Banksy, Jaar y la importancia de estar fuera de foco

El arte no es solo poesía, también contempla un mensaje o idea que quiere transmitirse al espectador. Hay, claro está, diversas formas de hacer escuchar tales puntos de vista. El artista de arte urbano británico Banksy ha destacado al respecto que, si quieres decir algo y que la gente te escuche, deberás usar una máscara, pues ser uno mismo estaría ya sobrevalorado, relacionándolo además con carencia de imaginación y cierta cobardía.  

A juicio de Banksy, el artista no debe contentarse con engañar a la naturaleza, sino que debería dirigir más bien sus dardos a los poderosos y a quienes desfiguran realmente las grandes ciudades, invadiendo comunidades y haciendo que las personas se sientan sucias y usadas. Son las agencias de publicidad y urbanistas quienes solo toman y no dan nada a cambio. Son malos, envidiosos y hacen del mundo un lugar desagradable para vivir. Por el contrario, Banksy imagina una ciudad viva y que pertenezca a todos, y no solo a los agentes de bienes raíces y magnates de grandes negocios. En este sentido, el único problema con los grafitis es que no hay suficiente de ellos.  

Por su parte, el artista visual chileno Alfredo Jaar ha destacado que la obra de arte debe mantener un equilibrio entre la información que se quiere transmitir y la poesía que se utilizará para transmitirla. Si se cae demasiado en el lado informativo, la obra se volverá muy didáctica, mientras que, si se abusa de lo poético o estético, la obra se vuelve muy dulce. La genialidad del artista radicaría así en reducir armónicamente las obras a ideas, pero siempre de la mano de la poesía para expresarlas.  

Pero las dinámicas del espacio público nos muestran todo lo contrario a lo que aspira Jaar, pues estos se encuentran –por culpa del mal organizado urbanismo e interés publicitario- invadidos de información. La intrascendencia e irrelevancia de la misma no permite la profundización en ninguna otra esfera más que el producto ofrecido en la imagen. Como ha destacado McLuhan, pareciera que hoy el medio se ha convertido en el mensaje, desnivelando así la balanza entre información y poesía. 

Jaar considera que el artista nunca relata la realidad de manera precisa, sino que solo representaciones. Por esto, todo lo que hace el arte estaría, de alguna manera, “fuera de foco”. Pero hoy -en la era de la alta definición- tendemos a confundir calidad con cantidad. Nos equivocamos al pensar que por ver mejor pensaremos mejor. Por el contrario, pareciera que la conciencia crítica requiere estar, al menos a ratos, fuera de foco, es decir, fuera de márgenes rígidos y limites preestablecidos.  

Eduardo Schele Stoller.

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La teoría literaria según Wellek y Warren

Los críticos literarios René Wellek (1903-1995) y Austin Warren (1899-1986) señalan que los intentos por hallar leyes generales en la literatura han fracasado siempre, ya que -en comparación con el lenguaje científico de carácter denotativo- en la literatura abundan ambigüedades, arbitrariedades, irracionalidades, accidentes históricos, recuerdos y asociaciones varias, es decir, reina en ella lo connotativo, pues no solo designa, sino también expresa el tono y la actitud del que habla o del que escribe. A través de ella se busca además influir en la actitud del lector, persuadirle o hacerle cambiar de actitud. El lenguaje poético, por ejemplo, organiza los recursos del lenguaje cotidiano esforzándose en despertar nuestra conciencia y provocar nuestra atención.

Para Wellek y Warren, la función del arte deambula entre lo dulce y lo útil. Lo “útil” equivale a todo aquello que no implique malgastar el tiempo, es decir, a algo que, lejos de ser un mero pasatiempo, merece además atención seria e intensa. “Dulce”, por su parte, refiere a no tedioso, a lo que no es forzoso por el mero deber, a algo que se recompensa por sí mismo. A excepción de las obras infraliterarias, considerada como un simple entretenimiento o evasión, en toda obra literaria seria, ambos aspectos deben coexistir y fundirse. Así, señalan Wellek y Warren, el verdadero arte cuenta como un placer serio y de orden superior, pues no es una seriedad de un deber que hay que cumplir o de una lección que hay que aprender, sino una seriedad estética de percepción.

En este sentido, la poesía cuenta como una forma de conocimiento, pues refiere a cómo las cosas podrían ocurrir. Sin embargo, como destacan los autores, su papel primordial no es el de descubrir ni comunicar conocimiento, sino que, enfocándose en la percepción, hacernos imaginar lo que ya sabemos conceptual o prácticamente. Además, posee una función catártica, pues mediante la expresión de emociones intenta liberarnos de la opresión de las mismas.

No obstante, ¿el arte nos libera de las emociones o nos incita a ellas? La respuesta aquí no puede ser univoca, pues las obras artísticas están en estrecha relación con la cultura y los grupos que la componen. Por ejemplo, Wellek y Warren sostienen que la literatura puede incluso ser entendida como una forma de filosofía, ya que podemos hallar en ella una serie de ideas revestidas de forma que, al analizarse, nos muestran las ideas dominantes de una época. El arte impone así una cierta estructura, que la obra obtiene del mundo que la rodea. En consecuencia, los factores sociales no solo determinan a quien crea, sino que también a quien contempla, ya que nos es imposible abstraernos de una dimensión valorativa a la hora de comprender y analizar una obra artística. No podemos disociar hecho y valor.

Eduardo Schele Stoller.

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Horkheimer y la teoría crítica

La teoría científica actual, señala Horkheimer, se corresponde con una noción de teoría equivalente a un conjunto de relaciones e inferencias de proposiciones acerca de un campo determinado de objetos. La validez de estas consiste en que las proposiciones deducidas concuerden con eventos concretos. En relación con los hechos, la teoría será siempre una hipótesis, pues habrá que estar dispuesto a modificarla si surgen problemas en su verificación. La meta final de este tipo de teoría es generar un sistema universal de la ciencia, ya no limitado a un campo particular, sino que abarcando todos los objetos posibles.

Hay así un interés por extender el trabajo teórico de la ciencia a dominios sociales prácticos, en vista de poder predecir hechos y obtener resultados útiles. No obstante, advierte Horkheimer, suele omitirse que el científico y su ciencia están sujetos a un aparto social determinado. Sus logros son parte de la autoconservación de algo ya establecido. El pensamiento ordenador de cada individuo, a su juicio, pertenece al conjunto de relaciones sociales, que tienden a adaptarse de una manera que responda lo mejor posible a las necesidades.

En su configuración y en su modo de sentir los hombres son un resultado de la historia. Los hechos que nos entregan nuestros sentidos, sostiene Horkheimer, están preformados socialmente de dos modos: por el carácter histórico del objeto percibido y por el carácter histórico del órgano que percibe. El hecho percibido está así, ya antes de su elaboración teórica consciente, condicionado por ideas y conceptos humanos.

La existencia de la sociedad ha reposado, según Horkheimer, en una represión directa o, al menos, mediada, por la contradicción de fuerzas antagónicas, pero no ha sido el fruto de la espontaneidad consciente de los individuos libres. De hecho, bajo la economía burguesa, la actividad de la sociedad es ciega y concreta, mientras que la del individuo aparenta ser abstracta y consciente. Esta ilusión de independencia tiene su raíz en la supuesta libertad que tienen los sujetos económicos dentro de la sociedad burguesa. Estos creen actuar de acuerdo con decisiones individuales, cuando en realidad, señala Horkheimer, hasta en sus más complicadas especulaciones son exponentes del inaprehensible mecanismo social.

La teoría crítica de Horkheimer ataca esta separación arbitraria entre individuo y sociedad, en virtud de la cual el individuo acepta como naturales los límites prefijados a su actividad, enmarcándola ahora en el contexto de la división del trabajo, las diferencias de clase y la búsqueda de ciertos fines, reconociendo así que ellos mismos forman parte de la economía y de la cultura fundada sobre ella. El pensamiento burgués, en cambio, estaría constituido de tal manera que se cree a sí mismo como autónomo, dándole prioridad absoluta a su individualidad, como esencia, como causa última.

Bajo la noción burguesa, Horkheimer señala que la autodeterminación de la ciencia se vuelve cada vez más abstracta, conformándose el pensamiento, aferrándose al principio de que este es una actividad fija, un reino cerrado en sí mismo, renunciando así a la esencia misma del pensar ¿Se puede escapar de esta condición? ¿Cómo hemos caído en ella? Según Horkheimer, son los mismos hombres que, con su trabajo, renuevan una realidad que, de un modo creciente, los esclaviza.

Eduardo Schele Stoller.

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