Borges: entre el nominalismo y la ficción metafísica

La obra del escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) tiene profundas consideraciones filosóficas, siendo los tópicos que más se repiten en ella el nominalismo y la consecuente crítica a la metafísica. El nominalismo, recordemos, hace referencia a que solo existen entidades particulares, negando la realidad de los universales o entidades abstractas. Desde el empirismo de Locke, Berkeley y Hume, el nominalismo tiene fuertes implicancias para el lenguaje, pues al limitar el conocimiento a las percepciones particulares, cualquier tipo de noción general (ideas complejas) será una abstracción arbitraria de estas, alejándose así de lo compleja, diversa y cambiante que es la realidad. Borges se hace eco de esta filosofía en varios de sus cuentos y ensayos. A continuación, aludiremos a algunos de estos.

Quizás donde se hace una alusión más clara al nominalismo es en el cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (Ficciones). Según lo que allí se relata, las imaginarias naciones de Tlön son todas idealistas, pues para ellas el mundo se compone de una serie sucesiva y heterogénea de actos independientes, apareciendo y desapareciendo los nombres según las necesidades del momento o instante. Nadie cree en la realidad de los sustantivos, lo que los convierte, paradójicamente, en interminables. Este idealismo invalida toda ciencia, ya que explicar o juzgar un hecho es unirlo a otro. La metafísica vendría a ser entonces una rama de la literatura fantástica, pues todo lo que vaya más allá de la inmediatez de la experiencia presente se vuelve indemostrable, teniendo solo un valor metafórico.

Esta idea de la conjunción constante y mera yuxtaposición de experiencias (Hume), podemos encontrarla también en El Jardín de senderos que se bifurcan (Ficciones), donde Borges nos describe una imagen del universo concebida por un tal Ts´ui Pên, quien tampoco creía en un tiempo uniforme y absoluto, sino que en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Una trama de tiempos que se aproximan, bifurcan cortan e ignoran, abarcando todas las posibilidades. En la mayoría de esos tiempos no existimos, en otros lo hacemos, pero de las más disimiles maneras y posibilidades. Si el tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros, el jardín parece estar saturado hasta el infinito de invisibles personas y posibilidades.

Esta proyección infinita de experiencias es la que encontramos también en el relato de Funes el memorioso (Artificios), quien, luego de sufrir un accidente, se volvió capaz de reconstruir en detalle un día entero. Con una percepción y memoria infalible, bajo el vertiginoso mundo de Funes se vuelve inconcebible las ideas generales (platónicas), pues estas se abstraen de la inmensa diversidad y detalle que nos informan los sentidos. ¿Cómo es posible, se pregunta Funes, que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)? Pareciera que, como se señala en La casa de Asterión, nada es realmente comunicable por el arte de la escritura.

Si, como en El Aleph, pudiésemos acceder a un punto del espacio que contenga todos los puntos, tendríamos acceso al verdadero mundo, abarcando la realidad desde todos sus ángulos. Pero aquí chocaríamos nuevamente con los límites del lenguaje, pues un infinito tal no es representable en palabras, de ahí que el infinito no solo genere veneración, sino que también lástima. Pero si hay limitaciones lingüísticas, las habrá también para el conocimiento.

En La nadería de la personalidad (Inquisiciones), Borges critica la existencia de una identidad personal inmutable, esto es, la idea de una esencia de cada individuo. De hecho, nos dice que basta acudir a nuestro pasado para sentirnos forasteros, y esto, porque no existe un “yo” uniforme y homogéneo a lo largo de nuestra existencia. Borges se queda así en el plano de lo aparente, negando el acceso a un supuesto mundo verdadero y trascendente. Coincide así con Berkeley (La encrucijada de Berkeley) al señalar que solo la perceptibilidad es el ser de las cosas, es decir, que estas solo existen en la medida que son advertidas por la mente, en un afán conceptual que se traduce posteriormente en la abreviatura de muchas y diversas percepciones.  

Probablemente, a lo que nos llama Borges a través de su literatura es a dejar de vivir como quien sueña; mirando sin ver, oyendo sin oír, olvidándonos de todo, para poner más atención a lo sublime, esto es, a todas aquellas experiencias que nos acercan a la sensación de lo infinito, las que, como tales, solo se quedan en percepciones sensibles. Por momentos, dejar de lado el dominio de la ficción metafísica, la que, a través de la excesiva abstracción del lenguaje, nos aleja de lo cambiante, contradictorio y complejo del mundo, desatendiendo a la precisión del instante, de lo inmediato, de lo presente.

Eduardo Schele Stoller.

Borges esencial | Real Academia Española

Zubiri: devenir y realidad

Zubiri ha entendido el devenir como el llegar a ser algo, pero inexorablemente dejando de ser lo que se era, considerando así no solo el ser, sino que también el no ser. Es decir, las cosas son pero en la medida en que no son. El devenir, tal como consideraba Heráclito, envolvería el paso del no ser al ser o del ser al no ser1 .

Para Aristóteles el cambio supone además un móvil, pues no basta con la dialéctica de unidad del ser y del no ser, teniendo además que tener en cuenta quién o qué se mueve. El movimiento no es un paso del no ser al ser o viceversa, sino que es más bien un pasar de una manera de ser a otra. El no ser es aquello que ya se era, pero que está destinado a dejar de ser. Las cosas tienen así potencia de ser otras. El movimiento es un modo de actuación de esa capacidad.

Ahora bien, la realidad para Zubiri no es un modo de ser, pues, de hecho, es algo previo y fundante del ser. Antes que al ser, el problema del devenir afecta a la realidad. El devenir es anterior a toda articulación de ser y de no ser, porque es algo que incide sobre la realidad en tanto que realidad, y en tanto que ésta es anterior al ser. Si hay sustancias es porque hay sustantividad y toda sustantividad está montada sobre un sistema básico primario. El sistema básico y constitutivo de todas las notas necesarias y suficientes para que una realidad sustantiva sea lo que es denominada por Zubiri como esencia o unidad coherencial primaria.

No hay así esencia tras la realidad, sino que la realidad funda lo que podríamos llegar a denominar como esencia, a través de la configuración misma de un sistema. La realidad es concebida así como una estructura, no como sustancia, razón por la cual para Zubiri el devenir será un problema de esa misma estructura y no del ser o de un sujeto.

En suma, para analizar el cambio no solo hay considerar aquello que cambia, sino que, por sobre todo, aquello sobre lo cual se cambia. Para Zubiri este trasfondo es la realidad. Que el ser sea o no sea dependerá de la estructura de la realidad, de allí que no haya esencia imposible de cambiar.

Eduardo Schele Stoller.

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1Parménides, en cambio, al señalar que el no ser no es, el ser no tendría devenir, siendo así inmóvil.

El problema del cambio y el movimiento en Heráclito, Parménides y Zenón

Heráclito (535-475 a.C) nos decía: «Lo mismo es y no es. Somos y no somos, todo se mueve y nada permanece. Todo se transforma desde un contrario a otro. Lo opuesto concuerda, de las cosas discordantes surge lamas bella armonía. Todo sucede según discordia. Lo uno al divergir converge consigo mismo. Es sabio convenir que todas las cosas son una”. Esto nos muestra que sus ideas giraban en torno a dos principios: el cambio y la contradicción.

De hecho, comparaba las cosas con la corriente de un río, en el cual no podríamos bañarnos dos veces. Al respecto, Platón consideraba que si todas las cosas sensibles fluyen siempre, no podría haber ciencia de ellas, ya que de haber ciencia y comprensión de algo, no debe ser de lo sensible, sino que de ciertas naturalezas permanentes. De aquí vendría su teoría de las ideas creía a su vez Aristóteles.

Criticando a la masa (sentido común), Heráclito les reprocha el no saber escuchar ni hablar, asemejándolos a sordos que se dejan llevar por la erudición, pero no por la comprensión, la que supone guiarse por la naturaleza. Malos testigos son para los hombres los ojos y los oídos cuando se tienen almas bárbaras, las cuales no se fían de la razón (logos).

Parménides (530 a.C) también alude a la razón, pero para recriminar a quienes creen, como Heráclito, en el cambio y la contradicción. La verdad se concibe así como algo alejado de la opinión de los mortales. A través de su poema, Parménides nos señala que hay un solo camino narrable: que lo que es, es y ha sido siempre. El ser no tiene génesis, ya que ¿De dónde hubiera crecido? No es posible que del no ser, pues, ¿Qué necesidad lo habría impulsado a nacer partiendo de la nada? Así, para Parménides, lo que es, debe existir absolutamente o no existir. De esto se derivan algunas consecuencias importantes. Por ejemplo, que el universo deba ser eterno, inmóvil, único, imperturbable e inengendrado. Similar a una esfera indestructible, que no tiene ni comienzo ni fin.

En suma, Parménides nos demanda solo decir y pensar lo que es, puesto que es lo único posible. No podemos pensar ni decir algo sobre la nada. No hay ni habrá nada ajeno aparte de lo que es. Todo es uno y permanece estable e idéntico a sí mismo. Lo contrario, el cambio y la contradicción, se le atribuye a lo sensible. He aquí un aspecto importante que marcará las dos tradiciones clásicas de la epistemología: el empirismo y el racionalismo.

Parménides es de los primeros filósofos en distinguir entre dos tipos de conocimiento: el sensible y el racional. El primero nos lleva a un mundo aparente, lleno de cambio y contradicción; mientras que el segundo, que utiliza como herramienta el pensamiento, nos lleva al mundo real, a la verdad. En este sentido, el reproche que se le haría a Heráclito sería no lo que formula con respecto al cambio y la contradicción, sino que el pretender que esto sea algo real y no una mera apariencia o ilusión de los sentidos. Estas son las bases del racionalismo filosófico, que tendrá su desarrollo en Platón y mayor auge en la era moderna.

Zenón también señala que lo que «es» es inmóvil, compartiendo además con Parménides la distinción original entre un conocimiento sensible y otro racional, entre uno ilusorio (aparente) y otro real (verdadero). Un primer argumento que presenta Zenón intenta nada menos que suprimir la existencia del espacio. Ante esto nos pregunta: si el espacio existe, ¿Estará en alguna cosa?, pues todo lo que es está en algo, y lo que está en algo está también en un espacio. Es decir, el espacio estará en un espacio, y así hasta el infinito. Por consiguiente, considera Zenón, el espacio no existe. Si el espacio es algo que existe ¿Dónde estará?

Famosa es también la dicotomía de Zenón con respecto al movimiento. Esta plantea que un móvil debe recorrer infinitas magnitudes en un tiempo limitado. Como esto es imposible, el movimiento no existe. Al ser toda distancia divisible hasta el infinito, primero el móvil deberá alcanzar la mitad de la distancia que debe recorrer, pero lo mismo debe hacer previamente con la mitad de esta mitad y así sucesivamente. Si estas mitades son infinitas, es imposible recorrer infinitas magnitudes en un tiempo limitado. Este problema también ha sido conocido como la paradoja de Aquiles y la tortuga. En el contexto de una carrera, Aquiles, quien le da una ventaja inicial a la tortuga, nunca la alcanzaría, debido a los infinitos puntos que debería recorrer entre ambos.

¿Cómo explicamos entonces el movimiento y el cambio que nos rodea? Pues, efectivamente, todos llegamos a nuestros destinos y no nos perdemos entre los infinitos puntos intermedios. Zenón, siguiendo a Parménides, nos diría que el movimiento, el cambio y, con ello el tiempo, existen, pero en el mundo sensible.

Hemos visto que para el racionalismo este mundo no es más que una ilusión, esto es, mera apariencia. El problema surge al pensar. En el mundo real, al cual se accede mediante razón, el movimiento no existe, lo cual permite a su vez el conocimiento verdadero de las cosas. Y si es que todo estuviese sujeto a cambio, nada podríamos conocer. Cuando creyésemos captar la esencia o propiedades de algo, este algo ya habría mutado y, por tanto, nos sería desconocido. Esto llevó a Parménides y Zenón a la drástica decisión de dividir el mundo en dos, en vista de que el conocimiento, como hoy en día lo recibimos, sea posible.

Eduardo Schele Stoller.