Groys y la muerte de la filosofía

¿Por qué la práctica de la filosofía se ha vuelto cada vez más escasa?

Si la entendemos en su sentido clásico, de búsqueda de la verdad, se producen al menos dos problemas. Primero, a través de su estudio se llega a la conclusión de que la verdad es inalcanzable, por lo que no tendría mucho sentido buscarla. Segundo, si llegase a encontrarse, debería luego venderse, pero al estar el mercado de verdades saturado (científicas, religiosas, políticas, practicas), esto también aparece como imposible.

El filósofo, afirma Boris Groys, se ha perdido en el supermercado global de verdades, tratando de orientarse allí para encontrar al menos la señal de salida. Toda autentica filosofía no es más que la articulación lingüística de ese desconcierto. Pero la culpable de esto, a juicio de Groys, ha sido la misma crítica filosófica, la que ha llevado a su propia destrucción, a la anti-filosofía.

Un síntoma de lo anterior es la actual actitud crítica ante la crítica. Los textos, por ejemplo, ya no se analizan, sino que, aquellos que más gustan, son tomados como meras directivas para la acción. Ya no el texto, sino lo que individuo puede hacer a partir del texto. La anti-filosofía pasa así a dar solo órdenes.

La filosofía es por definición el «amor a la verdad», pero presuponiendo la ausencia de esta. Y es que, si bien la filosofía aspira a la verdad, no puede poseerla, pues, como nos muestra su historia, el proyecto filosófico es uno abierto, infinito, que se opone a su realización definitiva.

La filosofía vive así de la imposibilidad de satisfacer su deseo por la verdad, ya que de satisfacerse sería su fin. La filosofía es en este sentido, afirma Groys, puro deseo, pura actividad, trabajo crítico del conocimiento, de deconstrucción.

Pero al tender este trabajo a ser más destructivo que constructivo, no cumple con los requerimientos normativos contemporáneos. Si bien ya no se buscan certezas, tampoco se busca la crítica y la incertidumbre. La gente quiere saber lo que tiene que hacer y, en el mejor de los casos, cuál es la manera más económica o efectiva de hacerlo. Ya no importa la solidez o debilidad de los principios teóricos; lo esencial es lo que podemos llegar a lograr con ellos.

Si filosofar es desear la verdad, la filosofía tiene cada vez menos cabida en la sociedad, puesto que esta última ya ha cancelado su búsqueda ¿Para qué desgastarnos indagando la salida de la caverna, cuando hemos invertido tanto en su reacondicionamiento?

Eduardo Schele Stoller.