la dictadura de Pinochet- se señala que la etimología de la palabra “tortura” refiere al latín “torquere”, que significa retorcer o curvar, en consonancia con el elemento de tortura más celebre de la época romana y que hacia finales del Medioevo también fue replicado; el “potro”. Este consistía en un armazón de madera que, mediante un sistema de pesos y cuerdas, dislocaba los miembros de la víctima. Estos mecanismos de tortura se fueron diversificando increíblemente durante esta época, cuya finalidad ya no era obligar al acusado a decir la verdad, sino a declararse culpable, práctica que también se adopta en el siglo XX.

La aparición de una nueva elite militar en el siglo XX llevó a subordinar los principios de la vida política y social al de seguridad nacional, la cual se veía supuestamente amenazada, desestimando incluso las reglas de la guerra convencional. El libro destaca como basados en avances científicos, tecnológicos y en manuales de tortura como el Kubark de la CIA buscaban golpear la “yugular” psicológica, más que solo generar dolor físico. El sufrimiento corporal debía graduarse de tal manera que alimentara el miedo, provocando en el prisionero un estado de regresión infantil que lo despoje de las defensas del hombre civilizado y lo someta a sentimientos de dependencia y culpa, en virtud de los cuales libere su deseo reprimido de colaborar para dejar de sufrir, llegando incluso a ver en el torturador a una figura paterna, que le genere odio y calidez al mismo tiempo. Todo esto se logra privando al detenido de estímulos sensoriales y de toda referencia conocida que le permita sostener sus nociones del tiempo y el espacio, y, por ende, de su propia identidad, acelerando así el desquiciamiento.

¿Cómo explicar tanto horror?  ¿Cómo entender el regocijo ante el ejercicio de la crueldad? Una razón que suele darse es el placer derivado del poder reducir a otro ser humano a un estado de impotencia absoluta, lo cual genera la impresión de soberanía sobre el otro. Tales acciones además se suelen amparar en instituciones y contextos que facilitan a los torturadores desprenderse de los códigos de la civilización. La idea aquí es que ese paraguas institucional libere a la bestia primitiva, rasgando el tenue velo que protege a las convenciones sociales de nuestros impulsos primitivos. Esto se justifica, entonces, en la idea de una especie de maldad por naturaleza en el ser humano.

Tratando de dilucidar el sadismo de torturadores franceses en Argelia, Todorov cree que estas conductas son productos sociales, no naturales, pues ningún animal, aparte de nosotros, la muestra. También estaba la presión lateral, esto es, la influencia y juicio de los pares en caso de no seguir con la conducta del grupo, conducta que busca además deshumanizar al otro, esto es, atribuirles una condición incluso animal, en vista de facilitar el “trabajo” de la tortura. Estos incluso pretendían lograr cierta impresión de ausencia, de ser un mero espectador de las atrocidades, queriendo transformar el mundo real en uno de ficción.

En este sentido, la pérdida de identidad que se buscaba lograr en el torturado también suele darse en el torturador, pues así se protegen de la sensación de culpa al ejecutarla. Si no soy “yo” quien comete un acto atroz, no tengo por qué hacerme cargo de sus consecuencias, al abstraerme, además, de las normas, convenciones y moral de una época. De esta forma, bajo el alero de la institución, grupo o masa, anulo mi conciencia y, con ello, la sensación de la culpa. Solo así quizás se pueda explicar, más no justificar, la conducta sádica.

Eduardo Schele Stoller.

Lyotard: ¿Qué es lo posmoderno?

Lyotard caracteriza lo posmoderno desde el sentimiento de lo sublime. Este último tiene lugar cuando la imaginación fracasa y no consigue presentar un objeto mediante un concepto. Por ejemplo, señala Lyotard, tenemos ideas como la de mundo, lo simple, lo poderoso, pero no ejemplos concretos para cada una de ellas, por lo que no nos darían a conocer nada experimentable en la realidad. Esto es precisamente lo que intentan transgredir las vanguardias de la pintura al aludir a lo impresentable por medio de presentaciones visibles.

Lo sublime produce a su vez placer y pena. Por una parte, tenemos el placer de que la razón exceda toda presentación, y por el otro, el dolor de que la imaginación o la sensibilidad no sean a la medida del concepto. Lo posmoderno seria así, afirma Lyotard, aquello que alega lo impresentable en lo moderno y en la presentación misma, aquello que se niega a la consolación de las formas bellas, al consenso de un gusto que permitiría experimentar en común la nostalgia de lo imposible, aquello que indaga por presentaciones nuevas, no para gozar de ellas sino para hacer sentir mejor que hay algo que es impresentable. En suma, el ideal moderno se basaba en lograr una representación homogénea u objetiva de todo, mientras que lo posmoderno renunciará a este ideal, al sostener que no todo es representable o que la representación misma es diversa.

Los metarrelatos, sostiene Lyotard, son aquellos que han marcado a la modernidad, a través de un discurso que apela a la emancipación progresiva de la razón, de la libertad, del trabajo, al enriquecimiento o a la salvación espiritual. Bajo ellos está la noción del futuro como algo que se ha de producir en un sentido universal y orientando a todas las realidades humanas en base a un mismo proyecto. Estos proyectos de realización de lo universal, afirma Lyotard, no han sido abandonados, sino que liquidados, a partir, por ejemplo, de Auschwitz. Este crimen abre la posmodernidad. ¿Cómo después de esto, se pregunta Lyotard, puede seguir siendo creíble los grandes relatos de legitimización? Estos se han fragmentado en millares de historias, en ahora pequeños relatos que continúan tramando el tejido de la vida cotidiana.

¿Podemos continuar organizando, se cuestiona Lyotard, la infinidad de acontecimientos colocándonos bajo la idea de una historia universal de la humanidad? Su respuesta es negativa, al destacar que la razón cognoscitiva reside en las reglas del juego de lenguaje, por lo que cuando se reclama la razón de las reglas, se pregunta cuál es la razón de la razón. El clasicismo, al ser metafísico, daba esta razón primera. La modernidad, al ser crítica, recalcó la finitud de la razón, lo cual prohíbe razonar acerca del fundamento del razonamiento. La posmodernidad, en cambio, al ser empírica-critica o pragmática, defiende que la razón de la razón no puede ser dada sin circularidad, pero la capacidad de formular reglas nuevas (axiomáticas) se descubre a medida que la necesidad de ellas se hace sentir.

La duda arrojada sobre la razón viene de la crítica del metalenguaje, de la decadencia de la metafísica. Hay que acompañar a la metafísica en su caída, pero, advierte Lyotard, sin caer en el pragmatismo positivista y tecnocientífico contemporáneo, el cual no es menos hegemónico que el dogmatismo. Hay que trazar una línea de resistencia contra ambos. La defensa de las razones señala Lyotard, procede efectuando “micrologías” (pequeñas razones).

Eduardo Schele Stoller.