Benjamin: el decaimiento del lenguaje y el pensamiento

En la primera mitad del siglo XX, Walter Benjamin ya destacaba cómo la eficacia literaria comenzaba a surgir en la alternancia entre la acción y la escritura, plasmándose, por ejemplo, en folletos, carteles y artículos de periódico, esto es, en formas más modestas y acordes a su influencia en comunidades masivas, contrarios al exigente gesto universal del libro.  

Es el lenguaje inmediato el único que se muestra hoy a la altura del momento, el que se convierte en caldo de cultivo para las simples opiniones. La escritura que, advierte Benjamin, había encontrado asilo en el libro impreso, donde llevaba una cierta existencia autónoma, se ve implacablemente arrastrada a la calle por los anuncios publicitarios y sometida a las brutales heteronomías del caos económico.  

Increíblemente, Benjamin anticipa las problemáticas que nos aquejan el día de hoy, por ejemplo, al constatar la tendencia, ya en aquellos años, a la lectura cada vez más vertical del periódico, en vez de la horizontal, como demanda el libro. A su juicio, fueron el cine y la publicidad los que empujaron definitivamente la escritura hacia la dictadura de la verticalidad. Muchas veces, antes si quiera de abrir un libro, nos vemos obnubilados por un torbellino de letras tornadizas, coloridas, contendientes que reducen al mínimo sus posibilidades de penetrar en el arcaico silencio del libro.  

La obra media del erudito actual, afirma Benjamin, exige ser leída como un catálogo, obra que no solo contenta al lector sino que también conforma y satisface a quien escribe. Las obras acabadas tienen para los grandes menos peso que aquellos fragmentos por cuyo hilo el trabajo discurre durante toda su vida. Concluir una obra solo colma de una alegría incomparable al débil, al distraído, que por ello se siente devuelto a su vida.  

Según este proceder, ya no importa dedicarse a un “saber hacer”, sino solo a un hacer improvisado. Como dice Benjamin: todos los golpes decisivos se darán ahora con la mano izquierda. Sí, según el autor, ser feliz significa poder tomar conciencia de uno mismo sin llevarse un susto, actuando como hemos descrito antes pareciera que no lograremos ser conscientes, ni menos impresionarnos de nosotros mismos. Por ahí quizás pase hoy entonces la felicidad; carecer de sustos, aunque esto signifique entregarse voluntariamente a la ignorancia. 

Eduardo Schele Stoller. 

Libro Calle de Sentido Unico, Walter Benjamin, ISBN 9788418264771. Comprar  en Buscalibre

Benjamin: la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica

Walter Benjamin le asigna a la obra de arte original una especie de aura, la cual se vería profundamente dañada en la era de la reproductibilidad técnica, pues se despoja a la obra del tiempo de su producción, esto es, de su tradición. Al multiplicar la reproduc­ción, se sustituye su ocurrencia irrepetible por una masiva, liquidándose así el valor de la transición cultural (2008: 14). Esto iría en contra de nuestra misma percepción, ya que, señala Benjamin, está también históricamente condi­cionada, lo que significa que los individuos bajo otras épocas han tenido, consecuentemente, percepciones distintas sobre las cosas. El aura es así entendida como una trama particular irrepetible de espacio y tiempo.

Pero esta lejanía contrasta con la tendencia de las masas actuales, afirma Banjamin, de querer aproximar las cosas hasta sí, superando lo irrepetible por lo reproducible. Esto es, apoderarse del objeto o, al menos, de su copia. Se adecua así paulatinamente la realidad a las masas y viceversa. Al fallar el criterio de autenticidad artística, su función social ritual es reemplazada por una función ahora política. Un caso paradigmático es el que ocurre con el cine, en donde, a juicio de Benjamin, su carácter artístico queda absolutamente determinado por su completa reproductibilidad. La cantidad, en cuanto a la participación del arte, ha reemplazado a la cualidad, ya que las masas buscan en el arte disipación más que recogimiento. Quien adopta esta última actitud se sumerge en la obra de arte, pero en la actualidad ya no hay aura en el cual sumergirse. La reproductibilidad no lo permite.

El cine, cree Benjamin, contribuye a la liquidación del valor de la tradición dentro de la herencia cultural, a diferencia de las obras de arte más antiguas, que nacieron al servicio de un ritual mágico y reli­gioso. La auténtica obra de arte fundamenta su valor originario en el ritual. En la actualidad, a través de su reproductibilidad, el fundamento pasa a ser meramente político.

Otro ejemplo dado por Benjamin es el de la fotografía. En este caso, su valor de exposición hacer retroceder el valor de culto. Junto al cine, la cualidad que se busca despertar en el espectador, aparte de la visual, es la táctil, efecto esencial para generar la distracción (cambios de escenarios y enfoques), cuyo fin, contrario a la introspección, es golpear. En la pintura, en cambio, a través de su fijación y quietud, se busca prevalecer la contemplación y especulación libre del espectador. A través de las películas esto no es posible, pues, las imágenes en movimiento, que generan un cierto shock, sustituyen los pensamientos propios.

Efectivamente, mientras el arte clásico prioriza la reflexión, el arte reproductivo moderno, como ha señalado el escritor francés Geroge Duhamel refiriéndose al cine, se ha vuelto en un “pasatiempo para idiotas, distracción para unas criaturas incultas, miserables y agotadas, consumidas por sus preocupaciones, un tipo de espectáculo que no exige mantener la menor concentración ni capacidad de pensamiento”.

Eduardo Schele Stoller.

La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica