Cioran: agonizando entre la poesía y la filosofía

No-filosofía: las ideas se sofocan de sentimiento.

Cioran afirma que la desnudez frente a un espejo nos abre paso a la conciencia de la propia destrucción, pues es sobre nuestro cuerpo que solemos asentar la vanidad de la inmortalidad. En este sentido, en la ropa reside toda la ilusión de la identidad imperecedera, confiriéndonos una aparente superioridad artificial sobre el tiempo. De ahí que Cioran afirme que las ropas han creado más ilusiones que las religiones. Pero la ilusión también puede crearse por otros medios, por ejemplo, mediante la dimensión erótica. Según Cioran, si amamos, es para defendernos del vacío de la existencia, facilitándonos así el diario vivir. Preferimos soportar las penas de amor antes que el hastío y putrefacción cósmica.

Pero es precisamente lo perecedero lo que, a juicio de Cioran, nos hace conscientes del sufrimiento, pues un pensador tiene que ser todo cuanto dice. Por ejemplo, si se quiere hablar del vacío interior, este debe sentirse, tal como una misteriosa interposición entre nosotros y le mundo. Y es a través de la enfermedad que puede llegar a concebirse la fuerza. Es por esto, afirma Cioran, que los hombres más peligrosos son los que han tenido una salud más precaria. “El carro de la historia está guiado por hombres que se buscan constantemente el pulso”.

Hay ciertos elementos que, según Cioran, definen la enfermedad: el exceso de conciencia, paroxismo de individuación, transparencia orgánica, lucidez cruel, respiración en paradoja, religiosidad vegetativa, orgullo visceral e intolerancia. Todo esto nos lleva a un exceso en la intensidad de nuestras emociones, contrario a la salud, que se caracteriza por la armonía y el equilibrio, no dando espacio para los pensamientos. Tiene que roerse la vida para que nos impregnemos de lo absoluto, de la muerte.

A esto es precisamente a lo que han cantado los poetas; un no-mundo plagado de melancolías. De hecho, Cioran señala que las culturas que aman la vida carecen de poetas, pues los individuos no logran viven en ellos mismos, sino que lo hacen constantemente a través de otras cosas, mediante un sinnúmero de intrascendentes preocupaciones. De esta manera es imposible cultivar el sentimiento de que la realidad respira a través de nosotros. Vivir el yo como universo, sostiene Cioran, es el secreto de las almas poéticas. El poeta es un universo egoísta, pues no es él quien está triste, sino que todo el mundo está triste en él, en un capricho de emanación cósmica. El poeta es así el punto de la resistencia más débil, por donde el mundo se vuelve transparente a sí mismo y donde la naturaleza plasma los síntomas de su enfermedad. Así como Adán cayó en el hombre; nosotros tendremos que caer en nosotros mismos, en nuestro límite, en nuestro horizonte. Cuando cada uno respire en su límite, afirma Cioran, la historia concluirá.

Un artista es entonces una persona que todo lo sabe sin saberlo, mientras que el filósofo, destaca Cioran, se da cuenta que no sabe nada. Estos, al tener conciencia de su conciencia, no pueden gozar del don del olvido, razón por la cual terminan por embargarse de la tristeza y la imposibilidad de ser superficial. Embriagados por el perfume metafísico de la nada y el delicioso sabor del vértigo, la vida parece dilatarse hacia lo infinito. Quizás por esto Cioran afirma que jamás nos extinguimos por la falta sino por el exceso.

Eduardo Schele Stoller.

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Cioran: el bálsamo existencial de la nada

Existir, nos dice Emil Cioran, implica teñir de afecto cada instante, pues solo así logramos matizar la nada de la realidad. Sin los dispendios del alma viviríamos en un universo blanco, donde nuestras ideas no son más que compensaciones de tal vacío. Pero el tiempo convertido en afectividad deviene en melancolía. El ser humano, destaca Cioran, se esfuerza en vivir, mirándose al espejo antes de realizar cada acción; somos un animal que se ve viviendo, por eso, de puro asco, tendemos a construirnos fortalezas en el fondo de los mares, en vista de que la cruz del tiempo no nos clave en el hastío. A medida que el hastío espesa el tiempo, afirma Cioran, adelgaza las cosas hasta hacerlas transparentes. Aburrirse significa así ver a través de los objetos, volatilizando la naturaleza a través de la lucidez.

En consecuencia, el sufrimiento para Cioran cuenta como un instrumento de conocimiento. Sino tuviera tal fin, el suicidio, a su juicio, sería obligatorio. Es a través de la tristeza que tomamos conciencia tanto del cuerpo como del alma, tomando las cosas en serio, bajo un sentido trágico, involucrándose en su suerte, como los filósofos; pobres agentes de lo Absoluto, profesionales alimentados de las tristezas colectivas. Y es que las creaciones del espíritu son un indicador, señala Cioran, de lo insoportable de la vida, donde la melancolía viene a ser el estado onírico del egoísmo. Egoísmo, pues se basa en un ardor de los propios sentidos y en la incapacidad del control de los afectos.

Cioran señala que todo cuanto no es inerte precisa, en diferente grado, de apoyo. En el ser humano esto se hace aún más patente, pues nuestro destino solo se cumple inventando certezas y mentiras. Pero quien se pone frente a sí mismo, quien se desliza por la transparencia de su propia condición, ya no puede apelar a este tradicional y perverso abuso del conocimiento. Ya no desea seguir malgastando su vida, enfermando a través de lo Absoluto. Si la libertad requiere desligarse del sentido único, la lucidez será la consecuencia de una pérdida, pero también implica la posibilidad de probarse a sí mismo hasta dónde podemos llegar.

En esto radica la tragedia del suicidio, pues, usualmente, este se comete antes de alcanzar todo nuestro potencial. Los suicidios son horribles, afirma Cioran, por el hecho de que no se llevan a cabo a su debido tiempo, porque tronchan un destino en lugar de coronarlo. Un final tiene que cultivarse como si fuera un huerto y esta idea del huerto nos dice mucho, pues supone la posibilidad de cultivar y cosechar lo que queramos. Es preferible el desencanto del alma al suicidio que cometemos diariamente bajos los diversos apoyos que nos sustentan. La nada cuenta, según Cioran, como un bálsamo existencial, el cual puede traducirse incluso como alegría, entendida esta como lucidez y reflejo psíquico de la pura existencia. La constatación de la nada nos desengaña de las ilusiones que nos amarraban a una determinación de ser y que coartaban, en consecuencia, nuestra libertad.

Eduardo Schele Stoller.

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Cioran: enfermedad, tiempo y el vértigo de la existencia

Siempre que el vértigo me tienta, me parece que los ángeles se han arrancado las alas en el firmamento para expulsarme del mundo.

La sensibilidad frente al tiempo, nos dice Emil Cioran, tiene su punto de partida en la incapacidad de vivir el presente. Cuando se percibe el movimiento del tiempo se sustituye al dinamismo inmediato de la vida, por lo que dejamos de vivir en el tiempo para pasar a vivir junto a él, esto es, en paralelo. Mientras gozamos de perfecta salud asimilamos el tiempo, mientras que el estado de enfermedad nos disocia del mismo. Cuanto mejor se percibe el tiempo, señala Cioran, tanto más se avanza hacia el desequilibrio orgánico.

Cioran afirma que estar enfermo significa vivir en un presente consciente, en un presente translúcido en sí mismo. La enfermedad implica así una conciencia que nos lleva a una hipertrofia de la sensación de lo temporal. En este sentido, la enfermedad tendrá relación tanto con lo sublime como con el sufrimiento. Lo sublime nos acerca a lo inconmensurable como idea de muerte, esto es, con una crisis de la temporalidad.

El sufrimiento se entiende como la meditación de una sensación de dolor, y el filosofar, no sería mas que el meditar sobre tal meditación. Esto significa, según Cioran, la ruina del concepto y una avalancha de sensaciones que intimida todas las formas. Así, enfermedad, sufrimiento y tristeza cuentan como agentes de enajenación del mundo, pero en la medida que nos va alejando de todo, nos hace coincidir más con nosotros mismos. Producto de esto, nos dice Cioran, la tristeza es un aislamiento sustancial de nuestra naturaleza, a diferencia de la dispersión ontológica de la felicidad.

Cioran señala que es gracias a la tristeza que el pensador logra retorcer la vida por todos sus lados, proyectar sus facetas en todos sus matices, volver incesantemente sobre todos sus entresijos, recorrer de arriba abajo sus senderos, mirar una y mil veces el mismo aspecto, descubrir lo nuevo solo en aquello que no haya visto con claridad. Así, quien quiera practicar la lucidez ha de tener que convivir con la desesperanza. La melancolía, afirma Cioran, es una religiosidad que no precisa de lo Absoluto, un deslizamiento fuera del mundo sin la atracción de lo trascendente, ya que la melancolía cuenta como un delirio estético suficiente en sí mismo. Es quizás por esto que la humanidad tiende a huir y aborrecer la vejez, pues a través de los surcos de las arrugas de los adultos mayores no solo evidenciamos la enfermedad y el cansancio, sino que, por sobre todo, el paso del tiempo, el cual, como hemos visto, amenaza con acecharnos también a nosotros. Cioran se pregunta: ¿Acaso no cuelga el tiempo de las arrugas de la vejez y cada pliegue no es un cadáver temporal? ¿Puede alguien mirar el rostro humano serenamente en su ocaso?

La normal indiferencia con la que vivimos mientras creemos disponer de nuestro destino cambia radicalmente, nos dice Cioran, cuando tenemos conciencia de la enfermedad, pues mediante ella ya no podemos prever nada, al volvernos esclavos atormentados de las reacciones y caprichos orgánicos. Aparece así la incertidumbre. La paradoja de la enfermedad gira en torno a la libertad, ya que, si bien esta nos permite la libertad de pensar más allá de nuestro ser, también nos quita la libertad de disponer de nuestra vida desde lo fisiológico. La libertad aquí descrita es identificada por Cioran con el “vértigo”, pues este lo entiende como el síntoma específico de la superación de una condición natural y de la imposibilidad de seguir participando de la posición física ligada a ella.

El vértigo, afirma Cioran, es una especie de fin del hombre, una convulsión límite que al principio aparece como premonitoria y dolorosa, pero que después promete y estimula, que nos hace caer pero que a la vez nos purifica. A través del vértigo, parece que es el mundo el que sufre a través de nosotros. De allí quizás nuestros esfuerzos por “matar el tiempo”, esto es, combatir el hastío, ya que, afirma Cioran, la existencia solo se hace soportable en el equilibrio entre la vida y el tiempo, en ausencia de situaciones límite que nos lleve ante el dualismo de la temporalidad y la existencia.

Según Cioran, solo podemos vivir ya sea por encima o debajo del espíritu, es decir, en el éxtasis filosófico (vértigo) o en la imbecilidad. La lucidez es una vacuna contra la vida, vacuna que ostenta el borracho, el loco y el solitario, porque todos ellos sufren y, con ello, amplían su espíritu. Todo lo que es negativo, señala Cioran, es expiación y, como tal, conocimiento. Viven el vértigo de la revelación súbita: saberlo todo, y el escalofrío que sigue al no saber ya nada. De todas formas, los pensamientos ya han deshecho el universo y los ojos se han detenido en los yacimientos del ser. Cuando el tiempo deja de respirar, la vida nos parece extraña y que no nos pertenece. Pero es en esta agonía donde florece el espíritu, sobre las ruinas de la vida.

Eduardo Schele Stoller.

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Cioran y el «Breviario de los vencidos»

Un animal que puede sufrir por lo que no es, he ahí al hombre.

A juicio de Cioran, vivir no es más que especializarse en el error, burlarse de las verdades indubitadas, no hacer caso de lo absoluto, tomar a broma la muerte y transformar lo infinito en azar, pues solo podemos respirar a través de la ilusión. El sufrimiento se origina en nuestros anhelos de búsqueda y pretensiones a futuro, descuidando el instante, lo único realmente existente. El problema es que no sabemos ser inútiles, pues siempre nos encaminamos en alguna necesidad, meta u objetivo. Con esto último, se pierde lo que para Cioran es el sentido de la vida: saborear y fascinarse con la imperfección. Una dificultad para esto pasa por el desvío que han sufrido nuestros ojos hacia lo sobrenatural. La religión, por ejemplo, nos ha apartado de nuestro natural destino de ver.

El nirvana estético del mundo, afirma Cioran, es alcanzar lo supremo en medio de supremas apariencias, esto es, ser nada y todo en la espuma de lo inmediato, elevarse a los límites del yo, en lo inmediato y en lo pasajero. Por contraparte, nos dice que las doctrinas carecen de vigor, que las enseñanzas son estúpidas, las convicciones ridículas y las teorías estériles, mediante las cuales se destrozan los lazos terrenales, anhelando una especie de desmayo astral, de ahogo en espumas de pesares divinos. Sin embargo, los aromas de la Crucifixión que alimentaban tales ansias se terminaron dispersando hacia un cielo cuyas fuentes ya no apagan ninguna sed y en las que no bebe ya mortal alguno. ¿A quién cautiva todavía el universo de Jesús? El catolicismo salpicó de un hollín indeleble la exuberancia del Mediterráneo. A través de las lágrimas, sostiene Cioran, el hombre ya no veía ninfas sensuales y dichosas, sino un esqueleto clavado que fustigaba las dulces vanidades y los paraísos terrenales, reemplazándolos por ilusiones hueras y peligrosas, exaltando la imaginación con delirios de paraísos invisibles.

Durante 2.000 años los pueblos meridionales vivieron de lo invisible en medio del esplendor. Cristo les ofreció, señala Cioran, lo que no se ve. Ninguna flor, solo espinas; ninguna sonrisa, sólo contriciones. Las apariencias del mundo se transformaron en esencias de tormento y el error, aroma de la futilidad, en pecado. Los encantos se degradaron hasta revestir la forma de remordimientos. Todo se volvió así moral, habiendo nulo espacio para la inutilidad de la existencia. Cioran ataca el deseo de orden, la quietud del firmamento, la serenidad y mansedumbre. Son las religiones, las que contaminaron las almas de cobardía al privarlas de sentir nuevos estremecimientos y frenesíes.

La obsesión de la sangre deriva del hastío, de lo insoportable de la paz. El ansia de grandeza y de inutilidad, destaca Cioran, es la suprema excusa de un pueblo, mientras que el buen sentido significa su muerte. Es el tedio el que mata, es el hastío el que logra desgarrar el velo de la quimérica realidad. El problema es que tras este mundo no se oculta otro. Por más que cavemos buscando tesoros, esto no sería más que un esfuerzo inútil, pues el oro está solo disperso en el espíritu, pero el espíritu está bien lejos de ser oro. De allí que la decadencia que nos aqueja sea efecto de nuestro exceso de perspectiva. Solo las civilizaciones que tienen poco orgullo se apagan lentamente. Y es que, para Cioran, los tontos edifican el mundo, mientras que los listos lo derriban. Tal edificación contaría como una forma de olvidar quienes son, enterrándose bajo ideales, refugiándose en ídolos, matando el tiempo con toda clase de credos. Todo en vista de no despertar frente a la pura existencia.

Conociendo la ausencia de todo, no queda más que enamorarse del sinsentido del destino. La auténtica vida, afirma Cioran, no reside en la cordura, sino en la ruptura. Como el universo no puede sanar la herida del corazón, tenemos que emborracharnos del delirio. Somos un mendigo de la existencia, creando un aposento para escapar del mundo, no logrando ver ya nada a su alrededor. No deberíamos ver en las cosas más de lo que tienen, esto es, verlas tal y como son, no tratando de ser en ellas. La objetividad, en este sentido, es para Cioran la gran calamidad, el asesino de la vida del espíritu.

Eduardo Schele Stoller.

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Cioran y el falso refugio de la filosofía

Es el ser humano, nos dice Cioran, quien anima las ideas, proyectando en ellas sus llamas y sus demencias, transformándolas en creencias e insertándolas así en el tiempo. Así es que nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas.

La historia para Cioran no es más que un desfile de falsos absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, en nombre de los cuales se puede llegar a matar; Dios, Razón, Nación, Raza. La Historia como una manufactura de ideales, de mitologías lunáticas, de ficciones, producto del frenesí de hordas de solitarios que se niegan a aceptar la realidad tal cual es. Pero vivir es cegarse sobre sus propias dimensiones. Todos nuestros actos, sostiene Cioran, desde la respiración hasta la fundación de imperios o de sistemas metafísicos, derivan de una ilusión sobre nuestra importancia.

A pesar de que nadie ha encontrado un fin válido a la historia, todo el mundo ha puesto toda su esperanza en alguno. La filosofía, por ejemplo, serviría de refugio, junto a sus ideas anémicas y negadoras de la exuberancia, las que terminan corrompiendo la vida. De aquí deriva la crítica de Cioran a la filosofía, en la medida que esta elude la existencia con explicaciones racionales, dejando fuera el dominio de la pasión, la que realmente nos devela el vértigo de la existencia. Es cuando nos libramos de la tiranía de las ideas fijas que comienza nuestra ruina, comenzando a valernos rodo lo mismo. Este es el precio que se paga por pisotear todas las convicciones.

¿Qué le queda ahora a la filosofía? Para Cioran su labor debería ser la de la prostitución; desprendida de todo y abierta a todo, compartiendo el humor y las ideas del cliente, cambiando de tono y de rostro en cada ocasión, dispuesta a ser triste o alegre, permaneciendo indiferente, prodigando suspiros por interés comercial. Carecer de convicciones y estando al margen de la sociedad, tal es la enseñanza de la prostitución, aceptando y negando todo. Y es que para existir debemos dar marcha atrás e integrarnos en la farsa o aceptar las consecuencias de una condición separada, la cual implica una sobreabundancia de tragedia, todo como efecto de una mayor libertad.

Esta “verdad”, nos dice Cioran, solo se vislumbra en los momentos en los que los espíritus, olvidados del delirio constructivo, se dejan arrastrar por la disolución de las morales, de los ideales y de las creencias. En ese momento se favorece el repliegue sobre sí mismo, comenzando así también el drama del individuo, esto es, su gloria y declinar, aislándose del correr utilitario de la vida y emancipándose de los fines objetivos.

Bautizando las cosas y los sucesos, nos dice Cioran, eludimos lo Inexplicable, permitiéndonos circular por una realidad dulcificada y más confortable. La reflexión se fuga así de la existencia, pues cuando se está en ella, sin la compañía de las palabras, se redescubre el universo no clasificado, esto es, el objeto puro y el acontecimiento desnudo. En este sentido, Cioran destaca que nuestras desdichas las soportamos gracias a la abstracción, que, durante largo tiempo, impidió muestro hundimiento. ¿Qué fue lo que hizo sino Adán una vez expulsado del paraíso? Pues bautizar las cosas, ya que la única manera que se tiene para acomodarnos a ellas, es a través del sometimiento al lenguaje que las describe

Eduardo Schele Stoller.

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Cioran y el naufragio de la conciencia

Para Emil Cioran somos el fruto de una vacilación olvidada, obligados, con desespero, a abrazar cualquier causa o verdad, pero la esencia de la historia es el engaño y la insustancialidad, pues las verdades no han acarreado más que el error. Esto no es problema para los que duermen, pero para los despiertos, los desengañados, inevitablemente endebles, no pueden ser centro de los acontecimientos, debido a que han vislumbrado su inanidad. Antes del despertar atravesamos horas de euforia, de irresponsabilidad, de ebriedad. El despierto está desprendido de todo, es el ex fanático por excelencia, que ya no puede soportar el fardo de las quimeras, sean éstas atractivas o grotescas. Las ve tan lejanas que no entiende por qué extravío ha podido prendarse de ellas.

El papel de los periodos de declive, señala Cioran, es el de poner a una civilización al desnudo, el de desenmascararla, el de despojarla de sus prestigios y de la arrogancia ligada a sus logros. Así esa civilización podrá discernir lo que valía, lo que vale y lo que había de ilusorio en ella. En la medida en que se despegue de las ficciones que le dieron renombre, dará un paso considerable hacia el conocimiento, hacia el desengaño, hacia el despertar generalizado, avance fatal que la proyectará fuera de la historia.

Nos encontramos así en la situación de un espectador consternado, uno que ya no puede confiar en las verdades que antes le permitían vivir. Y es que nadie, señala Cioran, puede prescindir de apoyos disfrazados de eslóganes o de dioses. Pero la lucidez cuenta como un azote, la conciencia como una exasperación, al derrochar interrogantes el que vive apartado de todo, el que ha dejado de ser naturaleza. Porque cuando ha sido lúcido una vez, se es cada vez más, no pudiendo ya echarse atrás.

Cioran nos advierte así que no se accede sin peligro a un elevado grado de conciencia. Aliviado de cargar el fardo de la historia, libre de todos los valores, de todas las ficciones, el ser humano no podrá ni querrá, en su decrepitud lúcida, inventar otros nuevos. Después de tantas conquistas y hazañas, el ser humano empieza a pasar de moda. Solo sigue mereciendo interés en la medida en que está acorralado y aprisionado, en la medida en que se hunde cada vez más. Tras haberlo minado todo durante tanto tiempo, tenía que acabar por minarse a sí mismo. A cambio de hacerse transparente para sí mismo, ya no podrá emprender nada, no «creará» nada más, y sufrirá un desecamiento por ceguera, por exterminación de la ingenuidad, esto es, un sabio roído por la sabiduría, podrido, gangrenado. Avanzamos así en masa hacia una confusión sin igual, anhelando saciar la sed de un destino, de un acontecimiento que supere todos los acontecimientos, de un miedo que supere todos los miedos.

Nuestro resentimiento lo traspasamos incluso hacia los animales, quienes carecen de la humillación y sufrimiento de la palabra, gozando, en consecuencia, del encanto de la existencia irreflexiva. Desertores de la inocencia, nos ensañamos, afirma Cioran, contra cualquiera que aún la conserve, contra todos los seres que, indiferentes a nuestra aventura, se apoltronan en su bienaventurado entumecimiento.

Misma suerte corren los dioses, al constatar que ellos eran conscientes sin padecer, mientras que para nosotros conciencia y naufragio van necesariamente de la mano. En suma, solo nos sentiremos colmados en la medida en que no aspiremos a nada, y cuando nos impregnamos de esa nada hasta la ebriedad. Estar vivo, como humano racional, no es normal, puesto que el vivo, como tal, solo existe. Por esto para Cioran nuestra muerte no sería más que el cese de una anomalía.

Eduardo Schele Stoller.

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