A 80 años de El extranjero de Camus 

No tenía tiempo para interesarme en lo que no me interesaba.   

¿Hasta qué punto puede «pegarnos» la fuerza de la costumbre? En El extranjero de Albert Camus se ilustra cómo el hábito puede generar en nosotros un anonadamiento crónico, al nivel de molestarnos los eventos o imprevistos que nos saquen de la rutina diaria.  

Esto es precisamente lo que le ocurre a Meursault, personaje principal de la novela, quien, al morir su madre, manifiesta el fastidio de tener que viajar para asistir a su velorio y entierro, en los que, además, no evidenciará pizca de pesar o tristeza. De hecho, parecía más preocupado de no ser una molestia para su jefe, al tener que ausentarse un par de días del trabajo. 

En este sentido, la muerte de la madre aquí se constituye como un mero trámite, el que impide el devenir de la habitual rutina, de allí el interés por cumplirlo rápidamente. ¿Podría significar acaso esta muerte un cambio para el protagonista? En ningún caso, pues, según el mismo Meursault, nunca se cambia de vida, por lo que mejor valdría conformarse con la que se tiene, contrario así a cualquier aspiración o ambición en la misma. Misma indiferencia producirán el amor y las relaciones de pareja. 

Pero hasta el más cómodo con la rutina desea, de vez en cuando, romper su equilibrio, aniquilando el silencio de la existencia luminosa. Esto es lo que provoca Meursault al cometer el asesinato del árabe, lo que realiza casi por puro aburrimiento. Y es que no podemos contentarnos con lo hacemos. Necesitamos la esperanza de la evasión, como un salto fuera del rito implacable, antes que los engranajes sociales nos enganchen nuevamente. 

Son estos quiebres los que nos despiertan de una vida que, bañada por la costumbre, nos hace vivir como muertos, realizando labores absurdas y sin sentido. Así quizás se entiende el último deseo del protagonista antes de ser ejecutado; ser recibido con odio por una gran masa de espectadores, buscando el reconocimiento y la identidad antes de morir, aunque sea como un indolente asesino. 

Eduardo Schele Stoller. 

Del erotismo amoroso al hedonismo fáunico

Ercole Lissardi ha destacado la existencia de dos paradigmas con respecto a lo erótico a lo largo de la historia: el amoroso y el fáunico. El primero se basa en una idea de amor exclusivo y espiritual, uno que no espera recompensa, reciprocidad, ni la posesión de su objeto. Este paradigma, señala Lissardi, esencialmente discursivo, ha reinado a lo largo de la historia de Occidente, modelando a las personas en sus búsquedas amorosas, mediante el logos, la Iglesia, el Estado y sus leyes.

El paradigma fáunico, en cambio, se caracteriza por privilegiar el apetito sexual, el deseo y la voluptuosidad. En su origen es mudo, pues se manifiesta solo a través de imágenes y representaciones. Si bien ha sido reprimido y rechazado por las instituciones que han regulado la vida y el pensamiento en Occidente, se ha desarrollado de igual manera en la clandestinidad. En sus comienzos, afirma Lissardi, este paradigma fue representado por el sátiro griego y el fauno romano (borrachos, juguetones y sensuales), los cuales se comienzan a diabolizar en el medioevo (Satanás como tentador al pecado), hasta su retorno en el renacimiento, donde resurge la imagen de Dionisos, intentando transgredir el paradigma amoroso que aprisionaba a la sensualidad humana.

El mayor poder de la iglesia, nos dice Lissardi, radica en el poder de perdonar los pecados, de allí que necesite de estos. Al no podemos evitar pecar, la única salvación del individuo depende de ser absuelto, siendo así Satanás la moneda de cambio del confesionario, que habilita el acto de poder de la absolución. Satanás, afirma Lissardi, es el cemento que mantiene unido el edificio del poder eclesiástico, cuyas piezas claves son la confesión (sometimiento) y la absolución (perdón). Tal como un régimen totalitario, Lissardi señala que la Iglesia se inventa un enemigo exterior del que debe proteger al común de la población, para lo cual construye un sistema de control policiaco de la intimidad.

Pero este control ya no es efectivo, pues las personas han cedido ante lo que Lissardi denomina como “cuerpo pornográfico contemporáneo”, donde el paradigma fáunico resurge con toda su fuerza, a través de su cotidianidad en la saturación de imágenes alusivas al sexo, que nos invitan a la exhibición y al ceder al deseo sexual, prohibido durante tanto tiempo por la Iglesia. La intimidad se ha vuelto en un espectáculo y en un vehículo para una serie de pasiones humanas reprimidas, tales como el exhibicionismo y el voyerismo. Vivimos, a juicio de Lissardi, en un proceso de pornografización de la sociedad (arte, moda, publicidad, música).

Según Camus, una forma de escapar de la tiranía de las relaciones con el otro es precisamente mediante el libertinaje, pues su práctica nos despoja de las obligaciones con los demás. A su juicio, en el libertinaje uno no posee sino su propia persona, siendo, por tanto, la ocupación preferida de los enamorados de sí mismos.

Los lugares donde se practica el libertinaje están separados del mundo, de sus promesas y sanciones inmediatas. En el exceso del libertinaje disminuye la vitalidad y, en consecuencia, el sufrimiento. En este sentido, el libertinaje no tiene nada de frenético, pues este no produce más que un largo sueño. El exceso de goce, sostiene Camus, debilita la imaginación y el juicio, volviéndose el estado de ánimo nulo o, al menos, parejo.

De lo anterior se infiere al menos dos cosas; la primera es que el sufrimiento deriva en gran parte de la necesidad de establecer relaciones de poder sobre los otros; la segunda, que una manera de escapar a esto es centrarse en uno mismo, y la mejor manera de esto es entregarse al goce personal que nos permite el libertinaje. Y esta parece ser hoy una de las pocas alternativas que nos queda. Como advierte Camus, para quien está solo el peso de los días se le vuelve terrible. Ya no estando Dios en el mundo, hay que elegirse un amo. Y este amo hoy no parece ser otro que el sujeto mismo, de allí su entrega al hedonismo fáunico desenfrenado.

Eduardo Schele Stoller.

Camus y las enseñanzas de la vida pandémica

En “La peste” (1947), Albert Camus nos relata el día a día de una ciudad afectada por un virus, llegando a increíbles similitudes con la actual pandemia del coronavirus. Lo anterior ocurre en la ciudad argelina de Orán en la década del 40 del siglo XX, localidad que, como describe Camus en la obra, carece de cualquier tipo de sospecha, es decir, sus ciudadanos no cuestionan su existencia ni van más allá de sí mismos. Todo discurre sin un mayor grado de conciencia, en medio de la insignificancia de lo circundante y la frivolidad de sus ciudadanos, facilitadas por la rutina y hábitos cotidianos.

Es la peste la que viene a romper el statu quo y maquinal vida de Orán. El doctor Bernard Rieux presencia como primero las ratas asedian las calles de la ciudad, a las cuales vienen a desangrarse y morir en masa. La desagradable sorpresa se convirtió en pánico cuando este escenario se traspasó a los seres humanos, quienes vomitaban, casi desgarrándose, sangre. Es recién ahí, con el miedo, que Orán logró pasar a la conciencia y la reflexión, haciendo tambalear su orgullo y sensación de poderío sobre el entorno. La peste, nos dice Camus, vino a suprimir tanto los desplazamientos como el porvenir, todo mediado por el aislamiento, la desinfección y la vigilancia sanitaria. En la media que las medidas se volvieron más extremas, la peste pasó a ser el único asunto o tópico en las mentes de los ciudadanos, limitándose, en consecuencia, no solo las conductas, sino que también las ideas.

Dentro de su confinamiento, los ciudadanos de Orán parecían, paradójicamente, vivir en un exilio, en un lugar que se les volvía cada vez más ajeno, producto de la translucidez que les entregaba ahora su conciencia. De allí la nostalgia que sentían por el pasado y la esperanza de superar la peste en un futuro cercano, esperanza que, con el pasar del tiempo, se fue derrumbando y olvidando, derivando en un pesimismo que imposibilitaba trazar una fecha de salida del abismo. Es una desgracia vivir vuelto hacia el porvenir cuando no se puede escapar de la esclavitud, es decir, cuando el futuro está circunscrito a los límites del hogar. La amenaza de la peste se medía así más por la sensación de secuestro que por los mismos efectos fisiológicos de la enfermedad.

Con el hostigamiento del silencio, la enfermedad y, en consecuencia, del pensamiento, adviene la conciencia del tiempo o, más bien, de la pérdida de este. Negadas las posibilidades, sentimos que envejecemos por nada, perdiendo identidad, dejándose llevar por lo que parece ahora ser solo una historia colectiva; la peste, que pisotea a todos por igual. En tales circunstancias, nos relata Camus, se sufre un desencantamiento tanto moral como físico, mermando tanto la imaginación como la memoria. Con el paso del tiempo, lo que reina en Orán es la monotonía, no solo de la vida, sino que también de los sentimientos, volviéndola en una gran sala de espera marcada por el tedio y centrada solo en el instante presente, alejándolos de cualquier tipo de sorpresa o novedad, pues la ciudad, destaca Camus, llegó a vivir sin porvenir.

Estas actitudes marcarán las rutinas de varios, incluso después de la peste, a través de un profundo escepticismo, desesperanza y limitación de la voluntad. Mientras unos saldrán a las calles a celebrar el fin del confinamiento, otros seguirán en sus casas en silencio y con las persianas cerradas. Para estos últimos, la conciencia ya no puede volver a perderse en la mundanidad rutinaria de la vida, la angustia en ellos ha venido para quedarse, previniéndolos de entregarse a nuevas alegrías, las que, como nos muestra una y otra vez la experiencia, siempre pueden ser amenazadas por los más diversos medios. De ahí que los más sabios de Orán hayan aprendido de la pandemia, para no volver a rendirse desmesuradamente al optimismo y la esperanza. Tal como promulgaran los estoicos; si hemos de sorprendernos a futuro, que sea gratamente.

Eduardo Schele Stoller.

El mito de Sísifo según Camus

Ignorance is bliss

A juicio de Camus, no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio y, en relación con esto, el juzgar si la vida vale o no la pena vivirla. La vida es una lucha por evadir este cuestionamiento trascendental, ante lo absurdo, lo irracional y la nostalgia de nuestra existencia. Junto a esto, padecemos de un deseo profundo de unidad, solución, claridad y cohesión. No sabemos si todo esto existe de hecho, pero sí somos conscientes de que no podríamos comprenderlo del todo. Este sentimiento nos amarra a una responsabilidad cognitiva angustiante. De este problema, sostiene Camus, escapan místicos y esclavos, ya que logran sentirse libres frente a sí mismos, trascendiendo a su propia conciencia, la cual pasa a diluirse en el todo (místicos) o a entregarse a una autoridad externa (esclavo). En este sentido, si una forma de liberarse es no pertenecerse a sí mismo, la muerte también libera.

Para el hombre absurdo, afirma Camus, se trata solo de sentir y describir. Si bien, a su juicio, la explicación es inútil, subsiste al menos la sensación, la que se ha traducido en el arte, desde donde se lanzan las pasiones absurdas y en el que se detiene el razonamiento. Todo pensamiento que renuncia a la unidad exalta la diversidad, y la diversidad, señala Camus, es el lugar del arte. El reconocer libremente lo absurdo se constata como una rebelión, asumiendo la inutilidad de la creación absurda.

Esto es lo que ilustra en el mito de Sísifo, quien -condenado por los dioses- debía subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. No hay castigo más terrible, afirma Camus, que el trabajo inútil y sin esperanza. Sísifo es el héroe absurdo. Su desprecio a los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron el suplicio de no acabar nada. Ahora bien, si este mito es trágico, lo es solo porque su protagonista tiene conciencia -cuando desciende a buscar la roca que ha caído-.

El obrero actual, señala Camus, trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo que el de Sísifo. Pero no es trágico sino en los momentos en que se hace consciente. Pero el esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar nuestros corazones. Hay que imaginarse, en consecuencia, a Sísifo feliz.

¿En qué radica esta felicidad? Pues en perder el tiempo, en no ser consciente del mismo y de la muerte, en tratar de luchar contra el absurdo dándole un sentido a la existencia. Mejor hacer algo, estar ocupados, a no hacer nada. Cotidianamente luchamos contra la conciencia, contra la tragedia de constatar que nuestras acciones no tienen sentido. En este marco, el trabajo acompañado de la ignorancia será siempre una dicha.

Eduardo Schele Stoller.