Nietzsche y «El Anticristo»

El llamado de Nietzsche en El anticristo (escrito en 1888, publicado en 1895) es a ser indiferentes ante la decadencia que nos rodea, pues nada debe opacar nuestro entusiasmo. Necesitamos de nuevos sentidos para ir más allá de los límites que nos coloca nuestro entorno social, haciendo valer al máximo nuestra libertad, en vista de acrecentar nuestra fuerza. Esto último es lo que identifica, a su vez, como lo “bueno”; todo lo que eleva en nosotros el sentimiento de poder. En consecuencia, lo “malo” será todo lo que proviene de la debilidad, siendo la felicidad el sentimiento de haber superado estas resistencias. En este punto Nietzsche es categórico; los débiles y fracasados deben perecer, de allí su ataque al cristianismo, en la medida que este, mediante la compasión, busque hacer prevalecer a todos los débiles, cultivando así a un animal doméstico y de rebaño.

El cristianismo, afirma Nietzsche, tomó partido por todo lo que es humilde y fracasado, estropeando la razón de los temperamentos espiritualmente más fuertes, aludiendo a ellos como pecaminosos, extraviados y tentadores. Esto nos lleva a solo a valores que elogian la decadencia (nihilismo), pues se opaca toda voluntad de poder, no solo a nivel individual, sino que también evolutivamente, al ir en contra de la ley de selección.

Aquí se entiende la crítica a Schopenhauer, ya que este, debido a su hostilidad hacia la vida, hizo de la compasión una virtud. Estos tipos de virtudes, deberes y bienes en sí, señala Nietzsche, son quimeras en las que se manifiesta la decadencia, el último agotamiento de la vida, de quienes ya no tienen fuerzas para encontrar su propia virtud e imperativo categórico. El ser humano puede volverse así en el animal peor logrado, el más enfermizo, el más peligrosamente desviado de sus instintos, los cuales siempre nos mantienen cercanos al dolor y el sufrimiento.

Las religiones, y también ciertas filosofías (epicureísmo), al renegar del dolor, terminan por convertirse en doctrinas del amor, ya no colocando el centro de gravedad en la vida, sino en un más allá carente de toda razón e instinto. Lo divino se transforma así en un delito contra la vida. De hecho, Nietzsche nos dice que el cristianismo tiene necesidad de la enfermedad, así como Grecia tenía necesidad de un exceso de salud.

La religión convierte a la tierra en un manicomio, plagándolo de convicciones, debilitando la voluntad, acabando con la libertad. El hombre de fe, sostiene Nietzsche, es necesariamente un hombre dependiente y que no puede ponerse como fin a sí mismo, sino tan solo como medio para otros, es decir, responde a una moral de despersonalización, de renuncia de sí mismo. De allí que la única solución ante este nefasto escenario sea una radical transmutación de todos los valores, donde lo que se ha considerado tradicionalmente como “malo” pase a valorarse ahora como “bueno”.

Eduardo Schele Stoller.

El Anticristo (El Libro De Bolsillo - Bibliotecas De Autor ...

La ética de Aristóteles

En la ética aristotélica podemos ver claramente su enfoque teleológico, pues considera allí que toda actividad humana tiene un fin y que tiende hacia algún bien. El bien, de hecho, es aquello hacia lo que todas las cosas tienden. Vivir y obrar bien para Aristóteles es sinónimo de felicidad, fin último y supremo del ser humano, ya que el bien que se busca por sí mismo será el más perfecto. Este es el caso de la felicidad, la cual se busca por sí misma y nunca por otra cosa, mientras que los honores, el placer, las podemos desear a causa misma de la felicidad. Nadie busca la felicidad por otra cosa, pues es algo perfecto y suficiente.

¿Cómo alcanzar la felicidad? Para Aristóteles la alcanzamos mediante la realización de la función que nos es propia; la actividad del alma según la razón, función especifica del ser humano. Aquí se une lo gnoseológico con lo ético, al señalarse que el bien del hombre es una actividad del alma (racional) de acuerdo con la virtud. El hombre feliz vive y obra bien, pues los que actúan rectamente alcanzan las cosas buenas y hermosas.

Con respecto a la virtud, Aristóteles identifica dos tipos, las dianoéticas, que se originan y desarrollan producto de la enseñanza (requieren de tiempo y experiencia), y las éticas, que proceden de la costumbre. Al no ser dadas en nosotros por naturaleza, las virtudes deben practicarse. Seremos justos, por ejemplo, practicando la justicia. En lo concreto, para Aristóteles, la virtud se asocia al termino medio entre dos extremos, uno considerado como defecto y el otro como exceso. Por ejemplo, el valor será considerado una virtud, pues es el término medio entre la cobardía (defecto) y la temeridad (exceso).

Si bien Aristóteles considera, además de la vida contemplativa, la política y el placer como modos de vida, tiene una visión crítica con respecto a esta última, al afirmar que los hombres que eligen inclinarse por el placer se muestran serviles al preferir una vida de bestias. Y es que los placeres no los considera en absoluto como un bien, de hecho, el hombre moderado es aquél que logra rehuir de los placeres, buscando la ausencia de dolor más que la sensación de lo agradable. Pero la principal dificultad, según Aristóteles, es que los placeres impiden el pensar. Cuanto mayor es el goce, menor es el pensamiento1. La mayoría se inclina hacia los placeres y son esclavos de ellos, considerados como fines en sí mismo, están impedidos a llegar al termino medio.

La virtud entonces no se refiere al cuerpo, sino al alma, y la felicidad será una actividad propia de ella, pues se relaciona el intelecto con el conocimiento de los objetos nobles y divinos. La actividad contemplativa, de acuerdo con la virtud, será la felicidad perfecta. Las virtudes, entonces, van siempre acompañadas de la razón, ya que no es posible ser bueno sin prudencia, ni prudente sin virtud moral.

La importancia del enfoque teleológico para la ética de Aristóteles radica, por tanto, en esclarecer cual es nuestro verdadero fin. Si la razón nos pertenece por naturaleza, nuestra meta será alcanzar la felicidad mediante el ejercicio de la misma; bueno será, a su vez, todo aquello que nos ayude a perfeccionarla y malo todo aquello que lo dificulte, tal como hemos visto con la entrega a los placeres. 

Eduardo Schele Stoller.

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1Vease por ejemplo lo que ocurre con niños y animales.

El amor en el Banquete de Platón

Dos son los discursos que acaparan la atención en el Banquete de Platón; el de Pausanias y el de Diotima. Para el primero, el amor se dirige principalmente a lo masculino, pues considera que el hombre encarna lo más fuerte e inteligente por naturaleza. En relación a esto, realiza incluso una aclaración con respecto a la pederastia (práctica común entre los griegos) al considerarla como amor ya cuando los jóvenes empiezan a tener cierta inteligencia (cuando empieza a crecer la barba).

De todas formas, el amor para Pausanias se centra más en el alma que en el cuerpo. Radica en la estabilidad, algo que el cuerpo no puede cumplir como condición, pues prontamente se marchita con el paso del tiempo. El que está enamorado de un carácter, en cambio, permanece firme a lo largo de toda su vida al estar íntimamente unido a algo estable. Según Pausanias, se ama entre lo masculino por sabiduría, al intentar abrazar lo que es similar a ellos. El amor es el deseo de recuperar la integridad originaria, separada posteriormente por la divinidad.

Sócrates recapitula lo expresado en el diálogo señalando que Eros sería entonces amor de lo que se tiene realmente necesidad; amor por lo bello. Pero si esto es así, entonces Eros no posee la belleza, y tampoco, al ir unidas, las cosas buenas. Allí Sócrates recuerda el discurso dado alguna vez por Diotima, quien afirmara que Eros no sería un Dios, ya que no posee las cosas buenas, bellas y, en consecuencia, la felicidad. Sería más bien un gran demon que está entre lo divino y lo mortal.

Para Diotima, el amor es el deseo de poseer el bien, pero también de procrear en lo bello, referido tanto al cuerpo como al alma. Este proceso no llega a producirse en lo que es incompatible, lo que pasa a identificarse a su vez con lo feo. El amor, afirma Diotima, no es amor de lo bello, como cree Sócrates, sino que amor de la generación y procreación en lo bello, en lo que sería una profunda búsqueda de algo eterno e Inmortal. El amor es también amor de la inmortalidad.

Eduardo Schele Stoller.

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