Zizek y la máscara ideológica

Al hablar de ideología, Marx la caracterizaba como aquello que «ellos no lo saben, pero lo hacen». Esta idea está usualmente presente en las diversas concepciones de ideología, las cuales suelen implicar para las personas un falso reconocimiento de sus propios presupuestos y condiciones efectivas. Se supone así una distancia, una divergencia entre la realidad social y nuestra representación distorsionada de la misma.

Según la Escuela de Frankfurt, no se puede lograr ver las cosas como son en realidad, pues la realidad no puede reproducirse libre de mistificación ideológica. La ideología no es solo una máscara que encubre el estado real de las cosas, sino que llega a ser una distorsión esencial de las mismas. Esto, señala Zizek, nos deja en la paradoja de poder reconocernos solo en la medida que somos pseudo reconocidos. La realidad en nosotros sería una nada incognoscible.

Deberíamos eludir, en consecuencia, las metáforas de desenmascaramiento, de correr los velos, que se supone que ocultan la desnuda realidad. Peter Sloterdijk, nos dice Zizek, expone la tesis de que el modo de funcionamiento dominante de la ideología es cínica, lo cual supone ahora que a pesar de que el sujeto está al tanto de la distancia entre la máscara ideológica y la realidad social, insiste en sostener la máscara del ocultamiento. La fórmula por tanto ahora sería distinta; «ellos saben muy bien lo que hacen, pero aun así, lo hacen». Esto quiere decir, afirma Zizek, que la razón cínica ya no es ingenua, sino que se está muy al tanto del interés particular oculto tras una universalidad ideológica, pero aun así, no se renuncia a ella.

Bajo el reino de la razón cínica, Zizek considera que nos encontramos en el mundo posideológico, en donde el ideal ya no es el de una verdad totalitaria, sino que solo pasa a ser considerada ahora como un medio de manipulación, instrumental, manteniéndose ya no por su valor de verdad, sino por su promesa de ganancia. La gente ya no cree en la verdad ideológica; no toma las proposiciones ideológicas en serio. Pero la actitud cínica sigue siendo una que implica distancia, la cual en el fondo sigue cegándonos con respecto al poder estructurante de la fantasía ideológica, aun cuando, señala Zizek, no tomemos las cosas en serio y mantengamos una distancia irónica.

Eduardo Schele Stoller.

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Onfray y la filosofía de los cínicos

Michel Onfray reconoce en Diógenes a un maestro, pero uno que se niega a ser considerado como tal, que no manda y no quiere ser mandado. Libre de prejuicios, esclavo de nada ni de nadie. Diógenes fue un filosofo que desenmascaró las quimeras -vivía en un tonel, se masturbaba y pedorreaba en público-, que valoraba solo el poder sobre sí mismo -realizó un famoso desaire a Alejandro Magno-, que ejercía un dominio sobre el deseo y con ello alcanzaba la libertad.

Las diversas anécdotas en las cuales se vio envuelto Diógenes nos muestran que su principal objetivo era inquietar. “¿De qué sirve un hombre que ha pasado todo su tiempo filosofando sin jamás inquietar a nadie?” Al lleno de certezas, al clon que piensa como la hace su tribu, a ellos se dirigen los filosos dardos de Diógenes.

El perro se convirtió en el símbolo de su escuela. Onfray se refiere a aquellos perros que muerden en los tobillos a los distraídos, amigos y enemigos por igual. A aquellos que, despreocupado por las convenciones, les ladran a los ídolos adulados por la mayoría. Mastines, dogos, pit-bulls, representan este espíritu. Contrario a los yorkshires kantianos, pekineses tomistas y falderos hegelianos. Estos, entre muchos otros filósofos, nos vistieron de quimeras, cuando de lo que se trata es desnudarnos de las mismas.

Curiosamente, Platón también comparó la labor del filósofo con la del perro, pero, a diferencia de Diógenes, este es uno manso con los conocidos y hostil con lo desconocido. Este correspondería a un rasgo que caracteriza al filósofo; la actitud del guardián del conocimiento. Para el cínico, Platón se equivoca de perro. El filósofo no puede ser guardián de un conocimiento, de una sabiduría. El filósofo es “amante de aprender”, “amante de la sabiduría”, no de la verdad. Si fuese amante de esta última el aprender ya no tendría sentido.

Lo que caracteriza a la filosofía cínica es así su carácter crítico, siendo más hostil con lo conocido que con lo desconocido. Mientras desconfía de los que lo quieren amarrar, es acogedor con lo nuevo, con el extranjero. Es opuesto así al sumiso perro mascota. El filósofo busca, pero evita asentarse. Es un vagabundo epistemológico. Si ha de ser un perro, es un perro callejero, un «quiltro», aquel animal que lo único que busca es inquietar y morder la mano de quien le da de comer.

Eduardo Schele Stoller.

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